Una ví­bo­ra en Holly­wood

DOS PE­LÍ­CU­LAS DES­TA­PAN LA FI­GU­RA DE LA AC­TRIZ Y CO­LUM­NIS­TA MÁS IN­FLU­YEN­TE DE LA ÉPO­CA DO­RA­DA DEL CI­NE, QUE ERA CA­PAZ DE EN­CUM­BRAR O HUN­DIR A UNA ES­TRE­LLA CON SUS CO­MEN­TA­RIOS

La Voz de Galicia (A Coruña) - ExtraVoz - - ACTUALIDAD - Por Vic­to­ria To­ro Co­rres­pon­sal en Nue­va York

Fue una de las pro­ta­go­nis­tas más so­bre­sa­lien­tes de la Edad de Oro de Holly­wood. Pe­ro no triunfó como ac­triz o como guio­nis­ta, lo que hi­zo Hop­per fue ele­var el co­ti­lleo a la ca­te­go­ría de ar­ma. A fi­na­les de los años trein­ta, cuan­do vio que sus ini­cios como co­ris­ta me­dio­cre en Broad­way no la lle­va­ban más que a ac­triz me­dio­cre de re­par­to en la Me­ca del Ci­ne, Hop­per bus­có otra ma­ne­ra de ga­nar di­ne­ro. Y la en­con­tró.

Co­men­zó a es­cri­bir una co­lum­na de in­for­ma­ción so­cial en la que, como en tan­tas otras co­sas de su vi­da, se ade­lan­tó a su tiem­po. Mez­cla­ba la in­for­ma­ción con el co­ti­lleo y la vi­da pro­fe­sio­nal de las estrellas con su vi­da per­so­nal cuan­do eso to­da­vía no era lo ha­bi­tual. Pe­ro so­bre to­do, Hed­da Hop­per es­ta­ba muy bien in­for­ma­da. Lo sa­bía to­do, tan­to de lo pú­bli­co como de lo pri­va­do. Y de­ci­día cuán­do, có­mo y si lo pu­bli­ca­ba. «Sus co­lum­nas eran lo pri­me­ro que mi­rá­ba­mos ca­da ma­ña­na pa­ra sa­ber qué es­ta­ba pa­san­do», ase­gu­ra­ría años más tar­de Bob Ho­pe.

Apa­re­cer ci­ta­do un par de ve­ces en las co­lum­nas de Hed­da Hopp­per sig­ni­fi­ca­ba que un guio­nis­ta veía como su suel­do se quin­tu­pli­ca­ba. Pe­ro tam­bién al con­tra­rio, su plu­ma afi­la­da des­truía ca­rre­ras. Y no so­lo ca­rre­ras, tam­bién ma­tri­mo­nios o pa­re­jas. En los años cua­ren­ta ga­na­ba 200.000 dó­la­res al año con su tra­ba­jo. Se cons­tru­yó una lu­jo­sa ca­sa en Holly­wood de la que de­cía que ha­bía si­do «edi­fi­ca­da con el mie­do». Y creó una mar­ca de sí mis­ma. Lle­va­ba enor­mes som­bre­ros es­tra­fa­la­rios y ves­ti­dos en to­nos rosa y mo­ra­do que eran su se­ña de iden­ti­dad. «Cau­sé sen­sa­ción en Be­verly Hills ano­che con nues­tro som­bre­ro de plu­mas ne­gro — le es­cri­bió una vez al di­se­ña­dor que le ha­bía he­cho uno de sus to­ca­dos—. Por su­pues­to, yo no po­día ver, pe­ro los de­más sí me vie­ron y co­men­ta­ron».

