Los bi­go­tes de Da­lí

La Voz de Galicia (Lugo) - - El Tiempo - Miguel-Anxo Mu­ra­do Es­cri­tor y pe­rio­dis­ta

Da­lí de­cía que, cuan­do pin­ta­ba, le gus­ta­ba un­tar­se acei­te de dá­til en los bi­go­tes y po­ner­se un po­co de miel en las co­mi­su­ras de los la­bios. Era pa­ra atraer a las mos­cas. No a cual­quier mos­ca sino «mos­cas lim­pias y ele­gan­tes, co­mo las de Portlli­gat, que se per­fu­man en las ho­jas de los oli­vos y pa­re­ce que van ves­ti­das de Ba­len­cia­ga». De vez en cuan­do, el ar­tis­ta abría la bo­ca y atra­pa­ba al­gu­na pa­ra sen­tir un ale­teo en el cie­lo del pa­la­dar.

Las mos­cas fas­ci­na­ban a Da­lí, que les de­di­có cua­dros y tex­tos. Pa­ra él eran el re­ba­ño de Bel­ce­bú (que sig­ni­fi­ca pre­ci­sa­men­te el se­ñor de

las mos­cas), el in­sec­to cu­ya al­ma Pla­tón ase­gu­ra que es in­mor­tal. En un plano más pro­sai­co las mos­cas eran una pre­sen­cia cons­tan­te en su re­si­den­cia de Ca­da­qués a cau­sa de las ras­pas de pes­ca­do y los bu­rros ata­dos a las puer­tas de las ca­sas. Tam­bién Mar­cel Du­champ, cuan­do le vi­si­tó allí, pin­tó lue­go mos­cas en su

qués. Y ade­más es­tá el mi­la­gro de San Nar­ci­so, cu­yo cuer­po in­co­rrup­to se en­cuen­tra cer­ca, en la ca­te­dral de Gi­ro­na. Un cua­dro que Da­lí iba a con­tem­plar con fre­cuen­cia ilus­tra el fa­mo­so pro­di­gio: du­ran­te el ase­dio de la ciu­dad en el si­glo XIII por las ar­mas bor­go­ño­nas, la tum­ba de San Nar­ci­so se abre, y de su in­te­rior sa­le una nu­be de mos­cas que siem­bran la pes­te y el te­rror en­tre los asal­tan­tes. Tam­bién el se­pul­cro de Da­lí aca­ban de abrir­lo, en su ca­so pa­ra ha­cer una ex­tra­va­gan­te prue­ba de pa­ter­ni­dad por or­den de una jue­za. Y re­sul­ta que los fo­ren­ses se han en­con­tra­do con el bi­go­te de Da­lí in­tac­to. Es­ta­ba exac­ta­men­te co­mo él lo ha­bía de­ja­do en vi­da, se­ña­lan­do las diez y diez. Los fo­ren­ses se que­da­ron ma­ra­vi­lla­dos. No es muy co­mún es­to de en­con­trar­se con un bi­go­te in­mor­tal. Yo avan­zo la hi­pó­te­sis de que pue­da ha­ber si­do jus­ta­men­te el acei­te de dá­til y la miel los que lo han con­ser­va­do así. Ten­go que con­fe­sar que a mí Da­lí no me en­tu­sias­ma, por­que el su­rrea­lis­mo, li­te­ral­men­te, «no pue­do ver­lo ni en pin­tu­ra». Pe­ro le pro­fe­so un gran res­pe­to co­mo di­bu­jan­te, e in­clu­so sim­pa­tía, por­que fue el crea­dor del lo­go del Chu­pa Chups que nos con­vir­tió a los ni­ños de mi tiem­po en in­sos­pe­cha­dos co­lec­cio­nis­tas de ar­te con­tem­po­rá­neo. El per­so­na­je me in­tere­sa, pe­ro no por­que fue­se un ge­nio, que na­die lo es. La ge­nia­li­dad no es un ser sino un pa­re­cer. Y Da­lí la apa­ren­ta­ba tan bien que in­ven­tó la fi­gu­ra del ar­tis­ta ex­cén­tri­co ge­nial, que en­car­nó con el en­tu­sias­mo ca­rac­te­rís­ti­co del tí­mi­do que se re­di­me en el nar­ci­sis­mo.

Los bi­go­tes eran la ma­ni­fes­ta­ción vi­si­ble y pun­tia­gu­da de ese nar­ci­sis­mo, y por eso, que ha­yan so­bre­vi­vi­do al pro­pio Da­lí es­tá en el or­den na­tu­ral de las co­sas. Por­que en su ca­so ese bi­go­te no era una ca­rac­te­rís­ti­ca sino una esen­cia. No fue Da­lí quien hi­zo cre­cer el bi­go­te sino el bi­go­te quien hi­zo a Da­lí, y aun­que an­tes de de­jár­se­lo ya era un ar­tis­ta co­no­ci­do, fue lo que le con­fi­rió la mar­ca del ge­nio. Así lo en­ten­dió Phi­lip­pe Hals­man cuan­do le vio re­gre­sar de Nue­va York con el mos­ta­cho y le en­ce­rró en su es­tu­dio pa­ra ha­cer­le una fa­mo­sa se­rie de fo­tos. Da­lí, que se lo ha­bía de­ja­do cre­cer pa­ra pa­re­cer­se a Ve­láz­quez, se hi­zo de gol­pe más fa­mo­so que Ve­láz­quez. No de­ja­ron en­trar cá­ma­ras a la aper­tu­ra de su se­pul­cro es­tos días pa­sa­dos, así que no hay imá­ge­nes. Lo cual es bueno, por­que de ese mo­do ca­da uno pue­de fan­ta­sear con lo que quie­ra. Y yo me ima­gino la es­ce­na así: los fo­ren­ses, su­dan­do den­tro de sus ba­tas y sus mas­ca­ri­llas, con las pin­zas en la mano, ob­ser­van asom­bra­dos el mi­la­gro del bi­go­te in­co­rrup­to de Da­lí, cuan­do, de re­pen­te, se abre la bo­ca del di­fun­to y, co­mo en una ver­sión en mi­nia­tu­ra del mi­la­gro de San Nar­ci­so, sa­le una úni­ca mos­ca, vo­lan­do en zig­zag en me­dio del si­len­cio hú­me­do de la crip­ta.

ED

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