“Aho­ra ya no po­dría con­ce­bir la vi­da sin es­cri­bir”

No es nue­va en las li­bre­rías. Su no­ve­la «La ca­sa de los amo­res im­po­si­bles» fue tra­du­ci­da a quin­ce idio­mas y pu­bli­ca­da en vein­ti­dós paí­ses. Gra­cias a es­te éxi­to li­te­ra­rio, Cris­ti­na López Ba­rrio aban­do­nó la abo­ga­cía pa­ra de­di­car­se ple­na­men­te a la es­cri­tu­ra.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - ENTREVISTA . LA FINALISTA DEL PLANETA - TEX­TO: VIR­GI­NIA MA­DRID

Aun­que no sa­be por qué es­cri­be, Cris­ti­na López Ba­rrio (Ma­drid, 1970) no con­ci­be la vi­da sin es­cri­bir y sin li­bros. «Siem­pre que via­jo lle­vo un libro con­mi­go, así cuan­do lle­go a un ho­tel, no me sien­to so­la y le­jos de ca­sa». Re­co­no­ce que es fan­ta­sio­sa y siem­pre an­da por las nu­bes, pe­ro a Flora, la pro­ta­go­nis­ta de Nie­bla en Tán­ger, su no­ve­la pre­mia­da, le ha re­ga­la­do su va­len­tía. «Le he im­pri­mi­do mi in­quie­tud, mi per­se­ve­ran­cia y el no ren­dir­se ja­más». Hoy, con­ver­ti­da en una es­cri­to­ra su­per­ven­tas, re­cuer­da sus di­fí­ci­les ini­cios en el mun­do de la li­te­ra­tu­ra: «En­via­ba ilu­sio­na­da mis his­to­rias a las editoriales y so­lo re­ci­bía car­tas de re­cha­zo. Pe­ro nun­ca me de­jé lle­var por el des­alien­to y el desáni­mo».

—Te pre­sen­tas por pri­me­ra vez al Pre­mio Pla­ne­ta y que­das fi­na­lis­ta. ¿Ya lo has asi­mi­la­do o si­gues pen­san­do que es­tás vi­vien­do un sue­ño?

—Aún es­toy en la nu­be. Todo lo que he vi­vi­do des­de la noche del pre­mio ha si­do un tor­be­llino emo­cio­nal in­men­so. Y co­mo no he pa­ra­do con tan­to via­je y tan­ta en­tre­vis­ta, pues aún no me creo que mi nom­bre se en­cuen­tre entre la lis­ta de los pre­mia­dos. Es un gran ho­nor y una enor­me res­pon­sa­bi­li­dad.

—¿Entre tus ilu­sio­nes se en­con­tra­ba aca­ri­ciar el Pla­ne­ta?

—Uno siem­pre fan­ta­sea: «Oja­lá al­gún día mi nom­bre es­té entre los pre­mia­dos». Era un oja­lá, un sue­ño, y se ha cum­pli­do. Y com­par­tir es­ta aven­tu­ra con Ja­vier Sie­rra es un lu­jo, por­que es un ti­po sen­sa­cio­nal. Pe­ro fue Pal­mi­ra Már­quez, mi agen­te, quien me ani­mó a pre­sen­tar­me y al fi­nal, es­ta his­to­ria sa­lió más que bien.

—¿Qué re­cuer­das de aque­lla noche?

Fue una noche muy bo­ni­ta y emo­cio­nan­te, en la que ape­nas ce­né de lo ner­vio­sa que es­ta­ba. Cuan­do Carmen Po­sa­das, que fue la ma­dri­na de mi pri­me­ra no­ve­la, le­yó mi nom­bre, se me en­co­gió el es­tó­ma­go y me em­bar­gó la emo­ción. Me lan­cé a abrazar a mi ma­ri­do, que es­ta­ba muy emo­cio­na­do, y a Pal­mi­ra, mi agen­te, que no pa­ra­ba de de­cir­me: «Lo has con­se­gui­do. Lo has con­se­gui­do». No re­cuer­do ni lo que di­je cuan­do me en­tre­ga­ron el pre­mio, por­que ape­nas me sa­lía la voz. Mi­ra­ba, pe­ro no veía. Re­cuer­do las ca­ri­ño­sas pa­la­bras de felicitación de Na­ti­vel Pre­cia­do y de Ma­ría Due­ñas.

