MIS DÍAS Y MIS NO­CHES

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - ESPÍA CURRICULO - POR JO­SE­MI RODRÍGUEZ-SIEI­RO

DDes­de mi in­fan­cia he pa­sa­do ve­ra­nos en­te­ros en el Gran Ho­tel de La To­ja. Pue­do ase­gu­rar que no he fal­ta­do nin­gún año, aun­que mis úl­ti­mas es­tan­cias so­lo ha­yan si­do por 15 días.

He vi­vi­do la vi­da de un gran ho­tel sin per­der­me un so­lo de­ta­lle o acon­te­ci­mien­to. Sa­bía por el Rolls Roy­ce ne­gro si el con­de de Fe­no­sa ha­bía lle­ga­do o si lo ha­bía he­cho la con­de­sa en su Lan­cia gris. Tam­bién me en­te­ra­ba de si el Rolls Roy­ce do­ra­do de los Oce­jo ha­bía he­cho el via­je sin con­tra­tiem­pos y si el Mer­ce­des de Pom­pe­yo Ma­te­sanz se­guía sien­do, año tras año, el mis­mo.

De ni­ño, me fas­ci­na­ba, ver a aquel se­ñor lla­ma­do Gi­nés, que te­nía fa­ma de no dor­mir nun­ca, por­que ve­la­ba el sue­ño de Ani­ta, una se­ño­ra que se hi­zo ami­ga de mis abue­los. Era una prin­ce­sa in­dia con acen­to an­da­luz que se ha­bía casado con el ma­ra­já de Ka­pur­ta­la. Lue­go, cuan­do fui ma­yor, com­pren­dí que era el aman­te de la al­ha­ja­da se­ño­ra. La lista de anéc­do­tas es in­ter­mi­na­ble. La lle­ga­da de Ju­lio Igle­sias era un acon­te­ci­mien­to, co­mo lo eran las fies­tas de Eduardo Barreiros en la pis­ci­na, las di­fe­ren­tes pues­tas de lar­go o el bai­le de mi ma­dre, de­co­ra­do en ro­jo y ama­ri­llo, pa­ra ce­le­brar sus 80 años, una de las fies­tas más bo­ni­tas de la úl­ti­ma dé­ca­da.

Has­ta los su­ce­sos ma­ca­bros te­nían su pun­to de hu­mor. Un co­no­ci­do se­ñor fue con las ce­ni­zas de su mu­jer. A re­ju­ve­ne­ció, pe­ro siem­pre dan­do un tra­to per­so­na­li­za­do a ca­da clien­te, co­mo de­be de ser en los gran­des es­ta­ble­ci­mien­tos de es­te ti­po.

He es­ta­do en el Gran Ho­tel. Vol­ví a mi ca­sa ca­si llo­ran­do. De aque­llo que yo re­cor­da­ba que­da muy po­co. A las ocho de la tar­de, unos ho­rren­dos hués­pe­des se pa­sea­ban por los sa­lo­nes en al­bor­noz. La fi­la pa­ra pa­gar en re­cep­ción era un caos por fal­ta de per­so­nal, los clien­tes te­nían que aban­do­nar el ho­tel a las dos de la tar­de, por­que el es­ta­ble­ci­mien­to se cie­rra has­ta cuan­do de­ci­den abrir­lo. Se aca­bó el gla­mur y la ele­gan­cia.

Fu­tu­ro in­cier­to el de es­te que­ri­do Gran Ho­tel de la To­ja, una de las jo­yas del tu­ris­mo ga­lle­go y to­do un ejem­plo de buen gus­to. Tal vez por inope­ran­cia, ig­no­ran­cia, fal­ta de sen­si­bi­li­dad o au­sen­cia de cla­se, es­tán man­dan­do a la gen­te al pa­ro sin con­tem­pla­cio­nes ni ex­pli­ca­cio­nes. Creo que mis ami­gos se que­da­rán sin la ce­na que yo les ofre­cía allí a fi­na­les del mes de agos­to.

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