¿Eres un smom­bie?

Ha­ce dos me­ses, una joven de 15 años mu­rió atro­pe­lla­da por un tran­vía en Mu­nich. Cru­za­ba las vías, ab­sor­ta en su te­lé­fono mó­vil. Augs­bur­go y Co­lo­nia ya han ins­ta­la­do se­má­fo­ros en el sue­lo pa­ra la «ge­ne­ra­ción que mi­ra ha­cia aba­jo».

La Voz de Galicia (A Coruña) - Internet y Redes Sociales - - Portada - TEX­TO: MA­RÍA VI­ÑAS

Los ries­gos de no le­van­tar la vis­ta del te­lé­fono mó­vil

Ha­rá unos dos o tres años, cuan­do los te­lé­fo­nos mó­vi­les se con­vir­tie­ron en un apén­di­ce del cuer­po hu­mano, un sa­té­li­te de plás­ti­co —alu­mi­nio en el me­jor de los ca­sos— or­bi­tan­do al­re­de­dor del hom­bre, em­pe­zó a co­rrer por re­des y gru­pos de What­sapp uno de esos re­tos en for­ma de ca­de­na que ins­ta­ba a de­jar, en ape­ri­ti­vos, co­mi­das, ce­nas y ban­que­tes va­rios, los mó­vi­les so­bre la me­sa. En un mon­ton­ci­to. Ba­jo la ame­na­za de asu­mir el pa­go de la cuen­ta —en su me­jor ver­sión, una ron­da de chu­pi­tos— a quien se le es­ca­pa­sen los pul­ga­res a las teclas y los ojos a la pan­ta­lla. Fue por esa épo­ca cuan­do em­pe­za­mos a plan­tear­nos que qui­zá te­nía­mos un pe­que­ño pro­ble­ma de de­pen­den­cia. Que la tec­no­lo­gía ha­bía in­gre­sa­do di­rec­ta­men­te en el aba­rro­ta­do club de las adicciones no­ci­vas. Nos ro­ba­ba el tiem­po y, so­bre to­do, la aten­ción.

En lu­gar de me­jo­rar, la co­sa ha de­ge­ne­ra­do tan­to que ya exis­te in­clu­so un tér­mino pa­ra ca­li­fi­car a los más en­gan­cha­dos. Es­ta­ble­ci­do el pa­trón y fren­te la pro­fun­da in­di­fe­ren­cia que ca­rac­te­ri­za a la es­pe­cie, el mun­do ha co­men­za­do su pro­ce­so de adap­ta­ción. La mon­ta­ña, una vez más, tie­ne que ir has­ta Maho­ma. Las ciu­da­des ale­ma­nas de Augs­bur­go y Co­lo­nia aca­ban de ins­ta­lar lu­ces LED a mo­do de se­má­fo­ros en el sue­lo de zo­nas con­si­de­ra­das neu­rál­gi­cas. Se ilu­mi­nan si se acer­ca un tran­vía. De mo­men­to son so­lo prue­bas pi­lo­to y ca­re­cen de re­gu­la­ción le­gal, pe­ro son el pri­mer pa­so pa­ra ha­cer fren­te a una reali­dad que so­lo en ese país ya se ha co­bra­do al me­nos dos víc­ti­mas mor­ta­les. En mar­zo, una joven de 15 años fue atro­pe­lla­da en Mu­nich cuan­do ca­mi­na­ba ab­sor­ta en el mó­vil. El ve­rano pa­sa­do, un chi­co de 19 años mu­rió en cir­cuns­tan­cias si­mi­la­res en la ciu­dad de Wit­ten.

Se­ña­les y ca­rri­les pro­pios

Los sue­cos pre­fie­ren las se­ña­les. Va­rias ca­lles de Es­to­col­mo cuen­tan ya con in­di­ca­cio­nes des­de las que dos fi­gu­ras, en­si­mis­ma­das en sus te­lé­fo­nos, re­cuer­dan a los con­duc­to­res que de­ben con­du­cir con pre­cau­ción, aten­tos a la pre­sen­cia de pea­to­nes con la ca­be­za ga­cha. En Es­pa­ña, la DGT se ha­cía eco a prin­ci­pios de es­te mes a tra­vés de Twit­ter de la sin­gu­lar se­ña­li­za­ción y, ya fa­mi­lia­ri­za­da con el tér­mino smom­bie, ad­ver­tía del pe­li­gro de deam­bu­lar mi­ran­do el mó­vil. Bél­gi­ca y Chi­na han op­ta­do por ca­rri­les es­pe­cia­les. En Am­be­res, fue una tien­da de­di­ca­da a la re­pa­ra­ción de mó­vi­les la que pu­so en mar­cha es­ta ini­cia­ti­va al no­tar un preo­cu­pan­te in­cre­men­to de clien­tes con apa­ra­tos ro­tos a cau­sa de en­con­tro­na­zos en ple­na ca­lle. En Chong­qing, es­tos ca­mi­nan­tes cuen­tan des­de el 2014 con 50 me­tros de pa­vi­men­to en ex­clu­si­va. So­bre los ado­qui­nes, te­lé­fo­nos mó­vi­les pin­ta­dos. El futuro era es­to.

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