Pro­ta­go­nis­tas. Pau­la Ortiz e Inma Cues­ta.

PAU­LA ORTIZ E INMA CUES­TA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Portada -

En­tre di­rec­to­ra y ac­triz han con­ver­ti­do en pu­ro ci­ne los ver­sos de amor, pa­sión y ce­los de Bo­das de san­gre. Una ver­sión li­bre que, con 12 no­mi­na­cio­nes, es una de las fa­vo­ri­tas pa­ra los Go­ya. Por Bea­triz Na­va­zo / Fo­tos:an­tón Goi­ri

UU­na mu­jer arras­tra los pies por la tie­rra se­ca y pol­vo­rien­ta de un pai­sa­je de­sér­ti­co. Tie­ne la mi­ra­da va­cía, sus enaguas de no­via cu­bier­tas de san­gre y lle­va de las rien­das un ca­ba­llo can­sa­do ba­jo el pe­so de dos hom­bres muer­tos. Así es co­mo arran­ca La No­via, se­gun­da pe­lí­cu­la de la di­rec­to­ra Pau­la Ortiz, una adap­ta­ción li­bre y fiel de Bo­das de san­gre, pro­ta­go­ni­za­da por Inma Cues­ta. Y que na­die nos acu­se de des­ve­lar el fi­nal, por­que es la pri­me­ra es­ce­na y por­que, ade­más, el dra­ma es bien co­no­ci­do. Es una gran his­to­ria de amor y una de las tra­ge­dias más be­llas del ima­gi­na­rio es­pa­ñol.

Vi­vien­do en ver­so

“Por­que tú crees que el tiem­po cu­ra y que las pa­re­des ta­pan, y no es ver­dad. ¡Cuan­do las co­sas lle­gan a los cen­tros, ya no hay quien las arran­que!”. Pau­la Ortiz e Inma Cues­ta coin­ci­den al ele­gir sus ver­sos fa­vo­ri­tos y los re­ci­tan ce­dién­do­se la pa­la­bra la una a la otra. Pe­ro tie­nen otras mu­chas co­sas en co­mún, en­tre ellas, la mis­ma edi­ción de es­ta obra de Fe­de­ri­co Gar­cía Lor­ca que era su li­bro de ca­be­ce­ra cuan­do eran dos ado­les­cen­tes ávi­das de lec­tu­ras y emo­cio­nes. Com­par­ten con­fi­den­cias con una com­pli­ci­dad fra­gua­da en la du­re­za del ro­da­je, en el que se vie­ron las ca­ras no so­lo con la in­ten­si­dad de la his­to­ria, la di­fi­cul­tad del ver­so y del com­ple­jo uni­ver­so lor­quiano, tam­bién con la du­re­za fí­si­ca de un te­rreno de­sola­do y azo­ta­do por un cier­zo fe­roz. El re­sul­ta­do es una pe­lí­cu­la de be­lle­za hip­nó­ti­ca (con 12 no­mi­na­cio­nes a los premios Go­ya), que con­sa­gra a Pau­la Ortiz co­mo una di­rec­to­ra a la que no de­be­mos (ni que­re­mos) per­der de vis­ta y a una Inma Cues­ta que cam­bia ra­di­cal­men­te de re­gis­tro pa­ra su­mer­gir­nos en un dra­ma so­bre­co­ge­dor. “No ha­bía otra for­ma de lle­var a es­te per­so­na­je a la al­tu­ra que se me­re­ce más que su­frien­do, abrién­do­me en ca­nal el alma y el co­ra­zón. Ha si­do lo más sal­va­je, vis­ce­ral y so­bre­hu­mano que he he­cho has­ta aho­ra”. Una his­to­ria que nos en­fren­ta con to­das las con­tra­dic­cio­nes de la na­tu­ra­le­za hu­ma­na: vi­da y muer­te; pa­sión y ra­zón; li­ber­tad y re­pre­sión. De to­do eso con­ver­san di­rec­to­ra y ac­triz, em­pe­zan­do por el prin­ci­pio: ¿por qué vol­ver a Lor­ca? Pau­la Ortiz. ¿Y por qué no? Es una de las fi­gu­ras más lú­ci­das y más lu­mi­no­sas que he­mos te­ni­do; uno de los fa­ros de nues­tra cul­tu­ra. El mun­do de Bo­das de san­gre es tre­men­da­men­te atrac­ti­vo, esa lu­na, esa tie­rra, esa no­via, esa ma­dre… Es la pri­me­ra obra de Lor­ca que des­cu­brí y pa­ra mí es la más esen­cial por­que ha­bla de una ma­ne­ra muy de en­tra­ñas so­bre el amor y la muer­te. ¿Quién no que­rría su­mer­gir­se en esa his­to­ria? Inma Cues­ta. Cuan­do éra­mos ado­les­cen­tes, las dos te­nía­mos la mis­ma edi­ción de Aus­tral, en la que ve­nían Bo­das de san­gre y Yer­ma. A mí me la re­ga­ló un tío mío cuan­do so­ña­ba con ser ac­triz. Des­de ese día se con­vir­tió en uno de mis li­bros de ca­be­ce­ra: me­mo­ri­za­ba tex­tos y los re­ci­ta­ba. Así que cuan­do Pau­la me ofre­ció ser la no­via, se me des­bo­có el co­ra­zón… ¡Pe­ro ya me sa­bía me­dia obra! Pau­la. Des­cu­brir a Lor­ca te con­mo­cio­na, por­que su obra tie­ne una gran po­ten­cia a mu­chos ni­ve­les: emo­cio­nal, es­té­ti­co, éti­co… Yo agra­dez­co a mis pa­des que me ayu­da­ran a mi­rar en ver­so. Inma. Mi ma­dre me cuen­ta que a los cua­tro años era muy atre­vi­da y ya an­da­ba yo subida en las me­sas re­ci­tan­do… Bueno,

