LAU­RA SÁN­CHEZ

"Me ca­yó un án­gel del cie­lo: Da­vid As­ca­nio".

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - SUMARIO - 1ȵȸʖ7ʱ4ʱ$ʱʖ­sʖ'ȵȺȵȹʳʖ3ȵȨȫȸȺȵʖ(ɇȸȼȫȸ

Es­tar con ella es una do­sis de sa­lud y ale­gría que de­be­ría ser re­ce­ta­da por los mé­di­cos. Es cer­ca­na, sen­si­ble y con una gra­cia na­tu­ral que ha­ce di­fí­cil se­pa­rar­se de su la­do. Ni si­quie­ra una pe­cu­liar ma­ter­ni­dad –vi­ve se­pa­ra­da de su hi­ja–, pro­vo­ca en Lau­ra una ma­la ca­ra. Ha apren­di­do a ser pa­cien­te, a acep­tar las co­sas co­mo vie­nen y a mi­rar pa­ra ade­lan­te. Da­vid As­ca­nio, su hi­ja, Naia, y su nue­vo ho­gar dan hoy co­lor y sen­ti­do a la vi­da de la em­ba­ja­do­ra de la fir­ma We­lla. Co­ra­zón No pue­de es­tar más ra­dian­te, se no­ta que su vi­da tie­ne co­lor. Lau­ra Sán­chez Mi ma­ri­do siem­pre lo di­ce. Co­mo buen ca­na­rio, ado­ra mez­clar co­lo­ri­dos. De he­cho, nues­tra lí­nea de ba­ña­do­res Bloo­mers se ca­rac­te­ri­za por los es­tam­pa­dos su­per­vi­vos: hay mu­je­res que me di­cen que les gus­ta usar­lo de ro­pa in­te­rior y ver­se ale­gres por den­tro. Y nues­tra nue­va ca­sa tam­bién. C. Us­ted, que es em­ba­ja­do­ra de la ini­cia­ti­va de We­lla Ellos dan co­lor a tu vi­da, que en­sal­za la fi­gu­ra del pe­lu­que­ro, pre­ci­sa­men­te en­con­tró su ca­sa gra­cias al su­yo, ¿ver­dad? L.S. Sí, en las pe­lu­que­rías se mue­ve un sub­mun­do. Si ne­ce­si­tas al­go: ¡pí­de­se­lo a tu pe­lu­que­ro! Él sa­bía que que­ría cam­biar de ca­sa y la en­con­tró en su edi­fi­cio. C. Es­tre­na ca­sa, tie­ne una pa­re­ja ma­ra­vi­llo­sa… L.S. Aca­ba de ser nues­tro aniver­sa­rio. Nos co­no­ci­mos en un cum­plea­ños de ami­gos co­mu­nes, pe­ro no fue un fle­cha­zo. Lle­va­ban tiem­po ha­blán­do­me de él y cuan­to más me in­sis­tían, me­nos me ape­te­cía. Po­co a po­co nos fui­mos co­no­cien­do. ¡Y has­ta hoy! C. Hay mu­cha in­for­ma­ción sobre su vi­da per­so­nal. ¿Fue cons­cien­te cuan­do pa­só de mo­de­lo a per­so­na­je? L.S. De pron­to in­tere­sa tu vi­da, pe­ro no re­cuer­do el mo­men­to exac­to. No soy

