“Lo que más me cues­ta ha­cer del día es me­ter­me en la ca­ma”

MA­RÍA CAS­TRO ACTRIZ

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - TEATRO - TEX­TO: CAR­LOS CRES­PO

Dos cues­tio­nes a las que ha si­do aje­na han de­ter­mi­na­do su vi­da: ser pe­li­rro­ja y ser ga­lle­ga. El res­to le ha ido lle­gan­do co­mo con­se­cuen­cia de su in­con­te­ni­ble ca­pa­ci­dad de tra­ba­jo y de un ta­len­to for­ja­do a gol­pe de ca­be­zo­ne­ría y te­són. El pró­xi­mo fin de se­ma­na re­gre­sa «fe­liz» a su tie­rra pa­ra po­ner en es­ce­na la exi­to­sa co­me­dia de en­re­do «Dos más dos» que pro­ta­go­ni­za jun­to a Da­niel Guz­mán, Mi­ren Ibar­gu­ren y Álex Ba­raho­na.

El di­le­ma es­tá ser­vi­do y es de esos que el es­pec­ta­dor se lle­va con­si­go más allá del um­bral del pa­tio de bu­ta­cas. ¿Qué ha­ríais si pa­ra reac­ti­var la pa­sión de un ya ano­dino ma­tri­mo­nio vues­tros me­jo­res ami­gos os pro­po­nen un in­ter­cam­bio de pa­re­jas? So­bre es­ta, en apa­rien­cia, frí­vo­la pro­po­si­ción Dos más dos ar­ti­cu­la un en­re­do de no­ta­bles di­men­sio­nes. «E ines­pe­ra­das con­se­cuen­cias», apos­ti­lla Ma­ría Cas­tro. —¿Dos más dos siem­pre son cua­tro?

—Pue­den ser has­ta ocho, co­mo di­ce la fun­ción. Siem­pre y cuan­do to­dos es­tén de acuer­do y sea ba­jo el mis­mo te­cho. —Te tras­la­do una de las cues­tio­nes que plan­tean los di­rec­to­res de es­ta fun­ción, ¿es po­si­ble man­te­ner la pa­sión en las re­la­cio­nes lar­gas? —Sí, cla­ro que es po­si­ble pe­ro hay que cu­rrár­se­lo. Si nos ha­ce­mos có­mo­dos, adiós. Si aban­do­nas la lu­ju­ria un mes ella te va a aban­do­nar a ti seis. —Y otra más de las que sub­ya­cen en la obra, ¿es su­fi­cien­te el amor pa­ra man­te­ner uni­da una pa­re­ja? —No. A ve­ces el amor se con­vier­te en al­go in­sano. Ha­ce fal­ta amor ra­cio­nal, res­pe­to, ca­ri­ño y, por su­pues­to, se­xo. —¿Hay so­lo una ma­ne­ra de en­ten­der la fi­de­li­dad?

—Uf, es­ta sí que es com­pli­ca­da... Creo que no. La fi­de­li­dad se asien­ta en las nor­mas que acuer­da ca­da pa­re­ja. En ba­se a eso mi idea de la fi­de­li­dad pue­de no te­ner na­da que ver con la tu­ya. —¿Si­gue sien­do el se­xo un gran ta­bú in­clu­so den­tro de la pa­re­ja?

