ÁN­GE­LA Y OLI­VIA MO­LI­NA TO­DO SO­BRE SER MA­DRE

Nin­gún amor es tan in­con­di­cio­nal co­mo el de una ma­dre por sus hi­jos. Y el de Án­ge­la por Oli­via se pal­pa. Igual que el de es­ta por sus dos pe­que­ños. De con­fian­za, dis­ci­pli­na, do­lor, en­tre­ga, com­pro­mi­so y otras fa­ce­tas de la ma­ter­ni­dad nos ha­blan las dos ac

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - De Cerca -

nsal­zan la ma­ter­ni­dad co­mo uno de los gran­des va­lo­res de la vi­da; pa­ra ellas, el más im­por­tan­te. Se sa­ben miem­bros de un clan fuer­te: el de los Mo­li­na Te­je­dor, un ma­triar­ca­do ba­jo la aten­ta mi­ra­da del pro­ge­ni­tor. Án­ge­la es la ter­ce­ra de ocho her­ma­nos. La que fue­ra mu­sa de la Tran­si­ción; la cria­tu­ra más be­lla que ja­más vio Emi­lio Gu­tié­rrez Ara­gón por el vi­sor de su cá­ma­ra; el ros­tro de una vir­gen pa­ga­na, se­gún Bu­ñuel, tie­ne hoy 62 años. Es ma­dre de cin­co hi­jos. A Oli­via la tu­vo con 25 y la pe­que­ña, Ma­ría, na­ció cuan­do ya ha­bía cum­pli­do 48. En­tre ellas es­tán Mateo, Sa­muel y An­to­nio. Oli­via es ibi­cen­ca, tie­ne 36 años y ha he­cho abue­la a su ma­dre dos ve­ces. Pri­me­ro lle­gó Vera (2012). Lue­go, vino Eric (2015). Ma­dre e hi­ja se aca­ri­cian, se mi­man y se pro­te­gen, mien­tras se de­cla­ran su amor in­con­di­cio­nal en es­ta en­tre­vis­ta.

Mu­jer­hoy. ¿En su fa­mi­lia man­dan las mu­je­res?

Án­ge­la Mo­li­na. Siem­pre ha ha­bi­do un ma­triar­ca­do fuer­te que, in­clu­so, ge­ne­ra­ba mi pa­dre. Él de­cía: “Mi mu­jer es mi nor­te y mi ti­món”, y era ver­dad, por­que sin ella no po­dría ha­ber te­ni­do la vi­da que tu­vo. Mi pa­dre era cons­cien­te de que la que lle­va­ba el ti­món de la na­ve era mi ma­dre.

En­tre Án­ge­la Te­je­dor [su ma­dre] y Án­ge­la Mo­li­na, ¿qué hay en co­mún? Án­ge­la. Ca­da vez más co­sas. Cuan­to más en­ve­jez­co, más me doy cuen­ta de que soy mi ma­mi, ¡ole! Aun­que soy Mo­li­na 100%, aho­ra tam­bién soy mi ma­dre 100%. He­mos si­do ami­gas y lo se­gui­mos sien­do, y no nos do­ra­mos la píl­do­ra ni ha­ce fal­ta.

Pe­ro las ma­dres tie­nen que edu­car y po­ner lí­mi­tes y las ami­gas, no. Án­ge­la. Mi ma­dre no nos po­nía lí­mi­tes,

nos da­ba una con­fian­za ab­so­lu­ta. No­so­tros he­mos apren­di­do más de la li­ber­tad que de los lí­mi­tes. Es ver­dad que, a ve­ces, me he enamo­ra­do de co­sas que ella no te­nía cla­ro que fue­ran bue­nas pa­ra mí, pe­ro no hu­bo prohi­bi­cio­nes.

¿Qué ti­po de co­sas?

Án­ge­la. ¡Ah! No me acuer­do [Ri­sas]. Ella me ex­pli­ca­ba las con­se­cuen­cias y me de­ja­ba li­bre pa­ra ha­cer lo que qui­sie­ra. Oli­via Mo­li­na. No­so­tros he­mos te­ni­do una in­fan­cia fres­ca y enor­me­men­te fe­liz. Mi ma­dre nos ha da­do una edu­ca­ción li­bre, nos ha de­ja­do pro­bar y equi­vo­car­nos, que tam­bién es muy im­por­tan­te. Ella nos da­ba la se­gu­ri­dad del eterno re­torno: pa­sa­se lo que pa­sa­se, siem­pre po­día­mos vol­ver. Ella nos apor­ta­ba la fa­mi­lia, el nú­cleo, la raíz: “Te pue­des ir cuan­do quie­ras, por­que sa­bes que es­toy aquí pa­ra lo que ne­ce­si­tes”. Te­ner un lu­gar al que vol­ver te da fuer­za.

