KRIS­TIN SCOTT THO­MAS

"NO HE CON­SE­GUI­DO QUE MIS MIS HI­JOS NO VA­YAN A TE­RA­PIA PA­RA HA­BLAR DE MÍ, NO SOY TAN BUE­NA”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - De Cerca -

Kris­tin Scott Tho­mas si­gue te­nien­do la mis­ma cla­ví­cu­la que enamo­ró a Ralph Fien­nes en El pa­cien­te in­glés, la mis­ma son­ri­sa me­lan­có­li­ca, el mis­mo va­lle en el es­co­te que su aman­te bau­ti­zó en un ges­to de car­tó­gra­fo co­mo el Bós­fo­ro de Ál­masy. Su ele­gan­cia es se­re­na, atem­po­ral, aris­to­crá­ti­ca. Por lo de­más, to­do es dis­tin­to. Sen­ta­da jun­to a mí, des­cal­za, en un so­fá de flores ma­rro­nes con tac­to ater­cio­pe­la­do, hay una mu­jer de 55 años, di­ver­ti­da, que ha­bla con li­ge­re­za, iro­nía, ver­dad e in­te­li­gen­cia so­bre to­do lo que se le pre­gun­ta (y que a su vez tam­bién ha­ce pre­gun­tas, por ejem­plo, so­bre el fa­mo­sos pro­cés ca­ta­lán: “¿Qué es­tá pa­san­do?”. Co­mo si fue­ra fá­cil de con­tes­tar...). A nues­tro al­re­de­dor, en una sui­te del ho­tel La Ré­ser­ve de Pa­rís, to­do es 100% fran­cés. Pe­ro, ella, que se le­van­ta, ges­ti­cu­la con las ce­jas, se po­ne y se qui­ta las ga­fas de pas­ta (se cal­za y des­cal­za las ba­la­ri­nas y to­ma un té ne­gro con le­che y sin azú­car) es 100% bri­tish. Cria­da en Dor­set, su pa­dre fue un avia­dor el ejér­ci­to in­glés que mu­rió en un ac­ci­den­te cuan­do ella te­nía cua­tro años; so­lo tres des­pués, su pa­dras­tro, tam­bién pi-

Ele­gan­te, sar­cás­ti­ca, in­te­li­gen­te y ho­nes­ta. A sus 55 años la ac­triz bri­tá­ni­ca ha de­ja­do atrás un ma­tri­mo­nio de dos dé­ca­das, Pa­rís y el ci­ne co­mer­cial. So­lo hay al­go a lo que no pien­sa re­nun­ciar nun­ca: la ver­dad. Por Isa­bel Na­va­rro

