Pe­pi­to Gri­llo

To­dos te­ne­mos la op­ción de to­mar por uno u otro ca­mino

La Voz de Galicia (Lugo) - - OPINIÓN - SU­SA­NA LUAÑA

Si fue­se cier­to que te­ne­mos los po­lí­ti­cos que nos me­re­ce­mos, tam­bién lo se­ría que te­ne­mos la uni­ver­si­dad que nos bus­ca­mos. Pe­ro no es ver­dad. Cor­po­ra­cio­nes mu­ni­ci­pa­les, dipu­tacio­nes y par­la­men­tos es­tán lle­nos de po­lí­ti­cos hon­ra­dos, y en las au­las uni­ver­si­ta­rias pri­ma la ex­ce­len­cia que exi­ge la cá­te­dra. ¿Quién no ha sen­ti­do al­gu­na vez la ten­ta­ción de co­piar? Al que no lo hi­zo, qui­zás lo fre­nó la ver­güen­za o el mie­do a ser des­cu­bier­to.

¿Quién, al­gu­na vez en su vi­da, no se ta­pó los oí­dos an­te el in­sis­ten­te par­lo­teo de Pe­pi­to Gri­llo y se dejó se­du­cir por el ca­mino más fá­cil, que pue­de ir des­de la men­ti­ra pia­do­sa al de­li­to, pa­san­do por las pro­gre­si­vas fa­ses del en­ga­ño, el frau­de, la estafa o la pre­va­ri­ca­ción?

El an­tí­do­to, en otros tiempos, pu­do ser la aver­sión al es­car­nio pú­bli­co o el pa­vor a las lla­mas del in­fierno. Hoy en día, la po­si­bi­li­dad de fi­gu­rar en una lis­ta de mo­ro­sos, el son­ro­jo de abrir­le la puer­ta al co­bra­dor del frac, el su­dor frío de la ci­ta­ción ban­ca­ria o el te­rror a la pér­di­da de la li­ber­tad pue­den ac­tuar co­mo re­vul­si­vo fren­te a las más ba­jas pa­sio­nes.

Pe­ro los peo­res ins­tin­tos es­tán ahí, y na­die sal­dría in­dem­ne de un pa­seo por el Ca­lle­jón del Ga­to o de un re­co­rri­do por el la­be­rin­to de los es­pe­jos cón­ca­vos y con­ve­xos. Tam­po­co de una lec­tu­ra ten­den­cio­sa y pun­ti­llo­sa de un tuit, una car­ta, un exa­men, un tra­ba­jo de fin de más­ter o una te­sis doc­to­ral.

Por eso hay que te­ner cui­da­do con el re­vi­sio­nis­mo, la mo­ra­li­na, la pa­ja en el ojo ajeno y la ca­za de bru­jas.

Hay otros vo­ca­blos di­sua­so­rios en el cam­po se­mán­ti­co de lo que hoy es tren­ding to­pic: dis­ci­pli­na, es­fuer­zo, res­pon­sa­bi­li­dad, de­co­ro, hon­ra­dez, de­cen­cia... Pe­ro es­tán pa­sa­dos de mo­da y lo que pri­ma es la apa­rien­cia, la fa­ma, el ins­tan­te fa­tuo, el men­sa­je pun­zan­te, el ti­tu­lar in­ge­nio­so y el cor­ta y pe­ga.

¿No so­mos to­dos igua­les? Sí, lo so­mos, pe­ro to­dos te­ne­mos la op­ción de to­mar por un ca­mino o por el otro. En reali­dad, por un la­be­rin­to de ca­mi­nos: el as­fal­ta­do, el pe­dre­go­so, el rec­to, el tor­ci­do, el de la de­re­cha, el de la iz­quier­da o el ca­mino del me­dio. Mi abue­lo me de­cía que no ha­bía na­da co­mo dor­mir con la con­cien­cia tran­qui­la. Y te­nía ra­zón. No hay co­mi­sión, ni so­bre ni mor­di­da que pa­gue una no­che a pier­na suel­ta. A los nie­tos de hoy ha­bría que ac­tua­li­zar­les el men­sa­je: «Com­pór­ta­te, a ver si vas a aca­bar de pre­si­den­te del Go­bierno».

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