De ami­gos y hom­bres

Ser ma­dre im­par y ve­ra­near con dos pa­re­jas y los ni­ños tam­bién pue­de te­ner su en­can­to. Pa­lo­ma Bra­vo nos re­la­ta un en­cuen­tro que pue­de ser el ini­cio de una bo­ni­ta amis­tad.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Relatos De Verano -

Siem­pre son los mis­mos. Cin­co ni­ños, cin­co adul­tos. Un em­pa­te que, por su­pues­to, ga­nan los pe­que­ños. La teo­ría es ra­zo­na­ble: los ni­ños se en­tre­tie­nen más y me­jor, y así los adul­tos des­can­san, ha­blan de po­lí­ti­ca y de na­da, ha­cen tur­nos pa­ra las pa­las y la sies­ta, em­pie­zan un li­bro, lo suel­tan... En la prác­ti­ca, al­gu­nos se es­ca­quean y uno, ca­si siem­pre el mis­mo, prin­ga por­que los ni­ños se ex­ci­tan, se pro­vo­can, se pe­lean, jue­gan. Has­ta que no sue­nan. Oye su si­len­cio so­lo un adul­to, el que prin­ga. – ¿Los oís? Los otros cua­tro adul­tos no oyen ni la pre­gun­ta ni la au­sen­cia. Se le­van­ta y re­co­rre la enor­me pis­ci­na de es­te ho­tel que tan­to de­tes­ta, es­te ho­tel lleno de fa­mi­lias co­mo ellos (su­dan­do en ba­ña­do­res que no les fa­vo­re­cen). Los ni­ños no es­tán. Se aso­ma a la pla­ya, aun­que sa­be que la pla­ya no les gusta. Ni ras­tro de ellos. El adul­to que prin­ga es un adul­to in­quie­to, au­to­crí­ti­co, in­te­li­gen­te. No prin­ga por ex­ce­so de ce­lo, por fe en la pa­ter­ni­dad sa­cri­fi­ca­da. Su sa­cri­fi­cio es otro. Por­que es­te es el adul­to im­par y a ve­ces se abu­rre de ser­lo; en­ton­ces prin­ga pa­ra ale­jar­se de las otras dos pa­re­jas ra­zo­na­ble­men­te per­fec­tas, que se leen las no­ti­cias en voz al­ta y, en­tre ri­sas y cer­ve­za, se suel­tan pu­llas ro­mas, sua­ves, ca­ri­ño­sas… Pe­ro nos es­ta­mos per­dien­do y los que se han per­di­do son los ni­ños. El adul­to que prin­ga re­gre­sa de la

pla­ya por la pa­sa­re­la de ma­de­ra, lle­na de pe­go­tes de cre­ma, No­ci­lla y sal, cuan­do le asal­ta una de las ni­ñas per­di­das: – ¡Te es­ta­ba bus­can­do! ¡Ven, que vas a fli­par! No es su hi­ja, no. Es la hi­ja de sus ami­gos más an­ti­guos. Esa ni­ña a la que co­no­ce des­de siem­pre y a la que quie­re por­que es lis­ta, ma­ca­rri­lla, bue­na. – ¡Ven, ven, que tie­nes que ver es­to! Y arras­tra al adul­to a la tra­se­ra del ho­tel. Al fon­do, en un pe­que­ño re­fu­gio de som­bra, han mon­ta­do un es­ce­na­rio mí­ni­mo. O, más bien, una sen­ci­lla ta­ri­ma de ma­de­ra ro­dea­da por una fran­ja de hier­ba en la que es­tán sen­ta­dos e hip­no­ti­za­dos los otros cua­tro ni­ños de la pan­di­lla. So­bre el es­ce­na­rio, lo que jus­ti­fi­ca el gri­to (y la hip­no­sis): la cla­se de zum­ba. O sea, un mo­ni­tor con más múscu­los que años. Chu­li­to, gua­pe­te. De­trás de él, 12 mu­je­res de eda­des di­fe­ren­tes (de ocho a 70) y un hom­bre. Un hom­bre de 40 y po­cos, en­tu­sias­ta, en­tre­ga­do, atrac­ti­vo. Los otros cua­tro ni­ños ven al adul­to que prin­ga y gri­tan: – ¡Te he­mos en­con­tra­do un no­vio! – ¡Ana va a te­ner pa­dras­tro! – ¡Ya era ho­ra!

El adul­to que prin­ga es mu­jer, ma­dre sol­te­ra. Una mu­jer fe­liz que se ha con­ver­ti­do, in­cons­cien­te y afor­tu­na­da­men­te, en la per­so­na in­de­pen­dien­te con la que, qui­zá, sí se ha­bría ca­sa­do. Y aho­ra que sa­be­mos su gé­ne­ro po­de­mos de­cir que en­ro­je­ce. Se ru­bo­ri­za por­que el pa­dre zum­be­ro ha de­ja­do de bai­lar pa­ra fi­jar­se en ella. Y ella tam­bién se ha vis­to: sus 30 y mu­chos, su del­ga­dez que no es fir­me­za, su sen­ti­do del hu­mor, sus ma­nías, su ne­ce­si­dad de li­ber­tad… Y lo ha vis­to a él: ese pa­dre en­tu­sias­ta que so­por­ta el ho­tel por los ni­ños y se en­tre­ga al zum­ba sin ver­güen­za. Le cae bien. Ataca otro enano de su tri­bu: – He­mos in­ves­ti­ga­do: es­tá aquí so­lo con dos ni­ños. Se­pa­ra­do o viu­do. Me­jor viu­do, ¿no? – Ven­ga, chi­cos... ¿Os ve­nís al bar? –pre­gun­ta ella. – Yo in­vi­to –se apre­su­ra el pa­dras­tro, que apa­re­ce al la­do. Van to­dos. Él se pre­sen­ta. Se lla­ma Mi­guel y, sí, es­tá se­pa­ra­do. Vi­ve en el nor­te, sus hi­jos es­tán aho­ra en cla­se de te­nis. Ella le pi­de dis­cul­pas: – ¿Me de­jas dos mi­nu­tos pa­ra que les ex­pli­que una co­sa a es­ta pan­di­lla de me­lo­nes?