y ha­cien­do es­trip­tis. Sí, te­nía vo­ca­ción pre­coz pa­ra las dos co­sas. Afor­tu­na­da­men­te, una se me pa­só… [Ri­sas] Pau­la. Mis pa­dres eran pro­fe­so­res de Li­te­ra­tu­ra. Nun­ca me obli­ga­ron a leer na­da, que creo que es una de las claves de la edu­ca­ción, pe­ro he te­ni­do

“Lo que mue­ve a La no­via es la fuer­za crea­do­ra y abra­sa­do­ra del de­seo”. Pau­la Ortiz

siem­pre a mi dis­po­si­ción to­dos los li­bros, las pe­lí­cu­las, los cuen­tos, las fá­bu­las… y de­trás ca­si sin re­me­dio vas tú. Ellos me han da­do la con­fian­za en la ima­gi­na­ción y en la crea­ti­vi­dad y me han da­do vía li­bre. El li­bre­pen­sa­mien­to, que no es tan fá­cil. Inma. Yo tu­ve la suer­te de te­ner un pa­dre que to­das las no­ches me con­ta­ba cuen­tos mi­to­ló­gi­cos (Uli­ses, Pe­né­lo­pe, cí­clo-

pes, unicornios…) y to­do eso me ha­cia ima­gi­nar. Pe­ro lo de me­ter­me en el mun­do de Lor­ca fue in­tui­ti­vo. Di­ce mi ma­dre que yo era una ni­ña con an­sia por los li­bros.

