JERRY LEWIS

Vi­da lo­ca de un pa­ya­so tris­te.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - NOTICIAS - POR CAR­LOS GON­ZÁ­LEZ

Cuan­do el pa­sa­do mar­zo cum­plió 90 años, mu­chos se pre­gun­ta­ron si el có­mi­co se­guía vi­vo. Has­ta las per­so­nas que más se rie­ron con sus pe­lí­cu­las y ac­tua­cio­nes le creían muer­to. Pe­ro no. Jerry Lewis aun se man­tie­ne en­tre no­so­tros. «Es du­ro para mí sa­lir y ha­cer co­sas, es co­mo una prue­ba. Es­toy cie­go, no pue­do oír, no ca­mino de­ma­sia­do bien, ten­go pro­ble­mas de sue­ño y mis ma­nos se duer­men ca­da 15 mi­nu­tos», ex­pli­ca­ba en­ton­ces, aun­que lo de­cía, eso sí, rién­do­se. Y aña­día lo que para él era más im­por­tan­te: «Pe­ro soy fe­liz por­que sé que mi men­te es­tá muy lú­ci­da». En efec­to, el pa­sa­do mes de sep­tiem­bre es­tre­nó en EE.UU. la pri­me­ra pe­lí­cu­la que ha pro­ta­go­ni­za­do en 20 años y aca­ba de ac­tuar en Las Ve­gas, don­de una le­gión de fa­nes se vol­vie­ron a ren­dir an­te él. Y es que no ha­bla­mos de un ac­tor cual­quie­ra, ni si­quie­ra de un sim­ple ac­tor. Ha­bla­mos del que mu­chos con­si­de­ran el me­jor có­mi­co del ci­ne so­no­ro, el su­ce­sor de Char­les Cha­plin y Bus­ter Kea­ton. El hom­bre que es­cri­bió, di­ri­gió y pro­ta­go­ni­zó clá­si­cos co­mo El te­rror de las chi­cas y El pro­fe­sor chi­fla­do. Un genio del hu­mor y de la vi­da –su co­cien­te in­te­lec­tual su­pera los 145– que al­can­zó la fa­ma ha­cien­do de ton­to, ca­yén­do­se, tar­ta­mu­dean­do, ges­ti­cu­lan­do de la for­ma más ex­ce­si­va y po­nién­do­se en ri­dícu­lo para ha­cer fe­li­ces a mi­llo­nes de per­so­nas. Y has­ta lle­gó a ser no­mi­na­do al Premio No­bel de la Paz por su tra­ba­jo en fa­vor de las per­so­nas con dis­tro­fia mus­cu­lar y por los más de 2.000 mi­llo­nes de eu­ros que ha re­cau­da­do para es­ta cau­sa. Su vi­da, sin em­bar­go, es­tá tam­bién lle­na de som­bras. Em­pe­zan­do por su pro­pia in­fan­cia. Sus pa­dres se

“ME ENAMORÉ DE DEAN MAR­TIN EN CUAN­TO LE CO­NO­CÍ”

de­di­ca­ban al es­pec­tácu­lo, re­co­rrían el país de tea­tro en tea­tro y de feria en feria, mien­tras él se que­da­ba con al­gún fa­mi­liar. Tal y co­mo di­jo en sus me­mo­rias, sus pro­ge­ni­to­res eran «una lla­ma­da de te­lé­fono o una pos­tal de vez en cuan­do», lo que a él le ha­cía sen­tir co­mo «un mu­ñe­co, un in­adap­ta­do, el ni­ño más tris­te del mun­do». A los cin­co años se subió por pri­me­ra vez a un es­ce­na­rio. Iba a can­tar, pe­ro su tor­pe­za le lle­vó a dar una pa­ta­da a una de las lu­ces. Los es­pec­ta­do­res, en­ton­ces, se rie­ron, des­pués aplau­die­ron y Lewis que­dó ya para siem­pre en­gan­cha­do a esa sen­sa­ción: el ca­ri­ño y el re­co­no­ci­mien­to del pú­bli­co.