una per­so­na que ocul­te, por­que ocul­tar­lo es peor, pe­ro tam­po­co cuen­to mi vi­da a to­do el mun­do. C. ¿Ha te­ni­do que vi­vir a es­con­di­das al­gu­na vez? L.S. Sí, cuan­do em­pe­cé con Da­vid y fue muy di­fí­cil. No que­ría que se fil­tra­se na­da has­ta no es­tar segura. ¿Y si no llega a fun­cio­nar? Lue­go hay que es­tar dan­do ex­pli­ca­cio­nes. No lo su­po na­die, ni mi ma­dre ni mi her­mano. Mi ma­dre se en­te­ró por la pren­sa. C. ¿Y su pa­dre apro­bó la re­la­ción con Da­vid? L.S. ¿Sa­bes lo que me di­jo? «Ten­go dos ca­na­rios en ca­sa: uno me­ti­do en una jau­la y mi yerno. Y los dos can­tan» (ri­sas). C. Un per­so­na­je su pa­dre… L.S. Se lla­ma Eu­la­lio y es un hí­bri­do en­tre Al­fre­do Lan­da y Pa­co Martínez So­ria, con su ca­mi­sa de cua­dros to­do el año y su pe­lo en pe­cho. Ha te­ni­do un ul­tra­ma­ri­nos 35 años y aho­ra se ha vuel­to agri­cul­tor y ga­na­de­ro. Un hom­bre de pue­blo, pe­ro con una men­ta­li­dad muy abier­ta. C. ¿En­tien­de su pro­fe­sión? L.S. Es la pri­me­ra per­so­na a la que yo le en­se­ño mis des­nu­dos y me di­ce: «(po­ne acen­to muy an­da­luz) ¡Ay hi­ja qué bo­ni­ta la fo­to…!». C. ¿No le da pu­dor? L.S. No. De he­cho, me ani­ma a que si­ga ha­cien­do des­nu­dos. Cuan­do ten­go al­gu­na du­da en un tra­ba­jo, siem­pre me apo­ya. El qui­so que yo fue­se mo­de­lo y me lle­vó a la es­cue­la. Te­nía siem­pre mis re­vis­tas en la tien­da… C. De­be de es­tar or­gu­llo­so del pe­da­zo de hi­ja que tie­ne. L.S. Cuan­do voy a mi pue­blo –San­ta Ana La Real (Huel­va)– y ca­mi­na­mos por la ca­lle, me aga­rra de la cin­tu­ra y va di­cien­do a to­do el que nos cru­za­mos: «So­mos dos go­ti­cas de agua, es mi hi­ja. Nos ha­béis re­co­no­ci­do por­que es evi­den­te». Cuan­do no­ta que un ami­go nos mi­ra con ca­ra de in­cre­du­li­dad, mi pa­dre suel­ta: «No pre­gun­tes, por qué es mi hi­ja; por lo me­nos la he cria­do y no in­ves­ti­gue­mos más». C. Y esa pier­na larga, esa bo­ca in­creí­ble… ¿Su ma­dre? L.S. Me pa­rez­co a mi ma­dre en el fí­si­co y ten­go el ca­chon­deo y el hu­mor de Eu­la­lio. A mi ma­dre le han pre­gun­ta­do va­rias ve­ces: «¿Pe­ro co­mo te ca­sas­te con un hom­bre tan feo?» (se par­te de ri­sa). Y mi pa­dre siem­pre res­pon­de lo mis­mo: «En el pue­blo ha­bía dos, el ton­to y yo». C. En su vi­da, no to­do ha si­do co­lor, ha vi­vi­do mo­men­tos com­pli­ca­dos. L.S. Los pro­ble­mas que han ve­ni­do me han da­do la pa­cien­cia que no te­nía. Yo lo que­ría to­do pa­ra ayer, que las co­sas se so­lu­cio­na­sen en el ac­to, sobre to­do lo emo­cio­nal. En el te­rreno per­so­nal me han da­do mu­chos pa­los y es ahí don­de más apli­co esa pa­cien­cia. Yo te­nía mu­cho ge­nio y mu­cho ca­rác­ter. He desa­rro­lla­do un la­do zen que ni mi ma­dre re­co­no­ce. C. Que pa­pel tan di­fí­cil es a ve­ces ser ma­dre… L.S. ¿Dón­de es­tá el li­bro de ins­truc­cio­nes? A mí creo que se me que­dó en la pla­cen­ta. Ser ma­dre plan­tea cons­tan­te­men­te dudas, in­clu­so en ton­te­rías. C. Su hi­ja, Naia, tie­ne ya diez años. ¿Có­mo se or­ga­ni­za con ella? L.S. Tra­to de po­ner­me en mo­do ‘ca­be­za de ni­ña’, por­que yo re­cuer­do mis diez años. In­ten­to ver las co­sas des­de su men­ta­li­dad.

VES­TI­DO RO­SA DE HOSS, BRAZALETES DE BANGEL, ANI­LLO Y PUL­SE­RA DE NICOL’S Y PEN­DIEN­TES DE POMELLATO.

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