ME­LA­NIA TRUMP

As­pi­ran­te a 'first lady'.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - NEWS - POR IXONE DÍAZ LANDALUCE

La vi y pen­sé: ‘¿Quién es esa?’. Era es­pec­ta­cu­lar. Tra­té de con­se­guir su te­lé­fono, pe­ro no qui­so dár­me­lo», re­cor­da­ba Do­nald Trump so­bre el día que co­no­ció a Me­la­nia, en 1998. Ella te­nía sus ra­zo­nes pa­ra la cau­te­la. Pa­ra em­pe­zar, a él le per­se­guía una me­re­ci­da repu­tación de play­boy. Ade­más, se aca­ba­ba de di­vor­ciar de Mar­la Ma­ples. Pe­ro, so­bre to­do, ha­bía ido a esa fies­ta con otra mu­jer. «¡Te­nía una ci­ta! Lue­go me con­tó que man­dó a la po­bre chi­ca al ba­ño pa­ra po­der con­se­guir mi nú­me­ro», ha ex­pli­ca­do Me­la­nia. Aque­lla no­che Trump se fue de va­cío. «Le di­je: ‘No te voy a dar mi te­lé­fono. Da­me el tuyo si quie­res y ya te lla­ma­ré’», zan­jó ella. Trump le dio to­dos sus nú­me­ros: el de la ofi­ci­na, el de ca­sa, el de su mó­vil… Y pa­sa­da una se­ma­na, ella le lla­mó. «De él me con­quis­tó su ca­be­za. Es muy in­te­li­gen­te, encantador y tie­ne una ener­gía es­tu­pen­da». Así em­pe­zó un cor­te­jo de man­sio­nes y avio­nes pri­va­dos. Hay quien es­pe­cu­ló en­ton­ces so­bre las ra­zo­nes que po­día te­ner una mo­de­lo 24 años más jo­ven que Trump

pa­ra sa­lir con el mag­na­te. «No pue­des es­tar con una per­so­na a la que no quie­res. No pue­des abra­zar un apar­ta­men­to bo­ni­to o un avión. No pue­des ha­blar con esas co­sas», di­jo ella en una oca­sión. Pe­ro pe­se a que ca­si na­die apos­ta­ba por ellos, su re­la­ción fun­cio­nó des­de el prin­ci­pio. Uno de los secretos era el se­xo. «Te­ne­mos un se­xo in­creí­ble al me­nos una vez al día», con­fe­só Me­la­nia. Pe­ro no era el úni­co. «Nun­ca he­mos te­ni­do una dis­cu­sión, y me­nos una pe­lea. Sim­ple­men­te, so­mos com­pa­ti­bles. Nos lle­va­mos bien. Así que di­je: ‘Es el mo­men­to’», ex­pli­có el mag­na­te cuan­do, en 2004, le pi­dió ma­tri­mo­nio. Un ani­llo de dos mi­llo­nes de dó­la­res se­lló el com­pro­mi­so.

LA BO­DA MI­LLO­NA­RIA Cla­ro que an­tes de pa­sar por el al­tar, Me­la­nia tu­vo que fir­mar el per­ti­nen­te con­tra­to pre­ma­tri­mo­nial. Es par­te in­di­so­lu­ble de la fi­lo­so­fía Trump: «Hay tres ti­pos de mu­je­res y reac­cio­nes. La pri­me­ra es la mu­jer bue­na que quie­re mu­cho a su fu­tu­ro ma­ri­do, pe­ro se nie­ga a fir­mar por prin­ci­pios. Lo en­tien­do, pe­ro el hom­bre de­be­ría bus­car­se a otra. La se­gun­da es la cal­cu­la­do­ra que no quie­re fir­mar por­que pre­ten­de apro­ve­char­se del po­bre idio­ta que ha ca­za­do. Y lue­go, es­tá la que fir­ma rá­pi­da­men­te por­que quie­re dar un pe­lo­ta­zo y co­ger el di­ne­ro que le ofre­cen». Me­la­nia per­te­ne­ce a la ter­ce­ra ca­te­go­ría: fir­mó su pre­nup sin opo­ner re­sis­ten­cia. La bo­da, un año des­pués, fue una ex­tra­va­gan­cia. Me­la­nia lu­ció un ves­ti­do de Dior va­lo­ra­do en 100.000 dó­la­res. El ban­que­te se ce­le­bró en Mar-a-La­go, la pro­pie­dad de 126 ha­bi­ta­cio­nes de Trump en Palm Beach, Flo­ri­da. Y en­tre los 350 in­vi­ta­dos ha­bía po­lí­ti­cos co­mo Ar­nold

