ISA­BEL ALLEN­DE

NUN­CA ES TAR­DE ES UNO DE SUS LE­MAS. ASÍ, A SUS 75 AÑOS, LA ESCRITORA PRE­SEN­TA NO­VE­LA, ACA­BA DE ES­TRE­NAR CA­SA Y VI­VE UN NUE­VO AMOR.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - SUMARIO - POR MA­TIL­DE MO­LI­NE­RO

“Mi no­vio me tra­ta co­mo a una prin­ce­sa, va a de­jar­lo to­do por mí”.

Ella no oye, es­cu­cha. Y no mira, ob­ser­va. Tie­ne el don de con­quis­tar­te al ins­tan­te. Por­que te la crees. To­da ella es ver­dad. No tie­ne re­pa­ros en abrir su co­ra­zón y ha­blar de sus amo­res, sus ale­grías, su do­lor, sen­ti­mien­tos uni­ver­sa­les con los que to­dos em­pa­ti­za­mos. “Y aho­ra, há­bla­me de ti”, te pi­de, ha­cién­do­te sen­tir co­mo un per­so­na­je de sus ma­ra­vi­llo­sas his­to­rias. Se des­pi­de con un sen­ti­do abra­zo, car­gán­do­te de ener­gía. Y en­tien­des por qué Isa­bel Allen­de es la escritora más leí­da en len­gua es­pa­ño­la. Es­ta fue nues­tra char­la.

Re­gre­sa con Más allá del in­vierno (Ed. Pla­za & Ja­nes), de la que dicen que es una de sus no­ve­las más per­so­na­les. ¿Es­tá de acuer­do?

No (ri­sas). Ca­si to­das mis no­ve­las son per­so­na­les. Si se di­ce de es­ta es por­que uno de los tres per­so­na­jes es una pe­rio­dis­ta chi­le­na de 60 años, que ha pa­sa­do por el exi­lio, y me re­la­cio­nan, pe­ro ten­go mu­chas ami­gas que perdieron fa­mi­lia­res y tu­vie­ron que es­ca­par de la dic­ta­du­ra. Sí es cier­to que es­te per­so­na­je en­fren­ta la vi­da y el amor con un atre­vi­mien­to que yo siem­pre he te­ni­do.

Es un li­bro de se­gun­das opor­tu­ni­da­des. ¿Nun­ca es tar­de?

Esa ha si­do la ex­pe­rien­cia de mi vi­da. Me he en­con­tra­do en si­tua­cio­nes que pa­re­cían un ca­lle­jón sin sa­li­da y siem­pre hay una for­ma de es­ca­par. Cuan­do pa­re­ce que es­toy me­ti­da en un in­vierno sin fin, siem­pre hay un verano in­ven­ci­ble en al­gu­na par­te. Es cues­tión de es­pe­rar o bus­car­lo.

Siem­pre di­ce que sus li­bros son una ma­ne­ra de su­pe­rar los mo­men­tos malos…

Al me­nos de en­ten­der­los. Cuan­do es­cri­bí Pau­la, ha­bía muer­to mi hi­ja tras un año en co­ma. Los días se en­tre­mez­cla­ban. La pena, el do­lor, la an­gus­tia... era to­do igual. Y al po­ner­me a es­cri­bir to­do se fue or­de­nan­do. Me di cuen­ta de cuál ha­bía si­do el pro­ce­so y que el desen­la­ce inevi­ta­ble era la muer­te. El li­bro me ayu­dó a po­ner lí­mi­tes al do­lor y com­pren­der que la muer­te de Pau­la no era to­do en mi vi­da. Tam­bién es­ta­ba na­cien­do mi nie­to. Ha­bía otras co­sas y eso me ha pa­sa­do va­rias ve­ces. Cuan­do es­ta­ba es­cri­bien­do El aman­te ja­po­nés y Más allá del in­vierno me es­ta­ba se­pa­ran­do de un hom­bre con el que ha­bía es­ta­do du­ran­te 28 años, al que qui­se mu­cho. Pen­sé que, a mi edad, me es­pe­ra­ba una vi­da de tra­ba­jo, fa­mi­lia, ami­gos y que iba a es­tar muy bien, pe­ro no ima­gi­né que po­día es­tar con otra pa­re­ja. Es­tos dos úl­ti­mos li­bros en los que tra­to el te­ma del amor ma­du­ro han si­do una ex­plo­ra­ción de eso que sen­tía y sien­to, que la vi­da es di­fe­ren­te des­pués de los 70.

