“NO PUE­DES SER PER­FEC­TA EN TO­DO” Aca­ba de re­gre­sar a Holly­wood tras dos años que le han ayu­da­do a com­po­ner los ma­ti­ces de su pró­xi­mo y es­pe­ra­do pa­pel: De su ca­rre­ra de­lan­te y de­trás de las cá­ma­ras, de fe­mi­nis­mo, del fran­cés y de su tra­ba­jo co­mo em­ba­ja­do­ra

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - De Cerca -

Rsa­voir fai­re

ecuer­do ha­ber­me cru­za­do con ella por la ca­lle una ma­ña­na, en París. Con el pe­lo re­co­gi­do en un mo­ño, ga­fas de sol, go­rra, leg­gings y za­pa­ti­llas de de­por­te, ba­ja­ba por los Cam­pos Elí­seos, so­la y anó­ni­ma. Una vi­sión sin­gu­lar, el ti­po de es­ce­na en la que uno se di­ce a sí mis­mo: “¡Va­ya! ¿He vis­to a Na­ta­lie Port­man o so­lo lo he so­ña­do?”. Eso fue ha­ce sie­te años. Y aque­lla si­lue­ta me­nu­da era ya uno de los pe­sos pe­sa­dos de Holly­wood. Aún no ha­bía ga­na­do el Os­car por Cis­ne ne­gro, pe­ro era ya la eter­na Mat­hil­da de Léon, El pro­fe­sio­nal, la pe­lí­cu­la que la des­cu­brió al mundo con so­lo 13 años, y también Pad­mé, la rei­na de Star Wars en los epi­so­dios I, II y III, to­dos ellos ta­qui­lla­zos pla­ne­ta­rios. Hoy me encuentro de nue­vo con ella, es­ta vez de ma­ne­ra ofi­cial. Y la ac­triz es­ta­dou­ni­den­se de ori­gen is­rae­lí no ha cam­bia­do mu­cho. El mis­mo per­fil afi­la­do, el mis­mo ai­re de­li­ca­do –ca­si frá­gil–, la mis­ma di­men­sión es­te­lar. Na­ta­lie aca­ba de vol­ver a Los Án­ge­les, tras vi­vir en París du­ran­te dos años, con su hi­jo Aleph, de cin­co años, y su ma­ri­do, el bai­la­rín y co­reó­gra­fo Ben­ja­min Mi­lle­pied, pe­ro re­gre­sa a te­rri­to­rio fran­cés pa­ra pre­sen­tar Rou­ge Dior, el la­bial del que es ima­gen.

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