Isa­bel Preysler

"ES­TE PAÍS ES MUY MA­CHIS­TA. SI UNA MU­JER SE VA CON UN HOM­BRE CASADO, LA CUL­PA SIEM­PRE ES DE ELLA”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Portada -

“¡Yo de geis­ha no ten­go na­da!”

Nos re­ci­be en su ca­sa de Puer­ta de Hie­rro, en Ma­drid, como la per­fec­ta an­fi­trio­na que es. Na­da a su al­re­de­dor es sen­ci­llo ni es­pon­tá­neo, pe­ro ella lo con­vier­te to­do en na­tu­ral, cer­cano y has­ta fa­mi­liar, in­clu­so pa­ra quie­nes la aca­ba­mos de co­no­cer. Tras una ma­ra­to­nia­na se­sión de fo­tos, em­pe­za­mos es­ta en­tre­vis­ta en la bi­blio­te­ca, sin guión ni pre­gun­tas pac­ta­das, ha­cia don­de la con­ver­sa­ción nos lle­ve. Isa­bel no elu­de nin­gu­na cues­tión com­pro­me­ti­da, tam­po­co aque­llas pre­gun­tas más o me­nos in­có­mo­das que la gen­te de la ca­lle se ha­ce so­bre su vi­da y que ella res­pon­de en es­ta en­tre­vis­ta siem­pre mi­ran­do a los ojos. Eso sí, lo ha­ce a la vez que se to­ma seis man­da­ri­nas que le han traí­do ya pe­la­di­tas, una de­trás de otra.

Mu­jer­hoy. Ha­ce un par de años co­rrió el ru­mor de que us­ted uti­li­za­ba una cre­ma con co­lá­geno que cos­ta­ba so­lo 10 o 12 € y la cre­ma se ago­tó en las far­ma­cias. Isa­bel Preysler. Fue un bu­lo enor­me que la gen­te in­ven­tó, como tan­tos otros que se in­ven­tan so­bre mí. Eso fue una de las ra­zo­nes por las que de­ci­dí sa­car mis cre­mas. Cual­quier co­sa que Isa­bel Preysler to­que, ¿ se ven­de? Bueno, no te creas que cual­quier co­sa… En es­te pro­yec­to he tra­ba­ja­do mu­chí­si­mo. Han si­do ca­si dos años de tra­ba­jo y otro más tes­tan­do la cre­ma. Pe­ro ten­go suer­te, por­que cuan­do una co­sa se ago­ta, por­que quie­nes la com­pran la re­la­cio­nan con­ti­go, es por­que ade­más de ser bue­na hay al­go de ca­ri­ño ha­cia ti, ¿no?

¿ Es la pri­me­ra vez que se con­vier­te en em­pre­sa­ria?

Sí; has­ta aho­ra siem­pre he tra­ba­ja­do pa­ra los de­más en te­mas de pu­bli­ci­dad; nun­ca me ha­bía de­di­ca­do a na­da mío.

Es­te es un pro­yec­to en el que su hi­ja Ana tie­ne mu­cho que ver. To­tal­men­te, yo no te­nía ca­be­za pa­ra me­ter­me en es­to, pe­ro ella in­sis­tió y me di­jo: “Ma­mi, yo te voy a ha­cer to­da la par­te pe­sa­da de pa­pe­leo, números… Y tú a lo úni­co que tie­nes que de­di­car­te es a con­se­guir una bue­na cre­ma”. Fue en una épo­ca en la que es­ta­ba mu­cho en ca­sa por­que Miguel es­ta­ba en­fer­mo y le de­di­ca­ba ca­si to­do mi tiem­po. El pro­yec­to me apor­tó cier­ta ilu­sión en unos mo­men­tos en los que yo es­ta­ba tris­te.

¿ Ha sus­ti­tui­do a las cre­mas que usa­ba an­tes?

No del to­do, pe­ro bas­tan­te. La usa­mos Ana, Ta­ma­ra y yo, y nos va muy bien a las tres por­que va­le pa­ra to­das las pie­les nor­ma­les. Y la gen­te que lo ha pro­ba­do me ha di­cho que le ha gus­ta­do.