lo­to de avia­ción, mu­rió del mis­mo mo­do. Un im­pac­to (dos, en reali­dad), que la mar­ca­ron pa­ra siem­pre. Bri­tá­ni­ca al 100%, sin em­bar­go en In­gla­te­rra ha­blan de ella co­mo afran­ce­sa­da. A los 19 años se fue de au pair a Pa­rís y allí se que­dó. Co­no­ció en la uni­ver­si­dad al que se­ría su ma­ri­do du­ran­te ca­si dos dé­ca­das, Fra­nçois Oli­ven­nes, un emi­nen­te gi­ne­có­lo­co, ex­per­to en re­pro­duc­ción, con el que tie­ne tres hi­jos: Han­nah, pe­rio­dis­ta en la re­dac­ción in­gle­sa del The New York Ti­mes; Jo­seph, que es­tu­dió Fi­lo­so­fía, pe­ro aho­ra se de­di­ca a la interpretación; y Geor­ge, que tie­ne 15 años y va al co­le­gio. Aun­que ella nun­ca ha ha­bla­do de los mo­ti­vos de su di­vor­cio, la ver­sión de los ta­bloi­des in­gle­ses di­ce que fue ella quien se mar­chó a vi­vir con el ac­tor To­bias Men­zies (14 años menor que ella y co­no­ci­do por su pa­pel de Bru­to en la se­rie Roma), en­ton­ces com­pa­ñe­ro de re­par­to en una obra de Pi­ran­de­llo. Y es que en los úl­ti­mos años, es más fá­cil ver a Kris­tin en los es­ce­na­rios del West End que en las pan­ta­llas. Ha­bi­tua­da a de­cir lo que pien­sa y lo que sien­te, de­cla­ró al dia­rio The Guar­dian que ya no so­por­ta­ba ni una pe­lí­cu­la más: “No aguan­to más es­tar sen­ta­da en una ca­ra­va­na lle­na de co­ji­nes, es­pe­ran­do, abu­rri­da has­ta la muer­te”. Con su pa­pel de Elec­tra con­si­guió gran­des crí­ti­cas y una no­mi­na­ción a los premios Oli­vier; y con The Au­dien­ce (una obra que en Nue­va York in­ter­pre­ta He­len Mirren, que tra­ta so­bre la re­la­ción de la Rei­na Isa­bel II con los pri­me­ros mi­nis­tros bri­tá­ni­cos) ha con­se­gui­do un éxi­to pa­ra to­dos los pú­bli­cos. La ci­ta es en Pa­rís, pa­ra ha­blar de su nue­vo pa­pel co­mo em­ba­ja­do­ra de la lí­nea Premium de Lie­rac. Pe­ro la mu­jer que des­pi­dió a su agen­te en 1996 por de­cir­le que de­bía ope­rar­se la na­riz no es una ac­triz ni una mu­jer ni una con­ver­sa­do­ra al uso. Así que la be­lle­za so­lo es un pun­to de par­ti­da.

Mu­jer­hoy. Kris­tin Scott Tho­mas. Si me qui­to las ga­fas no veo na­da. Ten­go un es­pe­jo en mi ba­ño que au­men­ta 11 ve­ces la reali­dad. Así que ten­go muy bue­na re­la­ción con el es­pe­jo por­que cuan­do me mi­ro es­tá to­do des­en­fo­ca­do y un po­co bo­rro­so. Me veo fan­tás­ti­ca. [Ri­sas] ¿El se­cre­to? No ir al ocu­lis­ta.

¿Le gus­ta ver­se a sí mis­ma en las pe­lí­cu­las?

A ve­ces sí y a ve­ces no. A ve­ces son un po­co sá­di­cos, so­bre to­do en In­gla­te­rra. En Fran­cia te ha­cen pa­re­cer gua­pa y en In­gla­te­rra te ha­cen pa­re­cer fea. No sé por qué, pe­ro es así.

¿Tal vez por la ilu­mi­na­ción? ¿Qué re­la­ción tie­ne con el es­pe­jo?

Sí, es la luz. La ilu­mi­na­ción fran­ce­sa es más ama­ble con las mu­je­res ma­yo­res. Las res­pe­ta, las mi­ma.

¿Hay pa­pe­les in­tere­san­tes pa­ra mu­je­res de más de 50 años?

Si no te lla­mas Meryl Streep, no. Y me ale­gro por ella, por­que es muy bri­llan­te. Pe­ro es muy frus­tran­te pa­ra las de­más. La gen­te que sue­le de­ci­dir qué pe­lí­cu­las se ha­cen tie­nen 30 y so­lo han ido a la Es­cue­la de Ne­go­cios. Pe­ro, en fin, hoy no es un buen día pa­ra ha­blar de es­te te­ma por­que me aca­ban de de­cir que no a un pa­pel por ser de­ma­sia­do ma­yor.

En los úl­ti­mos años se ha di­vor­cia­do, se ha ido a vi­vir a Lon­dres, es­tá ha­cien­do más tea­tro... ¿Di­ría que a par­tir de los 50 es­tá te­nien­do una es­pe­cie de re­na­ci­mien­to? Es cier­to que es­toy ha­cien­do las co­sas que siem­pre he que­ri­do ha­cer. Cuan­do tie­nes más de 50 te das cuen­ta de que más va­le que te des pri­sa. Lo que ten­go cla­ro es que aho­ra quie­ro ha­cer las co­sas por mí y pa­ra mí, no por los de­más. Nun­ca más.

