CLARISSA BRONFMAN

“HAY UN MUN­DO GLA­MU­RO­SO Y FI­NAN­CIE­RO EN NUE­VA YORK, PE­RO NO­SO­TROS SO­MOS MUY FA­MI­LIA­RES”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - ENTREVISTA EXCLUSIVA - POR MA­TIL­DE MOLINERO • FO­TOS: AL­BER­TO BERNÁRDEZ

SU MA­RI­DO, ED­GAR BRONFMAN, ES UN GRAN EJE­CU­TI­VO QUE DI­RI­GIÓ UNI­VER­SAL STU­DIOS Y WAR­NER MU­SIC. ELLA, MIEM­BRO DEL CON­SE­JO DEL MOMA Y VI­CE­PRE­SI­DEN­TA DEL CAR­NE­GIE HALL, ACA­BA DE PRE­SEN­TAR EN ES­PA­ÑA SU CO­LEC­CIÓN DE JO­YAS . JUN­TOS FOR­MAN UN MA­TRI­MO­NIO CON APE­LLI­DO PRO­PIO EN LA AL­TA SO­CIE­DAD NEO­YOR­QUI­NA.

Aun­que en nues­tro país, su nom­bre so­lo es co­no­ci­do en círcu­los muy ex­clu­si­vos, Clarissa Bronfman es una de las mu­je­res más im­por­tan­tes de la al­ta so­cie­dad neo­yor­qui­na. Su es­po­so, Ed­gar Jr. Bronfman, he­re­de­ro de una gran sa­ga de hom­bres de ne­go­cios, es un des­ta­ca­do eje­cu­ti­vo que ha di­ri­gi­do gran­des em­pre­sas co­mo Uni­ver­sal Stu­dios o War­ner Mu­sic. Con mo­ti­vo de su vi­si­ta a Es­pa­ña pa­ra pre­sen­tar, en un re­du­ci­do círcu­lo, su co­lec­ción de jo­yas, Co­ra­zón tve pu­do ha­blar con Clarissa en la ca­sa de Ana Ju­lia Thom­son de Zu­loa­ga, su ami­ga de la in­fan­cia y de ori­gen ve­ne­zo­lano, al igual que ella, que ejer­ció de mag­ní­fi­ca an­fi­trio­na. En es­ta char­la, des­cu­bri­mos a una gran da­ma, con una vi­da apa­sio­nan­te, que le­jos de de­jar­se em­bau­car por la fri­vo­li­dad de Holly­wood, ha en­con­tra­do la fe­li­ci­dad en su fa­mi­lia y en su la­bor cul­tu­ral y fi­lan­tró­pi­ca. Co­ra­zón ¿Por qué ha de­ci­di­do pre­sen­tar sus jo­yas en pe­tit co­mi­té? Clarissa Bronfman Prin­ci­pal­men­te he ve­ni­do a ver a mis ami­gas (ri­sas). Ellas fue­ron las que me di­je­ron que mos­tra­ra mi co­lec­ción en Ma­drid. Sa­lió así, en el úl­ti­mo mi­nu­to, pe­ro es ver­dad que me pa­re­ce más de­li­ca­do en­trar de es­ta for­ma, en­tre un gru­po de ami­gas en una ca­sa, por­que el gusto de Es­pa­ña ima­gino que es dis­tin­to del de Nue­va York. He he­cho pre­sen­ta­cio­nes en Lon­dres, Ku­wait y Gi­ne­bra, pe­ro aún no ha­bía en­tra­do en los mer­ca­dos la­ti­nos. C. ¿Có­mo es es­ta co­lec­ción? C.B. Em­pe­zó ha­ce dos años, que me hi­ce un co­llar con la sim­bo­lo­gía que me iden­ti­fi­ca­ba. La idea era crear una jo­ya pa­ra la to­le­ran­cia por­que ven­go de Ve­ne­zue­la, don­de, en mi épo­ca, ha­bía muy po­ca. Me ca­sé con un hom­bre ju­dío y yo soy ca­tó­li­ca, ten­go ami­gas mu­sul­ma­nas, hi­jas­tros afro­ame­ri­ca­nos, ven­go de pa­rien­tes ale­ma­nes, in­gle­ses, ve­ne­zo­la­nos, me­xi­ca­nos... y mi co­llar re­pre­sen­ta­ba to­do aque­llo que po­día con­vi­vir sin con­flic­to. Yo en­ton­ces re­si­día en Lon­dres y cuan­do lle­gué a Nue­va York, to­do el mun­do me di­jo que te­nía que ha­cer co­lla­res. Y em­pe­cé a ha­cer­los a mano: iba a subas­tas de an­ti­güe­da­des, mer­ca­di­llos... Al prin­ci­pio, nin­guno era igual, pe­ro aho­ra al­gu­nas pie­zas se re­pi­ten, por­que hay gen­te a la que les gus­tan los mis­mos mo­ti­vos. To­das las pie­zas tie­nen su sim­bo­lo­gía y su nom­bre: hay de pro­tec­ción, acep­ta­ción, to­le­ran­cia, se­xua­li­dad, sa­lud...

