EMO­CIO­NES OLÍM­PI­CAS

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - En El Foco -

¿Por qué no con­ver­tir la con­quis­ta de las emo­cio­nes en un jue­go (o, me­jor, en unas Olim­pia­das)? Es lo que ha­ce El­sa Pun­set en la se­rie Los atre­vi­dos, pro­ta­go­ni­za­da por dos her­ma­nos en pleno apren­di­za­je emo­cio­nal, edi­ta­da por Beas­coa y equi­pa­da con una pe­que­ña “guía de las emo­cio­nes” pa­ra pa­dres. En no­viem­bre se pu­bli­ca­ron los dos pri­me­ros tí­tu­los, so­bre la ges­tión del mie­do y so­bre la im­por­tan­cia de la au­to­es­ti­ma. En mar­zo lle­ga­rán dos más, cen­tra­dos res­pec­ti­va­men­te en la em­pa­tía y el con­trol de la ira. Y, aun así, se es­tá dan­do mu­cha im­por­tan­cia a las com­pe­ten­cias emo­cio­na­les y so­cia­les. Sa­be­mos que es­tos ni­ños van a vi­vir en un mundo glo­ba­li­za­do y di­ver­so, que van a cam­biar de tra­ba­jo, que van a ne­ce­si­tar ser crea­ti­vos. Y los gran­des sis­te­mas edu­ca­ti­vos lo tie­nen en cuen­ta. En es­te país nos fal­ta des­po­li­ti­zar la edu­ca­ción y po­ner al ni­ño en el cen­tro, nos fal­ta aten­der a la for­ma­ción de pro­fe­so­res... Pe­ro es cues­tión de tiem­po. Sa­be­mos lo que ten­dría­mos que es­tar ha­cien­do.

Los ni­ños vi­ven in­mer­sos en las re­des so­cia­les. ¿Có­mo les in­flu­yen a ni­vel emo­cio­nal? Las re­des so­cia­les son una fuen­te de en­ri­que­ci­mien­to, un ac­ce­so pri­vi­le­gia­do al mundo. Pe­ro tie­nen sus pe­li­gros. Por­que lo que nos per­mi­te con­vi­vir en so­cie­dad es la em­pa­tía, y la em­pa­tía es un fe­nó­meno fí­si­co. No nos ha­ce­mos da­ño por­que, si yo te pe­go, es ca­si como si me pe­ga­ra a mí mis­ma; hay un re­fle­jo, un con­ta­gio fí­si­co de las emo­cio­nes. Pe­ro a tra­vés de las re­des so­cia­les, eso no exis­te. Y nos de­ci­mos co­sas que ja­más nos di­ría­mos a la ca­ra, por­que, a tra­vés de la pan­ta­lla, co­si­fi­ca­mos al otro, y no te en­te­ras del da­ño que le ha­ces. Por eso es muy im­por­tan­te en­se­ñar a los ni­ños có­mo fun­cio­na la em­pa­tía. Ca­da vez estamos más aten­tos a no ha­cer­nos da­ño, ha­bla­mos más que nun­ca de de­re­chos hu­ma­nos, de igual­dad, de jus­ti­cia, y el co­cien­te in­te­lec­tual de los ni­ños su­be tres pun­tos ca­da dé­ca­da. Nues­tros hi­jos es­tán en un mundo abier­to, con sus pro­ble­mas y sus re­tos, cla­ro, pe­ro que va a me­jor. Sí, soy tre­men­da­men­te op­ti­mis­ta. Creo que ellos ha­rán co­sas que no­so­tros no he­mos lle­ga­do a ha­cer. Como en­con­trar el equi­li­brio en­tre nues­tra co­mo­di­dad y la sos­te­ni­bi­li­dad. O am­pliar los círcu­los de em­pa­tía a los ani­ma­les. Pe­ro tam­bién sé que, pa­ra que es­tén pre­pa­ra­dos, te­ne­mos que edu­car­los pa­ra que se co­noz­can por den­tro y to­men de­ci­sio­nes ge­ne­ro­sas.

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