La hi­ja de ella ya sa­be lo que viene y se sien­ta en las ro­di­llas de su ma­dre. – Ana no ne­ce­si­ta un pa­dras­tro. Y yo tam­po­co ne­ce­si­to un no­vio. Es tris­tí­si­mo ve­ros tan pe­que­ños y tan cua­dri­cu­la­dos. No es obli­ga­to­rio vivir en pa­re­ja, lo obli­ga­to­rio es ser li­bre. Los hi­jos de sus ami­gos la mi­ran. ¿Al­guien sa­be dón­de es­tá la pe­lo­ta? Hu­yen. Su hi­ja su­su­rra “te quie­ro, ma­mi” y los si­gue. – Bo­ni­to dis­cur­so. ¿Ha­ce una cer­ve­za he­la­da? – Soy alér­gi­ca al glu­ten, pe­ro te acom­pa­ño. – Tu hi­ja no lle­va pen­dien­tes. Li­bre des­de be­bé… – Yo tam­po­co. Mi pa­dre me en­se­ñó que no ha­bía que mar­car a los ni­ños co­mo a los ter­ne­ros. – Ey, que es­toy de tu la­do. – Per­do­na... ¿A qué te de­di­cas? – Mar­co ter­ne­ros. – En se­rio… – En se­rio: soy ga­na­de­ro. ¿Tú? – Es­cri­to­ra. Pe­ro no de novelas ro­mán­ti­cas. – No pe­ga­mos na­da, ¿no? La es­cri­to­ra y el ga­na­de­ro. Se que­dan en el bar mu­cho ra­to y, co­mo no hay otros adul­tos prin­gan­do, ella con­tro­la a los ni­ños: es­tán le­jos, pe­ro en su lí­nea de vi­sión. Sus ami­gos, en cam­bio, la sor­pren­den por la es­pal­da. Vie­nen dos, cam­bia­dos de pa­re­ja. Y se sien­tan. – Blan­ca. Car­los. Mi­guel. Blan­ca es­tá mo­re­na y fi­bro­sa. Pre­su­me de que no se cor­ta: – ¿Es­táis li­gan­do? Nin­guno con­tes­ta. – Es una tía es­tu­pen­da, pe­ro de­ma­sia­do in­de­pen­dien­te, si me pi­des mi opi­nión. – La ver­dad es que no te la he pe­di­do –res­pon­de él. Su tono no es bor­de, sino na­tu­ral: cree en el dis­cur­so de ella. – Tie­nes ra­zón –re­cu­la Blan­ca.

Se ha­ce to­do el si­len­cio po­si­ble en es­te ho­tel de ba­ta­lla. – ¿Pe­ro in­te­rrum­pi­mos? –in­sis­te Car­los. Lle­ga el ca­ma­re­ro. Los ami­gos pi­den más cer­ve­za. Y acei­tu­nas. Pa­ta­tas. Es­ta­mos ca­ni­nos. – ¿Dón­de va­mos a co­mer? ¿En el chi­rin­gui­to? A es­tos –y Blan­ca ha­ce un ges­to ha­cia el cie­lo por­que no sa­be dón­de es­tán los ni­ños–, les va a de­vo­rar un día el ham­bre… ¿Co­mes con no­so­tros, Mi­guel? En­ton­ces lle­gan dos ni­ños y Mi­guel los pre­sen­ta. Jai­me, ocho. Pa­blo, seis. La adul­ta que prin­ga les son­ríe. – ¿Te­néis ami­gos aquí? Los ni­ños nie­gan. – Pa­gáis vo­so­tros –di­ce a sus ami­gos. Ella y el pa­dre se le­van­tan y reúnen a los pe­que­ños. Aho­ra son dos adul­tos que prin­gan fren­te a sie­te ni­ños que jue­gan. – Nos va­mos ma­ña­na –di­ce el ga­na­de­ro. – No pa­sa na­da. No cree­rías que es­to iba a ser una pe­li ro­mán­ti­ca, ¿no? – O el prin­ci­pio de una bo­ni­ta amis­tad, co­mo en Ca­sa­blan­ca… – Va­ya: un ga­na­de­ro ci­né­fi­lo. – Va­ya: una es­cri­to­ra con pre­jui­cios. Tou­ché. – ¿Me das tu nú­me­ro y coor­di­na­mos fe­chas el año que viene? Ella no es­tá se­gu­ra de si quie­re se­guir ve­ra­nean­do con sus ami­gos pa­res. Mi­ra a su hi­ja, fe­liz con su pan­di­lla. Se re­sig­na. – Va­le, pe­ro que cons­te que yo no quie­ro pa­re­ja.

Se ru­bo­ri­za, por­que el pa­dre zum­be­ro ha de­ja­do de bai­lar pa­ra fi­jar­se en ella.

PA­LO­MA BRA­VO, es­cri­to­ra

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