C. ¿Son amu­le­tos? C.B. Sí, y a la gen­te le gus­ta iden­ti­fi­car­se con ellos. Los sím­bo­los re­li­gio­sos se pue­den in­ter­cam­biar y hay ami­gas que quie­ren lle­var sím­bo­los di­fe­ren­tes de las creen­cias que pro­fe­san. Yo quie­ro que mis hi­jos crez­can así, que no juz­guen, que res­pe­ten, que con­vi­van. Yo ven­go de una fa­mi­lia con­ser­va­do­ra ca­tó­li­ca y cuan­do me ca­sé con una per­so­na de re­li­gión dis­tin­ta a la mía –su es­po­so es ju­dío– fue un shock. C. To­do es­to que cuen­ta tie­ne, tras la re­cien­te tra­ge­dia de Fran­cia, un sen­ti­do es­pe­cial... C.B. Quie­ro una so­cie­dad que juz­gue me­nos y quie­ra más. Por eso, la co­lec­ción nue­va, que pre­sen­ta­ré en fe­bre­ro, son com­bi­na­cio­nes de pa­la­bras po­si­ti­vas. Aho­ra ten­go más gen­te que tra­ba­ja pa­ra mí y es­toy yen­do a un ni­vel un po­co más al­to, aun­que no pre­ten­do ha­cer al­ta jo­ye­ría. Mi es­ti­lo es, co­mo di­cen en Nue­va York, boho-chic. Mis jo­yas se pue­den usar con jeans y en un cóc­tel ele­gan­te. C. ¿De qué pre­cios es­ta­mos ha­blan­do? C.B. Los co­lla­res van des­de los 1.500 a los 14.000 dó­la­res, por­que hay pie­zas an­ti­guas. El di­se­ño es no­ve­do­so aun­que, aho­ra, me han co­pia­do dos per­so­nas en Nue­va York, pe­ro me lo to­mo co­mo un ha­la­go (ri­sas). C. Tu­vo un por­tal on li­ne que ana­li­za­ba el sen­ti­do de los sue­ños, el zo­dia­co... Pa­re­ce que le gus­ta ese mun­do. C.B. Sí, ha­ce 15 años tu­ve una web con unas ami­gas y nos fue muy bien. Siem­pre he te­ni­do esa par­te es­pi­ri­tual. C. Se ha es­tre­na­do co­mo di­se­ña­do­ra de jo­yas, pe­ro us­ted es­tu­dió Di­se­ño. C.B. Sí, en Ve­ne­zue­la, y lue­go, Ad­mi­nis­tra­ción de Em­pre­sas en Nue­va York. Siem­pre me ha en­can­ta­do la crea­ti­vi­dad en el ar­te. Es­toy des­de ha­ce 21 años en el con­se­jo de di­rec­ción del MoMA de Nue­va York y tam­bién en el co­mi­té de fo­to­gra­fía, ar­qui­tec­tu­ra, di­se­ño y nue­vas ad­qui­si­cio­nes. Ade­más, soy la vi­ce­pre­si­den­ta de Car­ne­gie Hall, don­de pro­cu­ra­mos que ni­ños sin re­cur­sos pue­dan con­se­guir edu­ca­ción mu­si­cal. C. Há­ble­nos de su la­bor en el MoMA. C.B. Ade­más de es­tar en la jun­ta di­rec­ti­va, me to­ca vo­tar, jun­to con otras ocho per­so­nas, por la ad­qui­si­ción de nue­vos cua­dros o la ven­ta de otros cuan­do ya no tie­nen sen­ti­do pa­ra el mu­seo. Es­ta la­bor es la que más me gus­ta, por­que es la co­lec­ción con­tem­po­rá­nea que en­tra en el mu­seo y me per­mi­te con­tem­plar có­mo evo­lu­cio­na el ar­te. No es­co­ge­mos los Pi­cas­so, co­rre­mos ries­gos y eso re­co­noz­co que me en­can­ta. Mi jo­ye­ría tam­bién es arries­ga­da. C. Us­ted y su es­po­so pa­re­cen ser al­mas ge­me­las. Él tam­bién arries­ga y apues­ta por jó­ve­nes ta­len­tos. C.B. Sí, él siem­pre hi­zo in­ver­sio­nes tem­pra­nas y se in­tro­du­jo en la mú­si­ca cuan­do era un ries­go, aun­que es un ne­go­cio que le fue muy bien y lo ven­dió. Tam­bién com­pró Uni­ver­sal Stu­dios y se me­tió a ha­cer películas, que es un mun­do de ries­go. No siem­pre le ha sa­li­do bien, pe­ro ha apos­ta­do. Por ejem­plo, él de­jó las ac­cio­nes de Uni­ver­sal en 71 dó­la­res y ba­ja­ron a 3 con Vi­ven­di, pe­ro

