EL BUENO, EL FEO Y EL MA­LO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Supermami - CA­RE SAN­TOS, es­cri­to­ra

EEs­te tex­to no va de pe­lis de va­que­ros que, por cier­to, nun­ca han si­do de mis fa­vo­ri­tas. Es­to va de lo di­fí­cil que re­sul­ta a ve­ces cum­plir las obli­ga­cio­nes que te­ne­mos co­mo ma­dres (o pa­dres). Es­to va del di­fí­cil ar­te de dar ejem­plo.

El ejem­plo que das a tus hi­jos pue­de ser bueno (no cru­zas la ca­lle en ro­jo así ten­gas que es­pe­rar me­dia ho­ra an­te una cal­za­da va­cía de co­ches), ma­lo (no te po­nes las za­pa­ti­llas cuan­do lle­gas a ca­sa por­que te gus­ta ir des­cal­za aun­que a ve­ces pa­gues las con­se­cuen­cias en for­ma de gol­pe con­tra la me­sa en el de­do me­ñi­que) o feo (¿de quién ha­brá sa­ca­do el ni­ño esa irri­tan­te cos­tum­bre de to­car­se los pies mien­tras mi­ra la te­le o de de­jar los cal­ce­ti­nes usa­dos por me­dio?), pe­ro siem­pre va­le más que las mil pa­la­bras del ser­món de siem­pre.

La re­gla de oro es: no va­le lo que di­ces, sino lo que ha­ces. Si quie­res que tus hi­jos lean, lee tú y dis­fru­ta. Así de fá­cil.

Es­to de es­tar siem­pre ejer­cien­do de ejem­plo es una car­ga de­ma­sia­do pe­sa­da de lle­var. No es de ex­tra­ñar que al­gu­nas ma­dres se lo to­men tan en se­rio que se vuel­van ca­si unas fa­ná­ti­cas. Tam­po­co que a al­gu­nas se les suba a la ca­be­za y aca­ben por creer­se gu­rús de lo bueno y lo ma­lo que ha­ce el res­to de la hu­ma­ni­dad. O que otras desis­tan irre­me­dia­ble­men­te y se de­di­quen a ser un ejem­plo del mal ejem­plo.

Por mi ca­sa as­pi­ra­mos a un sa­lu­da­ble tér­mino me­dio. Ni quie­ro vol­ver­me ma­ja­re­ta ni de­seo re­la­jar­me de­ma­sia­do.

Hay co­sas que me he prohi­bi­do a mí mis­ma des­de que na­cie­ron mis hi­jos (per­mi­tid­me que me las ca­lle, por si aca­so lle­gan a sus ojos u oí­dos) y otras que he ad­qui­ri­do gra­cias a ellos, y de las he de re­co­no­cer que me ale­gro y ca­si me sien­to or­gu­llo­sa. De es­to sí pon­dré un ejem­plo: se­guir los ho­ra­rios a ul­tran­za, es­pe­cial­men­te du­ran­te el cur­so es­co­lar.

José Hie­rro es­cri­be en un poe­ma pre­cio­so que tra­tó de mos­trar­les a sus hi­jos a di­fe­ren­ciar una flor na­tu­ral de una de plás­ti­co, lo her­mo­so de lo bur­do y feo. Es­ta so­fis­ti­ca­ción, a la que tam­bién as­pi­ro, es el apro­ba­do con no­ta que in­ten­to ca­da día. Ve­re­mos si lo con­si­go.

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