ES­CRI­TO­RA Y DI­VUL­GA­DO­RA Las ex­pec­ta­ti­vas de los pa­dres con­di­cio­nan, hay que ali­ge­rar­las

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - En El Foco -

ELa ges­tión emo­cio­nal tam­bién es co­sa de ni­ños. El con­trol de la ira, el ma­ne­jo del mie­do... ¿Có­mo ayu­dar­les? Pun­set ha co­men­za­do una se­rie de li­bros-brú­ju­la pa­ra to­da la fa­mi­lia. Por R. Gil / Fo­tos: A. Ri­ve­ra s nues­tra voz de re­fe­ren­cia en cuan­to a in­te­li­gen­cia emo­cio­nal y pre­di­ca con el ejem­plo: cá­li­da, sin­ce­ra y de son­ri­sa fá­cil, es una de esas per­so­nas que pa­re­cen siem­pre a gus­to en su pro­pia piel. Sus claves no son nin­gún se­cre­to: au­to­co­no­ci­mien­to y ges­tión de emo­cio­nes. Ha re­fle­xio­na­do al res­pec­to lar­go y ten­di­do (Inocen­cia ra­di­cal, Brú­ju­la pa­ra na­ve­gan­tes emo­cio­na­les...). Y aho­ra, por pri­me­ra vez, se con­vier­te en guía sen­ti­men­tal pa­ra los más pe­que­ños, por­que siem­pre es me­jor apren­der las co­sas im­por­tan­tes des­de la in­fan­cia. Y vuel­ca, a par­tes igua­les, sus co­no­ci­mien­tos y su ex­pe­rien­cia (es ma­dre de dos ni­ñas) en la se­rie de li­bros Los atre­vi­dos.

Los atre­vi­dos, pá­gi­nas to­do lo que apren­di­mos y las he­rra­mien­tas que me fue­ron úti­les en­ton­ces. Me ha­ce mu­cha ilu­sión.

¿Qué es­pe­ra que apren­dan los pa­dres en es­tos cuen­tos?

A ver en las emo­cio­nes de sus hi­jos una opor­tu­ni­dad pa­ra la in­ti­mi­dad. A los pa­dres, las emo­cio­nes fuer­tes de los ni­ños nos asus­tan y nues­tro pri­mer im­pul­so es re­pri­mir­las. Pe­ro, pa­ra ser guías emo­cio­na­les, hay que re­co­no­cer la emo­ción e in­vi­tar al ni­ño a ha­blar, es­cu­char­le sin pri­sa, sin juz­gar­le y sin dar­le una so­lu­ción. “¿Tú qué ha­rías?”, “¿Y qué más?”. Y to­do eso re­quie­re un tiem­po que mu­chos no te­ne­mos; o bien pre­fe­ri­mos dar­le la so­lu­ción, por­que no que­re­mos que se equi­vo­que (¡y hay que de­jar­le!). Los atre­vi­dos es una in­vi­ta­ción a to­da la fa­mi­lia a desa­rro­llar­se emo­cio­nal­men­te jun­tos.

Los dos pri­me­ros tí­tu­los ha­blan de mie­do y au­to­es­ti­ma. ¿Por qué? Ele­gí el mie­do por­que pa­ra el ni­ño es muy fá­cil re­co­no­cer­lo fí­si­ca­men­te. Y por­que es la emo­ción nú­me­ro uno de nues­tro ce­re­bro (al que le da igual que seas fe­liz, quie­re que so­bre­vi­vas). En cuan­to al se­gun­do tí­tu­lo, los pe­ques, en ge­ne­ral, tie­nen la au­to­es­ti­ma muy al­ta, es la mi­ra­da aje­na la que se la debilita. Y los pa­dres te­ne­mos ahí un pa­pel fun­da­men­tal. Por­que la ma­ne­ra que que­re­mos a los ni­ños en sus pri­me­ros años les da la me­di­da

¿Fa­lla­mos los pa­dres en es­te fren­te?

¡Fa­lla­mos en tan­tas co­sas! Mi­ra, pa­ra re­for­zar la au­to­es­ti­ma del hi­jo, mu­chos pa­dres les felicitamos por el lo­gro… y de­be­ría­mos fe­li­ci­tar­les por el es­fuer­zo. Eso les en­se­ña que el fra­ca­so no es un desas­tre; es do­lo­ro­so, pe­ro ne­ce­sa­rio. Tal vez a los pa­dres tam­bién les fal­ta esa edu­ca­ción emo­cio­nal.

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