El vino pa­ra los ni­ños

La Voz de Galicia (A Coruña) - de Vinos - - A SORBOS - POR PE­PE SEOANE

In­tro­du­cir a los es­co­la­res en el co­no­ci­mien­to de la vi­ña y el vino des­de las en­tra­ñas de una mo­der­na bo­de­ga, aso­cian­do esos pa­sos con la lec­tu­ra, el ar­te y la mi­to­lo­gía, es al­go en­co­mia­ble. In­dis­cu­ti­ble des­de la pri­me­ra lí­nea. Es lo que la­te de­trás de On­ta­ñón y el laberinto de las 3 P. En una eta­pa en la que las es­tan­te­rías de las li­bre­rías acu­mu­lan guías y más guías, una cru­da reali­dad que obli­ga a au­to­res y edi­to­res a agu­zar el in­ge­nio pa­ra di­fe­ren­ciar­se en ese ma­re­mág­num de pa­pel, eti­que­tas y co­men­ta­rios, lla­ma la aten­ción que una bo­de­ga pu­bli­que una obra di­ri­gi­da al pú­bli­co infantil y con una cla­ra vo­ca­ción di­dác­ti­ca. Por un la­do, con­tri­bui­rá a ex­ten­der la lla­ma­da cul­tu­ra del vino en­tre los más pe­que­ños. Por otro, per­mi­ti­rá po­ner en ma­nos de la co­mu­ni­dad edu­ca­ti­va un ins­tru­men­to más pa­ra con­tri­buir a la ani­ma­ción a la lec­tu­ra. De he­cho, apar­te del cuen­to pro­pia­men­te di­cho, la obra in­clu­ye va­rias pro­pues­tas de ac­ti­vi­da­des re­la­cio­na­das con el re­la­to. Una so­pa de le­tras, por ejem­plo.

El pú­bli­co de la obra, pues, es­tá muy cla­ro. No exis­te du­da al­gu­na. Sien­do On­ta­ñón una ca­sa con re­fe­ren­cias a la mi­to­lo­gía des­de su exis­ten­cia mis­ma, con una bo­de­ga que es tam­bién mu­seo, el es­ce­na­rio re­sul­ta pre­vi­si­ble, tan­to como que los per­so­na­jes se mue­van por te­rre­nos co­no­ci­dos. Re­sul­ta tan na­tu­ral el en­torno como que a los ni­ños que asis­tie­ron ha­ce po­cos días a la pre­sen­ta­ción de la obra en la pro­pia bo­de­ga se les in­vi­ta­ra a to­mar una co­pi­ta de mos­to. Me­jor, se di­je­ron los or­ga­ni­za­do­res, que cual­quier otra be­bi­da car­bo­na­ta­da y edul­co­ra­da.

Un cuen­to sin malos es como una no­ve­la ne­gra sin cri­men. Un sin­sen­ti­do. Aquí el cen­tau­ro de On­ta­ñón ofre­ce el per­fil bueno. La otra ca­ra la po­ne el Ogro Fi­lo­xé­ri­co, que vie­ne sien­do lo más apro­pia­do tra­tán­do­se de un es­ce­na­rio de vi­ñe­dos, bo­de­gas y vi­nos. Se­gu­ra­men­te a par­te de los es­co­la­res de Rio­ja, a quie­nes en prin­ci­pio va di­ri­gi­da la obra, les so­na­rá eso de la fi­lo­xe­ra como al­go ma­lo. Lo es. Qui­zás ha­ya oí­do al­gu­na vez que tal o cual per­so­na­je es peor que la en­fer­me­dad, peor que el te­mi­do in­sec­to, cu­ya ca­pa­ci­dad de re­pro­duc­ción ha­ce que su me­ra pre­sen­cia se con­vier­ta en una pla­ga. Sus efec­tos fue­ron en su día de­vas­ta­do­res. El cen­tau­ro, con el dis­cu­rrir del re­la­to, lle­ga un mo­men­to en el que se po­ne a ha­cer ca­brio­las, qué co­sas, mien­tras el ogro fi­lo­xé­ri­co, al re­ci­bir una im­por­tan­te can­ti­dad de luz, aca­ba su­mi­do en un tor­be­llino que lo arras­tra ha­cia las pa­re­des del laberinto. El cuen­to, como ha de ser, tie­ne un fi­nal fe­liz. Ariad­na y Dio­ni­sio, los pe­que­ños pro­ta­go­nis­tas, sa­len y des­pi­den al cen­tau­ro, que, ya tran­qui­lo, se que­da cui­dan­do la sa­la de ba­rri­cas. Y re­gre­san a la puer­ta de la bo­de­ga, don­de los es­pe­ra la fa­mi­lia, los tra­ba­ja­do­res y los vi­ti­cul­to­res. Todos aplau­den.

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