“MI MA­RI­DO Y YO NOS CO­NO­CI­MOS EN UNA CI­TA A CIE­GAS EN CA­RA­CAS”

esas son co­sas que no es­ta­ban a su al­can­ce. Lo que que­da es que con él se hi­cie­ron las me­jo­res películas con­tem­po­rá­neas de esa pro­duc­to­ra. C. Su es­po­so es una ca­ja de sor­pre­sas: tam­bién es com­po­si­tor. C.B. Sí, ha es­cri­to te­mas que han in­ter­pre­ta­do ar­tis­tas co­mo Ce­li­ne Dion, Bar­bra Strei­sand o Dion­ne Wa­rrick… Es­cri­be ba­jo un seu­dó­ni­mo, por­que le gus­ta el ano­ni­ma­to. C. Y pro­duc­tor… C.B. Pro­du­ce es­pec­tácu­los en Broad­way, que le en­can­ta. Y con 17 años, pro­du­jo una pe­lí­cu­la pro­ta­go­ni­za­da por Pe­ter Se­llers… Es un hom­bre del Re­na­ci­mien­to. En su ca­sa, que­rían que se de­di­ca­ra al ne­go­cio fa­mi­liar de li­co­res, pe­ro él siem­pre ha si­do muy crea­ti­vo. C. Aho­ra, ya es­ta fue­ra de ese mun­do. C.B. Sí, y es­tá fe­liz. Por­que le gus­ta crear, pe­ro no es­tar en un pri­mer plano. Aho­ra es­tá más con­ten­to, por­que es­tá me­ti­do en in­tere­san­tes pro­yec­tos de desa­rro­llo sos­te­ni­ble, con­tra la con­ta­mi­na­ción, y pre­si­de la or­ga­ni­za­ción sin áni­mo de lu­cro En­dea­vor, que per­mi­te a gen­te con po­cos re­cur­sos po­der desa­rro­llar sus com­pa­ñías. C. ¿Có­mo se co­no­cie­ron? C.B. En una ci­ta a cie­gas en Ca­ra­cas, pe­ro no re­sul­tó. Lue­go, nos re­en­con­tra­mos en Nue­va York y tu­vi­mos cua­tro años ‘de ajus­tes’. Yo es­ta­ba bus­can­do mi per­so­na­li­dad, no que­ría es­tar ata­da a na­die. Él di­ce que le cos­tó mu­cho con­quis­tar­me, pe­ro sa­lió bien: lle­va­mos 21 años jun­tos y te­ne­mos cua­tro hi­jos. C. ¿Có­mo com­pa­gi­na sus obli­ga­cio­nes la­bo­ra­les con su vi­da fa­mi­liar? C.B. Mi ma­ri­do via­ja mu­cho y yo, aho­ra es­toy em­pe­zan­do a ha­cer­lo. Es di­fí­cil, por­que mis hi­jos son ado­les­cen­tes –tie­nen en­tre 14 y 18– y me ne­ce­si­tan. Por eso creo que no he cre­ci­do más. Pe­ro tam­bién me gus­ta que vean que tie­nen una ma­dre que tra­ba­ja. Pe­ro las co­sas van a cam­biar: ya ten­go un hi­jo que va a ir a la uni­ver­si­dad y los de­más lo ha­rán en breve. En­ton­ces de­di­ca­ré más tiem­po a mi tra­ba­jo. C. ¿Es una ma­dre con­tro­la­do­ra? C.B. Sí y no. Yo doy más li­ber­tad a mis hi­jos que la que me die­ron a mí. Me re­sul­ta me­jor, por­que así me cuen­tan sus co­sas. Di­ga­mos, que soy li­be­ral en tér­mi­nos la­ti­noa­me­ri­ca­nos, pe­ro no tan­to en ame­ri­ca­nos (ri­sas). Sí les exi­jo mu­cho en cues­tio­nes de es­tu­dios, por­que es su res­pon­sa­bi­li­dad. No tan­to en que sa­quen bue­nas no­tas co­mo en que tra­ba­jen du­ro. C. Us­te­des son muy co­no­ci­dos en la al­ta so­cie­dad nor­te­ame­ri­ca­na. Des­de la dis­tan­cia, ten­de­mos a idea­li­zar sus fies­tas, el gla­mur, Holly­wood... ¿Es oro to­do lo que re­lu­ce?