Se­gu­ro que hay mu­je­res que no se plan­tean com­prar una cre­ma… En­tien­do que ha­ya a quien no le com­pen­se es­tar pen­dien­te de su as­pec­to fí­si­co. Yo no soy así, pe­ro lo com­pren­do. Te di­ré que yo es­toy pen­dien­te de mi as­pec­to so­lo has­ta cier­to pun­to, por­que ten­go la suer­te de te­ner una piel “no ma­la”, de no en­gor­dar fá­cil­men­te, de po­der co­mer lo que me ape­te­ce… por­que si no, con lo que me gus­ta co­mer, en­gor­da­ría. Los ge­nes tam­bién ha­cen mu­cho. Mi ma­dre, pa­ra sus 92 años, es­tá es­tu­pen­da. Yo no es­toy tan pen­dien­te de mi ima­gen como la gen­te cree y como oi­go que di­cen. Lo que sí creo es que no se­ría fe­liz si no tu­vie­se una ima­gen un po­qui­to cui­da­da.

Cuan­do se se­pa­ró de Ju­lio Igle­sias, ¿ pla­neó te­ner una vi­da como la que ha lle­va­do?

No, no, en ab­so­lu­to. Es más, cuan­do me se­pa­ré de Ju­lio es­ta­ba to­tal­men­te con­ven­ci­da de que to­do es­to se aca­ba­ba. Era muy cons­cien­te de que to­da la fa­ma era por él.

Sin em­bar­go, em­pe­zó a bri­llar con luz pro­pia de in­me­dia­to.

Creo que fue más por la cu­rio­si­dad que des­per­ta­ba mi si­tua­ción. Da­te cuen­ta de que yo me se­pa- ré de Ju­lio cuan­do no exis­tía el di­vor­cio en Es­pa­ña. Pue­de que, a las mu­je­res que es­ta­ban en la mis­ma si­tua­ción que yo, mi se­pa­ra­ción les ayu­da­ra a lle­var la vi­da que que­rían. En la ge­ne­ra­ción an­te­rior a la mía, e in­clu­so en la mía, las mu­je­res no se se­pa­ra­ban de sus ma­ri­dos: los aguan­ta­ban.

Us­ted no ha pa­sa­do inad­ver­ti­da ni an­tes ni des­pués de se­pa­rar­se. Siem­pre fue una mu­jer muy dul­ce, sen­sual, gla­mou­ro­sa… que ro­za­ba la per­fec­ción al pa­re­cer, so­bre to­do, de mu­chos hom­bres. ¡Pe­ro có­mo me voy a creer es­to que es­tás di­cien­do! Tú no sa­bes la can­ti­dad de de­fec­tos que me en­cuen­tro. Es­toy lle­na de ellos, pe­ro lle­na. Lo que ocu­rre es que in­ten­to di­si­mu­lar­los lo me­jor que pue­do [son­ríe].

¿ Le preo­cu­pa el pa­so de los años?

¡Hom­bre! Mu­cha gra­cia no me ha­ce, qué quie­res que te di­ga. Men­ti­ría si te di­je­ra lo con­tra­rio. Sin em­bar­go, no me preo­cu­pa la muer­te. Lo que me preo­cu­pa del pa­so de los años es la en­fer­me­dad, que se va­yan per­dien­do fa­cul­ta­des… No me in­tere­sa vi­vir mu­chos años si no es­toy bien.

¿La muer­te de Miguel Bo­yer le ha he­cho re­fle­xio­nar al res­pec­to?

La en­fer­me­dad de Miguel me ha he­cho re­fle­xio­nar mu­chí­si­mo so­bre to­do es­to, sí. Pe­ro te di­ré que, no ha­cién­do­me gra­cia ni pa­re­cién­do­me muy di­ver­ti­do el pa­so del tiem­po, si me ofre­cie­ras vol­ver a los vein­te te di­ría que no, por­que sien­to que to­das las eta­pas de mi vi­da las he vi­vi­do in­ten­sa­men­te y eso es im­por­tan­tí­si­mo. He vi­vi­do vi­das muy

ES­TOY LLE­NA DE DE­FEC­TOS, LLE­NA. LO QUE OCU­RRE ES QUE IN­TEN­TO DI­SI­MU LAR­LOS”.

di­fe­ren­tes y he te­ni­do mu­cha suer­te, ¿qué más pue­do pe­dir?

