FER­NAN­DO RO­MAY

“En la so­li­da­ri­dad no de­be­ría ha­ber du­das”.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - SUMARIO - POR ANA GAR­CÍA LO­ZANO FO­TOS: AL­BER­TO BER­NÁR­DEZ

Creo que pue­do afir­mar, sin te­mor a equi­vo­car­me, que Fer­nan­do Ro­may es el co­ra­zón so­li­da­rio más enor­me que ha pa­sa­do y pa­sa­rá por es­tas pá­gi­nas. Y no me re­fie­ro so­lo a sus 2,13 m de al­tu­ra, que tam­bién. En­con­trar­se con él siem­pre es una ri­sa. No pue­do ima­gi­nar­le en­fa­da­do. No creas, mis hi­jos di­cen que soy un fin­gi­dor, que por ahí fue­ra voy de bueno y que en ca­sa ten­go un ca­rác­ter que no hay quien me aguan­te. Ya se­rá me­nos, ade­más, ca­rác­ter hay que te­ner… Siem­pre, pe­ro hay que pro­mul­gar el ‘buen­ro­llis­mo’, que es

una teo­ría se­gún la cual, si tú hi­cie­ras que la gen­te, des­pués de ha­ber es­ta­do con­ti­go, se die­ra la vuelta y se fue­ra son­rien­do, to­do el mun­do se­ría más fe­liz. Pa­ra po­ner­se tris­te ya es­tán los te­le­dia­rios. Es fun­da­men­tal que per­so­na­jes pú­bli­cos man­ten­gan el com­pro­mi­so so­cial. Us­ted co­la­bo­ra con mu­chas cau­sas, prác­ti­ca­men­te con to­das las que se lo pi­den. Es que tie­nes que es­tar y de he­cho, to­do el mun­do lo ha­ce. Con to­dos los que ha­blo co­la­bo­ran, lo que pa­sa es que mu­cha gen­te, por ver­güen­za, no lo di­ce. Eso me pa­re­ce un error. Pien­san: «No va­ya a ser que se crean que voy de bueno pa­ra te­ner po­pu­la­ri­dad». No, la gen­te de­be­ría de­cir­lo por­que así los de­más se ani­ma­rían a ha­cer más. Te­ne­mos un pro­ble­ma, por culpa de los úl­ti­mos ca­sos que he­mos co­no­ci­do, de gen­te que ape­la­ba a la ge­ne­ro­si­dad pa­ra el be­ne­fi­cio pro­pio. Pues, pre­ci­sa­men­te aho­ra es cuan­do to­dos de­be­ría­mos ayu­dar más, por­que hay mu­cha gen­te que ver­da­de­ra­men­te lo ne­ce­si­ta y des­gra­cia­da­men­te el go­bierno, con tan­to recorte, tam­bién ha re­cor­ta­do en ayu­das, pe­ro las ne­ce­si­da­des si­guen sien­do las mis­mas. Con lo cual de­be­mos arri­mar el hom­bro y más va­le que nos equi­vo­que­mos cien ve­ces a que de­je­mos de ayu­dar a al­guien por el me­ro he­cho de que nos plan­tee du­das. En la so­li­da­ri­dad no de­be­ría ha­ber nun­ca du­das. La te­le­vi­sión de­be­ría te­ner en al­gún pro­gra­ma un es­pa­cio, que se po­dría lla­mar ¿Y tú, a quién ayu­das?, en el que se pro­mo­cio­na­ran las aso­cia­cio­nes