El doc­tor en eco­no­mía y el pre­su­pues­to

El Eje­cu­ti­vo te­me que el poder no sea su tram­po­lín sino su tum­ba

La Voz de Galicia (Lugo) - - OPINIÓN - RO­BER­TO L. BLAN­CO VAL­DÉS

« Il po­te­re lo­go­ra chi non ce l’ha»

«El poder des­gas­ta a quien no lo tie­ne»). Qui­zá con­ven­ci­do de la irre­fu­ta­bi­li­dad de la cé­le­bre idea de An­dreot­ti, Sán­chez lle­gó al Go­bierno con la tran­qui­li­dad de quien cree ha­ber con­se­gui­do ya lo más di­fí­cil: una alianza ne­ga­ti­va con iz­quier­dis­tas, he­re­de­ros de te­rro­ris­tas y gol­pis­tas, que lo con­ver­tía en pre­si­den­te pe­se a con­tar so­lo con 84 dipu­tados.

Lo­gra­do un acuer­do, in­só­li­to por cons­ti­tu­cio­nal­men­te des­leal, pa­ra ga­nar con una com­po­nen­da en el Con­gre­so, lo que se­gún to­das las en­cues­tas no le iban a dar las elecciones, Sán­chez de­bió pen­sar que lo de­más

—y lo de­más con­sis­tía en go­ber­nar— se­ría lo más fá­cil: co­ser y can­tar, a fin de cuen­tas. Pues con el poder, ya lo ha­bía di­cho Il Di­vo, cam­bia­rían las tor­nas de for­ma ra­di­cal: Sán­chez se­ría el des­gas­ta­dor y los de­más

—a de­re­cha e iz­quier­da— los des­gas­ta­dos. Sin em­bar­go, han bas­ta­do cien días, abiertos y ce­rra­dos con ce­ses ful­mi­nan­tes (un mi­nis­tro por de­frau­dar, una mi­nis­tra por pla­giar) y una serie inin­te­rrum­pi­da de asom­bro­sas contradicciones den­tro del Go­bierno, so­na­das rec­ti­fi­ca­cio­nes en to­dos los te­rre­nos y co­lo­sa­les ban­da­zos a go­gó pa­ra que en el Eje­cu­ti­vo y en el PSOE ha­ya co­men­za­do a cun­dir gran preo­cu­pa­ción, cuan­do no pá­ni­co, por la po­si­bi­li­dad de que el poder no sea su tram­po­lín sino su tum­ba. El es­cán­da­lo de la te­sis del doc­tor Sán­chez, que, pla­gia­da o no, fue una ver­da­de­ra tra­pa­lla­da, ha abier­to los ojos a mi­llo­nes de es­pa­ño­les so­bre el per­so­na­je que es­tá al fren­te del poder eje­cu­ti­vo. El Go­bierno, de­mos­tran­do una vez más su in­dis­cu­ti­ble ca­pa­ci­dad pa­ra ana­li­zar la reali­dad, es­tá per­sua­di­do de que to­dos sus pro­ble­mas pro­ce­den, se­gún pro­cla­ma su por­ta­voz, de una «es­tra­te­gia conjunta» de la opo­si­ción pa­ra «aba­tir» al pre­si­den­te. Y por eso ha de­ci­di­do de­jar­se ya de bro­mas y me­ter­se de lleno en el te­ma fe­tén pa­ra pro­bar su au­to­ri­dad y su pro­yec­to: los Pre­su­pues­tos del Es­ta­do. Aun­que Sán­chez es­tá obli­ga­do, cla­ro, a ne­go­ciar­los, con ello no de­mos­tra­rá au­to­ri­dad al­gu­na, sin em­bar­go, sino to­do lo con­tra­rio: su to­tal dependencia de quie­nes lo hi­cie­ron pre­si­den­te. Que el go­bierno na­cio­nal pac­te los Pre­su­pues­tos con otras fuer­zas no es nin­gu­na no­ve­dad. Ni tam­po­co que lo ha­ga en con­cre­to con los na­cio­na­lis­tas, mu­chas ve­ces apo­yo in­dis­pen­sa­ble, que han co­bra­do sus bue­nos ré­di­tos por ello: la úl­ti­ma vez el PNV con el Eje­cu­ti­vo de Ra­joy.

Pe­ro lo que no ha­bía su­ce­di­do nun­ca has­ta la fe­cha es lo que aho­ra ocu­rri­rá: que los im­pues­tos que pa­ga­re­mos y los ser­vi­cios que re­ci­bi­re­mos de­pen­de­rán de lo que el Go­bierno na­cio­nal ne­go­cie con dos par­ti­dos (ERC y el PDECat) que es­tán en abier­ta re­be­lión con­tra el Es­ta­do, des­pre­cian a España y a los es­pa­ño­les y quie­ren de­jar de ser­lo co­mo sea. Ese in­men­so desa­tino, más que nin­guno de los mu­chos erro­res del Go­bierno, de­ja­rá con cla­ri­dad al des­cu­bier­to en ma­nos de quién es­tá el país.

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