¿ Em­pie­za a te­ner “go­te­ras”, como to­do el mundo a su edad?

Es­toy bas­tan­te bien de sa­lud en ge­ne­ral, vamos a to­car ma­de­ra. Pe­ro tam­bién ten­go mis co­sas, como to­do el mundo: las cer­vi­ca­les han si­do un problema pa­ra mí to­da la vi­da y es­toy ope­ra­da de ellas. Y ten­go mi­gra­ñas fuer­tes, muy fuer­tes. Des­de ha­ce dos años, es­toy ba­jo tra­ta­mien­to con un neu­ró­lo­go muy bueno, y me es­tá fun­cio­nan­do. Pe­ro he pa­sa­do unos do­lo­res ho­rri­bles, de es­tar en un cuar­to en­ce­rra­da a os­cu­ras y no so­por­tar la luz ni el rui­do.

¿Cree que la ima­gen que tie­ne la gen­te de us­ted es real?

Pues no creo por­que, cuan­do me han tra­ta­do más de cer­ca, mu­chas per­so­nas me han di­cho que les ha en­can­ta­do co­no­cer­me por­que nun­ca se hu­bie­ran ima­gi­na­do que fue­se así. La pri­me­ra, la se­gun­da o la ter­ce­ra vez que lo oyes no ha­ces mu­cho ca­so, pe­ro la dé­ci­ma vez que lo es­cu­ché me em­pe­cé a pre­gun­tar qué es lo que pen­sa­rá real­men­te la gen­te de mí.

¿Qué cree que pien­san sus de­trac­to­res?

Que pue­do ser frí­vo­la, que pue­do ser ton­ta, que pue­do ser exa­ge­ra­da­men­te am­bi­cio­sa, que pue­do ser de­ma­sia­do in­tere­sa­da… Pue­den pen­sar can­ti­dad de co­sas que yo no creo que sea. Lo que sí re­co­noz­co es que he te­ni­do mu­cha suer­te en la vi­da. Tras esa dul­zu­ra y apa­rien­cia ca­si inocen­te, ¿ no hay una ca­be­za muy fría y cal­cu­la­do­ra? No, de ver­dad que no. En to­das las de­ci­sio­nes que he te­ni­do que to­mar en la vi­da, ab­so­lu­ta­men­te en to­das, he in­ten­ta­do usar la ca­be­za pe­ro al fi­nal siem­pre ha po­di­do más el co­ra­zón: ¡siem­pre!

¿Se ha ena­mo­ra­do per­di­da­men­te ca­da vez que se ha casado?

¡Hom­bre! Siem­pre creí que es­ta­ba enamo­ra­da; pue­de que no fue­se lo su­fi­cien­te pe­ro, des­de lue­go, yo creía to­tal­men­te en lo que ha­cía en ese mo­men­to y en el pa­so que da­ba. Que des­pués no me sa­lie­ra bien –y no le sa­lie­ra bien a la otra per­so­na tam­po­co— es al­go que no po­día pre­de­cir; pe­ro te ase­gu­ro que he sen­ti­do mu­chí­si­mo ha­ber po­di­do ha­cer da­ño. Odio esa sen­sa­ción de que, pa­ra que yo sea fe­liz, ten­go que ha­cer da­ño a al­guien. Cuan­do eso ha pa­sa­do, mi in­ten­ción nun­ca fue ha­cer da­ño, te lo ase­gu­ro.

DEL PA­SO DE LOS AÑOS ME PREO­CU­PA LA EN­FER­ME­DAD. NO QUIE­RO VI­VIR MU­CHO SI NO ES­TOY BIEN”.

En esos mo­men­tos, ¿pen­sa­ba si el cam­bio le ve­nía bien o mal a su ima­gen? Al fi­nal, siem­pre he he­cho lo que yo he sen­ti­do y lo que pen­sa­ba que te­nía que ha­cer. Si no hu­bie­ra si­do así, no me ha­bría ido con Miguel. A mí, to­do el mundo me de­cía que no lo hi­cie­se. No so­lo te­nía a la fa­mi­lia en con­tra, tam­bién mis ami­gas me de­cían que có­mo iba a ha­cer una co­sa así. Pe­ro yo me enamo­ré de Miguel y me fui. Y na­die pu­do de­cir que fue­ra por in­te­rés, por­que

Miguel ya ha­bía de­ja­do el Mi­nis­te­rio de Economía y Ha­cien­da cuan­do me fui con él, ya no era un hom­bre po­de­ro­so.

