PON EL CO­RA­ZÓN

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN - POR AN­NE IGARTIBURU­la

NNo re­cuer­do cuan­do tu­ve con­cien­cia de su exis­ten­cia. Me pa­re­ce que la co­noz­co des­de siem­pre, por la cer­ca­nía om­ni­pre­sen­te que trans­mi­te siem­pre Ana Gar­cía Obre­gón. Siem­pre Ana. Ca­paz y en­tre­ga­da, no de­ja in­di­fe­ren­te y lo vi­ve to­do co­mo una ni­ña chi­ca. Y eso es al­go que en la vi­da te ha­ce sen­tir­te vi­vo. No to­do el mun­do lo ha­ce. Ella sí. Mu­chas ve­ces me pre­gun­to si se­rá así en la so­le­dad de su ha­bi­ta­ción o cuan­do se to­ma el pri­mer ca­fé. Y si­go ne­gán­do­me a acep­tar que pue­de vi­vir sin enamo­rar­se. Pe­ro has­ta don­de yo sé ha­ce un va­de re­tro al amor de un hom­bre pa­ra vol­car­se en el que tie­ne en ca­sa de ‘oku­pa’ ca­si obli­ga­do, que ade­más lo es de su co­ra­zón piz­pi­re­to. Sé que ella no quie­re ni pen­sar en de­jar de te­ner a su hi­jo cer­ca.

La re­cuer­do dan­do las Cam­pa­na­das y nun­ca ima­gi­né que años des­pués, es­ta­ría yo en ese bal­cón en el que ella rei­na­ba jun­to a nues­tro que­ri­do Ra­món. Y, por si fue­ra po­co, coin­ci­do con ella en un sa­rao y siem­pre tie­ne esa ca­pa­ci­dad de ha­cer­me sen­tir co­mo si aca­ba­ra de pa­sar un tor­be­llino de­lan­te de mí. ¿Re­cor­dáis esas vi­ñe­tas de Ma­fal­da en las que apa­re­cía en la ori­lla tras ser em­bes­ti­da por una ola? ¡Pues la mis­ma ca­ra es la que se me que­da! Me de­ja sin pa­la­bras por­que lo di­ce to­do y, ade­más, muy rá­pi­do. Tan­to que me pre­gun­to si ha­brá es­cu­cha­do la de ve­ces que le he di­cho lo gua­pa que es­tá. No so­lo es lle­gar, sino tam­bién man­te­ner­se en es­ta pro­fe­sión. Y ella lo ha­ce. Se rein­ven­ta, o más bien, es ella la que in­ven­ta. In­clu­so creo que de­ja que in­ven­ten so­bre ella. Por­que ten­go

sen­sa­ción de que le da un po­co igual. Y que le di­vier­te. Por­que no ne­ce­si­ta de na­die, ex­cep­to de los que la quie­ren y han que­ri­do siem­pre. Aun­que me gus­ta­ría verla enamo­ra­da, me da que es más lis­ta que to­do ello. «No te ca­ses», me di­jo un día. Y no le hi­ce ca­so, pe­ro me lo per­do­na, lo sé. Ca­paz de agra­dar y con­quis­tar a to­dos, si hay al­go que nun­ca ha­ce es he­rir a na­die e in­clu­so hoy po­de­mos ha­blar de su alian­za con su eter­na ri­val o su ami­ga de to­da la vi­da. Son las anéc­do­tas que dan la pá­ti­na ro­sa a su vi­da, pe­ro in­tu­yo que hay otra de co­lor azul mar y blan­co luz: la de la cu­rran­ta des­pier­ta que sa­be ju­gar don­de la pon­gan. Tea­tro, te­le, co­ci­na, pla­ya o pis­ci­na... Sa­be lo que quie­re y va a por ello. No te que­pa du­da de que lo con­se­gui­rá.

Ha­ce unos días vol­ví a coin­ci­dir con ella en el Fes­ti­val de Te­le­vi­sión de Vitoria. Le acom­pa­ña­ban un par de cá­ma­ras en to­do mo­men­to, gra­ban­do sus mo­vi­mien­tos pa­ra que la vea­mos en ac­ción. Pre­sen­ta­ba su nue­vo reality. ¿De dón­de sa­ca­rá la fuer­za? Una po­ca de los abra­zos de Álex. Y otra mu­cha, de las vi­ven­cias que lle­va en la mo­chi­la des­de su in­fan­cia, gra­cias a sus pa­dres y her­ma­nos. Esas que ha­cen que hoy sea la mu­jer que es. Ana eter­na.

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