En épo­ca de va­cas fla­cas

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de la Escuela - - PALABRAS - > Moncho Nú­ñez Cen­te­lla

Cuen­ta el li­bro del Gé­ne­sis (ca­pí­tu­lo 41) una in­tere­san­te his­to­ria de la que es pro­ta­go­nis­ta Jo­sé, uno de los hi­jos de Ja­cob. Re­sul­ta que el jo­ven ha­bía si­do ven­di­do por sus her­ma­nos ma­yo­res co­mo es­cla­vo, y ha­bía ter­mi­na­do en Egip­to, en la cár­cel del fa­raón (por un lío de fal­das del que era inocen­te). Cier­to día, el fa­raón tu­vo un sue­ño, en el que sie­te va­cas fla­cas se co­mían a sie­te va­cas gor­das a la ori­lla del Ni­lo. Na­die po­día in­ter­pre­tar el sig­ni­fi­ca­do de aquel sue­ño has­ta que el ins­pi­ra­do Jo­sé le dio una ex­pli­ca­ción: las sie­te va­cas fla­cas se­rían sie­te años de ham­bre y pe­nu­ria en el país, que se co­me­rían los re­cur­sos de los sie­te años de gran abun­dan­cia que ven­drían pri­me­ro. Jo­sé se atre­vió a re­co­men­dar al fa­raón que pu­sie­se a go­ber­nar a un hom­bre sa­bio y com­pe­ten­te, para que or­de­na­se a los fun­cio­na­rios que en los pró­xi­mos años de abun­dan­cia re­cau­da­ran la quin­ta par­te de las co­se­chas, y acu­mu­la­ran to­do a buen re­cau­do para te­ner re­ser­vas en los años de mi­se­ria que se­gui­rían. El fa­raón nom­bró a Jo­sé go­ber­na­dor de Egip­to, y así su­ce­dió.

Has­ta ahí el re­la­to bí­bli­co. Por ello a los tiem­pos de es­ca­sez, ham­bre y mi­se­ria nos re­fe­ri­mos co­mo épo­cas de va­cas fla­cas. Es una me­tá­fo­ra. La his­to­ria del sue­ño del fa­raón per­ma­ne­ce en mi me­mo­ria ilus­tra­da por in­ge­nuos di­bu­jos de los an­ti­guos li­bros de his­to­ria sa­gra­da. Pe­ro aho­ra he vis­to, en La Voz de Ga­li­cia, una fo­to real que me con­mue­ve, por­que ha­ce car­ne lo que has­ta aho­ra eran so­lo pa­la­bras con in­ten­ción edu­ca­ti­va. La ima­gen es de una va­ca ga­lle­ga, de piel y hue­so, que so­bre­vi­ve en una ex­plo­ta­ción ga­na­de­ra de Ga­li­cia. Es una va­ca a la que no pue­den ali­men­tar ade­cua­da­men­te, por fal­ta de re­cur­sos eco­nó­mi­cos y por fal­ta de ver­güen­za co­lec­ti­va. No es una so­la; son bas­tan­tes más de sie­te. Es un tes­ti­mo­nio pre­sen­te, que no for­ma par­te de nin­gún sue­ño, y por lo tan­to no ne­ce­si­ta­mos a na­die que lo in­ter­pre­te. Las re­fle­xio­nes so­bre to­do lo an­te­rior son tan ob­vias que es po­si­ble, y con­ve­nien­te, cam­biar de pá­rra­fo y qui­zás de te­ma. Fla­co fa­vor se ha­ce al per­so­nal mi­nan­do la mo­ral co­lec­ti­va.

Las lec­tu­ras clá­si­cas si­guen man­te­nien­do su en­can­to y son fuente inago­ta­ble de re­cur­sos. El ad­je­ti­vo que nos ocu­pa me lle­va a pen­sar en el ta­lón de Aqui­les, que era co­mo se sa­be su punto fla­co. Re­sul­ta que su madre qui­so ha­cer­lo in­mor­tal al po­co de na­cer, para lo cual lo co­gió por el ta­lón para su­mer­gir­lo en las aguas de la le­gen­da­ria la­gu­na Es­ti­gia, que era el lí­mi­te en­tre la Tie­rra y el mun­do de los muer­tos. Al que­dar sin mo­jar­se el ta­lón, ese punto de su anato­mía se con­vir­tió en vul­ne­ra­ble y el mas her­mo­so de los hé­roes de la gue­rra de Tro­ya, Aqui­les, el de los pies li­ge­ros, mu­rió cuan­do una fle­cha en­ve­ne­na­da, dis­pa­ra­da por su her­mano Paris, le al­can­zó pre­ci­sa­men­te en el ta­lón (hay quien di­ce que el dios Apo­lo guia­ba la fle­cha). Co­mo se ve, no es bueno, ni si­quie­ra para los hé­roes ca­si in­vul­ne­ra­bles, te­ner pun­tos fla­cos.

Hay otros hé­roes más vul­ne­ra­bles y por tan­to más dig­nos de com­pren­sión y ca­ri­ño. En es­te gru­po se en­cuen­tran el Gor­do y el Fla­co, per­so­na­jes que pro­ta­go­ni­za­ron mu­chas de mis ri­sas en tar­des in­fan­ti­les de ci­ne. Eran una pa­re­ja en­car­na­da por los ac­to­res Stan Lau­rel (el fla­co) y Oli­ver Hardy (el gor­do). Se tra­ta­ba de dos hé­roes tier­nos, op­ti­mis­tas, no muy lis­tos y con una inocen­cia que los ha­cía pa­re­cer va­lien­tes. No se por qué, el fla­co era mi pre­fe­ri­do y de Stan —en mi cada vez más fla­ca me­mo­ria— to­da­vía que­da una ci­ta fa­vo­ri­ta: «El hu­mor es la ver­dad, el in­ge­nio es una exa­ge­ra­ción de la ver­dad». ¿Se­rá ver­dad?

Pe­ro pues­tos a ha­blar de fla­cos que nos han da­do ale­grías, va­ya tam­bién un re­cuer­do para Johan Cruyff, uno de los tres gran­des en la his­to­ria del fút­bol (con Di Sté­fano y Pe­lé), el hom­bre que lo rein­ven­tó en los años 70 y de cu­ya crea­ti­vi­dad aún dis­fru­ta­mos. Co­mo hay ade­más otros fla­cos que fue­ron gran­des fut­bo­lis­tas, he de pen­sar que la fla­que­za qui­zás sea una ca­rac­te­rís­ti­ca que ayu­de, en ese y algún otro de­por­te. Pe­ro no ol­vi­de­mos que, en ge­ne­ral, es si­nó­ni­mo de de­bi­li­dad. Y lue­go, ya se sa­be: al pe­rro fla­co to­do se le vuel­ven pul­gas.

Las le­yen­das clá­si­cas man­tie­nen hoy su va­lor edu­ca­ti­vo

ROI FERNANDEZ

Va­ca fa­mé­li­ca en una ex­plo­ta­ción de Axul­fe (Lu­go). Fo­to­gra­fía inusual, que ad­quie­re sin­gu­lar dra­ma­tis­mo al tra­tar­se de un ani­mal em­ble­má­ti­co en Ga­li­cia y pi­lar de la ga­na­de­ría

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