Fue una noche má­gi­ca.

—Cuén­ta­nos, ¿a qué vas a des­ti­nar el di­ne­ro del pre­mio?

—A es­cri­bir otra no­ve­la. Y ade­más, es­ta­mos bus­can­do un ho­gar, una ca­sa don­de asen­tar­nos.

—Ha­ble­mos de «Nie­bla en Tán­ger», en la que Flora Gas­cón es la pro­ta­go­nis­ta. ¿Cuán­to de ti en­con­tra­mos en es­ta mu­jer?

—Flora es­tá per­di­da, no sa­be quién es, ni por qué lle­va una vi­da que no quie­re. Se de­ba­te entre la co­mo­di­dad, esa se­gu­ri­dad abu­rri­da de su ma­tri­mo­nio y una pro­fe­sión que tam­po­co le sa­tis­fa­ce, y su pro­pia li­ber­tad. Sa­lir de eso re­quie­re ser va­lien­te y acep­tar mu­chas re­nun­cias. Le he im­pri­mi­do mi in­quie­tud, mi va­len­tía y mi per­se­ve­ran­cia, el no ren­dir­se ja­más. Es­ta no­ve­la es un via­je fí­si­co y psi­co­ló­gi­co del po­der de las pa­la­bras y a la vez un

jue­go de­tec­ti­ves­co.

—Lo que sí te di­fe­ren­cia de Flora es que has lo­gra­do cen­trar tu vi­da en tu vo­ca­ción.

—Siem­pre qui­se es­cri­bir. Em­pe­cé a los on­ce años con poe­sía y pe­que­ños cuen­ti­tos. Es­tu­dié Derecho y ejer­cí, pe­ro te­nía esa es­pi­ni­ta cla­va­da de la li­te­ra­tu­ra. Ha­blé con mi familia y les di­je que te­nía que in­ten­tar­lo y lo apos­té todo a los li­bros y la es­cri­tu­ra. Fue un sal­to al va­cío, por­que es­ta es una pro­fe­sión de al­ti­ba­jos. To­da­vía si­gue sien­do un mis­te­rio por qué un libro fun­cio­na y otro no. Pe­ro, me sien­to muy or­gu­llo­sa de la de­ci­sión que to­mé, por­que aho­ra no con­ci­bo la vi­da sin es­cri­bir.

—Aho­ra, tus li­bros es­tán entre los más ven­di­dos y te has con­ver­ti­do en una es­cri­to­ra muy po­pu­lar. Pe­ro, ¿re­cuer­das tus ini­cios?

—¡Cla­ro! Mis ini­cios en la li­te­ra­tu­ra fue co­mo los de tan­tos es­cri­to­res de es­te país. Yo en­via­ba ilu­sio­na­da mis cuen­tos y mis his­to­rias a las editoriales y so­lo re­ci­bía car­tas de re­cha­zo. Pe­ro nun­ca me de­jé lle­var por el des­alien­to y el desáni­mo.

—En al­gún mo­men­to, pen­sas­te: «Lo me­jor se­rá que me cen­tre en el derecho y de­je de fan­ta­sear con de­di­car­me a la li­te­ra­tu­ra».

—Nun­ca. Ne­ce­si­to leer y es­cri­bir, es mi for­ma de afron­tar la vi­da. Pe­ro si me pre­gun­tas, por qué es­cri­bo, te con­tes­ta­ré que no lo sé. Es más, te con­fie­so que siem­pre que via­jo lle­vo un libro con­mi­go, así cuan­do lle­go a un ho­tel, no me sien­to so­la y le­jos de ca­sa.

—¿En qué crees que te ha cam­bia­do la vi­da ga­nar es­te pre­mio?

To­da­vía no lo sé. Ne­ce­si­to te­ner un po­co más de pers­pec­ti­va. Pe­ro es­ta ex­pe­rien­cia me ha en­se­ña­do que hay que

Hay que lu­char y per­se­guir lo que uno an­he­la sin te­ner mie­do al fra­ca­so

lu­char y per­se­guir lo que uno an­he­la sin te­ner mie­do al fra­ca­so.