—Pa­ra mu­chas sí. Es al­go que es­tá ahí, que mu­chas ve­ces ge­ne­ra un pro­ble­ma pe­ro del que no se quie­re ha­blar. Y creo que no hay na­da más sano que ser trans­pa­ren­te en la pa­re­ja, en to­dos los as­pec­tos. En es­te tam­bién. Es al­go no fun­da­men­tal pe­ro sí im­por­tan­te. —Y la pre­gun­ta del mi­llón, cla­ro. ¿Có­mo re­ci­bi­ría Ma­ría Cas­tro una pro­po­si­ción así? —Me re­sul­ta­ría im­po­si­ble. No, no po­dría. Te­nien­do en cuen­ta co­mo soy yo lo veo co­mo cien­cia fic­ción. No so­lo por­que no so­por­ta­ría ver a mi pa­re­ja con otra per­so­na sino por­que yo tam­po­co po­dría dar el pa­so. Ade­más, no lo ne­ce­si­to [se ríe]. Cuan­do una per­so­na te lle­na tan­to co­mo es el ca­so de mi pa­re­ja no necesitas bus­car más allá. —Es­tos días se ha­bla mu­cho de la si­tua­ción de la mu­jer en las ar­tes es­cé­ni­cas y de esas de­nun­cias de aco­sos que es­tán sa­lien­do a la luz, ¿Qué tie­nes que de­cir al res­pec­to? —Yo he te­ni­do la suer­te de no ha­ber su­fri­do nun­ca una si­tua­ción así. Se oye ha­blar de ca­sos pe­ro yo no los he vi­vi­do ni en pri­me­ra per­so­na ni muy de cer­ca. Afor­tu­na­da­men­te, por­que si al­go no so­por­to en la vi­da es la pre­sión por par­te de quien tie­ne el po­der fren­te al más dé­bil. Si­tua­cio­nes co­mo las que se de­nun­cian de­be­rían es­tar más que erra­di­ca­das. Me pa­re­ce in­creí­ble te­ner que es­tar a es­tas al­tu­ras de­fen­dien­do la igual­dad de las mu­je­res y la equi­dad que de­be­ría exis­tir tan­to en la­bo­res ar­tís­ti­cas co­mo téc­ni­cas. —¿Tam­bién hay mu­cha di­fe­ren­cia en cuan­to a los sa­la­rios? —A ni­vel ar­tís­ti­co, no. Ca­da uno tie­ne su ca­ché y de­pen­de del es­ta­tus que ten­gas en ca­da mo­men­to más que de si eres hom­bre o mu­jer. —¿En al­gún mo­men­to de tu tra­yec­to­ria pro­fe­sio­nal has te­ni­do sen­sa­ción de vér­ti­go, de per­der el con­trol? —No, a pe­sar de la vo­rá­gi­ne en la que es­toy me­ti­da no he te­ni­do esa sen­sa­ción. Cuan­do es­toy tra­ba­jan­do pro­cu­ro mos­trar­me muy se­gu­ra. Des­pués, ya en ca­sa, qui­zá no lo sea tan­to co­mo apa­ren­to. Pe­ro si to­mo la de­ci­sión de ha­cer al­go me ti­ro siem­pre a la pis­ci­na. —Da la sen­sa­ción de que con­si­gues to­do lo que te pro­po­nes, de que lo tie­nes to­do. ¿Qué echas de me­nos? —Es­tar más tiem­po con mi fa­mi­lia. Aho­ra ten­go la suer­te de que mis pa­dres es­tán jubilados y pa­san tem­po­ra­das más lar­gas con­mi­go en Ma­drid, pe­ro en Ga­li­cia ten­go a mis her­ma­nos, a mis so­bri­nos y a mi abue­la que tie­ne 96 años. Por eso cuan­do voy ape­nas vi­si­to a mis ami­gos, so­lo quie­ro ex­pri­mir a mi fa­mi­lia a be­sos. —Ha­ce unos años sur­gió una ge­ne­ra­ción de ac­to­res gallegos que al­can­zas­teis un no­ta­ble re­co­no­ci­mien­to en el res­to de Es­pa­ña. Da la sen­sa­ción de que en es­tos úl­ti­mos años ha ha­bi­do co­mo un pa­rón y que ya no sa­len tan­tos. ¿Cuá­les crees que pue­den ser las ra­zo­nes por las que es­to ocu­rre? —Jus­to cuan­do yo me fui ape­nas ha­bía pro­duc­cio­nes en Ga­li­cia. A lo me­jor la ra­zón es por­que aho­ra se ha­ce mu­cho ci­ne y mu­chas se­ries en Ga­li­cia y los ac­to­res tie­nen tra­ba­jo en su tie­rra. Yo no me arre­pien­to de ha­ber­lo he­cho pe­ro qui­zá si en­ton­ces hu­bie­se te­ni­do tra­ba­jo en Ga­li­cia no ha­bría da­do el pa­so de ir­me a Ma­drid.