LOS CO­MIEN­ZOS

A los 15 años fue ex­pul­sa­do del ins­ti­tu­to por pe­gar al di­rec­tor. «Lo hi­ce y fue ma­ra­vi­llo­so», con­tó años des­pués. A par­tir de ese mo­men­to se de­di­có al mun­do del es­pec­tácu­lo. Su vi­da vol­vió a cam­biar a los 19. Fue en­ton­ces cuan­do se ca­só con Pat­ti Pal­mer, una can­tan­te de or­ques­ta que de­jó su tra­ba­jo para for­mar una fa­mi­lia con él. Aun­que po­co des­pués se pro­du­jo otro fle­cha­zo:. «Me enamoré en cuan­to le co­no­cí. Fue un mi­la­gro que Dios pu­so en mi vi­da». Así re­cor­da­ba Lewis su en­cuen­tro con el can­tan­te Dean Mar­tin. Jun­tos, y du­ran­te diez años, for­ma­ron la pa­re­ja con más éxi­to de EE.UU. Su­yos eran los tea­tros, la te­le, los ci­nes… Y eso que los prin­ci­pios fue­ron du­ros, ya que su hu­mor no le ha­cía nin­gu­na gra­cia al ma­fio­so que re­gen­ta­ba el club en el que de­bu­ta­ron. Vie­ne aquí uno de los ma­yo­res mis­te­rios en la vi­da de Lewis: ¿por qué aca­bó se­pa­rán­do­se de Mar­tin? El te­ma nun­ca lo acla­ra­ron ni uno ni otro, pe­ro tras la rup­tu­ra es­tu­vie­ron 20 años sin ha­blar­se. Exis­ten to­do ti­po de teo­rías al res­pec­to, co­mo que Lewis era mu­cho más tra­ba­ja­dor, exi­gen­te y am­bi­cio­so que Mar­tin. O que Mar­tin no aguan­ta­ba el éxi­to ca­da vez ma­yor de Lewis, o que las mu­je­res de am­bos no se po­dían so­por­tar. «Echo de menos a Dean. No hay un so­lo día que no pien­se en

él», sue­le res­pon­der Lewis aho­ra so­bre su ex­com­pa­ñe­ro, muer­to en 1995. Sea co­mo sea, la ca­rre­ra del có­mi­co no se es­tan­có a par­tir de ese mo­men­to. To­do lo con­tra­rio. Es­ta es la épo­ca de las gran­des pe­lí­cu­las, del triun­fo to­tal y de una vi­da fa­mi­liar en apa­rien­cia per­fec­ta jun­to a Pat­ti y sus seis hi­jos en una fas­tuo­sa man­sión de 32 dor­mi­to­rios y 17 cuar­tos de ba­ños si­tua­da en el ex­clu­si­vo ba­rrio de Bel Air. Aun­que su hi­jo me­nor, Joe, ofre­ció una ima­gen muy dis­tin­ta de esa épo­ca: «Era una ca­sa im­pre­sio­nan­te, pe­ro no ha­bía amor en ella». Co­men­tó tam­bién el fuer­te ca­rác­ter de Lewis y sus ex­cen­tri­ci­da­des. Co­mo su cuar­to de ba­ño, una au­tén­ti­ca for­ta­le­za con el car­tel de no mo­les­tar en la puer­ta y en el que pa­sa­ba horas. Allí te­nía una te­le, dos te­lé­fo­nos, dos re­vól­ve­res, un bar, una ne­ve­ra, una bi­blio­te­ca, ma­rihua­na, to­dos los opiá­ceos que to­ma­ba por en­ton­ces y un sis­te­ma de in­ter­co­mu­ni­ca­do­res que le per­mi­tía es­cu­char lo que pa­sa­ba en ca­da ha­bi­ta­ción.

