CA­RE SAN­TOS

A la ho­ra de sen­tar­se a es­cri­bir, los pre­mios no te sir­ven de na­da

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Protagonista -

Aún emo­cio­na­da por el pre­mio Na­dal, que sa­be a re­co­no­ci­mien­to a to­da una ca­rre­ra, la es­cri­to­ra y co­lum­nis­ta de Mujerhoy nos ha­bla so­bre su nue­va no­ve­la, un ho­me­na­je a las mu­je­res de la ge­ne­ra­ción de su ma­dre. Por Ro­sa Gil / Fo­to: Vi­cens Gi­mé­nez

Cin­co ami­gas in­ter­nas en un colegio de mon­jas de los 50 se separan tras un te­rri­ble in­ci­den­te. 31 años des­pués, mien­tras las Cor­tes aprue­ban la ley del di­vor­cio, se re­en­cuen­tran con mu­cho que con­tar. Es el so­me­ro re­su­men de Me­dia vi­da (Des­tino), una no­ve­la que aca­ba de gran­jear­le el pre­mio Na­dal a Ca­re San­tos. Ha­bla­mos con la es­cri­to­ra (y co­lum­nis­ta de Mujerhoy) so­bre el equi­li­brio en­tre pa­sa­do y fu­tu­ro, el po­der del per­dón y su au­to­cen­su­ra­da fa­ce­ta de poe­ta.

Mujerhoy. Las pro­ta­go­nis­tas de Me­dia vi­da tie­nen 45 años...

Ca­re San­tos. Es mi edad, y un mo­men­to bi­sa­gra en el que las mu­je­res pue­den ser ya abue­las o to­da­vía ma­dres, co­mo les ocu­rre a dos per­so­na­jes. Y eso sig­ni­fi­ca que hay mu­cha ex­pe­rien­cia ya y, a la vez, mu­chas puer­tas por abrir.

¿De dón­de sur­gió la idea?

De dos lu­ga­res: una reunión con mis compa­ñeras del colegio de mon­jas, en la que me hi­cie­ron pro­me­ter que es­cri­bi­ría so­bre no­so­tras, y las ga­nas que te­nía de ha­blar so­bre la ge­ne­ra­ción de mi ma­dre. Esas mu­je­res cre­cie­ron en una épo­ca te­rri­ble y cas­tra­do­ra, la dic­ta­du­ra; fue­ron más re­tró­gra­das que sus ma­dres –que re­ci­bie­ron una edu­ca­ción más li­be­ral en los co­le­gios de la Re­pú­bli­ca– y lue­go se en­con­tra­ron con una mo­der­ni­dad, po­bres, que les hi­zo te­ner que po­ner­se al día a mar­chas for­za­das. Yo oi­go a ami­gas de mi ma­dre de­cir: “He pa­sa­do de du­char­me con ca­mi­són a que­dar a co­mer con dos ami­gos de mi hi­ja que son ma­tri­mo­nio gay”.

Es te­rri­ble el re­tra­to que ha­ce de esos in­ter­na­dos fran­quis­tas. So­bre to­do, des­de el pun­to de vis­ta de Ju­lia, la ni­ña po­bre aco­gi­da en el colegio. Ha­ce po­co sa­lió un li­bro, Los in­ter­na­dos del mie­do, que ex­pli­ca la his­to­ria de esos ni­ños aban­do­na­dos y del pa­pel tan tre­men­do que tu­vo en ellos un cier­to cle­ro –yo nun­ca ata­co al cle­ro en ge­ne­ral, al­gu­nos hi­cie­ron gran­des co­sas–, que no te­nía que ren­dir cuen­tas a na­die. Tam­bién era muy co­rrien­te lo que le pa­sa a Ju­lia, por es­can­da­lo­so que nos pa­rez­ca hoy: las mon­jas, en nom­bre de la ca­ri­dad, te­nían en los co­le­gios a huér­fa­nas, su­pues­ta­men­te en igual­dad de con­di­cio­nes, que en reali­dad eran cria­di­tas de las otras chi­cas y que lim­pia­ban y fre­ga­ban mien­tras las de­más jugaban. Ha­bía ni­ños de pri­me­ra y ni­ños de se­gun­da.

