“El ma­chis­mo es un cor­sé pa­ra los hom­bres” Nun­ca he si­do ge­ne­ra­cio­nal, me sien­to una “out­si­der”

Po­cos mú­si­cos coe­tá­neos han lle­ga­do a es­tos días en se­me­jan­te ple­ni­tud de for­ma. Lo re­afir­ma en ca­da nue­vo dis­co. “Un hom­bre ru­bio” es un alar­de de osa­día y ta­len­to, de lí­ri­ca y ho­nes­ti­dad, en el que, aun tra­ves­ti­da, des­bor­da es­plen­dor

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA . EN PORTADA - TEX­TO: CAR­LOS CRES­PO

Tras cru­zar so­bre un ca­ble la distancia que se­pa­ra­ba las To­rres Ge­me­las, Phi­lip­pe Pe­tit ase­gu­ró que «no hay crea­ción sin re­bel­día». Ch­ris­ti­na Ro­sen­vin­ge (Ma­drid, 1964) se­me­ja ha­ber he­cho su­yas las pa­la­bras del fu­nam­bu­lis­ta fran­cés y con­vier­te ca­da nue­vo dis­co en un sal­to al va­cío. Lo de la red es pa­ra co­bar­des y con su tra­yec­to­ria se em­pe­ña en de­mos­trar que ella no lo es, a pe­sar de al­gún tras­piés que no ha fal­ta­do en el ca­mino.

Tu­vo en su día el arro­jo de sal­tar a tiem­po de aquel exi­to­so tren del pop fa­ci­lón e in­da­gar otras vías. Fue ague­rri­da roc­ke­ra, can­tau­to­ra in­ti­mis­ta y so­fis­ti­ca­da mu­sa del in­die, pa­ra aca­bar pu­lien­do una per­so­na­li­dad que en sus úl­ti­mos dis­cos la ha si­tua­do en un es­ta­tus de en­vi­dia­ble re­co­no­ci­mien­to. Un hom­bre ru­bio, edi­ta­do en es­te 2018, lo re­fren­da es­plén­di­da­men­te. Un dis­co que en lo con­cep­tual na­ce de una ele­gía a su pa­dre, cu­yas so­ber­bias le­tras es­tán na­rra­das des­de un pun­to de vis­ta mas­cu­lino y que en lo mu­si­cal des­bor­da vi­gen­cia y ac­tua­li­dad.

—En «Un hom­bre ru­bio», al me­nos a la ho­ra de es­cri­bir, se si­túa en la piel de un hom­bre.

—Más o me­nos. Lo que he he­cho es par­tir de un mo­de­lo de mas­cu­li­ni­dad que em­pie­za en mi pro­pio pa­dre, fa­lle­ci­do ha­ce 26 años. Pe­ro el her­me­tis­mo emo­cio­nal del hom­bre es muy di­fí­cil de pe­ne­trar, así que al­gu­nas can­cio­nes es­tán es­cri­tas des­de un yo mas­cu­lino más ju­gue­tón, más sexy.

—¿Le ha lle­va­do eso a co­no­cer aho­ra un po­co me­jor a los hom­bres?

—Me ha lle­va­do a in­ten­tar en­ten­der cuá­les son esos có­di­gos mas­cu­li­nos tan rí­gi­dos que de­li­mi­tan a los hom­bres. Y a en­ten­der la mas­cu­li­ni­dad co­mo cor­sé, co­mo al­go que les li­mi­ta la li­ber­tad de ser co­mo quie­ran.

—¿Cuán­to hay en es­te dis­co de ajus­te de cuen­tas o de re­van­cha?

—Ab­so­lu­ta­men­te na­da. To­do lo con­tra­rio, hay acer­ca­mien­to.

—He es­ta­do bus­can­do dis­cos que can­tan­tes mas­cu­li­nos ha­yan de­di­ca­do a sus ma­dres y ape­nas he en­con­tra­do un par de can­cio­nes. ¿Cree que eso pue­de te­ner que ver con ese cor­sé emo­cio­nal del que ha­bla?

