MA­TÍAS VARELA, EL GALLEGO QUE TRIUN­FA EN «NAR­COS»

Lo pre­sen­tan co­mo sueco pe­ro las raí­ces de Ma­tías Varela (Es­to­col­mo, 1980) no pue­den ser más ga­lle­gas. O me­jor di­cho, cam­ba­de­sas. Es la re­ve­la­ción de la ter­ce­ra en­tre­ga de «Nar­cos»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - TEX­TO: MI­LA MÉN­DEZ

Col­gó los há­bi­tos de al­ba­ñil ha­ce ochos años por una lo­cu­ra: el ci­ne. En un país don­de el ape­lli­do y el fí­si­co lo de­la­tan, cos­tó ser uno de los su­yos. Co­lec­cio­na papeles de ma­lo sin des­pei­nar­se. No le ha ido tan mal. Lo no­mi­na­ron en dos oca­sio­nes a los Guld­bag­ge, los Go­ya del ci­ne sueco. De la mano de Net­flix, el pú­bli­co de me­dio pla­ne­ta asocia aho­ra su ros­tro al de Jor­ge Sal­ce­do. Avi­so im­por­tan­te: la en­tre­vis­ta con­tie­ne spoi­lers.

—¿Có­mo ha si­do po­ner­se en la piel de un per­so­na­je real co­mo es­te? Jor­ge Sal­ce­do vi­ve en el más es­tric­to ano­ni­ma­to des­pués de en­fren­tar­se al car­tel de Ca­li…

—Me pa­re­ció un pa­pel in­tere­san­te por­que él eli­gió es­ta vi­da por ava­ri­cia, no por ne­ce­si­dad. Te­nía es­tu­dios, una es­po­sa con un tra­ba­jo de éxi­to co­mo abo­ga­da, ca­sa, hi­jos… Me pre­gun­té: ¿por qué un hom­bre que tie­ne to­do eli­ge me­ter­se en un mun­do co­mo es­te? Creo que te­nía la ne­ce­si­dad de ser al­guien con po­der.

—¿En al­gún mo­men­to te has sen­ti­do iden­ti­fi­ca­do con él?

—Para na­da. No me me­te­ría en ese ti­po de líos.

—¿Y sa­bes qué opi­na él de tu in­ter­pre­ta­ción?

—Nun­ca tu­ve tra­to con el au­tén­ti­co Sal­ce­do. Tam­po­co me pa­re­ció re­le­van­te, no que­ría con­ta­mi­nar la in­ter­pre­ta­ción. Sí se reunie­ron con él gen­te del equi­po de pro­duc­ción de Net­flix. So­bre el re­sul­ta­do fi­nal, un agen­te de la DEA del que soy ami­go me hi­zo lle­gar su apro­ba­ción.

—¿Crees que es uno de tus me­jo­res papeles?

—En EE.UU. es­toy re­ci­bien­do muy bue­nas crí­ti­cas. Y, en sie­te años, ¡es la pri­me­ra vez que no ha­go de ma­lo! Sal­ce­do es un bueno en­tre co­mi­llas. Un bueno-ma­lo.

—¿Se ha no­ta­do el pa­so por una pro­duc­ción co­mo «Nar­cos»?

—Sí que abre las puer­tas. Aun­que ya hi­ce dos pe­lí­cu­las grin­gas y es­tu­ve en un par de se­ries, es un pa­pel gran­de, el pri­me­ro pro­ta­go­nis­ta que ten­go fue­ra de Sue­cia. Y es­ta es la cu­na del ci­ne.

—¿Sa­bes que mu­chos ac­to­res es­pa­ño­les re­nun­cian a sal­tar el char­co por mie­do a en­ca­si­llar­se en el rol de ma­los?

—¡Ay, qué sen­si­bles son los ac­to­res es­pa­ño­les! Yo no pue­do per­mi­tir­me eso. Mi­ra, an­tes tra­ba­ja­ba en el mun­do de la cons­truc­ción y te pue­do ase­gu­rar que cual­quier pa­pel es me­jor.

—¿Se ha su­pe­ra­do ya el vér­ti­go de es­tar a la al­tu­ra de las dos pri­me­ras tem­po­ra­das?