Sch­war­ze­neg­ger, pe­rio­dis­tas, mo­de­los y ar­tis­tas co­mo El­ton John. Pa­ra­dó­ji­ca­men­te, los Clin­ton tam­bién asis­tie­ron al even­to. La foto en la que los cua­tro po­sa­ban jun­tos es aho­ra una jo­ya de la he­me­ro­te­ca. La in­fan­cia de Me­la­nia, en cam­bio, ha­bía si­do mu­cho más aus­te­ra. Na­ció el 26 de abril de 1970 en la Es­lo­ve­nia co­mu­nis­ta. Su pa­dre era el due­ño de un con­ce­sio­na­rio de co­ches y su ma­dre di­se­ña­ba pa­tro­nes pa­ra la fá­bri­ca tex­til de la ciu­dad. Vi­vían en un apar­ta­men­to mo­des­to, don­de Me­la­nia em­pe­zó a di­se­ñar ro­pa y su ma­dre la co­sía. Con 16 años, un fo­tó­gra­fo la des­cu­brió en un cen­tro co­mer­cial. Dos años más tar­de, fir­mó un con­tra­to con una agen­cia de mo­de­los y aban­do­nó sus es­tu­dios de Ar­qui­tec­tu­ra. En 1996 se ins­ta­ló en Nue­va York y po­só pa­ra fo­tó­gra­fos co­mo Ma­rio Tes­tino o Helmut New­ton. Era, se­gún quie­nes la co­no­cie­ron, una chi­ca tí­mi­da a la que no le gus­ta­ban las fies­tas. Es­ta­ba allí pa­ra tra­ba­jar.

PIEN­SAN DI­FE­REN­TE Po­co des­pués de co­no­cer­se, Trump em­pe­zó a co­que­tear con la idea de as­pi­rar a la Ca­sa Blan­ca, unos pla­nes que nun­ca en­tu­sias­ma­ron a Me­la­nia. Cuan­do la pa­re­ja rom­pió du­ran­te un tiem­po en el año 2000, al­gu­nos me­dios afir­ma­ron que la am­bi­ción po­lí­ti­ca del mag­na­te ha­bía cau­sa­do la rup­tu­ra. «Eso fue par­te del pro­ble­ma», ha con­fe­sa­do ella re­cien­te­men­te. Pe­ro cuan­do en 2014 Trump vol­vió a la car­ga, es­ta vez su mu­jer de­ci­dió apo­yar­le. Eso sí, a su ma­ne­ra. Ra­ra­men­te le acom­pa­ña en sus mí­ti­nes. Y cuan­do lo ha­ce, nun­ca habla. O se li­mi­ta a leer es­ló­ga­nes va­cuos: «Mi ma­ri­do se­rá un gran pre­si­den­te». Tam­bién ha de­ci­di­do no pro­nun­ciar­se so­bre asun­tos es­pi­no­sos. «No ha­blo so­bre po­lí­ti­ca en pú­bli­co, ese es el tra­ba­jo de mi ma­ri­do. Me in­tere­sa en mi vi­da pri­va­da y si­go to­do lo que ocu­rre, pe­ro he ele­gi­do no par­ti­ci­par en es­ta cam­pa­ña. Ten­go mis opiniones y creo que a mi ma­ri­do le gus­ta eso de mí. ¿Es­ta­mos siem­pre de acuer­do? No. Y se lo di­go. A ve­ces me es­cu­cha y otras, no», con­tó en Har­per’s Baa­zar. En el úl­ti­mo año, Me­la­nia ha te­ni­do que mo­du­lar su ima­gen pú­bli­ca. Prin­ci­pal­men­te, en las re­des so­cia­les. An­tes de que su ma­ri­do fue­ra pre­si­den­cia­ble, sus cuen­tas de Twit­ter e Ins­ta­gram do­cu­men­ta­ban una exis­ten­cia de jets pri­va­dos, shop­ping y va­ca­cio­nes mien­tras pro­mo­cio­na­ba, de pa­so, su lí­nea de jo­yas y sus cremas. Ese era su día a día. Aho­ra, Me­la­nia se pre­sen­ta co­mo una ma­dre a jor­na­da com­ple­ta. «Es­toy muy ocu­pa­da. No ten­go ni­ñe­ra. Ten­go un chef y un asis­ten­te per­so­nal. Eso es to­do. Lo ha­go to­do yo», ex­pli­ca­ba en una en­tre­vis­ta. Su prio­ri­dad, di­ce, es que su hi­jo Ba­rron, de diez años, ten­ga una vi­da «lo más nor­mal po­si­ble». Cla­ro que de­pen­de de lo que en­tien­da ca­da uno por nor­ma­li­dad... Vi­ven en la Trump To­wer, en ple­na Quin­ta Ave­ni­da. La fa­mi­lia ocu­pa tres plan­tas, unos 3.000 me­tros cua­ja­dos de que­ru­bi­nes, mármol,