SUS EX­CEN­TRI­CI­DA­DES

Aun­que lo de los re­vól­ve­res qui­zá no fue­ra una bue­na idea. Un día, de he­cho, el có­mi­co es­tu­vo a pun­to de vo­lar­se la ca­be­za. Co­gió una de las ar­mas, se me­tió el ca­ñón en la bo­ca y… «Gra­cias a Dios, oí a mis hi­jos rien­do y co­rrien­do por el re­ci­bi­dor. Eso me hi­zo reac­cio­nar», re­cor­da­ba Lewis en una en­tre­vis­ta en la que re­co­no­ció sus adic­cio­nes y có­mo es­tas ha­bían em­pe­za­do en Las Ve­gas, en 1965, des­pués de uno de sus es­pec­tácu­los y de una de esas caí­das que en­tu­sias­ma­ban al pú­bli­co y ha­cían que to­dos se tron­cha­ran. Esa vez se le fue la mano, se gol­peó de­ma­sia­do fuer­te, y el re­sul­ta­do fue una gra­ve le­sión de es­pal­da y un do­lor que lle­ga has­ta nues­tros días y que en­ton­ces so­lo los opiá­ceos que le re­ce­ta­ba el mé­di­co po­dían cal­mar, a cos­ta, eso sí, de do­sis ca­da vez ma­yo­res, de de­vas­ta­do­res efec­tos se­cun­da­rios y de años en­te­ros que él ase­gu­ra ha­ber ol­vi­da­do. «Yo no re­cuer­do mu­chas co­sas, pe­ro mi mu­jer y mis hi­jos po­drían con­tar lo du­ro que fue. Es­ta­ba te­rri­ble­men­te ner­vio­so, irri­ta­ble, in­to­le­ran­te e im­pa­cien­te. La dro­ga me es­ta­ba des­tro­zan­do». Pat­ti fue muy discreta y per­ma­ne­ció ca­lla­da. Al menos has­ta 1980, cuan­do se di­vor­cia­ron. La for­ma en que Lewis co­mu­ni­có la se­pa­ra­ción fue bas­tan­te cruel. «Pu­so en la me­sa del co­me­dor una re­vis­ta en la que anun­cia­ban que el ma­tri­mo­nio se es­ta­ba rom­pien­do… Una se­ma­na des­pués, él se mar­chó de ca­sa», ex­pli­có su hi­jo Joe. Du­ran­te el di­vor­cio, Pat­ti sí que ha­bló y con­tó al juez al­gu­nas ex­cen­tri­ci­da­des del ac­tor que es­ta­ba en­ton­ces en la rui­na. Has­ta tu­vo que ven­der las jo­yas de ella para sa­lir ade­lan­te. Ca­pri­chos co­mo los avio­nes pri­va­dos que fle­ta­ba para que sus ami­gos fue­ran a ver­le en va­ca­cio­nes, las cien­tos de ma­le­tas o gra­ba­do­ras que te­nía y que no pa­ra­ba de com­prar, por no ha­blar del par de cal­ce­ti­nes que Lewis es­tre­na ca­da día y lue­go por la no­che ti­ra a la ba­su­ra. Y des­pués del di­vor­cio, vino el li­bro. Reí has­ta que llo­ré, era el tí­tu­lo y un excelente re­su­men de lo que Pat­ti con­ta­ba en él: 36 años de ma­tri­mo­nio mar­ca­dos por los ce­los del ac­tor, sus fre­cuen­tes cam­bios de hu­mor, sus in­fi­de­li­da­des, la di­fí­cil re­la­ción de él con sus hi­jos... La cau­sa de la se­pa­ra­ción fue Sa­nDee Pit­nick, una aza­fa­ta de vue­lo y bai­la­ri­na, 24 años más jo­ven y a la que co­no­ció cuan­do es­ta­ba bus­can­do ex­tras para una de sus cin­tas. Tres años des­pués de ese pri­mer en­cuen­tro y del di­vor­cio, am­bos se ca­sa­ron, un 13 de fe­bre­ro –no el 14, por­que

el 13 es el nú­me­ro de la suer­te de Lewis–. Él aca­ba­ba de so­me­ter­se a un do­ble by­pass co­ro­na­rio en Hous­ton, pe­ro co­gió el avión, se plan­tó en Las Ve­gas, y ahí si­guen los dos, ca­sa­dos 33 años des­pués.