—Ha­bía mu­cha pre­sión. Sin Pa­blo Es­co­bar se creía que no iba a te­ner ti­rón, pe­ro hay crí­ti­cas que di­cen que es­ta ter­ce­ra tem­po­ra­da es aún me­jor.

—¿Hay «Nar­cos» para ra­to?

—Sí, con­ti­núa, pe­ro ya con otros ac­to­res. La cuar­ta tem­po­ra­da tras­la­da la ac­ción a Mé­xi­co.

—En Co­lom­bia mu­chos cri­ti­can es­ta ob­se­sión con un pa­sa­do que quie­ren su­pe­rar…

—Es­tu­ve en el país ha­ce po­co y pue­do de­cir que no tie­ne na­da que ver con la Co­lom­bia de los años 80 y 90 que re­tra­ta Nar­cos. Es­to es ar­te y, ade­más, no se glo­ri­fi­ca. To­dos los per­so­na­jes aca­ban mal, muer­tos o en la cár­cel. Mi per­so­na­je tam­po­co sa­le bien pa­ra­do.

—La se­rie tam­bién es una mez­cla de acen­tos. Hay es­pec­ta­do­res que se han que­ja­do por eso.

—Ha­blo español, sueco, in­glés, gallego y has­ta por­tu­gués. Me crie en Es­to­col­mo con mis pa­dres, que son de Cam­ba­dos, y con ami­gos chi­le­nos y ar­gen­ti­nos. Mi español pue­de so­nar al­go ra­ro, sí. Pe­ro, por el mo­men­to, no vi nin­gu­na crí­ti­ca so­bre mi acen­to. De to­das for­mas, creo que si la gen­te se fi­ja en eso y no en la in­ter­pre­ta­ción es que no ha­ces bien el tra­ba­jo.

—¿Tú pa­sa­por­te qué po­ne?

—Na­cí en Es­to­col­mo, don­de me crie y vi­vo, pe­ro mi pa­sa­por­te es español. Es cier­to que ha­ce diez años aquí no me lla­ma­ban sueco. Las co­sas cam­bian mu­cho cuan­do ha­ces co­sas in­tere­san­tes, sa­les en los me­dios…

—En­ton­ces, ¿de dón­de te sien­tes?

—Cam­ba­dés y es­to­col­mi­ta. Ni español ni sueco. Si voy a Ma­drid soy un tu­ris­ta. Si voy a Go­tem­bur­go lo mis­mo. Mi­ra, voy a ha­blar de po­lí­ti­ca. El na­cio­na­lis­mo, cuan­do ca­te­go­ri­za las co­sas, solo trae pro­ble­mas. Al fin y al ca­bo, to­dos so­mos hu­ma­nos.

—¿Te mo­jas si te pre­gun­to por un equi­po de fút­bol gallego?

—¡Cla­ro! ¡Cel­ta de Vi­go!

—¿Vas mu­cho por Cam­ba­dos?

— ¡Sí! Es­te verano has­ta di el pre­gón. Siem­pre que jun­to dos se­ma­nas me ven­go. Ten­go un be­bé que no lle­ga a los dos años y ya es­tu­vo aquí tres ve­ces.

—¿Có­mo vi­ves en tu ca­sa ga­lle­ga la po­pu­la­ri­dad?

— Soy una per­so­na bas­tan­te sen­ci­lla. Ten­go mi pan­di­lla de to­da la vi­da de Cam­ba­dos. Ami­gos que ven to­das las pe­lis, aun­que sean en sueco y no en­tien­dan na­da. Igual pien­san que soy un pa­que­te.

—¿Y tus pa­dres?

—Mi ma­dre no para de llo­rar. Mi vi­da co­mo hi­jo de emi­gran­tes no fue fá­cil. Pe­ro yo tam­bién es­toy muy or­gu­llo­so de ellos. Por ellos lle­gué has­ta aquí.

—¿Te que­da­rás por Holly­wood o re­gre­sas a Es­to­col­mo?

—En los úl­ti­mos 4 años he ro­da­do en 15 paí­ses. En don­de sal­ga tra­ba­jo ahí es­tás. Solo pue­do de­cir que el de Sal­ce­do no se­rá mi úl­ti­mo pa­pel en Es­ta­dos Uni­dos.

Gra­cias a mis pa­dres es­toy aquí. Mi vi­da de emigrante no fue fá­cil

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