EL HAM­BRE Y LA GUE­RRA

La Voz de Galicia (A Coruña) - ExtraVoz - - REPORTAJE -

A lo lar­go de la con­ver­sa­ción (ayu­da­dos por su nie­ta Ana, que fue la en­car­ga­da de la pri­me­ra tien­da de Za­ra en Bel­gra­do) ha re­pe­ti­do un mon­tón de ve­ces la pa­la­bra «sa­vršeno» que quie­re de­cir «per­fec­to». Su tra­ba­jo siem­pre ha si­do la bús­que­da de la per­fec­ción. «Cual­quier tra­ba­jo, por hu­mil­de que sea, de­be es­tar en­ca­mi­na­do a la bús­que­da de la per­fec­ción», me di­ce con una fe in­que­bran­ta­ble. En el año 1980 el maes­tro Ra­de, muy a pe­sar de los di­rec­ti­vos de la em­pre­sa Mo­da, de­jó la fá­bri­ca pa­ra abrir un co­mer­cio pro­pio en Požeženo. En na­da va­rió su vi­da, tra­ba­jo y más tra­ba­jo bien he­cho. Re­ci­bía en­car­gos de to­do el país, pe­ro los pro­ble­mas de sa­lud lo obli­ga­ron a ju­bi­lar­se en el año 1992.

¿Ju­bi­lar­se el maes­tro Ra­de? Des­de en­ton­ces eli­ge los en­car­gos que más le gus­tan y los lle­va a ca­bo en el ta­ller de su ca­sa de Ve­li­ko Gra­diš­te. Le en­can­ta,

Pe­ro a ve­ces el maes­tro Ra­de se au­sen­ta del ta­ller y se mar­cha a cui­dar sus huer­tos a las afue­ras de Ve­li­ko Gra­diš­te. To­do lo que co­me, ve­ge­tal o ani­mal, lo ha plan­ta­do y cui­da­do él con sus ma­nos. El maes­tro Ra­de, sin sa­ber­lo, per­te­ne­ce a la sa­bi­du­ría vé­di­ca que di­ce que no hay que co­mer na­da que uno mis­mo no ha­ya sem­bra­do y co­se­cha­do con su pro­pia mano. Tam­bién se lo ha­ce cum­plir a su fa­mi­lia cuan­do son hués­pe­des. Pre­ci­sa­men­te es­te sa­ber cam­pe­sino los li­bró del ham­bre en tiem­pos de gue­rra. Tiem­pos de gue­rra de­ma­sia­do ha­bi­tua­les en los Bal­ca­nes a lo lar­go de todos los si­glos y tam­bién, es­pe­cial­men­te, du­ran­te el vein­te.

Las gue­rras son el peor re­cuer­do pa­ra el maes­tro Ra­de. To­das las gue­rras, pe­ro es­pe­cial­men­te las ci­vi­les don­de in­clu­so los fa­mi­lia­res se en­fren­tan. Año­ra a la ex–Yu­gos­la­via, a su ver­da­de­ra pa­tria cer­ce­na­da. Cree que, en­ton­ces, vi­vían me­jor, ha­bía más ilu­sión, eran un gran país re­co­no­ci­do en to­do el mundo. Pe­ro él siem­pre su­per­po­ne la ale­gría a la tris­te­za. Se mon­ta de nue­vo en su bi­ci­cle­ta, da por ter­mi­na­da la con­ver­sa­ción y em­pren­de su pe­da­lear ha­cia los huer­tos de maíz re­cor­dán­do­me la pro­me­sa de que, al­gún día no muy le­jano, en Co­ru­ña, re­co­rre­re­mos jun­tos, con Aman­cio Or­te­ga, los gran­des ta­lle­res que él ima­gi­na como un Va­ti­cano. «¡Ah! y mán­de­me un bi­lle­te de la lotería de Navidad. Si to­ca­se, en­ton­ces sí que ten­dría­mos ase­gu­ra­da la vi­si­ta»

Año­ra a la ex-Yu­gos­la­via, a su ver­da­de­ra pa­tria cer­ce­na­da. Cree que en­ton­ces ha­bía más ilu­sión

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