El va­lor de la cul­tu­ra

Pau­la. Yo he si­do tam­bién muy fe­liz le­yen­do y vien­do pe­lí­cu­las. En un tex­to que es­cri­bió Lor­ca pa­ra la inau­gu­ra­ción de la bi­blio­te­ca de su pue­blo ex­pli­ca­ba muy bien ese sen­ti­mien­to. De­cía que cuan­do leía un li­bro, asis­tía a un co­cier­to o a una obra de tea­tro era tan, tan fe­liz, que se po­nía un po­co tris­te por­que que­ría que to­do el mun­do ex­pe­ri­men­ta­ra esa mis­ma sen­sa­ción. Ese es el po­der de la cul­tu­ra, que es un ac­to de so­li­da­ri­dad y de amor. Y eso se edu­ca otor­gán­do­le ese va­lor co­mo vía de fe­li­ci­dad y de unión. Inma. A pe­sar de que mu­chas ve­ces se con­si­de­re co­mo al­go in­ne­ce­sa­rio. Pau­la. Exac­to. Pa­re­ce que es un adorno, la úl­ti­ma ca­pa su­per­flua de la so­cie­dad que se pue­de sa­cri­fi­car. Yo en cla­se [es pro­fe­so­ra de Co­mu­ni­ca­ción Au­dio­vi­sual en la Uni­ver­si­dad de Barcelona] in­sis­to mu­cho por­que quie­ro que mis alum­nos asi­mi­len que nues­tra pro­fe­sión es tan so­cial­men­te im­pres­cin­di­ble co­mo otras. Sin los hi­los de esen­cia­li­dad y de sen­ti­do vi­tal que te­jen los na­rra­do­res, los in­tér­pre­tes, los mú­si­cos... nos des­hu­ma­ni­za­ría­mos. Inma. Por eso es­te ha si­do un re­to y una gran res­pon­sa­bi­li­dad, por­que es una obra uni­ver­sal. Ser La no­via de Bo­das de san­gre es un ho­nor y un vér­ti­go... Yo siem­pre di­go que cuan­do me mue­ro de ga­nas y a la vez de mie­do es cuan­do ten­go que lan­zar­me. Pau­la. Sus te­mas si­guen es­tan­do pre­sen­tes en cual­quier lu­gar del mun­do. El amor, la ven­gan­za, los ce­los, pe­ro so­bre to­do, la fuer­za crea­do­ra y abra­sa­do­ra del de­seo.

“Lor­ca cap­ta muy bien esa fuer­te an­sia de li­ber­tad de las mu­je­res”. Pau­la Ortiz

Inma. Creo que Lor­ca es­ta­ría sa­tis­fe­cho con el re­sul­ta­do. Lo he­mos te­ni­do pre­sen­te du­ran­te to­do el ro­da­je. Lo in­vo­cá­ba­mos con­ti­nua­men­te: “Fe­de­ri­co, ¿te ha gus­ta­do? Fe­de­ri­co, ¿es­tás con­ten­to?”. Y sí he sen­ti­do que ade­más nos con­tes­ta­ba, de al­gu­na ma­ne­ra. Du­ran­te una se­cuen­cia im­por­tan­tí­si­ma se me po­só una ma­ri­po­sa blan­ca, y yo me mo­vía de un si­tio a otro, y ella vo­la­ba de mi bra­zo al pelo, o al ves­ti­do, pe­ro no se iba. Me pa­re­ció muy má­gi­co. Tam­bién en la es­ce­na en la que los dos hom­bres es­tán a pun­to de ma­tar­se, cru­za la ma­ri­po­sa por de­lan­te. Ha si­do un ro­da­je muy má­gi­co, con una ener­gía muy es­pi­ri­tual.