¿Ha he­cho mu­chas co­sas por los de­más?

Cuan­do tra­ba­jas en una in­dus­tria co­mo es­ta, hay mu­chí­si­mo di­ne­ro im­pli­ca­do y ca­da de­ci­sión tu­ya ha­ce que unos u otros ga­nen mu­cho di­ne­ro... Tie­nes al pu­bli­cis­ta, al agen­te, al di­rec­tor, al pro­duc­tor, ca­da uno con sus pro­pios in­tere­ses. To­dos pre­sio­nan. En el tea­tro he en­con­tra­do mi ni­cho y me sien­to más li­bre.

Ha lla­ma­do es­pe­cial­men­te la aten­ción de crí­ti­ca y pú­bli­co con dos pa­pe­les an­ta­gó­ni­cos: Elec­tra y la rei­na Isa­bel II en The Au­dien­ce. Siem­pre ha­bía que­ri­do ha­cer Elec­tra [Y al de­cir­lo, se ilu­mi­na]. Sa­bía que iba a ser di­fi­ci­lí­si­mo, pe­ro na­da ha si­do tan sa­tis­fac­to­rio en mi vi­da. Se su­po­ne que Elec­tra tie­ne 20 y es un pa­pel que re­quie­re mu­chí­si­ma ener­gía, un pa­pel muy fí­si­co. Mi Elec­tra era una vie­ja lle­na de sa­bi­du­ría a la vez que una ado­les­cen­te atro­fia­da. A ve­ces, pa­re­cía una vie­ja se­ño­ra y a ve­ces que te­nía dos años. La amo. Es un per­so­na­je que re­co­rre to­do el es­pec­tro de lo que pue­de ser una mu­jer.

“NO HAY PA­PE­LES IN­TERE­SAN­TES PA­RA MU­JE­RES DE MÁS DE 50, A NO SER QUE TE LLA­MES MERYL STREEP”.

¿Y The Au­dien­ce?

Al prin­ci­pio no que­ría ha­cer­la por­que He­len Mirren ya lo ha­bía he­cho. Pe­ro des­pués de Elec­tra es­ta­ba tan ago­ta­da que ne­ce­si­ta­ba al­go más li­ge­ro y que hi­cie­ra a la gen­te fe­liz.

¿Ve aho­ra­de ma­ne­ra dis­tin­ta a la rei­na Isa­bel?

To­tal­men­te. En reali­dad nun­ca le ha­bía pres­ta­do mu­cha aten­ción an­tes de in­te­pre­tar­la, pe­ro em­pe­cé a leer so­bre ella y me di cuen­ta de que Isa­bel es una mu­jer asom­bro­sa, fan­tás­ti­ca, una fuer­za de la na­tu­ra­le­za. La rei­na nun­ca ha cues­tio­na­do su des­tino y se ha en­tre­ga­do a él to­tal­men­te. Ima­gí­na­te pen­sar que has si­do ele­gi­da por Dios y no cues­tio­nar­lo. La rei­na no es cí­ni­ca, real­men­te cree que ese es su pa­pel. ¿Tú que­rrías ese pues­to de tra­ba­jo? Yo, des­de lue­go, no lo que­rría. Ca­da pe­que­ño de­ta­lle de lo que eres y lo que ha­ces es ob­ser­va­do y juz­ga­do. Pe­ro ella real­men­te cree en lo que ha­ce y es to­le­ran­te con la di­fe­ren­cia de los de­más. Es muy an­ti­cua­da, muy in­te­li­gen­te y a la vez muy to­le­ran­te.

Con los hi­jos que ha te­ni­do no le ha que­da­do más re­me­dio... Pe­ro no so­lo por eso. Ella es rei­na de la Com­mon­wealth, es de­cir, es la rei­na de to­do ti­po de so­cie­da­des y cul­tu­ras.

Tal vez ti­po de per­so­na tan ape­ga­da al sen­ti­do del de­ber

sea un pro­duc­to ex­clu­si­vo de la II Gue­rra Mun­dial.

