El don del ASOM­BRO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Entre Nosotras - SUSANNA TAMARO

QQUÉ OTRA CO­SA pue­de de­pa­rar un do­lor in­jus­ti­fi­ca­do que la re­be­lión contra ese do­lor? Que los ma­los re­ci­ban su cas­ti­go en es­te mun­do, y pue­de que in­clu­so des­pués, a to­dos nos com­pla­ce y, de he­cho, a la ma­yo­ría le su­po­ne un alivio. Pe­ro ¿y cuan­do el cas­ti­go lo re­ci­ben los inocen­tes que no tie­nen cul­pa de na­da? ¿Cuan­do lo re­ci­be un ni­ño? ¿Có­mo se pue­de acep­tar esa lo­cu­ra? Pa­ra mu­chos, eso es más que su­fi­cien­te pa­ra re­fu­tar cual­quier idea que di­fie­ra del cur­so de los acon­te­ci­mien­tos; pa­ra otros, en cam­bio, el do­lor es una es­pe­cie de re­to que es­ti­mu­la pa­ra se­guir ade­lan­te. To­do lo que su­ce­de al­re­de­dor nos in­te­rro­ga, y esa in­te­rro­ga­ción es la úni­ca ma­ne­ra de co­mer­le ca­si­llas a la na­da. El mal nos de­vo­ra, el do­lor nos de­vas­ta, pe­ro no nos ani­qui­la. Des­de que re­ci­bí el don de la vi­da –y del co­no­ci­mien­to–, nun­ca he te­ni­do pro­ble­ma pa­ra en­trar en dis­cu­sión con los de­más. Aun­que no se­pa lo que es ni có­mo en­con­trar­la, quie­ro ir al en­cuen­tro de la Ver­dad.

LA VER­DAD NO TIE­NE na­da que ver con ese mun­do lleno de hom­bres que ha­blan de ella, sino más bien con un mun­do en el que los hom­bres bri­llan por su au­sen­cia: el mur­mu­llo de un bos­que azo­ta­do por el vien­to, la fra­gi­li­dad re­lu­cien­te de una ma­ri­po­sa, el vue­lo de un hal­cón sus­pen­di­do en el cie­lo... La voz de mi co­ra­zón no ha­bría po­di­do ha­blar­me de esa ma­ne­ra tan pro­fun­da si no me hu­bie­ra con­ce­di­do el don del asom­bro. Asom­bro an­te la be­lle­za, an­te la ar­mo­nía que siem­pre he vis­to a mi al­re­de­dor. Fue es­te sen­ti­do afi­la­do de la per­cep­ción de lo bueno y lo be­llo lo que me ha sal­va­do en los mo­men­tos más os­cu­ros de mi vi­da. ¿Y qué otra co­sa es el asom­bro sino una for­ma in­creí­ble y re­pen­ti­na de apre­ciar la ma­ra­vi­lla? Eso que creía­mos ser se con­vier­te de pron­to en lo que ver­da­de­ra­men­te so­mos; nues­tras fi­bras más pro­fun­das per­ci­ben, co­mo un fo­go­na­zo, la exis­ten­cia de otra reali­dad. En una frac­ción de se­gun­do, el yu­go del tiem­po se rom­pe y esa frac­tu­ra trae una vi­sión de la eter­ni­dad. ¿De ahí pro­ve­ni­mos? ¿Es allí don­de nos es­tán es­pe­ran­do? No es más que un ins­tan­te en el que la Luz nos des­lum­bra. El se­llo de es­ta Luz es la be­lle­za que se nos ofre­ce cons­tan­te­men­te, sin ra­zón al­gu­na. De for­ma gra­tui­ta. www.mu­jer­hoy.com www.su­san­na­ta­ma­ro.it

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