Di­fe­ren­te, pe­ro no peor.

No, pue­de ser me­jor. Me sien­to bien por­que es­toy en un mo­men­to en el que ten­go ab­so­lu­ta li­ber­tad, pue­do de­jar de tra­ba­jar si quie­ro, na­die me po­ne en­tre la espada y la pa­red, y no ten­go que criar hi­jos. Ten­go la res­pon­sa­bi­li­dad de cui­dar a mis pa­dres, pe­ro tam­bién re­cur­sos pa­ra ha­cer­lo, así que no me sien­to pre­sio­na­da. Ten­go sa­lud, ener­gía y la mis­ma ins­pi­ra­ción que a los 30 o 50. Es una épo­ca muy bue­na, pe­ro cor­ta. Voy a cum­plir 75 en agos­to y pien­so: ¿Cuán­tos años me que­dan co­mo es­toy aho­ra? Mien­tras no me fa­lle la sa­lud es­ta­mos bien, pe­ro lo ha­rá. No hay du­da.

Hay que ser va­lien­te pa­ra rom­per una re­la­ción des­pués de tan­tos años...

Si tie­nes la cer­te­za de que al­go no fun­cio­na, mi ten­den­cia na­tu­ral es de­jar­lo. Si lo que vie­ne es peor, lo re­sol­ve­re­mos, pe­ro ¿pa­ra qué se­guir en una si­tua­ción que no que no te ha­ce fe­liz?. Más va­lor re­quie­re que­dar­se con al­go que pue­de du­rar 20 años más.

¿Có­mo sur­gió ese nue­vo amor?

No lo es­pe­ra­ba. Un día, un se­ñor en Nue­va York, viu­do y abo­ga­do, me oyó por la ra­dio y al­go de lo que di­je le im­pac­tó. Man­dó dos correos a mi ofi­ci­na y mi asis­ten­te le con­tes­tó. Al ter­ce­ro, que lle­gó con flo­res, lo hi­ce yo. Y em­pe­cé a re­ci­bir a dia­rio men­sa­jes de bue­nos días y bue­nas no­ches. No era ro­mán­ti­co ni atre­vi­do. Hay per­so­nas ra­ras que se ob­se­sio­nan contigo, pe­ro él no te­nía ese ca­riz. Y re­sul­tó que fui a Nue­va York y nos co­no­ci­mos. «¿Tie­nes al­gu­na in­ten­ción más allá de la amis­tad? Por­que yo ten­go 74 años y no dis­pon­go de tiem­po que per­der», le di­je. ¡Po­bre­ci­to, que­dó ho­rro­ri­za­do! (ri­sas). Aho­ra se va a ve­nir a Ca­li­for­nia.

¿Có­mo ve su fu­tu­ro jun­to a él?

Me gus­ta­ría vi­vir en pa­re­ja, con gran in­ti­mi­dad y ri­sas, ayu­dán­do­nos mu­tua­men­te. Pe­ro me da un po­co de mie­do que no es­toy acos­tum­bra­da a una pa­re­ja tan ín­ti­ma y cer­ca­na. Con Willy, mi ex­ma­ri­do, vi­vía­mos en una ca­sa enor­me, pe­ro cuan­do me se­pa­ré y des­hi­ce de lo que la ca­sa con­te­nía, qui­se com­prar al­go pe­que­ño que pu­die­ra ce­rrar, sa­lir de allí y no preo­cu­par­me. Ten­go un apar­ta­men­to muy chi­qui­to con un pe­rro. ¿Có­mo voy a me­ter a Ro­ger ahí den­tro? Él tie­ne una ca­sa gran­de cer­ca de Nue­va York y no sé si se va a ha­bi­tuar.

Y us­ted no tie­ne in­ten­ción de mu­dar­se.

Aca­bo de ha­cer­lo y no quie­ro. Con la edad, uno quie­re achi­car­se, no agran­dar­se.