C.B. Hay un mun­do ex­tra­va­gan­te, gla­mu­ro­so, muy Holly­wood, y tam­bién fi­nan­cie­ro en Nue­va York, pe­ro no­so­tros so­mos muy fa­mi­lia­res. Cuan­do vi­vía­mos en Holly­wood, mi ma­ri­do no que­ría ir a los Os­car. He te­ni­do una vi­da ma­ra­vi­llo­sa y he co­no­ci­do a gen­te in­tere­san­tí­si­ma, pe­ro no­so­tros ca­da vez le da­mos más im­por­tan­cia a la fa­mi­lia y a los ami­gos. Qui­zá por eso nos va bien. A ve­ces, la gen­te no en­tien­de que no me de­je ver más y no uti­li­ce cier­tos con­tac­tos, pe­ro yo soy así. C. Pe­ro sí ha­brán crea­do amis­ta­des con gen­te muy co­no­ci­da. C.B. So­mos muy ami­gos de Mi­chael Dou­glas y Cat­he­ri­ne Z-Jo­nes, pe­ro no nos ve­mos en pú­bli­co con ellos, ce­na­mos en nues­tras ca­sas. Por otra par­te, es­toy me­ti­da en el con­se­jo del Breast Cancer Re­search Foun­da­tion, pre­si­di­do por el em­pre­sa­rio Leo­nard A. Lau­der (pre­si­den­te de honor de Es­tée Lau­der) y en Car­ne­gie Hall, tra­ba­jo con un gran ban­que­ro, co­mo San­ford I. Weill. Pa­ra mí, ellos son gla­mu­ro­sos, por­que son gen­te que mar­ca la di­fe­ren­cia, per­so­nas que de­vuel­ven lo que la vi­da les ha da­do a ellos. C. Us­te­des par­ti­ci­pan en mu­chas cau­sas be­né­fi­cas, ¿lo sien­te co­mo una obli­ga­ción mo­ral? C.B. No lo veo co­mo res­pon­sa­bi­li­dad, sino co­mo al­go in­na­to a la opor­tu­ni­dad que la vi­da me ha da­do. Mi fa­mi­lia po­lí­ti­ca siem­pre ha si­do su­ma­men­te bon­da­do­sa y me en­se­ñó a dar de una ma­ne­ra dis­cre­ta, al­go que quie­ro trans­mi­tir a mis hi­jos. El pa­dre de mi sue­gro pre­ser­vó un ins­ti­tu­to ar­tís­ti­co con la con­di­ción de que su nom­bre no apa­re­cie­ra y mi sue­gro fue el pre­si­den­te del Con­gre­so Mun­dial Ju­dío. C. ¿Es di­fí­cil edu­car a unos hi­jos en esos va­lo­res cuan­do se tie­ne una po­si­ción eco­nó­mi­ca tan aco­mo­da­da? C.B. Sí, siem­pre es­tá en la ba­lan­za eso de: ¿por qué me voy a mo­les­tar?, ¿por qué voy a ha­cer es­to si no ten­go ne­ce­si­dad de tra­ba­jar tan du­ro? Eso es di­fí­cil y no­so­tros so­mos muy es­tric­tos pa­ra que los ni­ños lle­ven una vi­da nor­mal. Cuan­do pro­duz­can, ellos sa­brán. C. ¿Via­ja a me­nu­do a Ve­ne­zue­la? C.B. No. Mi pa­dre aho­ra vi­ve en Nue­va York y mi ma­dre mu­rió de cán­cer de ova­rios, por lo que mi her­mano es el úni­co que es­tá allí, pe­ro no voy. Ven­go de una fa­mi­lia muy tra­ba­ja­do­ra, que rein­vir­tió en la eco­no­mía na­cio­nal y cuan­do veo que no que­da na­da, me due­le mu­cho.