Una pre­sen­cia su­til

Pau­la. Y tam­bién ha­bía un búho que nos ob­ser­va­ba siem­pre, es­ta­ba en la ca­sa de la no­via. El equi­po le bau­ti­zó co­mo Fe­de­ri­co. Cuan­do tú es­ta­bas en la ba­ñe­ra, es­ta­ba en la vi­ga. Inma. ¡No me di­gas! ¡Fe­de­ri­co me es­ta­ba vien­do des­nu­da! [Ri­sas] La pe­lí­cu­la es ab­so­lu­ta­men­te fiel a su obra, a ese mun­do oní­ri­co y su­rrea­lis­ta. Es poe­sía pu­ra, es be­lle­za en ca­da plano, y creo que él es­ta­ría muy con­ten­to de que ese uni­ver­so fe­me­nino y esa vi­sión tan de­li­ca­da que te­nía ha­ya si­do re­in­ter­pre­ta­da por una mu­jer. Pau­la. Por­que Lor­ca es un es­cri­tor de mu­je­res. Ha crea­do los más gran­des per­so­na­jes fe­me­ni­nos, ma­dres, no­vias, cria­das… Son dio­sas, fuer­zas de la na­tu­ra­le­za: las des­truc­to­ras, las cria­do­ras... Tu per­so­na­je y el de la ma­dre tie­nen den­tro la fuer­za de la crea­ción y de la des­truc­ción, y del amor y de la muer­te. Él te­nía esa sen­si­bi­li­dad pa­ra ca­lar en su alma, en sus con­tra­dic­cio­nes. Inma. Qué cu­rio­so que cier­tos per­so­na­jes te lle­guen cuan­do pue­des en­ten­der­los, por­que yo años atrás no hu­bie­ra en­ten­di­do a la no­via, en esa lu­cha in­te­rior por ele­gir. Ella quie­re a esos dos hom­bres, pe­ro uno es la pa­sión y la lo­cu­ra, y el otro es un com­pa­ñe­ro

tran­qui­lo. Uno es­tá en la ca­be­za y en el co­ra­zón, pe­ro el otro es­tá aquí [se­ña­la el vien­tre] aquí [el pe­cho] y no lo pue­des con­te­ner. La en­ten­dí muy bien des­de el prin­ci­pio, por­que eso me ha pa­sa­do. De re­pen­te, una vi­ve un amor de esos que se te aga­rran y te vuel­ven un po­co lo­ca y en­ton­ces en­tien­des mu­chas co­sas. Pau­la. En la vi­da hay que ex­pe­ri­men­tar­los los dos, el amor se­reno y el arre­ba­ta­do. Cla­ro que aquel era un tiem­po en el que vi­vían con una re­pre­sión bru­tal, que Gar­cía Lor­ca cap­ta en to­da su di­men­sión. Inma. “¿Tú sa­bes lo que es ca­sar­se, cria­tu­ra?”, di­ce la ma­dre. ¿Quién lo va a sa­ber? Has­ta que no te ca­sas na­die lo sa­be. Pau­la. [Ri­sas] Nos he­mos ido a jun­tar dos que no cree­mos na­da en la ins­ti­tu­ción del ma­tri­mo­nio. Yo sí creo en el com­pro­mi­so, pe­ro los pa­pe­les… Inma. En el co­ra­zón no hay pa­pe­les ni al­ta­res que man­den. Yo creo en el amor ab­so­lu­ta­men­te, pe­ro no en fir­mas, ni en do­cu­men­tos. Ja­más he so­ña­do con bo­das. Así que ya se lo he di­cho a mi ma­dre: “Si te­nías ga­nas de ver­me de no­via, ya me has vis­to!” [Ri­sas]. Me­nos mal que mis pa­dres son muy mo­der­nos y no nos dan la la­ta con esas co­sas.

