PON EL CO­RA­ZÓN

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - EXCLUSIVA - POR ANNE IGARTIBURU

LLa de ve­ces que me han pre­gun­ta­do: «¿Por qué co­rres? ¿No te abu­rres?». Me que­da­ba sin sa­ber qué de­cir... Lle­vo tan­to tiem­po dan­do zan­ca­das que ca­si ol­vi­dé por qué lo ha­cía. Co­rría en el co­le, en el equi­po de atle­tis­mo, con mis ami­gas y con mi pa­dre cuan­do sa­lía al atar­de­cer ba­jo la llu­via pe­ren­ne de mi tie­rra. Pe­ro nunca me ha­bía pre­gun­ta­do por­qué. «Co­rro por­que me gus­ta. Por­que me ha­ce bien», res­pon­día sin más.

El he­cho de cal­zar­me las za­pa­ti­llas y sa­lir a co­rrer pa­ra vol­ver he­la­da, es­ti­rar y me­ter­me ba­jo la du­cha con un buen tiem­po en mi cro­nó­me­tro es al­go que ha mar­ca­do mi vi­da, el rit­mo de mis tar­des y mis fi­nes de se­ma­na de ca­rre­ras y cam­peo­na­tos. Co­rrí, co­rrí mu­cho en la vi­da. Co­rrí le­jos. In­clu­so a ve­ces co­rrí pa­ra que na­die me en­con­tra­ra. Siem­pre me sa­ca­ban del apu­ro mis lar­gas pier­nas y mis ga­nas de so­le­dad con las que dis­fru­ta­ba. Des­pués lle­gó la mú­si­ca que me acom­pa­ñó con un walk­man y, có­mo no, más tar­de to­da esa tec­no­lo­gía que hoy lle­vo ca­da vez que sal­go a tro­tar.

Co­rrer es mi fu­ga y mi en­cuen­tro y he de re­co­no­cer que no sa­bría qué ha­cer si no sa­lie­ra a re­co­rrer tan­tas ciu­da­des que he co­no­ci­do co­rrien­do por sus ca­lles y par­ques. Sien­to ade­más especial ad­mi­ra­ción por los atle­tas más que por nin­gún otro de­por­tis­ta. Las mu­je­res que co­rren me pa­re­cen be­llas y bra­vas, y las ni­ñas que ha­cen atle­tis­mo me cau­ti­van por su te­són. Por al­go se­rá. Veo a la ni­ña que fui, ner­vio­sa, en­fun­dán­do­se za­pa­ti­llas de ta­cos pa­ra el cross. Veo días de en­tre­na­mien­to y ner­vios en la sa­li­da. Y aho­ra ya se han con­ver­ti­do en ho­ras de sa­lir a co­rrer por el gus­to de sa­lir con ami­gos y dis­fru­tar de los mi­nu­tos de me­dir­me có­mo voy a ca­da zan­ca­da. El tiem­po pa­só. Co­men­cé a ha­cer via­jes a ca­rre­ras po­pu­la­res, me­dias ma­ra­to­nes, y có­mo no, la San Sil­ves­tre an­tes de las Cam­pa­na­das.

Siem­pre he di­cho que co­rrer es de valientes. Im­pli­ca me­dir­se y avan­zar. No sir­ven me­dias tin­tas. He to­ma­do gran­des de­ci­sio­nes co­rrien­do a buen rit­mo. He he­cho gran­des ami­gos co­rrien­do. Pe­ro, so­bre to­do, me he re­con­ci­lia­do con­mi­go y con mi ni­vel de exigencia. He apren­di­do que no siem­pre se lo­gra to­do lo que uno se pro­po­ne y que el cuer­po y la ca­be­za ha­cen uno pa­ra con­se­guir aun así una má­qui­na mu­chas ve­ces im­pre­vi­si­ble.

Aca­ba de ce­le­brar­se la ma­ra­tón de Nue­va York y allí apren­dí que cua­tro me­ses de en­tre­na­mien­to son el me­jor ca­mino pa­ra la me­jor lec­ción. Me acom­pa­ñó Mar­tín Fiz y mi ami­ga del al­ma. No es la me­ta, es la sen­da la que nos lle­na a los co­rre­do­res de fon­do. Nue­va York te arro­pa en la ca­rre­ra más emo­cio­nan­te que he co­rri­do. Aun­que aca­bé le­sio­na­da y su­frí, llo­ré al lle­gar y su­pe por­qué co­rría: pa­ra se­guir co­rrien­do.

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