Co­mo si fue­ran TU­YOS

El amor ha­cia el hi­jo o la hi­ja de tu pa­re­ja so­lo se­rá po­si­ble si te sien­tes acep­ta­da y tú acep­tas tu lu­gar. Una re­la­ción com­ple­ja que se cue­ce a fue­go len­to y que ne­ce­si­ta la ge­ne­ro­si­dad del adul­to.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sentimientos -

EE­na­mo­rar­se de un pa­dre di­vor­cia­do im­pli­ca cons­truir una com­ple­ja red emo­cio­nal con sus hi­jos. Una alianza que de­pen­de­rá, so­bre to­do, de la ge­ne­ro­si­dad y la ca­pa­ci­dad psí­qui­ca del adul­to que in­ten­te com­pren­der, con­te­ner y acep­tar al hi­jo de su pa­re­ja. Si bien el re­co­rri­do para que­rer a esos hi­jos que no son tu­yos lle­va tiem­po, no es igual cuan­do tú mis­ma tie­nes hi­jos de otra re­la­ción. Cuan­do se tra­ta de hi­jas, la com­pli­ci­dad pue­de apa­re­cer, pe­ro en mu­chas oca­sio­nes tam­bién hay ri­va­li­dad. Al prin­ci­pio, ca­si siem­pre re­sul­ta inevi­ta­ble, pues en es­ta re­la­ción se jue­gan los ce­los y las pe­leas por man­te­ner en el co­ra­zón del pa­dre un lu­gar im­por­tan­te. Es­tas ri­va­li­da­des que las hi­jas de él pue­den te­ner con­ti­go evo­can las que tu­vis­te que ela­bo­rar en la in­fan­cia en re­la­ción con tu ma­dre y tus her­ma­nas.

Re­pro­ches des­pla­za­dos

Sus hi­jos pue­den cul­par­te de la se­pa­ra­ción de sus pa­dres, pro­yec­tan­do so­bre ti los afec­tos agre­si­vos, pe­ro in­cons­cien­tes, que sien­ten ha­cia sus pa­dres por no ha­ber sa­bi­do se­guir jun­tos. En esos mo­men­tos, ellos no quie­ren he­rir a sus pa­dres, pe­ro les re­pro­chan la si­tua­ción, y ese re­pro­che se des­pla­za con fa­ci­li­dad a la nue­va pa­re­ja. En ese ca­so, la po­si­ción del pa­dre es muy im­por­tan­te: tie­ne que de­fen­der su re­la­ción con­ti­go, al­go que ha­rá si no se sien­te cul­pa­ble y ha po­di­do ela­bo­rar la re­la­ción con su ex. El amor ha­cia ellos so­lo se ha­rá po­si­ble si te sien­tes acep­ta­da y acep­tas tu lu­gar, el de la pa­re­ja de su pa­dre, con quien has

co­men­za­do a cons­truir otra nue­va fa­mi­lia. Y es que al prin­ci­pio, y en re­la­ción a ellos, se te de­fi­ne más por lo que no eres que por lo que eres: y lo que no eres es su ma­dre. Así que de­bes per­ma­ne­cer en un se­gun­do plano cuan­do la pru­den­cia lo in­di­que. Con fre­cuen­cia, aun­que no lo pa­rez­ca, los con­flic­tos no tie­nen que ver con­ti­go. Con­vie­ne, pues, que en cier­tas si­tua­cio­nes, te re­ti­res y de­jes que el pa­dre las re­suel­va con sus hi­jos. Los hi­jos pue­den em­pe­zar a acep­tar­te cuan­do com­prue­ban que no pier­den a nin­guno de sus pro­ge­ni­to­res, en­ton­ces sien­ten que no les has qui­ta­do na­da y el amor em­pie­za a fra­guar­se. Ser ma­dras­tra en­tra­ña la di­fi­cul­tad de re­sol­ver re­la­cio­nes per­so­na­les que vie­nen mar­ca­das por la ex­pe­rien­cia de un fra­ca­so. La an­te­rior re­la­ción de ese hom­bre nau­fra­gó y pro­ba­ble­men­te sus hi­jos se sien­ten in­se­gu­ros. Ade­más, la ma­dras­tra qui­zá pro­vie­ne de otro fra-

