L CIR­CO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Entre Nosotras -

me ha­cía llo­rar. Aún hoy, so­lo con ver los car­te­les, se me en­co­ge el co­ra­zón por esa so­lem­ne ma­jes­tuo­si­dad de las cria­tu­ras hu­mi­lla­das por la ri­dí­cu­la es­tu­pi­dez hu­ma­na. Es un es­pec­tácu­lo don­de los ti­gres, en­tre ru­gi­dos, de­ben ha­cer equi­li­brios so­bre sus pro­pias he­ces, con sus pa­tas per­fec­ta­men­te ali­nea­das por el sil­bi­do del lá­ti­go. Tan­ta ener­gía, tan­to po­der y tan­ta be­lle­za so­lo pa­ra de­mos­trar que pue­den sal­tar den­tro de un círcu­lo de fue­go. ¿Y qué de­cir de los ele­fan­tes? Su an­ti­gua y ve­ne­ra­ble sa­bi­du­ría se re­du­ce a dar vuel­tas con un pe­na­cho en la ca­be­za y a po­ner una pa­ta so­bre el adies­tra­dor sin aplas­tar­lo. Me da­ban ga­nas de echar a co­rrer ha­cia la pis­ta pa­ra abra­zar­los y ro­ciar con mis lá­gri­mas su piel ru­go­sa, im­plo­rán­do­les: “¡Per­do­nad­nos, her­ma­nos ele­fan­tes!”. Tam­bién los pa­ya­sos me ha­cían llo­rar. Mien­tras to­do el mun­do se reía, a mí se me re­vol­vía el es­tó­ma­go y te­nía que ha­cer un es­fuer­zo te­rri­ble pa­ra no es­ta­llar en so­llo­zos. El do­lor de los ani­ma­les y la tris­te­za de esos hom­bres obli­ga­dos a ha­cer reír a los de­más me za­ran­dea­ban con la fuerza de un tsu­na­mi.

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