Luis En­ri­que va so­bra­do

Me­nos to­que­ci­to y más ve­lo­ci­dad. Le ha qui­ta­do al ti­qui­ta­ca las va­ri­llas horizontales del fut­bo­lín en que nos es­tá­ba­mos con­vir­tien­do

La Voz de Galicia (Lugo) - - OPINIÓN - CÉ­SAR CA­SAL

Luis En­ri­que era ver­ti­cal y te­nía pe­ga­da. Era un al­fil ha­cia el gol des­de la ban­da. Sa­bía el ca­mino de las dia­go­na­les que son pu­ña­la­das pa­ra la de­fen­sa con­tra­ria. La ru­ta de las em­bos­ca­das que sa­be a san­gre y vic­to­ria. Con la se­lec­ción pa­re­ce que ha he­cho bien los de­be­res, co­mo con el Ba­rça. Luis En­ri­que es ob­se­si­vo y com­pul­si­vo. Tra­ba­ja has­ta la ex­te­nua­ción. Tie­ne un ca­rác­ter in­su­fri­ble. Pa­ra los pe­rio­dis­tas es un vol­cán, una mina que pue­des pi­sar en cual­quier se­gun­do y sal­tar por los ai­res. Sus rue­das de pren­sa son pri­me ti­me. Con la se­lec­ción es­tá mi­dien­do sus ex­plo­sio­nes. Es­tá más ins­ti­tu­cio­nal. To­do lo que sa­be ser ins­ti­tu­cio­nal.

Luis En­ri­que es ven­ga­ti­vo. Ha si­do cruel, col­mi­llo re­tor­ci­do, con Jor­di Al­ba. Pe­ro le sal­vó que el fon­do de ar­ma­rio de España no tie­ne fon­do (Mar­cos Alon­so, bien; Ga­yá, es­tu­pen­do).

Luis En­ri­que tie­ne ca­rác­ter y cu­rra has­ta cuan­do duer­me. Ha­ce triatlón y co­que­tea con el Iron Man. Di­cen que es­tá pa­ra ju­gar.

De mo­men­to ha lo­gra­do que España com­bi­ne con me­nos to­que­ci­to y más ve­lo­ci­dad. Le ha qui­ta­do al ti­qui­ta­ca las va­ri­llas horizontales del fut­bo­lín en que nos es­tá­ba­mos con­vir­tien­do.

Ha con­tra­ta­do más ayu­dan­tes y ase­so­res que un po­lí­ti­co. Son una fa­mi­lia, de­ci­den en co­mu­na has­ta que Luis En­ri­que ha­ce lo que le da la ga­na. Con es­te téc­ni­co ha­brá siem­pre es­pec­tácu­lo.

Po­de­mos (y de­be­mos por ju­ga­do­res y je­rar­quía) vol­ver a so­ñar con tí­tu­los. Pe­ro la sol­ven­cia an­te Inglaterra y la pa­pi­lla que hi­ci­mos con Croa­cia deja cla­ro que per­di­mos un mun­dial por cul­pa de la estafa pi­ra­midal que nos or­ga­ni­za­ron Flo­ren­tino/Lo­pe­te­gui/Ru­bia­les.

El mun­dial fue un tor­neo de ve­rano. So­lo hu­bo tres cho­ques a rit­mo bun­ga bun­ga de Cham­pions (Por­tu­gal-España, Fran­cia-Ar­gen­ti­na y Bél­gi­ca-Ja­pón). Lo de­más fue ru­mian­te. Un mun­dial de pe­ga.

En Ru­sia te­nía­mos que es­tar en­tre los cua­tro pri­me­ros sin su­dar. Fue una ver­güen­za. En una semana he­mos des­tro­za­do a la sub­cam­peo­na del mun­do y su­pe­ra­do a una de las se­mi­fi­na­lis­tas en el mí­ti­co Wem­bley. Saúl es una di­vi­ni­dad. España tie­ne dos equi­pos pa­ra sa­lir cam­peo­na. Va so­bra­da. Luis En­ri­que es un so­bra­do y ma­ne­ja­rá co­mo na­die a la ma­yor cons­te­la­ción de es­tre­llas que he­mos te­ni­do nun­ca. Las ca­te­go­rías in­fe­rio­res, lo me­jor y más sano del fút­bol, son una lám­pa­ra de Ala­dino de fa­bri­car ge­nios.

En El­che fue una mas­cle­tá y co­rea­ron su nom­bre. Y a Luis En­ri­que le co­lo­có que lo hi­cie­ran. Fue un subidón de me­taan­fe­ta pa­ra él. Lo va a pe­lear to­do.

A Luis En­ri­que le lle­gó con el co­da­zo en la na­riz de Tas­sot­ti. Los gol­pes edu­can. No creo que lo ca­cen en otra así.

Aho­ra es él el que los da des­de el ban­qui­llo.

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