Em­pe­zó su no­ve­la an­tes de la lle­ga­da al Go­bierno de Trump, pe­ro pa­re­ce ca­si pro­fé­ti­ca... ¿Có­mo es­tá vi­vien­do es­te mo­men­to des­de Es­ta­dos Uni­dos?

Mal. Yo vo­té a los de­mó­cra­tas, pe­ro ellos es­ta­ban dor­mi­dos. No se die­ron cuen­ta de lo que se les ve­nía en­ci­ma y no to­ma­ron en cuen­ta a Ber­nie San­ders, que re­pre­sen­ta a la ju­ven­tud. Na­die pen­só que el can­di­da­to re­pu­bli­cano iba a ser Trump, por­que pa­re­cía un pa­ya­so. Y des­pués, na­die pen­só que po­día ga­nar. Ha si­do una ma­la sor­pre­sa. Yo vi­vo en Ca­li­for­nia, que es un es­ta­do san­tua­rio pa­ra los re­fu­gia­dos y ac­ti­vo en la re­sis­ten­cia con­tra las me­di­das del go­bierno. Trump pue­de ha­cer mu­cho da­ño no so­lo en Es­ta­dos Uni­dos sino en to­do el mun­do.

¿Se sien­te a gus­to re­si­dien­do allí?

Es­toy a gus­to vi­vien­do don­de vi­vo. Cuan­do sa­lió Trump, re­no­vé mi pa­sa­por­te chi­leno por­que pen­sé que en cual­quier mo­men­to te­nía que vol­ver. Voy a in­ten­tar que­dar­me en EE.UU. el ma­yor tiem­po po­si­ble.

¿Ya tie­ne en men­te la pró­xi­ma no­ve­la? Sí, ya la ten­go en el vien­tre, co­mo quien di­ce. El 8 de enero voy a sen­tar­me a es­cri­bir de nue­vo mi pró­xi­ma no­ve­la con Ro­ger o sin él, por­que la es­cri­tu­ra me man­tie­ne vi­va. To­ca­rá el te­ma de los re­fu­gia­dos. ¿De dón­de sa­ca to­da esa ener­gía que trans­mi­te?

No me fal­tan ni las ga­nas de ha­cer co­sas ni la cu­rio­si­dad. Nun­ca me he sen­ti­do de­pri­mi­da. Se­pa­rar­me de Willy fue muy tris­te, pe­ro cuan­do com­pa­ro con la muer­te de Pau­la to­do me pa­re­ce po­co. No fue ni el diez por ciento de lo que su­pu­so ese año. ¿Por qué me lan­cé a la aven­tu­ra con Ro­ger y le pu­se es­tran­gu­la­do con­tra la pa­red? Por­que no hay na­da que per­der. Si no re­sul­ta, es­ta­ré co­mo es­ta­ba ha­ce unos me­ses.

¿Y qué tie­ne Ro­ger?

Me quie­re y tra­ta co­mo si fue­ra una prin­ce­sa, me en­cuen­tra pre­cio­sa y es­tá dis­pues­to a de­jar su vi­da por ve­nir­se con­mi­go. Si du­ran­te cin­co me­ses, me man­dó un men­sa­je por la mañana y la no­che, ima­gí­na­te aho­ra. ¡17 men­sa­jes al día! Es­to yo no la ha­bía ex­pe­ri­men­ta­do nun­ca. Aho­ra es­pe­ro que se cal­me un po­co (ri­sas). Ade­más es in­te­li­gen­te, fino, su­fri­do, por­que tu­vo una se­ño­ra a la que ado­ró, que tu­vo un cán­cer que du­ró 28 años has­ta que mu­rió y mu­cho su­fri­mien­to en ese sen­ti­do. .

¿Es­tá vi­vien­do un amor ado­les­cen­te?

To­dos mis amo­res son así. Las cir­cuns­tan­cias cam­bian, pe­ro la for­ma en la que uno quie­re es la mis­ma. ♥

Se­pa­rar­me fue du­ro, pe­ro na­da com­pa­ra­do con la muer­te de mi hi­ja

“Cuan­do pa­re­ce que es­toy me­ti­da en un in­vierno sin fin, siem­pre hay un verano in­ven­ci­ble en al­gu­na par­te”, ase­gu­ra Allen­de. Arri­ba, la por­ta­da de su úl­ti­mo li­bro.

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