Me­dia vi­da es una no­ve­la so­bre el per­dón; el que le de­ben las otras chi­cas a Ju­lia, el que ella re­fle­xio­na si de­be con­ce­der. Es un tema que siem­pre me ha in­tere­sa­do, y más cuan­to ma­yor soy. La ma­du­rez im­pli­ca la ne­ce­si­dad de ha­cer las pa­ces con tu pa­sa­do, tus re­cuer­dos y tus he­ri­das (y las de la in­fan­cia per­vi­ven mu­chos años). Ca­yó en mis ma­nos La lec­tu­ra co­mo ple­ga­ria, de Joan-car­les Mè­lich, y fue un ma­za­zo. Esa for­ma de ha­blar del per­dón co­mo un don ab­sur­do, que se da cuan­do ya no hay otra so­lu­ción y que no pue­de pe­dir­se, esa fra­se: “So­lo se pue­de per­do­nar lo im­per­do­na­ble”... De­ci­dí que lo que es­ta­ba es­cri­bien­do se iba a con­ta­giar de esa teo­ría.

Sus úl­ti­mas no­ve­las re­tra­ta­ban la ge­ne­ra­ción de su abue­la. Aho­ra avan­za has­ta la de su ma­dre. ¡Sí, un alar­de de mo­der­ni­dad! Me ape­te­cía de­jar de la­do la do­cu­men­ta­ción his­tó­ri­ca y cen­trar­me en re­cuer­dos con­ta­dos de vi­va voz, sin te­ner que ti­rar de hemeroteca. Pe­ro, ¿sa­bes? Me equi­vo­qué por com­ple­to al pen­sar que no ne­ce­si­ta­ría do­cu­men­tar­me pa­ra ha­blar de los 80. Sin em­bar­go, al­gu­nos miem­bros del ju­ra­do del Na­dal me di­je­ron que Me­dia vi­da pa­re­cía es­cri­ta por al­guien

“Los 45 años son una edad bi­sa­gra: tie­nes ex­pe­rien­cia y, a la vez, puer­tas por abrir”.

de esa ge­ne­ra­ción, al­go que fue muy po­si­ti­vo. Es­pe­ro que ha­ya gen­te que se re­co­noz­ca.

El año pa­sa­do ga­nó el Ra­món Llull; aho­ra, el Na­dal. ¿Có­mo sien­tan los pre­mios? Bueno, es ma­ra­vi­llo­so. El Na­dal es un pre­mio que cues­ta asi­mi­lar. La lis­ta de ga­na­do­res pro­vo­ca mu­cho res­pe­to. Los pre­mios son úti­les por­que vi­sua­li­zan la li­te­ra­tu­ra en un país que ne­ce­si­ta un em­pu­jón pa­ra ani­mar­se a leer. Pe­ro no de­ben subír­se­te a la ca­be­za, por­que a la ho­ra de sen­tar­te a es­cri­bir al­go nue­vo, no te sir­ven de na­da. Es­cri­bir es di­fi­ci­lí­si­mo y, cuan­to más es­cri­bes, más te cues­ta.

Pues de­be cos­tar­le mu­chí­si­mo: 13 no­ve­las, 39 li­bros ju­ve­ni­les, seis de re­la­tos... y dos de poesía, un gé­ne­ro del que di­ce que no va a pu­bli­car más. ¿Por qué? Es­cri­bo poesía por­que no pue­do evi­tar­lo; pe­ro no es­toy al ni­vel de los poe­tas de ver­dad, así que me li­mi­to a leér­se­la a mi ma­ri­do y él se po­ne muy con­ten­to. He tan­tea­do mu­chos gé­ne­ros pa­ra des­cu­brir qué es lo mío y, co­mo voy vien­do que es la na­rra­ti­va, voy a cen­trar­me en eso. Des­con­fío de quien des­cu­bre una “es­pe­cia­li­dad” a los 50 años, tal vez por­que creo en las vo­ca­cio­nes tem­pra­nas y só­li­das.

La es­cri­to­ra Ca­re San­tos. Aba­jo, por­ta­da de Me­dia vi­da (Des­tino).

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