Hop­per tu­vo muy cla­ro siem­pre lo im­por­tan­te que era el as­pec­to y, so­bre to­do, que es­te fue­ra iden­ti­fi­ca­ble y re­co­no­ci­ble. Cuan­do so­lo era una ac­triz más la con­tra­ta­ron pa­ra ha­cer un pe­que­ño pa­pel. En esa épo­ca eran los pro­pios ac­to­res los que te­nían que apor­tar su ves­tua­rio. Hop­per se gas­tó los cin­co mil dó­la­res que ha­bía co­bra­do en su tra­ba­jo an­te­rior en com­prar­se un guar­da­rro­pa ex­cep­cio­nal. Tan­to que su ves­tua­rio con­si­guió os­cu­re­cer las apa­ri­cio­nes de la pro­ta­go­nis­ta. Ella mis­ma con­ta- ría más tar­de que a par­tir de en­ton­ces, los pro­duc­to­res que no co­no­cían su nom­bre la re­cor­da­ban como la «chi­ca aque­lla que apa­re­ció con todos aque­llos ves­ti­dos es­pec­ta­cu­la­res»..

La fi­gu­ra le­gen­da­ria de Hop­per es­tá de ac­tua­li­dad de nue­vo, cuan­do se cum­plen cin­cuen­ta años de su muer­te, a cau­sa de dos pe­lí­cu­las. Trum­bo y Ave, Ce­sar. En am­bas apa­re­ce el per­so­na­je de Hop­per. La pri­me­ra es la his­to­ria de la lis­ta ne­gra de Holly­wood, aque­lla re­la­ción de crea­do­res que fue­ron obli­ga­dos a de­jar de tra­ba­jar por sus sim­pa­tías co­mu­nis­tas y cu­ya fi­gu­ra más co­no­ci­da fue el guio­nis­ta Dal­ton Trum­bo. En la pe­lí­cu­la, que en Es­ta­dos Uni­dos se es­tre­na el pró­xi­mo 5 de fe­bre­ro, He­len Mi­rren in­ter­pre­ta el pa­pel de Hop­per, que alen­tó in­can­sa­ble­men­te des­de su co­lum­na aque­lla per­se­cu­ción ideo­ló­gi­ca. Tam­bién apa­re­ce su fi­gu­ra en la nue­va pe­lí­cu­la de los her­ma­nos Cohen, Ave, Cé­sar, in­ter­pre­ta­da por otra ac­triz bri­tá­ni­ca, Til­da Swin­ton y que se es­tre­na­rá en el Fes­ti­val de Ci­ne de Ber­lín el día 16 de fe­bre­ro.

EN­CON­TRO­NA­ZOS CON LAS ESTRELLAS

Las estrellas de Holly­wood te­mían a Hed­da. En una oca­sión pu­bli­có que el ac­tor Jo­seph Cot­ten es­ta­ba te­nien­do una aven­tu­ra con una de sus com­pa­ñe­ras de ro­da­je. Po­cos días des­pués Hop­per es­ta­ba en un res­tau­ran­te a pun­to de sen­tar­se cuan­do en­tró Cot­ten que se acer­có por de­trás, le re­ti­ró la si­lla pa­ra que se ca­ye­ra y le di­jo. «Si vuel­ves a es­cri­bir al­go fal­so so­bre mí te da­ré una pa­ta­da en el cu­lo». No le dio la pa­ta­da pe­ro las me­mo­rias de Or­son Wells re­ve­la­ron mu­chos años más tar­de que lo que Hed­da Hop­per ha­bía es­cri­to so­bre los amo­ríos de Cot­ten con aque­lla ac­triz era cier­to.

El que sí le dio li­te­ral­men­te esa pa­ta­da en el cu­lo fue Spen­cer Tracy cuan­do en la co­lum­na apa­re­ció una in­for­ma­ción so­bre él y su pa­re­ja ofi­cio­sa Kat­ha­ri­ne Hep­burn. Y Joan Ben­net, la Amy March de Mu­jer­ci­tas, le en­vió una mo­fe­ta en un San Valentín. Pe­ro Hed­da Hop­per si­guió es­cri­bien­do in­can­sa­ble­men­te has­ta el mo­men­to de su muer­te en 1966 a los ochen­ta años. En­tre otras co­sas pu­bli­có sus me­mo­rias: Ba­jo mi som­bre­ro.

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