¿ Las fir­mas de las que us­ted era ima­gen tam­bién opi­na­ron?

Yo era cons­cien­te de que de ir­me con Miguel po­día es­tro­pear mi tra­ba­jo, pe­ro era una de­ci­sión que ha­bía to­ma­do con el co­ra­zón, por­que lo sen­tía así, y no ha­bía mar­cha atrás. Yo mis­ma di­je en Por­ce­la­no­sa que sa­bía que po­día per­ju­di­car­les… Sin em­bar­go, lo res­pe­ta­ron y me apo­ya­ron.

¿ Nun­ca ha vi­vi­do so­la?

Nun­ca, pe­ro se­gu­ro que no me hu­bie­ra ido ja­más con al­guien que no hu­bie­se que­ri­do y acep­ta­do a mis hi­jos. De to­das for­mas, te di­ré que a mí me ha­ce mu­cha fal­ta la so­le­dad, ne­ce­si­to “mi” es­pa­cio. Por la no­che, cuan­do to­do el mundo se ha ido a dor­mir, em­pie­za “mi mo­men­to”, ese en el que no me mo­les­ta ab­so­lu­ta­men­te na­die y en el que pue­do ha­cer lo que quie­ro: es­cu­cho mú­si­ca, me pongo una pe­lí­cu­la, ha­blo con mis hi­jos que es­tán en Mia­mi, es­cri­bo... Hay quien ne­ce­si­ta es­tar con­ti­nua­men­te ro­dea­da de gen­te, pe­ro a mí eso no me pa­sa. Cuan­do es­ta­ba con Car­los [Fal­có] e íba­mos con los ni­ños al cam­po, yo es­ta­ba con­ten­ta. Con Miguel no me abu­rría tam­po­co. Hay per­so­nas que siem­pre tie­nen que es­tar en gru­po, sa­lien­do con gen­te… Yo no soy así.

Muy po­cas mu­je­res di­vor­cia­das con tres, cua­tro y cin­co hi­jos quie­ren vol­ver a ca­sar­se dos, tres y, a lo me­jor, has­ta cua­tro ve­ces. Re­co­noz­ca que lo su­yo no es nor­mal. Des­pués de lo de Miguel, pen­sé: “Bueno, ya”… y apa­re­ció Ma­rio. Es­to no es al­go que tú es­co­ges, es al­go que pa­sa en tu vi­da. Tú no eli­ges el mo­men­to pa­ra enamo­rar­te; apa­re­ce el se­ñor y te enamo­ras o no te enamo­ras.

Se la tie­ne por una mu­jer muuuy se­duc­to­ra. ¿Yo? ¡Pe­ro si soy de lo más nor­ma­li­ta! [Ri­sas].

¡Ya, ya! Se lle­gó a de­cir que prac­ti­ca­ba téc­ni­cas de se­duc­ción orien­ta­les que la ma­yo­ría no sa­bía­mos ni que exis­tían. ¡Ni yo tam­po­co! Lo he oí­do, sí… To­do eso es to­tal­men­te ridículo y to­tal­men­te fal­so: ¡to­tal­men­te! Yo po­día es­tar con Miguel por­que su con­ver­sa­ción era in­tere­san­tí­si­ma y por­que él era un hom­bre bri­llan­tí­si­mo. Y pue­do es­tar con Ma­rio tam­bién por lo mis­mo. Ma­rio es un se­ñor con el que ca­da con­ver­sa­ción que ten­go es en­ri­que­ce­do­ra, lo pa­sa­mos es­tu­pen­da­men­te bien los dos jun­tos y no nos ha­ce fal­ta na­da más. Me ima­gino que ellos al­go de es­to en­con­tra­rían tam­bién en mí, aunque en mu­cha me­nor me­di­da…

En­ton­ces, ¿de Ma­taha­ri, na­da? ¿ Adiós leyenda?