¿Cier­ta dis­ci­pli­na y or­den no son ne­ce­sa­rios pa­ra la con­vi­ven­cia en una fa­mi­lia nu­me­ro­sa?

Án­ge­la. Es nor­mal que sea así en otro ti­po de fa­mi­lia, pe­ro en la nues­tra ha si­do di­fe­ren­te. Oli­via. Mi ma­dre nos ha da­do tan­ta con­fian­za que ha he­cho que con­fiá­ra­mos más en no­so­tros mis­mos.

¿Nun­ca ha­béis men­ti­do en ca­sa?

Oli­via. Yo no he ne­ce­si­ta­do men­tir ja­más y tam­po­co re­cuer­do ha­ber si­do es­pe­cial­men­te re­bel­de. Qui­zá ha ha­bi­do omi­sio­nes a la ho­ra de con­tar­lo to­do; pe­ro men­tir, nun­ca. Án­ge­la. Cuan­do de­ja­ron de ser pe­que­ños, de­jé de pre­gun­tar; así que no te­nían ne­ce­si­dad de men­tir. La úni­ca re­bel­día de Oli­via fue em­pe­zar muy rá­pi­do a ha­cer su vi­da; y, co­mo me pa­só igual, me sen­tí or­gu­llo­sa.

En­ton­ces, de “azo­tes a tiempo” ni ha­bla­mos, ¿no?

Án­ge­la. A mí no me han da­do nin­guno. Ni mi pa­dre ni mi ma­dre. No es­toy se­gu­ra de si a Mateo, que era muy travieso, le he da­do al­gún pe­que­ñí­si­mo azo­te; creo que no. Oli­via. Me ex­tra­ña mu­chí­si­mo, por­que no era el ti­po de edu­ca­ción que nos da­bas. Tú eras más de mi­rar­nos a los ojos y ha­blar. Nun­ca has ne­ce­si­ta­do dar­nos un azo­te y yo nun­ca lo he vis­to en ca­sa, con nin­guno.

¿Y al­gún cas­ti­go?

Oli­via. Tam­po­co. No me gus­ta, es­toy en con­tra. No com­par­to que te man­den al rin­cón de pen­sar, co­mo si pen­sar fue­se ma­lo. He­mos te­ni­do bron­cas y las se­gui­mos te­nien­do; y es muy sano, pe­ro sin cas­ti­gos ni azo­tes. Án­ge­la. ¡Có­mo vas a man­dar al rin­cón a un ni­ño! Si ne­ce­si­ta pen­sar, ya lo ha­rá, por­que sa­be que ha es­ta­do mal. To­do lo que es obli­ga­do no me gus­ta

¿Y ni un gri­to?

Án­ge­la. ¡Ah! De eso sí, yo soy muy gri­to­na; pe­ro lue­go soy muy dul­ce y bue­na [Ri­sas]. Oli­via. Yo no gri­to a mis hi­jos. La pa­cien­cia hay que cul­ti­var­la, so­bre to­do, cuan­do nos lle­van al lí­mi­te. Pue­do per­der los pa­pe­les pe­ro sin gri­tos, no soy na­da ex­ce­si­va.

Án­ge­la, ¿ha pa­sa­do al­gu­na no­che en ve­la por­que no lle­ga­ban? Án­ge­la. ¿Yo? ¡Qué va! Nun­ca.

CUAN­DO VI EL TI­PO DE MA­DRE QUE ERA OLI­VIA, ME DI­JE: “LO HE HE­CHO DIVINAMENTE”. ÁN­GE­LA MO­LI­NA

ES MUY FUER­TE QUE SE AL­QUI­LE UN VIEN­TRE Y SE ROM­PA EL VÍNCU­LO EN­TRE MA­DRE E HI­JO”. OLI­VIA MO­LI­NA

Oli­via. So­lo de­cías: “Hoy no duer­mo”. Y no ha­bía pre­gun­tas. Án­ge­la. Cuan­do uno ha vi­vi­do co­mo le ha da­do la ga­na, co­mo ha si­do mi ca­so, tie­nes que con­fiar en los otros.

¿Có­mo ve a Oli­via co­mo ma­dre?