—Evi­den­te­men­te sí. Pa­ra los hom­bres ex­plo­rar sus pro­pias emo­cio­nes si­gue sien­do al­go ate­rra­dor. La mas­cu­li­ni­dad se cons­tru­ye gra­cias a to­do lo con­tra­rio, a en­du­re­cer­se. En ese sen­ti­do los hom­bres de­be­rían tam­bién re­be­lar­se con­tra el ma­chis­mo por­que creo que es al­go que sin du­da les opri­me.

—Tie­ne dos hi­jos va­ro­nes. ¿Có­mo tras­la­da esos idea­les a la vi­da real?

—De pe­que­ños los ni­ños son co­mo mo­ni­tos. Lo que quie­ren es in­te­grar­se y lo que ha­cen es imi­tar. Así que la cues­tión es qué mo­de­los les po­nes de­lan­te y qué he­rra­mien­tas crí­ti­cas les das pa­ra que ellos mis­mos sean ca­pa­ces de ana­li­zar las si­tua­cio­nes y de en­con­trar su lu­gar.

—Su pri­me­ra reivin­di­ca­ción fe­mi­nis­ta fue te­ner la mis­ma pa­ga que su her­mano. O fue una ade­lan­ta­da o qué po­co he­mos avan­za­do, por­que hoy se­gui­mos a vuel­tas con lo mis­mo...

—No es so­lo que se avan­ce de for­ma de­ses­pe­ra­da­men­te len­ta sino que en al­gu­nos ca­sos hay re­tro­ce­sos. Por ejem­plo, al­gu­nos mo­de­los de con­duc­ta que aho­ra mis­mo tie­nen los ado­les­cen­tes son mu­cho más ma­chis­tas que los que te­nía­mos cuan­do lo era yo.

—¿El re­gue­tón es un ejem­plo de ello?

—Yo no me lle­vo mu­cho las ma­nos a la ca­be­za por el re­gue­tón por­que tam­bién a la ge­ne­ra­ción an­te­rior a la mía la mú­si­ca que yo es­cu­cha­ba les pa­re­cía al­go per­ver­so y no lo era tan­to. No soy par­ti­da­ria de cen­su­rar nun­ca. Creo que lo im­por­tan­te es en­se­ñar a los jó­ve­nes a ana­li­zar­lo crí­ti­ca­men­te y a que se den cuen­ta de que una es­tre­lla del re­gue­tón que es­cri­be una le­tra ve­ja­to­ria con las mu­je­res lo que es­tá re­fle­jan­do es que les tie­ne te­rror y se­gu­ra­men­te de lo que es­tá ha­blan­do es de sus pro­pios com­ple­jos.

—Al mis­mo tiem­po en la mú­si­ca la­ti­noa­me­ri­ca­na se pro­du­ce el fe­nó­meno con­tra­rio. Las mu­je­res la es­tán do­tan­do de modernas se­ñas de iden­ti­dad sin por ello per­der de vis­ta sus raí­ces.

—Yo me con­si­de­ro tam­bién un po­co de esa fa­mi­lia. Ju­ga­mos con he­rra­mien­tas muy pa­re­ci­das. El quid de la cues­tión es unir la tra­di­ción de tu país con el con­cep­to de rock o de pop. Y yo cuan­do ha­go me­lo­días es­toy pen­san­do en mú­si­ca tra­di­cio­nal es­pa­ño­la ca­si siem­pre.

—En es­te dis­co se ale­ja de la can­tau­to­ra y se si­túa ya co­mo au­tén­ti­ca «front­man» de una ban­da de rock.

—Bueno, en los 90 ya lo ha­bía si­do. Es cier­to que des­pués he te­ni­do mo­men­tos más in­ti­mis­tas. Pe­ro sí, he vuel­to al len­gua­je rock, con una ban­da es­ta­ble, y me en­cuen­tro muy có­mo­da. Me da mu­cha ener­gía y me ape­te­ce ha­cer rui­do.

—¿Se ve ca­da vez más cer­ca de ese sue­ño de ser una “croo­ner”?

—En un par de can­cio­nes de es­te dis­co jue­go a ser una croo­ner y me ha­ce mu­cha gra­cia. Pe­ro no de­ja ser una fan­ta­sía.

—¿Qué se ha ido de­jan­do por el ca­mino a lo lar­go de to­dos es­tos años?