Ab­so­lu­ta­men­te. No en­tien­do por qué hay que bus­car co­sas tan com­pli­ca­das pa­ra jus­ti­fi­car que un hom­bre se enamo­re de una mu­jer. ¿No se pue­de enamo­rar un hom­bre sim­ple­men­te por­que se tra­te de una mu­jer –y no es­toy ha­blan­do de mí, que cons­te– su­fi­cien­te­men­te atrac­ti­va, in­te­li­gen­te, con sen­ti­do del hu­mor, di­ver­ti­da…? ¿Siem­pre hay que re­cu­rrir al se­xo pa­ra en­ten- der la atrac­ción ha­cia ella? ¿Por qué tie­nen que in­ven­tar esas co­sas tan re­tor­ci­das e inexis­ten­tes, por lo me­nos en mi vi­da? Pe­ro sus mo­da­les, su dul­zu­ra… ha­cen pen­sar en la per­fec­ta geis­ha. ¡Yo de geis­ha no ten­go na­da! No tie­nes más que pre­gun­tár­se­lo a los se­ño­res que han es­ta­do con­mi­go. A la gen­te le ha en­can­ta­do dar­me ese ai­re de geis­ha… y a mí has­ta me ha­ce gra­cia. Pe­ro na­da más le­jos de la reali­dad, ab­so­lu­ta­men­te na­da.

Su fa­ma de se­duc­to­ra la pre­ce­de. ¿Qué ha­ce que las de­más no sa­be­mos ni ima­gi­na­mos? Mmmm… No sé qué quie­res que te di­ga, por­que no ha­go na­da es­pe­cial ni dis­tin­to an­te na­die. Es­táis muy equi­vo­ca­dos: igual que soy con­ti­go soy con los se­ño­res; siem­pre soy igual y eso te lo pue­den de­cir to­das mis ami­gas. Es ver­dad que hay gen­te que cam­bia de­pen­dien­do de si es­tá con un hom­bre o con una mu­jer; yo, no.

¿ Se lle­va igual de bien con las mu­je­res que con los hom­bres?

To­tal­men­te, pe­ro te di­ré que ten­go más ami­gas que ami­gos, y que mis ami­gas ín­ti­mas lo son des­de que te­nía­mos 18 años, de la épo­ca en la que es­tu­diá­ba­mos en el Mary Ward Co­lle­ge. Al­gu­nas de mi eta­pa de sol­te­ra son co­no­ci­das, como Carmen [Mar­tí­ne­zBor­diu], Ma­ri­sa [Bor­bón]… y otras no lo son.

¿ Las mu­je­res la pue­den ver como una ri­val?

[Sor­pren­di­da]. ¿Tú crees de ver­dad que me pue­den ver así?

ME QUE­DÉ CA­SI VIU­DA CUAN­DO MIGUEL TU­VO EL IC­TUS. EL VA­CÍO DEL DUE­LO LO TU­VE DES­DE QUE EN­FER­MÓ”. POR QUÉ SIEM­PRE HAY QUE RE­CU­RRIR AL SE­XO PA­RA EN­TEN­DER LA ATRAC­CIÓN DE UN HOM­BRE Y UNA MU­JER?”.

Pue­de que sí, so­bre to­do si tie­nen al­gún problema en ca­sa. Es­te es un país muy ma­chis­ta a ve­ces, em­pe­zan­do por las pro­pias mu­je­res. Si una mu­jer se va con un hom­bre casado, la cul­pa siem­pre es de la mu­jer. ¿Por qué no se pien­sa que ese ma­tri­mo­nio no fun­cio­na­ba ya, o que es­ta­ba ro­to, an­tes de que la “otra” apa­re­cie­ra? ¿Por qué siem­pre se pien­sa que es la mu­jer la que se ha me­ti­do en me­dio? Lo más se­gu­ro es que ha­ya si­do el hom­bre el pri­me­ro en in­tere­sar­se por ella y que, des­pués, ha­ya si­do ella la que lo ha­ya se­gui­do.

¿Cree que el hom­bre es el que tie­ne que dar el pri­mer pa­so?

No, pe­ro nor­mal­men­te es así como su­ce­de.

