MIS DÍAS Y MIS NO­CHES

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - ESPÍA TEST - POR JOSEMI RO­DRÍ­GUEZ-SIEI­RO

YYo ten­go un ami­go que reunió a sus ami­gos –que lo son tam­bién míos– en un cóc­tel que ce­le­bró, un año más, en el res­tau­ran­te Flanigan de Puer­to Por­tals, en la is­la de Pal­ma de Ma­llor­ca. Mi ami­go tie­ne ese pun­to de fri­vo­li­dad, siem­pre cues­tio­na­do por aque­llos que no lo co­no­cen de­ma­sia­do y que no han en­ten­di­do que ca­re­cer de cier­ta fri­vo­li­dad, en los tiem­pos en los que vi­vi­mos, es un pa­so se­gu­ro ha­cia la de­pre­sión. Mi ami­go, que es bas­tan­te lis­to, en­ten­dió que Pal­ma de Ma­llor­ca tie­ne una tem­pe­ra­tu­ra per­fec­ta y que Flanigan es un si­tio ideal, en un en­torno muy agra­da­ble y, por ello ca­da año, des­de ha­ce mu­chos, me con­vi­da y yo asis­to fe­liz. Sé que voy a pa­sar un ra­to muy agra­da­ble, voy a to­mar unas co­sas bue­ní­si­mas de co­ci­na tra­di­cio­nal, con to­ques muy ma­llor­qui­nes, y voy a es­tar muy có­mo­do. Uno ha lle­ga­do a la con­clu­sión de re­cor­dar lo que siem­pre le in­cul­có su pa­dre: «No pierdas la ca­li­dad de vi­da con la que te he­mos edu­ca­do, por­que es­ta­rás per­di­do». Mi ami­go me de­cía, ha­ce unos días, que de­ja­ba la res­pon­sa­bi­li­dad a Mi­guel Arias, due­ño del Flanigan, por­que al fi­nal el éxi­to o el fra­ca­so se­ría siem­pre su­yo. Un pen­sa­mien­to un tan­to egoís­ta, pe­ro a mi ami­go o lo quie­res o lo ma­tas.

Una in­vi­ta­da apor­tó, con per­mi­so pre­vio, a una se­ño­ra su­da­me­ri­ca­na de ca­rác­ter ca­ri­be­ño y ex­plo­si­vo. Otra in­vi­ta­da, a un prín­ci­pe eu­ro­peo que se vio se­du­ci­do por una fa­mo­sa y es­pec­ta­cu­lar mo­de­lo ame­ri­ca­na, que se ca­só con el hi­jo gua­po y mo­de­lo de Clint East­wood, con el que tu­vo un ni­ño, y un tiem­po des­pués pro­ta­go­ni­zó un so­na­do ro­man­ce con Sal­man Rush­die. Ya sé que en­tre Ky­lie East­wood y el es­cri­tor no hay re­la­ción ni ex­pli­ca­ción po­si­ble, pe­ro los gus­tos son muy per­so­na­les.

Cuan­do yo me fui, que­da­ba una ‘pa­tru­lla del ama­ne­cer’, esos se­res en­can­ta­do­res, ani­ma­dos, di­ver­ti­dos que no se rin­den an­te el can­san­cio, han de­ci­di­do pres­cin­dir del re­loj, y que es­tán de va­ca­cio­nes, no co­mo yo, que es­toy de ve­ra­neo.

Y cuan­do re­gre­sa­ba a ca­sa de mi an­fi­trión, el abo­ga­do Jai­me Co­lo­mar, me lla­ma­ron por te­lé­fono pa­ra pre­gun­tar­me qué eran aque­llos do­cu­men­tos que ha­bía en­ci­ma de una me­sa, que tres per­so­nas leían con de­te­ni­mien­to mien­tras eran ase­so­ra­das por una de las ca­be­zas más im­por­tan­tes de es­te país. Le res­pon­dí que era el «pac­to del cóc­tel de Flanigan» y que no me hi­cie­ran más pre­gun­tas. To­do se re­pi­te por­que to­do vuel­ve. Si hu­bo un ‘pac­to del ca­pó’, ¿por qué no va a te­ner mi ami­go un pac­to en su cóc­tel de Flanigan?

EL CU­RIO­SO PAC­TO DEL CÓC­TEL DE FLANIGAN

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