Án­ge­la. Es me­jor que yo, lo veo con sus hi­jos. Ella tie­ne más pa­cien­cia de la que te­nía yo y lo ha­ce mu­chí­si­mo me­jor. Oli­via. [Ri­sas] He te­ni­do un buen ejem­plo. Án­ge­la. Cuan­do vi el ti­po de ma­dre que era Oli­via, me di­je: “Ya pue­do con­gra­tu­lar­me, por­que lo he he­cho divinamente”.

Án­ge­la, us­ted no de­jó de tra­ba­jar por te­ner hi­jos, pe­ro Oli­via pre­fi­rió to­mar­se un res­pi­ro. Oli­via. De­jé de tra­ba­jar por­que no que­ría per­der­me na­da de la ma­ter­ni­dad. Por ra­zo­nes vi­ta­les, me he vol­ca­do en la crian­za. Ha si­do un pri­vi­le­gio; lo he dis­fru­ta­do una bar­ba­ri­dad y me ha cu­ra­do mu­cho.

¿Vi­vió el tí­pi­co ba­jón des­pués del par­to?

Oli­via. ¡Na­da! He si­do muy leo­na y so­lo que­ría es­tar con mis hi­jos. A ca­da uno le he da­do el pe­cho un año y me­dio; que­ría man­te­ner ese víncu­lo tan es­tre­cho. En ese sen­ti­do, soy muy a la an­ti­gua y de par­to na­tu­ral, por­que es lo más trans­for­ma­dor. Án­ge­la. Yo fui igual con los pri­me­ros; pe­ro con Ma­ría so­lo pu­de dar el pe­cho un mes: no te­nía le­che su­fi­cien­te, era una abue­la.

¿Ven mal que se evi­te el do­lor del par­to?

Oli­via. A mí no me gus­ta que me anes­te­sien. No es un do­lor te­rri­ble, co­mo el de sa­car­te una mue­la. ¡So­mos ma­mí­fe­ras! No com­par­to ese mie­do al do­lor, no lo con­ci­bo; es más, pien­so que nos re­co­no­ce­mos a tra­vés del do­lor en el par­to. Án­ge­la. Yo tam­po­co me que­ría per­der ese do­lor, por­que es el víncu­lo con tu hi­jo. Quie­ro co­no­cer la vi­da co­mo Dios la ha he­cho y es­toy aquí pa­ra sa­ber có­mo es, no pa­ra que me pon­gan una dro­ga. Oli­via. Yo me to­mo una as­pi­ri­na cuan­do me due­le la ca­be­za y… Án­ge­la. ¡Pe­ro un hi­jo no es un do­lor!

¡Qui­zá es que di­la­tan rá­pi­do! [Ri­sas].

Án­ge­la. No, mi vi­da, nos cues­ta mu­cho. Nin­gu­na de mis pri­mas nos en­tien­de: son de epi­du­ral. Me­jor no com­pa­re­mos. Oli­via. ¡Es que nos gus­ta sen­tir que pa­ri­mos! Aun­que ca­da una es li­bre de de­ci­dir lo que quie­re, pa­ra mí es la ma­ne­ra trans­for­ma­do­ra en la que creo.

¿Re­cu­rri­rían a un vien­tre de al­qui­ler?

Án­ge­la. Ten­dría que ser otra per­so­na y en otra vi­da pa­ra sa­ber­lo. En mi vi­da ac­tual, ni lo con­tem­plo. Si no hu­bie­se po­di­do te­ner hi­jos, an­tes adop­to, por­que hay

LOS HI­JOS TE DAN LA PO­SI­BI­LI­DAD DE VOL­VER A VI­VIR LA VI­DA A TRA­VÉS DE ELLOS”. ÁN­GE­LA MO­LI­NA

mu­chos se­res que ne­ce­si­tan amor. Oli­via. Es res­pe­ta­ble que ca­da uno op­te por lo que desee, pe­ro a mí me im­pre­sio­na la idea: es muy fuer­te que se rom­pa el víncu­lo en­tre la mu­jer que lo ha te­ni­do y su hi­jo, y es muy fuer­te que se pa­gue por ges­tar­lo. Yo pre­fe­ri­ría an­tes la adop­ción.

Oli­via, ¿ten­drá cin­co hi­jos, co­mo su ma­dre?

Oli­via. No creo, es otro mo­men­to. Mis hi­jos es­tán en crian­za. No me lo plan­teo. Án­ge­la. Igual, vi­nien­do de don­de vie­nes, den­tro de unos años quie­res otro be­bé, y lue­go otro… por­que te ha­cen re­vi­vir. Los hi­jos te dan la po­si­bi­li­dad de vol­ver a vi­vir la vi­da a tra­vés de ellos.