—Por ser fiel a mi im­pul­so ar­tís­ti­co y li­bre pa­ra ha­cer lo que he que­ri­do sin pen­sar en as­pec­tos co­mer­cia­les he re­nun­cia­do a mu­cha co­mo­di­dad.

—¿Ha per­di­do in­ge­nui­dad?

—Es­pe­ro que no. La in­ge­nui­dad y el en­tu­sias­mo hay que con­ser­var­los co­mo oro en pa­ño.

—Una can­ción co­mo “Afó­ni­co” pa­re­ce he­cha por una in­die vein­tea­ñe­ra.

—Sí, es una can­ción con un es­que­ma ab­so­lu­ta­men­te mo­derno, pe­ro la le­tra es co­mo poe­sía exis­ten­cia­lis­ta. A mí me di­vier­te mu­chí­si­mo ju­gar a los contrastes.

—Le han de­vuel­to a la con­di­ción de icono ge­ne­ra­cio­nal aque­llos a quie­nes do­bla en edad.

—En mis con­cier­tos hay un ran­go de edad de 30 años. No creo que de­pen­da tan­to de ge­ne­ra­cio­nes co­mo de un de­ter­mi­na­do ti­po de sen­si­bi­li­dad.

—Bue­na par­te de los mú­si­cos de su ge­ne­ra­ción vi­ven del re­vi­val, no han he­cho una can­ción nue­va en dé­ca­das.

—Yo eso no lo en­tien­do. De he­cho si ten­go tan­to pú­bli­co jo­ven es por­que no sue­lo re­crear­me en los éxi­tos pa­sa­dos sino en lo que es­toy ha­cien­do aho­ra. Y lo que es­toy ha­cien­do per­te­ne­ce a es­te mo­men­to. Tie­ne re­fe­ren­cias mu­si­ca­les y li­te­ra­rias con­tem­po­rá­neas. Yo nun­ca he te­ni­do la sen­sa­ción de ser par­tí­ci­pe de una ge­ne­ra­ción. Siem­pre me he sen­ti­do una out­si­der.

—¿Có­mo re­cuer­da aho­ra sus ini­cios, su eta­pa en Álex y Ch­ris­ti­na?

—Es que no pien­so ca­si nun­ca en eso. El pre­sen­te es­tá tan lleno de co­sas que no ten­go tiem­po pa­ra la nos­tal­gia.

—¿Por­que le pro­vo­ca­ría nos­tal­gia?

—No, no me pro­vo­ca­ría nos­tal­gia. Me di­vier­te ver las fo­tos y las imá­ge­nes de te­le­vi­sión. Mi­ra, lo más bo­ni­to que re­cuer­do de esa épo­ca es el pú­bli­co in­fan­til. Gus­tar­le a los ni­ños y ser pa­ra ellos un per­so­na­je má­gi­co fue al­go ines­pe­ra­do e in­creí­ble­men­te bo­ni­to.

—Por cier­to, su con­cier­to de Vi­la­gar­cía es de me­dio­día. Ha­brá ni­ños.

—Me pa­re­ce fa­bu­lo­so. Mis hi­jos siem­pre se han ne­ga­do a es­cu­char mú­si­ca in­fan­til, es­cu­cha­ban mú­si­ca de adul­tos. Y las can­cio­nes que más les gus­ta­ban eran las que me­nos te po­días es­pe­rar. Mu­si­cal­men­te no hay que mi­nus­va­lo­rar a los ni­ños. Tie­nen ore­jas com­ple­tas.

—¿Có­mo se ve en el fu­tu­ro?

—He com­pro­ba­do tan­tas ve­ces a lo lar­go de mi vi­da que el fu­tu­ro nun­ca es una con­se­cuen­cia ló­gi­ca del pre­sen­te sino una vuel­ta de tuer­ca sor­pren­den­te que he de­ja­do de an­gus­tiar­me por él. Cuan­do al­gu­na vez he te­ni­do sen­sa­ción de pe­si­mis­mo, que las he te­ni­do, el fu­tu­ro siem­pre me ha da­do una sor­pre­sa. Y has­ta aho­ra, pa­ra me­jor.

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