“Ar­ma­du­ra” real

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Protagonista -

(hay dos aso­cia­dos a la Ca­sa Real, el Ro­yal Ste­wart y el Bal­mo­ral), con cha­que­ta de tweed a jue­go, jer­sey de cash­me­re, za­pa­tos pla­nos de cor­do­nes y co­llar de per­las. De adul­ta, le aña­dió el cha­que­tón Bar­bour y el pa­ñue­lo de se­da a la ca­be­za (mu­chos son Her­mès). ¿Hay al­go más bri­tá­ni­co? Ese es, qui­zá, el se­cre­to de su éxi­to: su es­ti­lo es úni­co y, al tiem­po, como el de to­dos. Re­gio, pe­ro con­ser­va­dor, y, en el fon­do, ase­qui­ble: fal­das eva­sé, ta­co­nes cua­dra­dos, lar­go por de­ba­jo de la ro­di­lla. Ade­más de los di­se­ña­do­res Nor­man Hart­nell y Hardy Amies, en esa la­bor han co­la­bo­ra­do Ian Tho­mas, Ste­ward Par­vin y, des­de 2002, An­ge­la Kelly, que tra­ba­ja con un equi­po de 11 per­so­nas. Y así, con tran­qui­li­dad, su pe­lo ha ido en­ca­ne­cien­do y no ha ocul­ta­do las ga­fas de cer­ca. No se ha he­cho lif­tings, ni ha usa­do in­yec­cio­nes pa­ra man­te­ner el óva­lo fa­cial. Sim­ple­men­te ha ido cum­plien­do años y ha se­gui­do usan­do sus tia­ras como quien se po­ne el uni­for­me de tra­ba­jo. Se ha con­ver­ti­do en una ve­ne­ra­ble an­cia­na, como otras de su ge­ne­ra­ción, sean o no de cla­se al­ta. La prue­ba es que su po­pu­la­ri­dad, pe­se a di­vor­cios, es­cán­da­los, hi­jos po­co dis­cre­tos y nue­ras fa­lle­ci­das como es­tre­llas de ci­ne, no ha de­caí­do. Más bien lo con­tra­rio. Y la ves­ti­men­ta ha si­do una de las ma­ne­ras de for­jar esa re­la­ción de con­fian­za y sim­pa­tía con su pue­blo. Su ge­ne­ra­ción fue la pri­me­ra en con­si­de­rar que una mu­jer po­día es­tar bien ves­ti­da sin som­bre­ro. Pe­ro ella siem­pre ha pen­sa­do que quie­nes van a ver la rei­na de In­gla­te­rra tie­nen de­re­cho a ver­la con cla­ri­dad. De ahí sus co­lo­res vi­vos y sus lla­ma­ti­vos som­bre­ros, de la al­tu­ra de una co­ro­na. Ade­más, ¡no usa bas­tón! En un mun­do que es­con­de a los an­cia­nos y so­lo los con­vier­te en sím­bo­los de la de­ca­den­cia más tris­te, si­gue ca­mi­nan­do er­gui­da y con ta­co­nes, y se ador­na con más co­lo­res, mien­tras su son­ri­sa pa­re­ce más fe­liz que nun­ca. De­be so­bre­sa­lir pa­ra que la gen­te la vea. Su prin­ci­pal som­bre­re­ra, Si­mo­ne Mir­man, tra­ba­jó con la di­se­ña­do­ra Elsa Schia­pa­re­lli. La rei­na ha usa­do cas­que­tes de plu­mas de fai­sán, en los años 50; pill-box re­don­dea­dos, a jue­go con su ves­ti­dos en co­ral, ama­ri­llo o azul, en los 60; atur­ban­ta­dos, es­ti­lo cam­pa­na, con plu­mas, flo­res y pé­ta­los; pa­me­las de ala re­don­dea­da y al­ta con di­bu­jos en re­lie­ve; o dis­cre­tas re­de­ci­llas con la­zos pa­ra los días de vien­to.

ONo hay que equi­vo­car­se: si al­go ha ca­rac­te­ri­za­do a Isa­bel II es su fal­ta de ges­tos va­ni­do­sos. Su atuen­do era su ar­ma­du­ra en el ofi­cio de rei­nar. Y los ves­ti­dos de ga­la, con sus es­plen­do­ro­sos ade­re­zos de dia­man­tes (so­lo su co­lec­ción per­so­nal, ali­men­ta­da a lo lar­go de los años con re­ga­los de su ma­ri­do y sus pa­dres y abue­los, con­tie­ne cer­ca de 10.000 dia­man­tes, al­gu­nos de va­lor in­cal­cu­la­ble), eran su de­ber como guar­dia­na y re­pre­sen­tan­te del po­der se­cu­lar de los reyes de In­gla­te­rra. Ni si­quie­ra las apa­ri­cio­nes, bas­tan­te nu­me­ro­sas, en las que ella y la rei­na ma­dre o su hi­ja la princesa Ana ves­tían con el mis­mo co­lor y ca­si idén­ti­co cor­te de abri­go y som­bre­ro eran ca­sua­les: es­ta­ban sim­bo­li­zan­do la con­ti­nui­dad del li­na­je. In­clu­so el ma­qui­lla­je tu­vo su fun­ción. Se la vio en pú­bli­co re­to­can­do su la­bial ro­jo: fue su for­ma de de­cir que tam­bién era una mu­jer. Su pá­li­do cu­tis y sus la­bios ro­jos, que des­ta­can en la fo­to ofi­cial de la co­ro­na­ción, fue­ron una de las imá­ge­nes icó­ni­cas de los años 50. Sin em­bar­go, uno de los es­ti­los que más le ha gustado cul­ti­var es el de la aris­tó­cra­ta bri­tá­ni­ca aman­te del cam­po y los ca­ba­llos, sus pa­sio­nes des­de ni­ña. Y hay un look que ha man­te­ni­do des­de la ado­les­cen­cia: fal­da plisada de tar­tán La Diadema de Dia­man­tes. La lle­vó por pri­me­ra Jor­ge IV pa­ra su co­ro­na­ción en 1824. La de la Gran Du­que­sa Vla­di­mir, de 1890. La de Dia­man­tes y Za­fi­ros. Su pa­dre, Jor­ge VI, se le re­ga­ló por su bo­da, en 1947. La Ko­kosh­nik. Re­ga­lo a su bi­sa­bue­la, la rei­na Ale­jan­dra, por sus bo­das de pla­ta en 1988.

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