C. Pe­ro la nos­tal­gia es­tá ahí... C.B. Cla­ro. Qui­zá por eso ten­go mu­cha re­la­ción con ve­ne­zo­la­nos. Ca­ro­li­na He­rre­ra era ami­ga de mi ma­má, y yo lo soy de su hi­ja Ana Lui­sa. Mis ami­gas ve­ne­zo­la­nas son las que me han or­ga­ni­za­do mi pre­sen­ta­ción de jo­yas en Es­pa­ña. Nos ayu­da­mos y eso es lin­do. C. Co­mo cu­rio­si­dad, ¿co­no­ce a Bo­ris Iza­gui­rre? C.B. ¡Sí! Es en­can­ta­dor y bri­llan­te. C. ¿Se ha adap­ta­do bien a la so­cie­dad neo­yor­qui­na, que no tie­ne mu­cho que ver con el ca­rác­ter la­tino? C.B. Les lla­mo la aten­ción, pe­ro me han acep­ta­do bien sin juz­gar­me. C. ¿Có­mo es su día a día? C.B. De lunes a jue­ves, pro­cu­ra­mos ce­nar con los ni­ños. Siem­pre co­mi­da ca­se­ra. Y los fi­nes de se­ma­na, so­le­mos ir al cam­po, a los Ham­ptons. Tra­ta­mos de ha­cer ac­ti­vi­da­des con ellos. Yo les sue­lo lle­var a mu­seos pa­ra que vean en lo que es­toy in­vo­lu­cra­da, co­mo al Mu­seo de Ar­te de Fi­la­del­fia, don­de tam­bién co­la­bo­ro. Ade­más, te­ne­mos un gru­po de What­sApp de la fa­mi­lia, que allí no es na­da co­mún (ri­sas). C. ¿Qué le enamo­ró de su ma­ri­do? C.B. Fue el pri­mer hom­bre que me de­jó ser yo sin res­tric­cio­nes. Al prin­ci­pio, le pre­gun­ta­ba si po­día em­pren­der uno u otro pro­yec­to y él me de­cía que no le pre­gun­ta­ra, que si lo ha­cía, él me apoyaría. Eso me en­can­tó, por­que no es la ma­ne­ra usual del hom­bre la­ti­noa­me­ri­cano. Ade­más, es muy sen­si­ble, bon­da­do­so y crea­ti­vo, es­to, com­bi­na­do con su fa­ce­ta eje­cu­ti­va, es una mez­cla que me en­can­ta. C. ¿Es di­fí­cil ser la mu­jer de un gran em­pre­sa­rio? C.B. Sí, a ni­vel de em­pre­sa­rio, co­mo hom­bre, es muy fá­cil. Soy más di­fí­cil yo. Tu­ve que en­ten­der que si no po­día es­tar pre­sen­te en de­ter­mi­na­dos mo­men­tos era por­que no po­día por su tra­ba­jo. Por otra par­te, él es un hom­bre muy sen­ci­llo, que no es­tá ape­ga­do a las co­sas ma­te­ria­les, y eso me lo ha trans­mi­ti­do. Me he mu­da­do 12 ve­ces en ocho años: Lon­dres, Nue­va