UNA LAR­GA LIS­TA

Aun­que an­tes de ella, hu­bo mu­chas otras. Bas­te re­cor­dar que Lewis per­dió la vir­gi­ni­dad con 12 años en un ca­me­rino mien­tras ac­tua­ba su pa­dre. Ella se lla­ma­ba Tru­di­ne y tra­ba­ja­ba co­mo streap­per. «Du­ré so­lo un mi­nu­to. Era to­do un per­so­na­je. Bai­la­ba con una ser­pien­te», ha ex­pli­ca­do él. Des­pués de eso, cuen­tan que se lió con to­das sus com­pa­ñe­ras de re­par­to. El có­mi­co, al ser pre­gun­ta­do en 2011, lo ne­gó en­tre ri­sas y bro­mas, de una for­ma muy po­co con­vin­cen­te, aun­que sí re­co­no­ció que tu­vo una aven­tu­ra con Ma­rilyn Mon­roe. «Me de­jó li­sia­do du­ran­te un mes», ase­gu­ró. Y aña­dió otro nom­bre a su lis­ta de con­quis­tas: «Des­pués de eso, pen­sé que Marlene Die­trich ha­bía si­do es­tu­pen­da». Hay tam­bién una su­pues­ta hi­ja se­cre­ta, Su­zan Lewis, que en 2014 anun­ció que iba a pu­bli­car un li­bro y con­tó có­mo el có­mi­co co­no­ció a su ma­dre, una mo­de­lo lla­ma­da Lynn Di­xon. Él lle­gó in­clu­so a pe­dir­le ma­tri­mo­nio y a re­ga­lar­le un ani­llo, pe­ro ha­bía un gra­ve pro­ble­ma que im­pe­día la bo­da: am­bos ya es­ta­ban ca­sa­dos. Jerry no se ha he­cho las prue­bas del ADN, pe­ro uno de sus hi­jos, sí y, se­gún se ha pu­bli­ca­do, las po­si­bi­li­da­des de que am­bos sean her­ma­nos son del 88%. En 2009, su hi­jo Joe se sui­ci­dó, tras mu­chos años de pro­ble­mas con las dro­gas y en los que am­bos no se ha­bla­ron. Gary, el ma­yor de los her­ma­nos, hi­zo unas du­ras de­cla­ra­cio­nes cul­pan­do a su pa­dre de los pro­ble­mas de Joe y acu­sán­do­le de ha­ber da­do siem­pre mas im­por­tan­cia a su ca­rre­ra que a su fa­mi­lia. Lewis, en cam­bio, ha­bló de su do­lor, tan­to fí­si­co co­mo, en es­te ca­so, emo­cio­nal. «A día de hoy no en­tien­do su muer­te, por­que es in­jus­ta», co­men­tó cin­co años des­pués de la pér­di­da. Aun­que na­da de ello ha con­se­gui­do qui­tar­le al có­mi­co las ga­nas de tra­ba­jar ni, por su­pues­to, de vi­vir. En su 90 cum­plea­ños ase­gu­ra­ba: «Quie­ro se­guir aquí un po­co más. Qui­zá cua­tro o cin­co años es­ta­ría bien, aun ten­go mu­chas co­sas por ha­cer».

“QUIE­RO SE­GUIR AQUÍ UN PO­CO MÁS, QUI­ZÁ CUA­TRO O CIN­CO AÑOS”

En ‘El pro­fe­sor chi­fla­do’ (1964), arri­ba a la dcha. y so­bre es­tas lí­neas con Ste­lla Ste­vens. Arri­ba, en ‘El te­rror de las chi­cas’ (1961). Co­mo ac­tor ha par­ti­ci­pa­do en más de 70 lar­go­me­tra­jes.

A la iz­da., en ‘Un lo­co con suer­te’ (1961). So­bre es­tas lí­neas, en un nú­me­ro có­mi­co abra­za­do por un chim­pan­cé.

Jun­to a Mar­tin y las mu­je­res de am­bos en el es­treno de ‘El can­tan­te lo­co’. Una de las te­sis de su amis­tad trun­ca­da apun­ta a la ma­la re­la­ción que ha­bía en­tre ellas.

Con Dean Mar­tin for­mó una exi­to­sa pa­re­ja có­mi­ca du­ran­te diez años. Ter­mi­na­ron se­pa­rán­do­se por al­go que ja­más ex­pli­ca­ron y es­tu­vie­ron 20 años sin ha­blar­se.

Arri­ba, jun­to a su pri­me­ra mu­jer, Pat­ti Pal­mer, en una ima­gen de 1956. Con ella tu­vo seis hi­jos (dcha.), ade­más de un di­vor­cio bas­tan­te com­pli­ca­do. Aba­jo, su hi­jo Joe, que se sui­ci­dió en 2009, sos­te­nien­do una ima­gen de su pa­dre.

Arri­ba, en su úl­ti­ma ac­tua­ción, ha­ce tan so­lo unos días, en Las Ve­gas. A pe­sar de su es­ta­do de sa­lud, Jerry si­gue ne­ce­si­tan­do su me­jor me­di­ci­na: el aplau­so del pú­bli­co.

A la iz­da., con su se­gun­da mu­jer Sa­nDee Pit­nick. Ella, a quien co­no­ció cuan­do bus­ca­ba ex­tras para una de sus cin­tas, fue la cul­pa­ble de que su ma­tri­mo­nio con Pat­ti aca­ba­ra. Los 24 años de di­fe­ren­cia de edad no fue­ron obs­tácu­lo para que se ca­sa­ran. Aba­jo, con ella y la hi­ja que adop­ta­ron jun­tos en 1992, Da­nie­lla Sa­rah.

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