Sí, pe­ro más que la gue­rra, yo creo que es una cues­tión ge­ne­ra­cio­nal. Ya no exis­te ese sen­ti­do del de­ber y nun­ca vol­ve­rá. A eso me re­fe­ría con an­ti­cua­da. Aho­ra soy muy fan.

¿Ya no es re­pu­bli­ca­na?

Nun­ca lo he si­do (a pe­sar de vi­vir tan­tos años en Fran­cia). [Ri­sas]. Siem­pre me ha pa­re­ce­dio fan­tás­ti­co te­ner un rey y una rei­na. Lo que me asus­ta es la de­sigual­dad. Pe­ro no creo que ellos re­pre­sen­ten tan­to la ine­qui­dad, de ver­dad. Sue­na pa­ra­dó­ji­co o ex­tra­va­gan­te. Pe­ro creo ellos lo ha­cen bien.

Lo que sue­na es muy bri­tá­ni­co. Aho­ra vi­ve en Lon­dres, tras ca­si 30 años en Fran­cia. ¿Qué es lo que más echa de me­nos de Pa­rís? Las fru­te­rías. Echo de me­nos la ca­li­dad de la co­mi­da. Tam­bién me en­can­ta la ra­dio fran­ce­sa, Fran­ce Culture, pe­ro la si­go es­cu­chan­do en In­gla­te­rra a tra­vés de in­ter­net.

¿Y qué echa­ba de me­nos de Lon­dres cuan­do vi­vía aquí?

La ra­dio tam­bién [Ri­sas]. No, la ver­dad, so­bre to­do la gen­te y al­gu­nos te­mas de con­ver­sa­ción. Es una cues­tión cul­tu­ral.

Ha­ce años ha­bla­ba mu­cho so­bre lo di­fí­cil que le es­ta­ba sien­do com­pa­ti­bi­li­zar la ma­ter­ni­dad y su ca­rre­ra. ¿Pa­ra quién cree es más di­fí­cil la au­sen­cia, pa­ra los hi­jos que se que­dan o pa­ra la ma­dre que se va? [Si­len­cio] Creo que, si ha­bi­tual­men­te no es­tás con tus hi­jos cuan­do es­tán cre­cien- do, a ellos les aca­ba pa­re­cien­do nor­mal. Mis hi­jos siem­pre sa­bían que me iba a ir, pe­ro tam­bién sa­bían que iba a vol­ver. Aho­ra que son adul­tos –ex­cep­to el pe­que­ño, que es ado­les­cen­te–, nues­tra re­la­ción es fan­tás­ti­ca. Es muy bue­na, de ver­dad. Pe­ro fue muy du­ro pa­ra ellos y pa­ra mí vi­vir tan­tas se­pa­ra­cio­nes. Muy du­ro. Pe­ro pre­sén­ta­me a una so­la mu­jer pa­ra quien no lo sea. Mar­char­me era al­go que me rom­pía el co­ra­zón ca­da vez. Los ni­ños en Fran­cia sa­len a las cua­tro de la tar­de y a esa ho­ra la lla­man “l’heu­re de ma­ma”. [Ha­ce co­mo que llo­ra cuan­do lo di­ce]. Bueno, aho­ra ca­da vez más es la ho­ra de la fi­li­pi­na, pe­ro me do­lía mu­cho no es­tar allí en ese mo­men­to. Cuan­do era una ma­dre jo­ven, to­do el mun­do me de­cía que lo te­nía to­do: unos hi­jos ma­ra­vi­llo­sos, un ma­ri­do fan­tás­ti­co, una ca­rre­ra bri­llan­te... Pe­ro era tan du­ro no de­rrum­bar­se... Cons­tan­te­men­te es­ta­ba ha­cien­do sa­cri­fi­cios y te­nía la sen­sa­ción de no es­tar ha­cien­do na­da real­men­te bien. Cuan­do es­tás en el tra­ba­jo, con el co­ra­zón en ca­sa; y cuan­do es­tás en ca­sa, con tu ca­be­za en el tra­ba­jo.

