EL NOM­BRE de una PIS­TO­LA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Entre Nosotras -

Oun­que han pa­sa­do ya más de 20 años de la muerte de mi abue­la (y los úl­ti­mos seis los vi­vió in­mer­sa en las ti­nie­blas de la lo­cu­ra), sien­to que en­tre no­so­tras exis­te to­da­vía un víncu­lo muy fuer­te. Ella fue el faro de mi in­fan­cia y de mi ado­les­cen­cia. Era la luz que bri­lla­ba in­ter­mi­ten­te en mi día a día y la luz que tan­tas ve­ces me sal­vó del nau­fra­gio en me­dio de la tem­pes­tad. Mi abue­la ha­bía leí­do a Freud cuan­do en Ita­lia na­die sa­bía quién era y es­ta­ba más fa­mi­lia­ri­za­da con el I Ching, el li­bro de las mu­ta­cio­nes taoís­tas que con la Bi­blia, que aun así era su li­bro pre­fe­ri­do. Era una mu­jer her­mo­sa, con mu­cha per­so­na­li­dad; ama­ba la li­te­ra­tu­ra y, a los 80 años, se­guía re­ci­bien­do ramos de flores de ad­mi­ra­do­res; cul­ta e in­quie­ta, se la­men­ta­ba de no ha­ber po­di­do sa­car­le par­ti­do a su gran in­te­li­gen­cia, por la épo­ca y el am­bien­te en el que na­ció. Fue ma­la ma­dre pe­ro, sin du­da, dio lo me­jor de sí co­mo abue­la. Gra­cias a su pers­pi­ca­cia y a su sex­to sen­ti­do, una Navidad, me en­con­tré al pie del ár­bol un tra­je de va­que­ro igual al de mi her­mano. Aún re­cuer­do la emo­ción de ce­ñir­me el cin­tu­rón y co­lo­car­me la es­tre­lla de she­riff en el jer­sey. Cuan­do lue­go des­cu­brí que el nom­bre que ha­bía gra­ba­do en la pis­to­la era el mío –Su­san­na–, una paz in­men­sa se adue­ñó de mi co­ra­zón. Unos años des­pués, fue mi abue­la de nue­vo la que me re­ga­ló por carnaval un uni­for­me de ca­ra­bi­nie­re. Aquel carnaval, pa­ra mí, du­ró un año en­te­ro, pues en cuan­to po­día me co­lo­ca­ba el tra­je. So­lo de­jé de ha­cer­lo cuan­do la te­la se ha­bía li­te­ral­men­te des­hi­la­cha­do a la altura de las ro­di­llas. Con los años, me he cues­tio­na­do más de una vez el por­qué de es­ta pro­pen­sión mía ha­cia lo mar­cial, ya que nun­ca he si­do ami­ga de los sím­bo­los de po­der ni me­nos de la vio­len­cia. Lu­cir un uni­for­me era si­nó­ni­mo, en cual­quier ca­so, de ad­he­rir­se a un or­den –al­go que an­he­la­ba con ver­da­de­ra an­sia– y tam­bién de es­tar dis­pues­ta a lu­char por ese or­den. ¿Y es que aca­so eso mis­mo no lo su­pe yo des­de siem­pre? En el fon­do, mi vi­da no iba a ser otra co­sa que una úni­ca lu­cha sin cuar­tel.

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