Una de las co­sas que más ha sor­pren­di­do es el po­co tiem­po que trans­cu­rrió en­tre la muer­te

de Miguel Bo­yer y la apa­ri­ción de Ma­rio Vargas Llo­sa. Es ver­dad que pue­de que ha­ya si­do un po­co pron­to, como di­ces; es po­si­ble, sí. Pe­ro te in­sis­to en que el mo­men­to de enamo­rar­te no lo es­co­ges tú.

Pe­ro lo nor­mal es ne­ce­si­tar más tiem­po des­pués de la muer­te de un ser tan que­ri­do. Eso es así y es­toy de acuer­do. Pe­ro tam­bién te di­go otra co­sa: yo me que­dé ca­si viu­da cuan­do Miguel tu­vo el ic­tus. El va­cío que sien­tes en el lu­to lo tu­ve des­de que Miguel en­fer­mó. Y to­do eso du­ró dos años y sie­te me­ses. La pér­di­da no lle­gó con su muer­te, sino bas­tan­te an­tes, cuan­do ca­yó en­fer­mo y Miguel ya no era el mis­mo Miguel.

Su­pon­go que no ha si­do una eta­pa fá­cil, no.

Na­da fá­cil y, ade­más, muy du­ra. Que te to­que a ti pa­sar por eso y que tu vi­da de un gi­ro de 180º en un se­gun­do… ¡No sa­bes lo que es! ¡Es un shock! Yo me des­per­ta­ba por las ma­ña­nas y no me que­ría le­van­tar de la ca­ma [se le lle­nan los ojos de lá­gri­mas]. Per­do­na, no me quie­ro po­ner ton­ta… [In­te­rrum­pe unos se­gun­dos la en­tre­vis­ta]. Cuan­do pa­só lo de Miguel, yo le da­ba vuel­tas y vuel­tas ton­ta­men­te… Si el ic­tus me hu­bie­ra da­do a mí no se hu­bie­se per­di­do gran co­sa, pe­ro que le pa­sa­ra a él fue tre­men­do. Miguel se con­vir­tió en otra per­so­na. An­tes era un hom­bre con una in­te­li­gen­cia su­pe­rior, bri­llan­tí­si­mo… Me pre­gun­ta­ba qué me po­dría pa­sar peor que aque­llo. Y sí, hay co­sas peo­res. Re­cuer­do ha­ber ha­bla­do so­bre es­to ha­ce mu­chos años con Miguel. Una vez, le di­je: “He te­ni­do mu­cha suer­te en la vi­da. He si­do una pri­vi­le­gia­da y creo que pue­do aguan­tar to­do lo que la vi­da me man­de… me­nos la muer­te de un hi­jo”. Y Miguel me con­tes­tó: “Es­tás equi­vo­ca­da, estamos he­chos pa­ra po­der aguan­tar tam­bién eso”.

Vamos a ha­blar de co­sas más ale­gres…

Me es­ta­bas di­cien­do que Ma­rio apa­re­ció un po­co pron­to. Ocu­rrió, yo no lo pla­neé, eso te lo ase­gu­ro. Sim­ple­men­te, ocu­rrió y es­toy en­can­ta­da de que ha­ya ocu­rri­do, cla­ro [son­ríe].

Ha­ce tiem­po, ya se ha­bló de un po­si­ble af­fai­re en­tre Ma­rio Vargas Llo­sa y us­ted. Eso no es ver­dad en ab­so­lu­to. Ma­rio y Miguel eran ami­gos y ade­más se te­nían un res­pe­to y una ad­mi­ra­ción gran­des el uno por el otro. Efec­ti­va­men­te, era un se­ñor al que yo veía con cier­ta fre­cuen­cia, pe­ro lo veía siem­pre con mi ma­ri­do. No re­cuer­do ha­ber es­ta­do una so­la vez so­la con Ma­rio, ja­más.

¿ Al­gu­na vez ha te­ni­do que de­pen­der de su ma­ri­do pa­ra com­prar al­go que ne­ce­si­ta­ra o le ape­te­cie­se?