—De to­dos los co­men­ta­rios o pa­la­bras de agra­de­ci­mien­tos que has re­ci­bi­do de tus lec­to­res, ¿al­gu­na es­pe­cial que te ha­ya de­ja­do hue­lla?

—El en­cuen­tro con los lec­to­res es siem­pre fan­tás­ti­co y muy en­ri­que­ce­dor. Apren­do mu­cho de sus co­men­ta­rios y re­sul­ta muy in­tere­san­te des­cu­brir las múl­ti­ples mi­ra­das que ca­da uno ha­ce de mis no­ve­las. Re­cuer­do que una lec­to­ra me co­men­tó que du­ran­te una eta­pa di­fí­cil de su vi­da se ha­bía leí­do va­rias ve­ces mi no­ve­la La ca­sa de los amo­res im­po­si­bles y ha­bía ayu­da­do mu­cho a afron­tar ese mo­men­to. So­lo por co­men­ta­rios co­mo es­te me­re­ce la pe­na de­di­car­se a la li­te­ra­tu­ra.

—¿Có­mo es­cri­bes? ¿Tie­nes al­gún rin­cón es­pe­cial en ca­sa en el que das rien­da suel­ta a la ima­gi­na­ción?

—No ten­go una ha­bi­ta­ción des­ti­na­da a es­cri­bir, por­que en los úl­ti­mos cua­tro años he­mos he­cho tres mu­dan­zas de ca­sa. Ima­gí­na­te eso lo que su­po­ne. Pe­ro siem­pre es­cri­bo to­man­do un té ca­lien­te y de fon­do me gus­ta es­cu­char o mú­si­ca clásica o ban­das so­no­ras, por­que me evo­can emo­cio­nes y sen­ti­mien­tos. Y sue­lo tam­bién leer un pá­rra­fo de El oto­ño del pa­triar­ca, de García Már­quez, ya que me ayu­da a con­cen­trar­me.

—¿Tu ma­ri­do ha leí­do tu no­ve­la?

—Sí. Mi ma­ri­do es lec­tor de mis no­ve­las y siem­pre me ayu­da mu­cho con sus pun­tos de vis­ta. Él es fo­tó­gra­fo y ve la vi­da en imá­ge­nes, mien­tras que yo ima­gino his­to­rias. De los dos, él es la par­te rea­lis­ta, el que es­tá con los pies en el sue­lo, mien­tras que yo soy la fan­ta­sio­sa y siem­pre an­do por las nu­bes. Por eso, siem­pre le pi­do con­se­jo pa­ra afi­nar los per­fi­les psi­co­ló­gi­cos de los per­so­na­jes.

—¿Y tus pa­dres?

—¡Cla­ro!. Mis pa­dres se han con­ver­ti­do en mis fans más fie­les y es­tán en­tre­ga­dos a la cau­sa. Y yo, co­mo hi­ja, me sien­to muy or­gu­llo­sa de sen­tir su sa­tis­fac­ción y ale­gría.

—A tí, ¿qué au­to­res te atra­pan entre sus pá­gi­nas?

—García Már­quez, siem­pre via­ja con­mi­go. Pe­ro tam­bién dis­fru­to con Cortázar, el maes­tro de los cuen­tos, Bor­ges, Edgar Allan Poe y Que­ve­do. Y pa­ra cam­biar leo en­sa­yos. La se­mi­lla in­mor­tal me pa­re­ció muy in­tere­san­te.

—¿Cuá­les son tus otras pa­sio­nes?

—El teatro me fas­ci­na. De he­cho, me gus­ta­ría es­cri­bir una obra de teatro. Pe­ro ade­más, me en­tu­sias­ma el cine, la na­tu­ra­le­za, dar lar­gos pa­seos, ba­ñar­me en el mar y na­ve­gar.

—¿Qué le pi­des al 2018?

—¡Uf! Me ha da­do tan­to el 2017 que pa­ra el nue­vo año so­lo de­seo po­der es­tar más con los míos, mi ma­ri­do y mi hi­ja, mis pa­dres, y mis amigos, dis­fru­tar del en­cuen­tro con los lec­to­res y tiem­po pa­ra es­cri­bir y leer con cal­ma.

MANOLO YLLERA

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