La be­lle­za im­pe­ra­ti­va

Pau­la. Pe­ro aque­llos eran otros tiem­pos. Y Lor­ca cap­ta muy bien esa an­sia de li­ber­tad tan fuer­te en el con­tex­to de puer­ta ce­rra­da en el que vi­vían las mu­je­res. Esa fra­se que di­ce “Un hom­bre, unos hi­jos y una pa­red de dos va­ras de an­cho pa­ra to­do lo de­más” no pue­de ser más cla­ra y re­ve­la­do­ra. De he­cho, la obra es­tá ins­pi­ra­da en un su­ce­so real, y Pa­ca “la co­ja”, la ver­da­de­ra no­via, vi­vió has­ta fi­na­les de los 80 en­ce­rra­da en su ca­sa. Inma. “Va­lien­te y so­la en tu ca­sa a en­ve­je­cer y a llo­rar”… Yo no me hu­bie­ra que­da­do en mi ca­sa, ya te lo di­go. No soy de las que si­guen las re­glas ni se amol­dan a los con­ven­cio­na­lis­mos. Pe­ro soy de pue­blo y en­tien­do la pre­sión de los si­tios pe­que­ños. Pau­la. Lo que yo he vis­to en mi familia es que en los pue­blos, don­de las con­di­cio­nes de vi­da son mas du­ras, las mu­je­res se res­ca­tan a sí mis­mas a tra­vés de la be­lle­za. Esos mo­men­tos en los que se reúnen en torno al to­ca­dor, o se jun­tan a bor­dar, o a leer... son los pe­que­ños de­ta­lles de la cons­truc­ción dia­ria de la be­lle­za que han he­cho siem­pre a lo largo de la his­to­ria. Así ha­cen que el mun­do sea me­jor y que la vi­da me­rez­ca la pe­na. Por­que la be­lle­za im­por­ta, es im­pe­ra­ti­va. La es­té­ti­ca va siem­pre pe­ga­da a la éti­ca. La for­ma que tú le des a las co­sas va muy pe­ga­da a su va­lor y sig­ni­fi­ca­do. Inma. Tam­bién es ver­dad que en los en­tor­nos así se crean re­la­cio­nes fa­mi­lia­res di­fe­ren­tes. Ten­go re­cuer­dos de lle­gar Se­ma­na San­ta, por ejem­plo, y jun­tar­nos a ha­cer ros­cos y a pa­sar el ra­to jun­tas. Ha­blar, reír co­ci­nar, co­ser con mi abue­la... son re­cuer­dos que guar­do con ca­ri­ño, de esa trans­mi­sión en­tre mu­je­res. Pau­la. Son mo­men­tos de no olvidar de don­de vie­nes, de raíz. Tie­ne al­go de cí­cli­co muy bo­ni­to, de la na­tu­ra­le­za, las es­ta­cio­nes, de las ge­ne­ra­cio­nes… Inma. Las co­sas be­llas ins­pi­ran sen­ti­mien­tos me­jo­res. En La No­via hay tan­ta be­lle­za que emo­cio­na, que so­bre­co­ge. Pau­la. La pe­lí­cu­la es­tá cons­trui­da co­mo un via­je que te en­san­cha. Es­to es al­go que he apren­di­do de Juan Ma­yor­ga: que en reali­dad lee­mos o ve­mos his­to­rias pa­ra en­san­char nues­tras exis­ten­cias em­pe­que­ñe­ci­das. Inma. Me sien­to es­pe­cial­men­te or­gu­llo­sa por­que es una jo­ya que pa­sa­rá a la his­to­ria del ci­ne. Y lo di­go sin nin­gún pu­dor. Pau­la ha he­cho al­go ex­tra­or­di­na­rio. Pau­la. Al fin y al ca­bo, es una his­to­ria de amor. Y las his­to­rias de amor siem­pre son ex­tra­or­di­na­rias.

“Creo en el amor, pe­ro ja­más he so­ña­do con bo­das”. Inma Cues­ta

INMA CUES­TA PAU­LA ORTIZ Inma Cues­ta lle­va pan­ta­lón, ca­mi­sa y ca­za­do­ra de Ma­re­lla. El ves­ti­do de Pau­la Ortiz es de Max Mara.

Ves­ti­do de Bou­ti­que Mos­chino pa­ra Mo­ca Coutu­re.

Ves­ti­do de Eli­sa­bet­ta Fran­chi pa­ra Mo­ca Coutu­re.

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