SE RUMOREÓ QUE EN­TRE LIZ TAY­LOR Y ÉL HA­BÍA MÁS QUE AMIS­TAD

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - REPORTAJE -

es­tre­lla de Holly­wood si hu­bie­ra he­cho pe­lí­cu­las», lle­gó a de­cir Liz Tay­lor, su gran ami­ga y com­pa­ñe­ra de re­par­to en Un lu­gar en el sol, por la que re­ci­bió una de sus cua­tro no­mi­na­cio­nes al Os­car. De he­cho, pa­sa­ron dos años has­ta que vol­vió a pi­sar un set pa­ra ro­dar Yo con­fie­so, de Al­fred Hitch­cock, y De aquí a la eter­ni­dad, de Fred Zin­ne­mann, y re­cha­zó pa­pe­les tan ape­ti­to­sos co­mo los de Al es­te del Edén, So­lo an­te el pe­li­gro y El cre­púscu­lo de los dio­ses. Ade­más, Clift se ne­ga­ba a ate­ner­se al ma­nual de la per­fec­ta es­tre­lla. Pa­ra em­pe­zar, vi­vía en Nue­va York y so­lo pi­sa­ba Los Án­ge­les si era ne­ce­sa­rio. Y lue­go, es­ta­ba su vi­da sen­ti­men­tal. O, me­jor di­cho, la au­sen­cia de ella. Aun­que se le atri­bu­ye­ron aman­tes de am­bos se­xos, nun­ca tu­vo nin­gu­na re­la­ción ofi­cial. Se de­cía que él y la ex­cén­tri­ca ac­triz Libby Hol­man ha­bían si­do más que ami­gos y que su re­la­ción con Liz Tay­lor, a la que co­no­ció du­ran­te el es­treno de La he­re­de­ra, no fue tan estrictamente pla­tó­ni­ca co­mo se ha con­ta­do, al­go que ella mis­ma se en­car­gó de ne­gar. Se­gún al­gu­nos, Clift fue un ho­mo­se­xual ator­men­ta­do; se­gún lo que él mis­mo con­ta­ba en las en­tre­vis­tas, so­ña­ba con ca­sar­se al­gún día; se­gún su pro­pio her­mano, Brooks, era bi­se­xual y ha­bía de­ja­do em­ba­ra­za­das a dos chi­cas. Pe­ro, pa­ra mu­chos, a Clift sim­ple­men­te no le in­tere­sa­ba el se­xo. Y, sin em­bar­go, di­cen que en una oca­sión lle­gó a re­co­no­cer en la in­ti­mi­dad: «No lo en­tien­do, en la ca­ma quie­ro a los hom­bres, pe­ro real­men­te amo a las mu­je­res». Y pe­se a que no era una es­tre­lla con­ven­cio­nal, es­ta­ba lla­ma­do a ser uno de los gran­des ac­to­res de su ge­ne­ra­ción. Qui­zá el más im­por­tan­te de to­dos. Has­ta que en la ma­dru­ga­da del 12 de ma­yo de 1956 su des­tino cam­bió. Aque­lla no­che ha­bía es­ta­do ce­nan­do en la man­sión de Be­verly Hills de Liz Tay­lor, con la que es­ta­ba ro­dan­do El ár­bol de la vi­da. Des­pués de la ce­na y las co­pas, Clift se subió al co­che bo­rra­cho, em­pe­zó a des­cen­der las si­nuo­sas co­li­nas del ba­rrio y ter­mi­nó es­tre­llán­do­se con­tra un pos­te te­le­fó­ni­co. Cuan­do, aler­ta­da por un ami­go, Liz Tay­lor lle­gó al lu­gar del ac­ci­den­te, se en­con­tró a Clift con la ca­ra en­san­gren­ta­da. Te­nía la na­riz y la man­dí­bu­la ro­tas, el la­bio par­ti­do y he­ri­das por to­da la ca­ra. Las mue­las, ro­tas por el im­pac­to, es­ta­ban as­fi­xián­do­le has­ta que Tay­lor las sa­có de su gar­gan­ta con sus pro­pias ma­nos. Des­pués de dos me­ses de re­cu­pe­ra­ción y va­rias ci­ru­gías pa­ra tra­tar de di­si­mu­lar las ci­ca­tri­ces, Clift vol­vió al tra­ba­jo

‘EL ÁR­BOL DE LA VI­DA’ (1957).

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