«Mi pa­dre me pe­ga con el ca­ble del mó­vil»

Ca­da día 1.200 me­no­res lla­man al te­lé­fono de ANAR. Ca­si 200 lo ha­cen pa­ra de­nun­ciar ma­los tra­tos

La Voz de Galicia (Lugo) - - A Fondo - S. C. RE­DAC­CIÓN / LA VOZ

Lla­man a los tre­ce años. Has­ta en­ton­ces ni si­quie­ra sa­ben que su edu­ca­ción es ra­ra. Creen que los in­sul­tos, los gri­tos, que se ti­re del pe­lo, se den pa­ta­das, du­chas de agua he­la­da o gol­pes con cin­tu­ro­nes, pa­los y ca­bles del mó­vil son los cas­ti­gos ha­bi­tua­les cuan­do un ni­ño se por­ta mal. Vie­nen de su pa­dre, de su ma­dre, quie­nes los cui­dan y quie­ren, su en­torno de pro­tec­ción. So­lo con los años ven có­mo se re­suel­ven los pro­ble­mas en otros ho­ga­res o es­cu­chan que los cas­ti­gos de sus ami­gos son que­dar­se sin mó­vil o sin sa­lir, y en­ton­ces en­tien­den que ellos vi­ven una reali­dad di­fe­ren­te.

Sue­len con­fe­sar­le el se­cre­to a al­gún ami­go ín­ti­mo, pe­ro po­co pue­de ha­cer un ni­ño de 13 años pa­ra ayu­dar a otro de la mis­ma edad. Por me­dio de ese ami­go, o mi­ran­do en In­ter­net, se en­te­ran de que exis­te el Te­lé­fono del Me­nor y lla­man al 900202010.

La pri­me­ra vez que lo ha­ce mu­chos se que­dan ca­lla­dos, o di­cen que tie­nen un pro­ble­ma pe­ro no cuen­tan más. No hay pri­sa. Al otro la­do de la lí­nea siem­pre hay un psicólogo o psi­có­lo­ga es­pe­cia­lis­ta en me­no­res, que en­tien­de la im­por­tan­cia del si­len­cio y de mos­trar­se abier­to pe­ro no im­pa­cien­te. So­lo cuan­do la si­tua­ción es muy es­tre­san­te —«me he mar­cha­do de ca­sa y no sé adón­de ir»— pi­den ayu­da in­me­dia­ta.

Po­co a po­co, en una o más lla­ma­das, co­mien­zan a con­tar su cal­va­rio: «Mi pa­dre me pe­ga con el ca­ble del te­lé­fono mó­vil», o «me ti­ra co­sas a la ca­be­za», «me lla­ma im­bé­cil y es­tú­pi­do».

¿Có­mo se res­pon­de a una con­fe­sión se­me­jan­te? Los psi­có­lo­gos tie­nen tres lí­neas de ac­tua­ción: pri­me­ro se le ofre­ce orien­ta­ción psi­co­ló­gi­ca y bus­can po­si­bles cóm­pli­ces en­tre los adul­tos del en­torno, fi­gu­ras de re­fe­ren­cia que pue­den acom­pa­ñar al me­nor y ayu­dar­le (abue­los, tíos, pro­fe­so­res); si la si­tua­ción es más gra­ve o no hay na­die cer­ca pa­ra ayu­dar al ni­ño o la ni­ña, se le de­ri­va al re­cur­so ade­cua­do (ser­vi­cios so­cia­les, edu­ca­ti­vos, po­li­cia­les); so­lo cuan­do el pro­ble­ma es de mag­ni­tud ma­yor se avi­sa di­rec­ta­men­te a las fuer­zas de se­gu­ri­dad del Es­ta­do y se di­ce dón­de es­ta el me­nor, mien­tras se man­tie­ne en to­do mo­men­to la con­ver­sa­ción con él has­ta que lle­gan los agen­tes. Lo im­por­tan­te es que to­do es­te pro­ce­so se con­sen­súa con el jo­ven, al que se le pre­sen­tan las op­cio­nes, con sus ven­ta­jas e in­con­ve­nien­tes y, en con­di­cio­nes nor­ma­les, es él quien de­ci­de qué ca­mino to­mar.

El te­lé­fono del me­nor es gra­tui­to, fun­cio­na las 24 ho­ras del día to­dos los días del año y no de­ja ras­tro en la fac­tu­ra. To­do eso lo con­vier­te en una he­rra­mien­ta ex­ce­len­te pa­ra char­lar. De he­cho, mu­chos ni­ños vuel­ven a lla­mar al ca­bo del tiem­po pa­ra con­tar có­mo les van las co­sas y si se so­lu­cio­nó el pro­ble­ma que oca­sio­nó la lla­ma­da. Des­de ANAR se es­tá al tan­to de ca­da pro­ce­so que su­po­ne la in­ter­ven­ción de al­gún re­cur­so, pe­ro se mues­tran en­can­ta­dos de que los ni­ños les den su ver­sión.

Lla­ma­da de los adul­tos

An­tes de los 11 años es muy ra­ro que un me­nor aler­te. No co­no­cen el re­cur­so y la ma­yo­ría de las ve­ces ni si­quie­ra sa­ben que son víc­ti­mas de ma­los tra­tos. En­ton­ces son los adul­tos de su en­torno los que avi­san: «He vis­to có­mo la ma­dre pe­ga al ni­ño en la bo­ca y tam­bién he oí­do có­mo le in­sul­ta y le gol­pea. Va muy des­ali­ña­do y con fal­ta de aseo, va con la ro­pa en muy mal es­ta­do. Ba­ja a ju­gar a la ca­lle so­lo. Di­ce la abue­la que por el día es­tá muy can­sa­do por­que se acues­ta a la una de la ma­dru­ga­da». Es­ta es una de­nun­cia real de una mu­jer so­bre el ca­so de un ve­cino que se de­ri­vó a ser­vi­cios so­cia­les; el ni­ño aca­bó vi­vien­do con su abue­la con la ayu­da de los tra­ba­ja­do­res so­cia­les mien­tras la ma­dre in­gre­só en un cen­tro de des­in­to­xi­ca­ción». En otra oca­sión, una abue­la lla­mó pa­ra de­nun­ciar algo mu­cho más gra­ve, su nie­ta le di­jo: «No me gus­ta ir con pa­pi. Es un se­cre­to, pe­ro a ti te lo cuen­to to­do. Me ha­ce ca­ri­cias ma­las».

Des­de la Fun­da­ción ANAR lo tie­nen cla­ro: «Cuan­do un me­nor es­tá en si­tua­ción de ries­go, el adul­to del en­torno que lo sa­be es­tá obli­ga­do a ac­tuar. Tal vez sea la úni­ca per­so­na que pue­de ayu­dar­lo».

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