No, y creo que no ser­vi­ría pa­ra es­tar pi­dién­do­le di­ne­ro ca­da vez que ocu­rrie­ra. He te­ni­do mu­cha suer­te por­que nun­ca me ha fal­ta­do tra­ba­jo. Pa­ra mí, es fun­da­men­tal te­ner in­de­pen­den­cia eco­nó­mi­ca. Yo nun­ca he dis­cu­ti­do por di­ne­ro. Tu­ve la suer­te de que, cuan­do Ju­lio y yo nos se­pa­ra­mos, lo hi­ci­mos sin pelearnos por el te­ma eco­nó­mi­co. Yo de­ci­dí que me iba y él de­ci­dió con lo que me que­da­ba. Sin nin­gu­na du­da, pu-

ES­TO NO ES AL­GO QUE ES­CO­GES, ES AL­GO QUE PA­SA. TÚ NO ELI­GES EL MO­MEN­TO DE ENAMO­RAR­TE”.

die­ra ha­ber si­do más, pe­ro tam­bién me com­pen­sa­ba no dis­cu­tir por­que era yo la que se mar­cha­ba y por­que, como te­nía­mos tres hi­jos, pre­fe­ría te­ner una bue­na re­la­ción con él. Pe­lear­se por di­ne­ro es lo que des­tru­ye ab­so­lu­ta­men­te to­do. Siem­pre he te­ni­do cla­ro que por eso no iba a pa­sar… y nun­ca he pa­sa­do. Al po­co tiem­po, me pu­se a tra­ba­jar y em­pe­cé a ha­cer en­tre­vis­tas como tú... y es­ta­ba muy bien pa­ga­da [son­ríe].

Re­cuer­do sus pri­me­ras en­tre­vis­tas: Ri­chard Cham­ber­lain, que en­ton­ces in­ter­pre­ta­ba la se­rie de te­le­vi­sión El pá­ja­ro es­pino; Ma­rio Vargas Llo­sa… Lo bueno fue que to­da Es­pa­ña es­ta­ba vien­do El pá­ja­ro es­pino y en el úl­ti­mo ca­pí­tu­lo ¡Ho­la! me man­dó dos días a Áfri­ca pa­ra en­tre­vis­tar­le.

Pe­ro cuen­te, ¿có­mo fue aquel pri­mer en­cuen­tro con Ma­rio Vargas Llo­sa y qué im­pre­sión le cau­só? Pues muy bue­na [son­ríe]. Fue en­ton­ces cuan­do lo co­no­cí.

¿ Le­jí­si­mos de ima­gi­nar­se na­da?

¡Le­jí­si­mos! Nos caí­mos bien, pe­ro como tú le pue­des caer bien a Ri­chard Cham­ber­lain si lo en­tre­vis­tas.

¡Ya! [Ri­sas]. La gen­te siem­pre me ha que­ri­do re­la­cio­nar con per­so­nas con las que no te­nía nin­gu­na re­la­ción es­pe­cial. Cuan­do me se­pa­ré de Car­los, fue­ron a ha­cer­le una en­tre­vis­ta a Ri­chard Cham­ber­lain y él di­jo que ha­bía pa­sa­do con­mi­go un fin de semana ma­ra­vi­llo­so en Áfri­ca… Y aque­llo so­nó to­tal­men­te a otra co­sa, cuan­do yo so­lo es­tu­ve en Áfri­ca el tiem­po su­fi­cien­te pa­ra ha­cer la en­tre­vis­ta y vol­ver­me a Es­pa­ña.

¿ Pre­pa­ra­ba y es­cri­bía us­ted sus en­tre­vis­tas o te­nía un “ayu­dan­te”?

¡Yo so­la! ¿Sa­bes la ra­bia que me dio ver que na­die me creía? ¿Sa­bes lo que me cos­ta­ba pre­pa­rar esas en­tre­vis­tas? Me es­tu­dia­ba el per­so­na­je, in­ten­ta­ba ha­cer to­do lo me­jor po­si­ble… y no me creía na­die.

La pren­sa rosa pue­de ser de­mo­le­do­ra, pe­ro a us­ted la ha res­pe­ta­do siem­pre bas­tan­te… ¡Ah! ¿Sí? [In­cré­du­la]. ¿Tú crees que se me res­pe­ta?