fuen­tes y fres­cos. Y su hi­jo, Ba­rron, ocu­pa una plan­ta di­fe­ren­te a la de sus pa­dres. «Es más fá­cil así. Tam­bién pa­ra él. Si vie­nen sus ami­gos, tie­ne sus ju­gue­tes y pue­den ju­gar allí», ha ex­pli­ca­do. A Mi­ni Do­nald, co­mo le sue­le lla­mar su ma­dre, le gus­ta­ba ves­tir de tra­je con sie­te años y siem­pre ha que­ri­do ser «hom­bre de ne­go­cios y gol­fis­ta». Me­la­nia tam­bién pre­su­me de te­ner una re­la­ción es­tre­cha con sus hi­jas­tros Do­nald Jr., Ivan­ka y Eric, fru­to del ma­tri­mo­nio de Trump con Iva­na, y con Tif­fany, hi­ja del mag­na­te y Mar­la Ma­ples. «No me veo co­mo su ma­dre sino co­mo su ami­ga. Es­toy aquí cuan­do me ne­ce­si­tan». El otro rol que se ha en­car­ga­do de pro­mo­cio­nar es el de es­po­sa ejem­plar. «So­mos per­so­nas in­de­pen­dien­tes. Soy yo mis­ma y él tam­bién. Y eso es im­por­tan­te. No le quie­ro cam­biar ni él a mí». Él ju­ra y per­ju­ra que siem­pre le ha si­do fiel. Y ella, que nun­ca ha su­cum­bi­do al bis­tu­rí. Ni a la agu­ja. «Es­toy en con­tra del bó­tox. Creo que da­ña tu ros­tro y tus ner­vios. Soy na­tu­ral. En­ve­je­ce­ré con ele­gan­cia, co­mo mi ma­dre». Más le va­le. Cuan­do el lo­cu­tor de ra­dio Ho­ward Stern le pre­gun­tó a Trump si per­ma­ne­ce­ría jun­to a su mu­jer si es­ta su­frie­ra un ac­ci­den­te que la des­fi­gu­ra­ra, él con­tes­tó: «¿Có­mo que­da­rían sus te­tas?». Y pe­se a to­do, Trump es­pe­ra de ella que sea una first lady «muy tra­di­cio­nal, la nue­va Jac­kie Kennedy». Ella, pre­gun­ta­da por eso, con­tes­tó con las mis­mas pa­la­bras en

“HE ELE­GI­DO NO PAR­TI­CI­PAR EN ES­TA CAM­PA­ÑA”, HA DI­CHO ME­LA­NIA

el New York Ti­mes: «Se­ría tra­di­cio­nal. Co­mo Betty Ford o Jac­kie Kennedy. Apo­ya­ría a mi ma­ri­do». Es de­cir, su agen­da se re­du­ci­ría a un pu­ña­do de even­tos y po­co más. Aun­que, se­gún quie­nes la co­no­cen, sus cua­tro idio­mas y su ha­bi­li­dad pa­ra mo­ver­se en los círcu­los so­cia­les po­drían ha­cer de ella una gran an­fi­trio­na. Se­ría tam­bién la pri­me­ra first lady ex­tran­je­ra des­de Loui­sa Adams en 1835. Y la úni­ca en ha­ber apa­re­ci­do des­nu­da en una re­vis­ta. Ocu­rrió ha­ce 15 años, en la edi­ción bri­tá­ni­ca de GQ. Me­la­nia po­só en el jet pri­va­do de su ma­ri­do, des­nu­da, con tacones y dia­man­tes, y es­po­sa­da a un ma­le­tín. Es di­fí­cil ima­gi­nar una foto me­nos apro­pia­da pa­ra una pri­me­ra da­ma. Pe­ro to­do es po­si­ble. In­clu­so que su ma­ri­do se con­vier­ta en el pró­xi­mo pre­si­den­te.

Abajo, Do­nald y Me­la­nia Trump con su hi­jo Ba­rron de diez años. Jun­to a es­tas lí­neas, Do­nald y Me­la­nia el día de su bo­da con Bill y Hi­llary Clin­ton. De­ba­jo, Me­la­nia en uno de los po­cos ac­tos de la cam­pa­ña pre­si­den­cial en los que ha acom­pa­ña­do a su ma­ri­do.

Ha­ce 15 años, Me­la­nia po­só des­nu­da en el ‘jet’ de su ma­ri­do pa­ra la edi­ción bri­tá­ni­ca de la re­vis­ta ‘GQ’.

“Te­ne­mos un se­xo in­creí­ble al me­nos una vez al día”, con­fie­sa Me­la­nia Trump.

La ex­mo­de­lo de­di­ca su tiem­po a pro­mo­cio­nar sus cremas de ca­viar y su co­lec­ción de al­ta jo­ye­ría.

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