“LA TRIS­TE­ZA ES UN SEN­TI­MIEN­TO AL QUE TEN­GO FÁ­CIL AC­CE­SO, PE­RO YA ME HE CAN­SA­DO DE ELLA”.

Es di­fí­cil ma­ne­jar la cul­pa...

¡Pe­ro nun­ca me sen­tí cul­pa­ble! Lo que me sen­tía era preo­cu­pa­da, tris­te y can­sa­da.

Ha­ce años di­jo en una en­tre­vis­ta que triun­fa­ría co­mo ma­dre si sus hi­jos no te­nían que ir al psi­coa­na­lis­ta pa­ra ha­blar de us­ted cuan­do tu­vie­ran 20 años. ¿Lo ha con­se­gui­do?

Nooo [Ri­sas] Oja­lá. No soy tan bue­na ma­dre. Pe­ro no pa­sa na­da, que ven­gan los psi­coa­na­lis­tas. Les es­pe­ro. A ve­ces te­nía ese chis­te con mi ma­ri­do: “Echa una mo­ne­da pa­ra la hu­cha de la te­ra­pia”. Mi sue­gra [to­da­vía no di­ce ex] es psi­coa­na­lis­ta. An­tes de lle­gar a Pa­rís yo nun­ca ha­bía co­no­ci­do a na­die freu­diano y, de re­pen­te, co­no­cí a mi ma­ri­do...

¿Us­ted tam­bién se ha tum­ba­do en el di­ván?

Cuan­do te­nía 30 años. Y fue muy im­por­tan­te pa­ra mí. Creo que es muy im­por­tan­te to­mar­te en se­rio tu sa­lud men­tal, pe­ro en In­gla­te­rra si­gue sien­do al­go in­só­li­to, ra­ro, sin em­bar­go en Pa­rís to­do el mun­do lo ha­ce. Sa­na [Ri­sas] ¿No es in­creí­ble? Es una mu­jer con mu­chí­si­mo ta­len­to. Me re­sul­ta muy re­con­for­tan­te te­ner ami­gos con tan­to ta­len­to. ¿No es ma­ra­vi­llo­so cuan­do, de re­pen­te, des­cu­bres que un ami­go de mu­chos años ha­ce al­go que ad­mi­ras? Es muy tran­qui­li­za­dor cuan­do vas a ver a un ami­go al tea­tro, le di­ces “has es­ta­do fan­tás­ti­co” y es ver­dad.

A ve­ces en sus pe­lí­cu­las trans­mi­te una pro­fun­da tris­te­za. ¿Es un tru­co in­ter­pre­ta­ti­vo o vie­ne de den­tro? La tris­te­za es un sen­ti­mien­to al que ten­go fá­cil ac­ce­so, pe­ro ya me he abu­rri­do de ella. Elec­tra fue mi lí­mi­te. Aho­ra quie­ro ha­cer a la gen­te reír, ya me he abu­rri­do de la tris­te­za. [Ha­ce otro si­len­cio pen­sa­ti­vo]. El otro día, una mu­jer se me acer­có en una tien­da y me di­jo que ha­bía es­ta­do en pri­me­ra fi­la de Elec­tra y ha­bía si­do una de las ex­pe­rien­cias más ex­tra­or­di­na­rias de su vi­da. Eso nun­ca te pa­sa en el ci­ne, el ci­ne es me­nos per­so­nal. El tea­tro es un via­je, una ex­pe­rien­cia pa­ra pú­bli­co y ac­to­res.

Pe­ro us­ted ha he­cho pe­lí­cu­las muy emo­ti­vas.

En el ci­ne la gen­te se emo­cio­na, pe­ro la co­ne­xión fí­si­ca del tea­tro es úni­ca.

¿Es­tá abu­rri­da del ci­ne? Y eso que en Lon­dres fue don­de se exi­lió Freud.

Sí, de he­cho, yo soy muy ami­ga de Be­lla Freud, su biz­nie­ta.

¿Y có­mo es ella?

Bas­tan­te. Es­toy es­pe­ran­do que apa­rez­ca un buen proyecto que no me abu­rra, pe­ro tal vez ya no lle­gue nun­ca...

