LA AU­TO­RA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Relatos De Verano -

or las no­ches, el cie­lo se lle­na­ba de es­tre­llas y la tie­rra de rui­dos. Nos tum­bá­ba­mos en la hier­ba y se­ña­lá­ba­mos cons­te­la­cio­nes. Mi ma­ri­do les en­se­ña­ba a los ni­ños a dis­tin­guir Ve­ga, Al­taïr y la Osa Ma­yor, y yo re­cor­da­ba con nos­tal­gia la pri­me­ra vez que nos en­tre­ga­mos jun­tos a aquel mis­mo jue­go. Éra­mos 12 años más jó­ve­nes, am­bos aca­bá­ba­mos de enamo­rar­nos de un ser des­co­no­ci­do y nos afa­ná­ba­mos en co­no­cer­nos. Los ni­ños aún no for­ma­ban par­te de nues­tros pla­nes. Eran unos au­sen­tes a quie­nes nin­guno de los dos echa­ba de me­nos. Aho­ra eran ad­mi­ra­dos es­pec­ta­do­res de su pa­dre, que les en­se­ña­ba que el cie­lo con­tie­ne his­to­rias y que sa­ber­las nos ha­ce me­jo­res. Lue­go los ni­ños se acos­ta­ban y no­so­tros nos que­dá­ba­mos allí, so­los, so­bre­co­gi­dos por la be­lle­za y el si­len­cio del fir­ma­men­to. Una de esas no­ches de es­tre­llas, des­pués de acos­tar­les, dis­tin­gui­mos un des­te­llo nue­vo en­tre la os­cu­ri­dad. “Eso no es una es­tre­lla –di­jo mi ma­ri­do–, an­tes no es­ta­ba allí”. Se le­van­tó, fue a la ca­sa por los pris­má­ti­cos, es­cru­tó la ne­gru­ra, en­tor­nó los ojos. “No lo en­tien­do”, aña­dió. Me reí de su se­rie­dad y su con­ven­ci­mien­to. “¿Qué va a ser, sino una es­tre­lla? –bro­meé–. ¿Una na­ve ex­tra­te­rres­tre?”. Di­jo que te­nía frío y en­tró en la ca­sa. Re­co­gió la co­ci­na en si­len­cio, con una ex­pre­sión som­bría. Nor­mal­men­te, es él quien la­va los ca­cha­rros. Di­ce que le re­la­ja el tra­ba­jo me­cá­ni­co, que le per­mi­te pen­sar. Pe­ro aque­lla no­che se de­mo­ró un po­co más que de cos­tum­bre. Sa­lió al ca­bo de un ra­to, con dos gin­tó­nics re­cién ser­vi­dos. Nos sen­ta­mos en el por­che pa­ra dis­fru­tar del fres­co de la no­che, tan di­fe­ren­te del bo­chorno me­di­te­rrá­neo al que es­ta­mos acos­tum­bra­dos. En el cie­lo, la es­tre­lla in­tru­sa nos ob­ser­va­ba en­mar­ca­da por las al­tí­si­mas co­pas de las ha­yas. A ra­tos su ful­gor pa­re­cía un gui­ño, un có­di­go, un

am­bién yo apro­ve­ché la pri­me­ra ex­cu­sa que se me ocu­rrió pa­ra ir a ver si los ni­ños es­ta­ban bien. Me sen­té en una si­lla jun­to a la ca­ma del pe­que­ño, les es­cu­ché res­pi­rar, sin­cro­ni­cé mi res­pi­ra­ción con la su­ya, con­ta­gia­da de aque­lla se­re­ni­dad úni­ca en el mun­do. De vuel­ta en el por­che, se ha­bía le­van­ta­do al­go de vien­to. “Pa­re­ce que se acer­ca una tor­men­ta”, opi­né. “No, no. En la te­le ha­bla­ban de tiem­po an­ti­ci­cló­ni­co has­ta el sá­ba­do. Ese vien­to no es de tor­men­ta”, me con­tra­di­jo él. Re­pa­ré en que la es­tre­lla se­guía ahí y en que ti­ti­la­ba, tal vez más que an­tes. No di­je na­da. An­tes de acos­tar­nos ce­rra­mos to­das las ven­ta­nas y nos ase­gu­ra­mos va­rias ve­ces de ha­ber­lo he­cho bien. Am­bos re­vi­sa­mos que la per­sia­na del cuar­to de los ni­ños es­tu­vie­ra ba­ja­da y sin ni una so­la ren­di­ja. Yo no lo­gré dor­mir en to­da la no­che, pe­ro no qui­se que él se die­ra cuen­ta. Me li­mi­té a per­ma­ne­cer con los ojos ce­rra­dos, con­tan­do los se­gun­dos. La no­che am­pli­fi­ca­ba mis te­mo­res. Mi ma­ri­do tam­po­co con­si­guió con­ci­liar el sue­ño. Lo su­pe por­que se mo­vía y por­que su res­pi­ra­ción no era la de otras no­ches. Pe­ro por la ma­ña­na am­bos di­ji­mos ha­ber des­can­sa­do bien. Los ni­ños se des­per­ta­ron car­ga­dos de ener­gía, co­mo siem­pre. Lo úni­co ex­tra­ño que ocu­rrió tras esa no­che fue que no vol­vi­mos a ver un so­lo to­po en el jar­dín. Ni uno, du­ran­te el res­to de las va­ca­cio­nes. • Ca­re San­tos (Ma­ta­ró, 1970) com­pa­gi­na la na­rra­ti­va pa­ra adul­tos (su úl­ti­ma no­ve­la es Dia­man­te Azul), con li­te­ra­tu­ra ju­ve­nil. Tie­ne el pre­mio Ra­mon Llul de no­ve­la.

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