¿Vol­ver a te­ner un hi­jo a los 48 años es una sor­pre­sa y una “bro­ma”? Án­ge­la. Pa­ra mí, no. El gi­ne­có­lo­go ha­bía

di­cho que era ca­si im­po­si­ble, pe­ro yo sa­bía que Ma­ría iba a ve­nir des­de que tu­ve a An­to­nio. Ca­da uno de mis hi­jos ha si­do so­ña­do, por­que lo he sen­ti­do; y muy que­ri­do, por­que mi cuer­po y mi al­ma me lo pe­dían. Y bus­ca­do, pe­ro na­tu­ral, sin tra­ta­mien­to. ¡To­do ha si­do úni­co!

Án­ge­la, tie­ne tres nie­tos [dos de Oli­via] y su­pon­go que es una abue­la en­tre­ga­da. Án­ge­la. To­tal­men­te, pe­ro es otro pla­cer. Mis nie­tos es­tán enamo­ra­dí­si­mos de su ma­dre y yo sé que ese lu­gar ya no lo ocu­po. Las abue­las es­ta­mos en otro plano. Oli­via. Mis hi­jos ado­ran a la abue­la, dis­fru­tan mu­cho cuan­do van a su ca­sa.

Án­ge­la se ha ca­sa­do dos ve­ces y Oli­via, nin­gu­na...

Án­ge­la. So­lo me he ca­sa­do una vez. Con el pa­dre de Oli­via tu­ve a mis tres hi­jos ma­yo­res, pe­ro no nos ca­sa­mos; aun­que pa­ra mí esa re­la­ción era sa­gra­da, ver­da­de­ra y per­fec­ta. Sin em­bar­go, mi ma­ri­do y yo qui­si­mos ca­sar­nos, por eso lo hi­ci­mos. Oli­via. La gen­te se po­ne muy pe­sa­da: qué cuan­do te casas, que si vas te­ner un hi­jo… ¡Qué pre­sión! Te quie­ren ha­cer creer que siem­pre te fal­ta al­go. Yo sien­to que ten­go un com­pro­mi­so muy hon­do con Ser­gio [Mur], he­mos crea­do una fa­mi­lia y los hi­jos son sa­gra­dos. Po­de­mos dis­cu­tir, pe­ro te­ne­mos un mis­mo mo­tor en la vi­da.

Án­ge­la, ¿có­mo lle­va ha­ber en­tra­do en los 60?

Án­ge­la. ¡Per­fec­ta­men­te! Ca­da edad tie­ne lo su­yo y yo quie­ro dis­fru­tar es­ta. Con to­do lo que he vi­vi­do, pa­re­ce que ten­go 80 años, el mi­la­gro es que so­lo ten­ga 62.

Pa­ra ter­mi­nar, ¿qué es­tán ha­cien­do en cues­tio­nes la­bo­ra­les?

Án­ge­la. Es­toy mon­tan­do una obra de tea­tro, Con­cier­to pa­ra un ol­mo, en la que me to­ca ser ár­bol [Ri­sas]. Es un cuen­to ma­ra­vi­llo­so que es­tre­na­mos el 6 de ma­yo en Cór­do­ba. Del res­to de los pro­yec­tos, no ha­blo has­ta que sean reali­dad. Oli­via. Yo es­toy de gira con Tris­ta­na, de Pé­rez Gal­dós, que es un re­ga­lo. He­mos te­ni­do una aco­gi­da ma­ra­vi­llo­sa por­que su dis­cur­so si­gue vi­gen­te: tra­ta de una mu­jer que gri­ta que no quie­re es­tar su­bor­di­na­da al hom­bre. Mien­tras ha­ya mal­tra­to, son ne­ce­sa­rias obras co­mo es­tas.

Án­ge­la lle­va ves­ti­do de cue­ro de Sal­va­to­re Fe­rra­ga­mo, y Oli­via, look de Cor­ta­na y pul­se­ra de Dihn Van.

La ac­triz lle­va mono con cin­tu­rón de Sy­bi­lla.

Oli­via, con tra­je de Theory y cin­tu­rón de Her­mès.

Oli­via, ves­ti­do de neo­preno y cin­tu­rón de Max Ma­ra, y pul­se­ra de Dihn Van. Án­ge­la, ves­ti­do de Sy­bi­lla.

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