«Debería ha­ber un di­rec­tor de fe­li­ci­dad en ca­da em­pre­sa»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - EMPRESAS - Lu­cía Vidal

Áfri­ca Ro­drí­guez (San­tia­go, 1984) en­tró en con­tac­to con el mun­do de los bu­fe­tes, un uni­ver­so que, le­jos de atra­par­la, le hi­zo pen­sar que te­nía que en­con­trar un sen­ti­do a lo que ha­cía «más allá del di­ne­ro». Una «cri­sis ca­tár­ti­ca», co­mo ella lo de­fi­ne, desem­bo­có en lo que lle­va­ba años per­si­guien­do: el ha­llaz­go de su ver­da­de­ra vo­ca­ción. —¿Có­mo una li­cen­cia­da en De­re­cho y Cien­cias Po­lí­ti­cas aca­bó cam­bian­do los des­pa­chos por la cul­tu­ra co­la­bo­ra­ti­va?

—Lle­va­ba do­ce años en Ma­drid y no pa­ra­ba de dar­le vuel­tas a la idea de de­jar la ca­pi­tal. Me aho­ga­ba. Es­ta­ba har­ta de las co­las del me­tro, del as­fal­to, de em­plear dos ho­ras ca­da día en el transporte... To­do eso coin­ci­dió con una no­ti­cia: a mi ma­dre le diag­nos­ti­ca­ron cán­cer. Que­ría es­tar más cer­ca de mi fa­mi­lia. Mi pri­ma Lo­la aca­ba­ba de abrir un es­pa­cio de co­wor­king y me pa­re­ció muy in­tere­san­te... Y se cru­zó en su ca­mino Ma­ría Pie­rres, su so­cia. Las re­des so­cia­les y un ca­fé hi­cie­ron el res­to... A los 30 días de es­tar en Pon­te­ve­dra, con­tac­té vía Lin­ke­dIn con po­si­bles in­tere­sa­dos en mon­tar un ne­go­cio de co­wor­king. Un día nos co­no­ci­mos, y a los dos me­ses es­tá­ba­mos abrien­do Arroelo.

—En pleno cen­tro. Ca­lle Michelena...

—Me en­can­ta el mo­de­lo de ciu­dad de Pon­te­ve­dra. Es fan­tás­ti­co. Me per­mi­te co­nec­tar con el en­torno y la na­tu­ra­le­za. Mu­chas ve­ces me le­van­to por la ma­ña­na agra­de­cien­do ha­ber to­ma­do aque­lla de­ci­sión que me­di­ta­ba.

—Ha­ce cin­co años de esa mu­dan­za y del na­ci­mien­to del pro­yec­to...

—Al prin­ci­pio nos cen­tra­mos mu­cho en crear co­mu­ni­dad, con even­tos, actividades, pro­gra­mas... Aho­ra es­ta­mos en­fo­ca­dos en ge­ne­rar opor­tu­ni­da­des eco­nó­mi­cas y la­bo­ra­les des­de aquí pa­ra el mun­do.

—Si tu­vie­ra que de­fi­nir la esen­cia del «co­wor­king», se­ría...

—Una for­ma de vi­da. Es una ma­ne­ra de tra­ba­jar, jun­tos, pe­ro va más allá de eso. Es el fu­tu­ro. Yo no en­tien­do una ver­sión in­di­vi­dua­lis­ta del mun­do.

—¿Qué ofre­ce es­ta fór­mu­la que no da el tra­ba­jar des­de ca­sa o en una ofi­ci­na con­ven­cio­nal?

—Aquí vie­nen per­so­nas con una ex­pe­rien­cia de vein­te años en em­pre­sas, gen­te que aca­ba de em­pe­zar, o que es­tá en pa­ro. Por­que se ge­ne­ran mu­chí­si­mas al­ter­na­ti­vas. Sim­ple­men­te el he­cho de sa­lir de ca­sa es te­ra­péu­ti­co. Ima­gí­na­te la so­le­dad del au­tó­no­mo. El ca­fé de la ma­ña­na en com­pa­ñía te ac­ti­va. Cuan­do tra­ba­jas con un mon­tón de re­fe­ren­tes, to­do es más en­ri­que­ce­dor. Va más rá­pi­do.

—¿Y cuál es la mi­sión que de­fi­ne a una di­rec­to­ra de fe­li­ci­dad y en­tu­sias­mo?

—Buff, es difícil res­pon­der a esa pre­gun­ta. Mi la­bor es ayu­dar a las per­so­nas. Es­cu­char lo que ne­ce­si­tan. Co­nec­tar­la con otras. Ge­ne­rar el am­bien­te pro­pi­cio pa­ra que desa­rro­llen sus ideas en li­ber­tad.

—¿Debería ha­ber un car­go co­mo el su­yo en to­das las em­pre­sas?

—Por su­pues­to. To­dos que­re­mos que nos cui­den, tam­bién en el tra­ba­jo.

—¿Sus ca­pa­ci­da­des pa­ra in­yec­tar fe­li­ci­dad son in­na­tas o se han mol­dea­do con el tiem­po?

—Es al­go que no de­jo de en­tre­nar. La me­di­ta­ción me ayu­da bas­tan­te. Y ro­dear­me de gen­te con pro­pó­si­to que te lle­ne de ener­gía, co­mo Ba­si­le, que tie­ne un co­wor­king en Lesbos, con el que quie­re ayu­dar a in­te­grar la po­bla­ción lo­cal y los re­fu­gia­dos que han lle­ga­do; o una chi­ca de Ma­rrue­cos que es­tá tra­ba­jan­do con no­so­tros y quie­re desa­rro­llar una pla­ta­for­ma pa­ra em­po­de­rar a las mu­je­res de su país.

—Una cu­rio­si­dad: ¿De dón­de vie­ne el nom­bre de Arroelo?

—Co­sas de la di­rec­to­ra de in­ge­nio y lo­cu­ras, o sea, mi so­cia. Pie­rres iba a me­nu­do al fút­bol con su padre, y es­cu­cha­ba mu­cho la ex­pre­sión ‘hai que roe­lo’. Nos pa­re­ció que trans­mi­tía el sen­ti­do de que sien­do pe­que­ños, jun­tos se po­dían al­can­zar gran­des me­tas, co­mo con­si­guió el Pon­te­ve­dra C. F. en su día.

| RA­MÓN LEI­RO

Áfri­ca Ro­drí­guez en sus ofi­ci­nas de Pon­te­ve­dra

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