con las que uno co­la­bo­ra, si tie­nes un ni­ño apa­dri­na­do, si tie­nes una Fun­da­ción… Hay que de­cir­lo, pa­ra que los que te imi­tan en tu for­ma de ves­tir o pei­nar lo ha­gan tam­bién en es­to, por­que así con­se­gui­ría­mos te­ner un mun­do un po­qui­to me­jor. En cual­quier ca­so, si su­ma­mos su nom­bre al de “so­li­da­ri­dad” es inevi­ta­ble ha­blar de de­por­te. El de­por­te es una es­cue­la de va­lo­res, así lo pien­so yo y mu­cha gen­te. Mu­chas de las co­sas que es­toy ha­cien­do van en­ca­mi­na­das a eso, a to­do lo que te da el de­por­te y que no vie­ne en nin­gún li­bro de tex­to: tra­ba­jo en equi­po, so­li­da­ri­dad, ca­pa­ci­dad de es­fuer­zo y lo más im­por­tan­te, la ca­pa­ci­dad de ilusión. Me lla­ma la aten­ción ir a un co­le­gio y ver a un cha­val en se­gun­do de ba­chi­lle­ra­to, al que le que­dan po­cos me­ses pa­ra ir a la uni­ver­si­dad y pre­gun­tar­le: ¿qué vas a ha­cer? y que te con­tes­te: «No lo sé». En­tien­do que no lo se­pas por­que quie­res ha­cer diez co­sas, o por­que te pi­den una nota al­ta y no sa­bes si la vas a con­se­guir, pe­ro lu­cha, por­que si con 17 años no lu­chas, ¿cuán­do vas a ha­cer­lo? El de­por­te en­se­ña es­to, que lo im­por­tan­te no se lo­gra en­se­gui­da. Es­ta­mos en una so­cie­dad de la mo­da, si no con­si­gues ya eso que te gus­ta se­gu­ra­men­te den­tro de 15 días no val­ga pa­ra na­da. Es em­ba­ja­dor de ac­cio­nes so­li­da­rias y di­rec­tor de re­la­cio­nes ins­ti­tu­cio­na­les de la Fun­da­ción de la Fe­de­ra­ción Es­pa­ño­la de Baloncesto. ¿Cuál es su la­bor? Mi tra­ba­jo es ha­cer to­do ese ti­po de ac­ti­vi­da­des que van en­ca­mi­na­das a la pro­mo­ción del de­por­te, en fa­vor de los va­lo­res y no tan­to ha­cia el de­por­te de com­pe­ti­ción. Aun­que den­tro de esos gran­des com­pe­ti­do­res de­be­mos ex­traer to­do lo bueno que re­pre­sen­tan y dár­se­lo a los cha­va­les. Por ejem­plo: Pau Ga­sol, Na­dal… su ca­pa­ci­dad de com­pro­mi­so, su es­fuer­zo, su ilusión hay que tras­la­dar­los a los chi­cos, pa­ra que ellos se­pan que de­trás de un gran de­por­tis­ta, si no hay una gran per­so­na, mal ro­llo. ¿El de­por­te ha­ce me­jo­res a las per­so­nas? In­du­da­ble­men­te, pe­se a que a ve­ces lo que se ex­trai­ga de ellos sea lo ma­lo. Me es­toy re­fi­rien­do a los ‘pi­ques’, por­que ha­blas con ellos y te di­cen: «Pe­ro si nos lla­ma­mos ca­da día». La gen­te no con­ce­bía