Lle­va dé­ca­das sien­do la “rei­na de co­ra­zo­nes”. Po­cas per­so­nas han ocu­pa­do tan­tas por­ta­das como us­ted, las fir­mas si­guen dis­pu­tán­do­se su ima­gen, a la gen­te le in­tere­sa cuan­to ha­ga o di­ga… Pe­ro te di­ré que no he he­cho na­da pa­ra que eso sea así.

So­lo su vi­da su­pera la fic­ción de mu­chas no­ve­las.

He vi­vi­do mi vi­da, sí. Pe­ro mu­chas ve­ces hu­bie­ra pre­fe­ri­do que no me hu­bie­sen he­cho ab­so­lu­ta­men­te nin­gún ca­so, ¡mu­chí­si­mas! Aho­ra veo que eso es ca­si im­po­si­ble de con­se­guir.

¡ Có­mo lo pre­ten­de si se ha casado con un fa­mo­sí­si­mo can­tan­te, con un mar­qués, con un su­per­mi­nis­tro socialista y… va ca­mino de ha­cer­lo con un pre­mio No­bel! ¡Ya, ya! Aho­ra so­lo les fal­ta de­cir que no me enamo­ro nun­ca de al­guien nor­mal... Mi­ra, tú te enamo­ras de la gen­te que tra­tas. Lo di­go sin des­pre­ciar a na­die, pe­ro lo ló­gi­co es enamo­rar­te de la gen­te a la que ves, a la que tra­tas, que te atrae y a la que tú atraes.

¿ Hay al­go por lo que en­vi­die us­ted de los de­más?

Ha­bla­mos de en­vi­dia sa­na, si es que exis­te ¿ver­dad? En­ton­ces te di­ré que el ano­ni­ma­to, des­de lue­go. Pe­ro si fue­se una mu­jer anó­ni­ma no es­ta­ría don­de es­tá. Lo re­co­noz­co, ab­so­lu­ta­men­te; pe­ro la fa­ma pue­de ser muy pe­sa­da mu­chas ve­ces. Yo no de­be­ría que­jar­me por es­to, pe­ro lo ha­go fun­da­men­tal­men­te por la per­so­na con la que es­toy más que por mí. Yo ya me he acos­tum­bra­do a lle­var es­ta vi­da, que no es fá­cil por­que to­do lo que ha­ces lo juz­gan los de­más y lo mag­ni­fi­can. Es una la­ta que de ca­da co­sa tu­ya ten­ga que es­tar opi­nan­do to­do el mundo. Yo es­toy aho­ra con un se­ñor que no es­ta­ba acos­tum­bra­do a es­to. Y, aunque lo ha lle­va­do muy bien, lo más na­tu­ral y de­por­ti­va­men­te po­si­ble, pa­ra él tam­bién es muy pe­sa­do.

Si a Ma­rio Vargas Llo­sa se le re­la­cio­na­ra con cual­quier otra mu­jer del mundo, se­gu­ro que tam­bién ha­bría des­per­ta­do mu­cho in­te­rés. Que en­ci­ma lo ha­ya he­cho con us­ted y en es­te mo­men­to… ha si­do un bom­ba­zo pa­ra la pren­sa rosa, al me­nos en Es­pa­ña. Lo en­tien­do per­fec­ta­men­te, pe­ro no es nor­mal que ha­ya pa­sa­do tan­to tiem­po y que si­gan ha­blan­do tan­to de es­te asun­to. ¡No pue­des de­cir­me que es­to es nor­mal du­ran­te me­ses y me­ses! ¿Cuán­to va a du­rar es­te in­te­rés?

Has­ta que se ca­sen y la gen­te se acos­tum­bre a ver­los jun­tos, como ha pa­sa­do otras ve­ces. ¿Crees que si me ca­so ya nos de­ja­rían en paz? ¡Pues eso es­pe­ro! [Son­ríe]. Si es que nos ca­sa­mos… por­que es­tar así to­da la vi­da tam­po­co se lo me­re­ce na­die.

Ves­ti­do es­tam­pa­do de Her­mès y pen­dien­tes de Rabat.

Ves­ti­do de Sal­va­to­re Fe­rra­ga­mo, y jo­yas de Rabat.

Tra­je sas­tre y ca­mi­se­ta de Max Ma­ra y jo­yas de Rabat.

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