¿Se arre­pien­te de al­gu­nas de sus pe­lí­cu­las?

Por su­pues­to. He he­cho de­ma­sia­das, unas 70. Pe­ro si Al­mo­dó­var me lla­ma­ra ma­ña­na le di­ría que sí al ins­tan­te. Hay gen­te con mu­cho ta­len­to en el ci­ne es­pa­ñol. Tam­bién me gus­ta mu­cho un es­cri­tor es­pa­ñol, Javier Ma­rías. No es que ya no ame el ci­ne, pe­ro ya no quie­ro que mi tra­ba­jo sea ha­cer ci­ne.

¿Y esa de­ci­sión la ha to­ma­do a los 50?

Se es­ta­ba co­cien­do des­de an­tes. Pe­ro ha lle­ga­do aho­ra.

¿A sus hi­jos le gus­tan sus pe­lí­cu­las?

Sí, so­bre to­do Cua­tro bo­das y un fu­ne­ral. Mi hi­ja la des­cu­brió ha­ce po­co y no po­día creer lo di­ver­ti­da que era. Creo que El pa­cien­te in­glés no la han vis­to nun­ca.

¿De ver­dad?

Eran de­ma­sia­do pe­que­ños cuan­do la hi­ce, y hay co­sas que no quie­res que tus hi­jos vean de ti. Pe­ro me pre­fie­ren en el tea­tro. Cuan­do mi hi­jo pe­que­ño vino a ver­me a Elec­tra me di­jo: “Ma­má, aho­ra en­tien­do por qué es­tás tan can­sa­da”.

Per­dió a su pa­dre y a su pa­dras­tro en sen­dos ac­ci­den­tes de avión. ¿Cree que esas tra­ge­dias la hi­cie­ron más vul­ne­ra­ble? Me hi­cie­ron más vul­ne­ra­ble y más fuer­te. Inevi­ta­ble­men­te me cons­truí una ar­ma­du­ra pa­ra so­bre­vi­vir.

¿Qué re­la­ción tie­ne con la muer­te des­de en­ton­ces?

Tra­to de evi­tar­la [Ri­sas]. Qué le va­mos a ha­cer. Su­ce­dió en una edad en la que la muer­te no es­ta­ba pre­vis­ta. La muer­te pa­ra mí era al­go que le ocu­rría a tu hams­ter o a tu abue­lo, no al hom­bre que más amas. Así que fue un gran shock.

“SI AL­MO­DÓ­VAR ME LLA­MA­RA LE DI­RÍA QUE SÍ AL INS­TAN­TE. TAM­BIÉN ME EN­CAN­TA JAVIER MA­RÍAS”.

He leí­do que es­tu­vo muy afec­ta­da por los aten­ta­dos en Char­lie Heb­do. [Cuan­do se hi­zo es­ta en­tre­vis­ta to­da­vía no ha­bía su­ce­di­do la ma­tan­za de Pa­rís]. ¿Co­no­cía aal­gu­na víc­ti­ma? No di­rec­ta­men­te. Pe­ro Pa­rís y el mun­do de los pe­rio­dis­tas y es­cri­to­res es muy pe­que­ño. Lo que de ver­dad me afec­tó fue la vio­len­cia. El he­cho de que al­guien pue­da en­trar en una ha­bi­ta­ción y dis­pa­rar­te a bo­ca­ja­rro. Que quie­ra ha­cer­lo. Pe­ro ca­da día ocu­rre al­go to­da­vía más te­rro­rí­fi­co, así que es una es­ca­la­da que no sé adón­de nos va a lle­var.

De arri­ba a aba­jo, en Sui­te fran­ce­sa (2014), en The Au­dien­ce (co­mo Isa­bel II); jun­to a su hi­ja Han­nah, que es pe­rio­dis­ta; en la pe­lí­cu­la por la que con­si­guió una no­mi­na­ción al Os­car, El pa­cien­te in­glés (1996); y co­mo Elec­tra en el tea­tro.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.