¿Una me­xi­ca­na en la Ca­sa Blan­ca?

CO­LUM­BA BUSH

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Mujeres En Primera Línea -

Si el re­pu­bli­cano Jeb Bush ocu­pa­se la pre­si­den­cia de Es­ta­dos Uni­dos el pró­xi­mo no­viem­bre, como ya lo hi­cie­ron su pa­dre y su her­mano, Co­lum­ba Garnica Ga­llo po­dría ser la pri­me­ra his­pa­na en ejer­cer de pri­me­ra da­ma en 187 años. Y eso que ella nun­ca se ha sen­ti­do có­mo­da con su pa­pel den­tro de la di­nas­tía Bush. Ni al re­vés: al pa­re­cer, pa­ra el clan fue un ja­rro de agua fría que el ter­ce­ro de los seis her­ma­nos se des­po­sa­ra con la hi­ja de una cos­tu­re­ra y un cam­pe­sino de Gua­na­jua­to, que ha­bía cre­ci­do en una ca­sa de ado­be sin agua. Pe­ro se enamo­ra­ron con la fe de la ado­les­cen­cia, cuan­do Jeb com­ple­ta­ba sus es­tu­dios tra­ba­jan­do como coope­ran­te con pue­blos in­dí­ge­nas cer­ca de la ciu­dad don­de ella vi­vía. Él te­nía 17 años; Co­lum­ba, 16. Por se­pa­rar­les les se­pa­ra­ba has­ta su al­tu­ra, 1,91 fren­te a 1,50 m. Pe­ro pa­só a os­ten­tar el pa­pel de Ce­ni­cien­ta del cuen­to he­cho reali­dad. La me­xi­ca­na ha si­do tan im­por­tan­te en la vi­da de Bush que es­te ha de­cla­ra­do que en su vi­da hay un a.c. y un d.c, un an­tes y un des­pués de Co­lum­ba. Por ella, Jeb ha­bla es­pa­ñol y por ella se con­vir­tió al ca­to­li­cis­mo, sien­do epis­co­pa­liano. Ella se hi­zo es­ta­dou­ni­den­se por él, pe­ro nun­ca qui­so en­trar en po­lí­ti­ca. Y eso que se ca­sa­ron en pleno Wa­ter­ga­te, ha­ce ya 40 años, y ha si­do pri­me­ra da­ma de Flo­ri­da (1999-2007), aunque la pren­sa siem­pre di­jo que era “in­vi­si­ble”. Co­lum­ba se de­ja­ba ver po­co. De he­cho, cambió su re­si­den­cia en la ca­pi­tal del Es­ta­do, Ta­llahas­see, por Co­ral Ga­bles, en el ex­tre­mo sur de Mia­mi. Pe­ro si Jeb disputa fi­nal­men­te la ca­rre­ra a la pre­si­den­cia en es­te 2016, a su esposa no le que­da­rá más re­me­dio que ha­cer cam­pa­ña. Co­lum­ba siem­pre ha si­do una mu­jer muy dis­cre­ta, pe­ro los me­dios han re­ve­la­do al­gu­nas de sus con­tra­dic­cio­nes: por ejem­plo, su pa­sión por las jo­yas y la ro­pa (has­ta 19.000 € se gas­tó en Pa­rís en 1999 y 80.000 dó­la­res en jo­ye­rías de Mia­mi du­ran­te la úl­ti­ma dé­ca­da), su de­bi­li­dad por las te­le­no­ve­las me­xi­ca­nas e, in­clu­so, los pro­ble­mas con las dro­gas de su hi­ja Noe­lle. Y es que a pe­sar de sus gus­tos ca­ros, su vi­da no ha si­do na­da fá­cil. Su ma­dre su­frió malos tra­tos por par­te de su pa­dre (que fue du­ran­te al­gún tiem­po in­mi­gran­te ile­gal en Es­ta­dos Uni­dos), y es­to la de­jó mar­ca­da pa­ra siem­pre, como re­ve­ló la co­lom­bia­na Bea­triz Par­ga en el li­bro Una ce­ni­cien­ta en la Ca­sa Blan­ca (2004). Hoy es re­le­van­te su ac­ti­vis­mo con­tra la vio­len­cia de gé­ne­ro y el abu­so del al­cohol y las dro­gas. Ya hay quien di­ce que Colu, como la lla­ma su ma­ri­do, es el as que se guar­da en la man­ga es­te Bush. ÁN­GE­LES CAS­TI­LLO

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