—Tú que siem­pre pre­su­mes de tu pro­ce­den­cia, ¿cuál es el tó­pi­co de Ga­li­cia que más te mo­les­ta? —No me en­cuen­tro yo con mu­cha gen­te que ha­ble mal de nues­tra idio­sin­cra­sia. Por­que no tie­nen mo­ti­vos [se ríe]. Lo úni­co es que a ve­ces me di­cen que por el tono de voz y la ca­den­cia ha­bla­mos co­mo con pe­na. Y yo creo que no, que los gallegos so­mos su­per­ale­gres. —¿De qué pre­su­mes?

—De to­do. De la tie­rra, que es pre­cio­sa me­nos cuan­do nos la que­man, de la co­mi­da, de mi fa­mi­lia... Pa­ra mí es un or­gu­llo pre­su­mir por ahí fue­ra de una tie­rra tan bo­ni­ta co­mo la nues­tra. —Com­ple­te­mos el re­frán, ¿de qué ca­re­ces?

—A tí­tu­lo per­so­nal, ten­go que tra­ba­jar el no dar­le tan­ta im­por­tan­cia a mis erro­res. Y si ha­bla­mos de Ga­li­cia, ca­rez­co de un AVE pa­ra ir y vol­ver de Ga­li­cia a Ma­drid más có­mo­da­men­te. —¿Cuán­to mar­ca el ser, co­mo tú di­ces, za­naho­ria?

—Más de lo que te pue­des ima­gi­nar. Pa­ra bien y pa­ra mal. Pue­do op­tar a de­ter­mi­na­dos per­so­na­jes por el he­cho de ser di­fe­ren­te pe­ro ¿cuán­tas pe­li­rro­jas ves tú en ca­da se­rie de te­le­vi­sión? —A al­guien tan in­quie­ta y ac­ti­va co­mo tú, ¿qué es lo que más le cues­ta ha­cer del día? —Me­ter­me en la ca­ma. Por­que es que siem­pre ten­go al­go que ha­cer.

—En los tiem­pos que co­rren ¿no te­mes pe­car de de­ma­sia­do op­ti­mis­ta?

—Siem­pre hay al­gu­na oca­sión pa­ra son­reír y nin­gu­na pa­ra ti­rar la toa­lla.

—¿No te da un po­co de ra­bia que si hoy es­cri­bes Ma­ría Cas­tro en Goo­gle las 20 pri­me­ras en­tra­das es­tén re­la­cio­na­das con tu pe­di­da de mano en «El Hor­mi­gue­ro»? —No, pa­ra na­da. Fue una sorpresa tan gran­de y tan dul­ce que lo com­pen­sa to­do. Re­to­man­do lo que ha­blá­ba­mos del prin­ci­pio, son de­ta­lles co­mo ese los que pre­ci­sa­men­te per­mi­ten man­te­ner vi­va la pa­re­ja. —¿No te ha­bría gus­ta­do que fue­se un mo­men­to más ín­ti­mo y no de­lan­te de cua­tro mi­llo­nes de es­pec­ta­do­res? —Pa­ra mí no ha­bía cua­tro mi­llo­nes de per­so­nas, pa­ra mí so­lo es­ta­ba él. Fue pre­cio­so, elegante... Te ase­gu­ro que pa­ra mí fue igual de pri­va­do que si hu­bie­ra si­do en la in­ti­mi­dad.

¿Cuán­tas pe­li­rro­jas ves tú en ca­da se­rie de te­le­vi­sion?

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.