York, Los Án­ge­les… Y yo re­co­jo, ven­do y re­ga­lo. Aho­ra re­si­di­mos en Nue­va York, pe­ro en un fu­tu­ro nos gus­ta­ría te­ner una ca­sa en Eu­ro­pa. C. ¿Es­pa­ña qui­zá? C.B. Es un país que me en­can­ta pa­ra mis hi­jos. En ca­sa, to­dos ha­blan es­pa­ñol, me­nos mi es­po­so, aun­que creo que sa­be más de lo que di­ce... (ri­sas). Mi­rán­do­lo en la dis­tan­cia, ha­ber­me ca­sa­do con un per­so­na­je tan co­no­ci­do no fue fá­cil, pe­ro cuan­do nos fui­mos a vi­vir a Holly­wood, yo no me lo to­mé co­mo al­go ex­tra­or­di­na­rio. C. Pues des­de fue­ra im­pre­sio­na. C.B. En­ton­ces yo es­ta­ba más preo­cu­pa­da en te­ner a mis hi­jos, pa­ra lo que tu­ve al­gu­nas di­fi­cul­ta­des. Creo que hoy en día, me im­pre­sio­na más. Él lo nor­ma­li­za­ba to­do. A ve­ces pien­so: ¡Uy!, si es­ta per­so­na ce­nó en mi ca­sa... C. Nom­bres, por fa­vor. C.B. To­dos los días co­no­cía­mos a gen­te: Jack Ni­chol­son, An­ge­la Lans­bury, Anet­te Ben­ning… Mi ma­ri­do es­ta­ba ha­cien­do películas co­mo Gla­dia­tor… Pe­ro veía­mos a los ac­to­res co­mo gen­te de la com­pa­ñía. Qui­zá por eso nos fue bien, por­que en­tra­mos y sa­li­mos de Holly­wood igual. Nun­ca nos cam­bió.

“SO­MOS AMI­GOS DE MI­CHAEL DOU­GLAS Y CAT­HE­RI­NE Z-JO­NES, PE­RO NOS VE­MOS EN CA­SA”

“Ade­más de es­tar en la jun­ta di­rec­ti­va del MOMA, vo­to, jun­to con otras ocho per­so­nas, por la ad­qui­si­ción de nue­vos cua­dros o la ven­ta de otros”.

AMU­LE­TOS En sus jo­yas, Clarissa aú­na su vo­ca­ción por el di­se­ño y el ar­te, y su fa­ce­ta más es­pi­ri­tual. Aun­que no pre­ten­de ha­cer al­ta jo­ye­ría, sí ha de­ci­di­do am­pliar y apos­tar por es­te ne­go­cio, de­bi­do al éxi­to que ha te­ni­do es­ta pri­me­ra co­lec­ción, pre­sen­ta­da es­tos días en Ma­drid en un círcu­lo re­du­ci­do. Su es­ti­lo ‘boho-chic’ com­bi­na tan­to con va­que­ros co­mo con tra­je de cóc­tel.

“A ve­ces, la gen­te no en­tien­de que

no me de­je ver más y no uti­li­ce cier­tas co­ne­xio­nes, pe­ro yo soy así”.

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