ca­so sen­ti­men­tal y ha de­ci­di­do apos­tar fuer­te por crear una nue­va fa­mi­lia. Pe­ro la si­tua­ción cam­bia si los ni­ños son ado­les­cen­tes o pe­que­ños. Ele­na se ha que­da­do so­la con su hi­jas­tro, de seis años. An­drés, el pa­dre de Hugo, ha­bía lla­ma­do di­cien­do que lle­ga­ría un tar­de. Cuan­do ella le da la co­mi­da, se en­cuen­tra con su re­sis­ten­cia. – No me lo voy a co­mer. No los quie­ro. Ya es­tá. – ¿Qué te pa­sa, Hugo? ¿No me han sa­li­do co­mo a ti te gus­tan? – No, no eso, es por­que no me quie­res, so­lo quie­res a mi pa­dre. Ele­na se que­da sor­pren­di­da por su respuesta. Se sien­te cul­pa­ble por­que pien­sa que qui­zá Hugo lle­ve al­go de ra­zón. – Lo que di­ces no es cier­to, Hugo. Yo quie­ro mu­cho a tu pa­dre, pe­ro tam­bién te quie­ro a ti. Lo que pa­sa es que son amores di­fe­ren­tes. El ni­ño co­mien­za a llo­rar y a Ele­na se le ha­ce un nu­do en el es­tó­ma­go. En reali­dad, no sa­be si quie­re o no a ese ni­ño. Aun­que le tie­ne ca­ri­ño, cree que lo que él di­ce es cier­to: a quien ella quie­re es a su pa­dre. Se sien­te cul­pa­ble. ¿Por qué? Aun­que el ni­ño di­ce la ver­dad, Ele­na ha­ce to­do lo que pue­de sin con­se­guir caer­le bien y, en oca­sio­nes, se can­sa. No se da cuen­ta de que el ni­ño pro­yec­ta sus sen­ti­mien­tos en ella. Él tam­po­co la quie­re; él ama a su pa­dre y la ve a ella co­mo la persona que se lo ha qui­ta­do. Ade­más, sien­te que si Ele­na le cae bien, es­tá trai­cio­nan­do a su ma­dre. Así que la fra­se de Hugo es­tá ha­blan­do de sus pro­pios sen­ti­mien­tos: “Tú no me quie­res (yo no te quie­ro); quie­res (quie­ro) so­lo a mi pa­dre”. La re­la­ción con los hi­jos de tu pa­re­ja pro­mue­ve tan­to en ellos co­mo en ti con­flic­tos emo­cio­na­les iné­di­tos. A una ma­dre se la quie­re a prio­ri; pe­ro a una ma­dras­tra se la quie­re a pos­te­rio­ri, des­pués de que ha­ya de­mos­tra­do sus ha­bi­li­da­des para ocu­par­se y con­te­ner a un hi­jo que siem­pre com­par­ti­rá con otra. La fun­ción de la ma­dras­tra tie­ne un as­pec­to muy sa­lu­da­ble, pues pro­por­cio­na al hi­jo más mo­de­los de mu­jer que el de la ma­dre y per­mi­ti­rá al ni­ño te­ner otra re­la­ción de apo­yo. Lle­ga­rá el mo­men­to en que po­drás decir: “Es co­mo un hi­jo para mí”. Y se­gu­ro que él, al pen­sar en su re­la­ción con­ti­go, tam­bién se di­rá: “Es co­mo una ma­dre para mí”. En­ton­ces ya se habrá ins­tau­ra­do el amor en­tre vo­so­tros. Pe­ro hay que dar­se y dar­le tiem­po.

A una ma­dre se la quie­re a prio­ri; a una ma­dras­tra, siem­pre, a pos­te­rio­ri.

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