El de­por­te en­se­ña que lo im­por­tan­te no se lo­gra en­se­gui­da

có­mo po­día­mos aca­bar un par­ti­do fren­te al Ba­rça, ca­si pe­gán­do­nos, o pe­gán­do­nos li­te­ral­men­te y lue­go ir a to­mar­nos una piz­za con Epi. Bueno, cla­ro, son com­pa­ñe­ros… Si lo ha­cen has­ta los po­lí­ti­cos. Que se po­nen ver­des en el he­mi­ci­clo, efec­ti­va­men­te. Son igua­les a no­so­tros, aun­que te­ne­mos que apren­der una co­sa: a li­diar con las re­des so­cia­les, por­que es­ta­mos en la so­cie­dad de la co­mu­ni­ca­ción, don­de to­do se mag­ni­fi­ca, con lo cual, lo ma­lo que ha­ga­mos, por el so­lo he­cho de es­tar gra­ba­do, pue­de ser de­mo­le­dor. Es­to tam­bién te­ne­mos que ex­pli­cár­se­lo a los chi­cos, que no va­le gra­bar y col­gar to­do, por­que pue­des ha­cer mu­cho da­ño. Há­ble­nos de +QBas­ket, un pro­yec­to pa­ra pro­mo­ver la in­ser­ción so­cial con el baloncesto. Son va­rios pro­gra­mas de la Fe­de­ra­ción, don­de lo que se ha­ce es ex­traer la prác­ti­ca de­por­ti­va y se lle­va a dis­tin­tos co­lec­ti­vos. Por ejem­plo, +QBas­ket Sa­lud es pa­ra ma­yo­res. Con un en­tre­na­mien­to adap­ta­do a gen­te ma­yor, ha­ces que la gim­na­sia no sea tan abu­rri­da. Si es bo­tan­do un ba­lón, te fi­jas más en él que en el es­fuer­zo que ha­ces con las pier­nas, con lo cual es más efec­ti­vo y di­ver­ti­do. Hay mu­chos pro­yec­tos pa­ra la mu­jer. Baloncesto sin lí­mi­tes, por ejem­plo, he­cho con ins­ti­tu­cio­nes pe­ni­ten­cia­rias. De­ci­mos que el de­por­te es un vehícu­lo de ilusión y esas per­so­nas ne­ce­si­tan ilu­sio­nar­se cuan­do peor lo es­tán pa­san­do. Mu­cha gen­te es­tá en ese lu­gar por co­me­ter un error y los cen­tros de­ben pro­cu­rar fa­ci­li­tar su re­in­ser­ción y se tie­nen que in­ser­tar en ellos esos va­lo­res, por eso es­ta­mos ahí, ayu­dan­do. Le preo­cu­pa mu­cho im­pul­sar el de­por­te pa­ra­lím­pi­co… Hay ma­yor in­te­gra­ción aho­ra, ¿no? Se in­ten­ta pro­mo­cio­nar. Aho­ra, por ejem­plo, Ge­ma Has­se­nBey es­tá lu­chan­do por su­bir el Ki­li­man­ja­ro en una bi­ci­cle­ta adap­ta­da y me­re­ce to­do nues­tro apo­yo, por­que es una de­por­tis­ta na­ta. Ade­más, esa es uno de las má­xi­mas del de­por­te: so­bre­po­ner­se a las di­fi­cul­ta­des que te ofre­ce tu cuer­po pa­ra con­se­guir ese ideal olím­pi­co de más al­to, más fuer­te, más rá­pi­do. Son me­jo­res de­por­tis­tas aque­llos a los que su cuer­po les po­ne ma­yo­res di­fi­cul­ta­des. Una co­sa son los cam­peo­nes y otra los de­por­tis­tas, por eso los pa­ra­lím­pi­cos son una ma­ra­vi­lla, ade­más de en­tra­ña­bles. Le he­mos vis­to tam­bién en­ces­tan­do ca­nas­tas pa­ra el ban­co de alimentos. Hay que ha­cer de to­do. A ver, ¿tú de qué te arre­pien­tes en es­ta vi­da, hi­ja? (ri­sas). No sé pa­dre, dí­ga­me­lo us­ted… Pues, de lo que no has he­cho. Lo que has he­cho te pue­de gus­tar, pe­ro de lo que no has he­cho, al fi­nal es de lo que te arre­pien­tes. Y en to­do lo que vea que pue­de ser di­ver­ti­do, ahí es­ta­ré, ha­cien­do co­sas… y más que hay que ha­cer. De­cía que ser so­li­da­rio no tie­ne por qué ser un sa­cri­fi­cio… Es que me lo pa­so bom­ba. A mí me di­cen que ten­go que ir a unas jor­na­das de edu­ca­ción en va­lo­res y voy a don­de sea. Me río, va­ci­lo a los cha­va­les, me va­ci­lan a mí. No sé có­mo ex­pli­car­lo, es co­mo en El re­tra­to de Do­rian Grey, que me per­mi­te man­te­ner al me­nos el es­pí­ri­tu jo­ven, por­que el cuer­po se va ca­yen­do ya a tro­zos.

“Una co­sa son los cam­peo­nes y otra los de­por­tis­tas, por eso los pa­ra­lím­pi­cos son una ma­ra­vi­lla, ade­más de en­tra­ña­bles”.

“Si de­trás de un gran de­por­tis­ta no hay una gran per­so­na... mal ro­llo”.

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