EL MO­MEN­TO DE NAT­HA­LIE PO­ZA

Tras años de se­cun­da­rios de lu­jo y de bri­llar en el tea­tro, le ha lle­ga­do su mo­men­to. Un per­so­na­je devastado por la pér­di­da del pa­dre, que le ha va­li­do el premio a la me­jor ac­triz en el Fes­ti­val de Má­la­ga, y del que nos ha­bla en es­ta char­la, de la mano de

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sumario -

Vein­te años ha­ce ya que ro­dó su pri­mer cor­to. Y, des­de en­ton­ces, mu­chas pe­lí­cu­las le han da­do sa­tis­fac­cio­nes: Ju­lie­ta, Tru­man, La fla­que­za del bol­che­vi­que, Días de fút­bol, Lo me­jor de Eva... Pe­ro se­gu­ra­men­te, la que más ale­grías le ha pro­por­cio­na­do sea la úl­ti­ma: No sé de­cir adiós (ya en car­te­le­ra), que le ha va­li­do el premio a la me­jor ac­triz en el Fes­ti­val de Má­la­ga, don­de la pe­lí­cu­la tam­bién ga­nó la men­ción es­pe­cial del ju­ra­do, el premio al me­jor guión y el ga­lar­dón al me­jor ac­tor de re­par­to, pa­ra Juan Die­go. En No sé de­cir adiós, del di­rec­tor Lino Es­ca­le­ra, Nat­ha­lie Po­za se aden­tra en las com­ple­ji­da­des de una mu­jer per­di­da y vul­ne­ra­ble an­te la en­fer­me­dad. Un fil­me con­te­ni­do y aus­te­ro sobre el úl­ti­mo via­je ha­cia la muer­te de un pa­dre y las di­fi­cul­ta­des de la des­pe­di­da, que a la ac­triz po­dría lle­var­le, se­gún mu­chas qui­nie­las, a con­se­guir su pri­mer Go­ya. “Ha si­do el via­je más in­ten­so, pri­vi­le­gia­do y her­mo­so de mi ca­rre­ra. Yo tam­bién per­dí a mi pa­dre víc­ti­ma de un cán­cer y he pues­to to­da mi ex­pe­rien­cia, pa­sión y ga­nas en es­te per­so­na­je tan com­ple­to y di­fí­cil de en­con­trar”.

Mu­jer­hoy. Su per­so­na­je, Car­la, es una mu­jer dé­bil pe­ro fuer­te; cen­tra­da, pe­ro per­di­da… ¿Dan mie­do es­tos re­tos? Nat­ha­lie Po­za. Mi pri­me­ra reac­ción fue: “No me quie­ro me­ter ahí”. Pe­ro ha­bía algo que se pe­ga­ba a mi piel. Y yo que me reía de esa frase que di­cen: “Los per­so­na­jes te eli­gen por algo”... Lo pri­me­ro que hi­ce a la ho­ra de pre­pa­rar el pa­pel fue bus­car las di­fe­ren­cias en­tre Car­la y yo. Te­nía que con­ven­cer­me de que yo no soy ella y, a la vez, per­mi­tir­me el lu­jo de ha­cer lo que ella ha­ce. Tie­ne co­sas que yo no ten­go y se per­mi­te des­truir­se has­ta don­de quie­re, pa­ra ne­gar la muer­te has­ta don­de le da la ga­na. Es una ka­mi­ka­ze. Pe­ro con la muer­te no pue­de na­die. Es­ta pe­lí­cu­la es el via­je más ca­tár­ti­co que he he­cho pro­fe­sio­nal­men­te.

¿Lle­var el pe­so de la his­to­ria ha si­do una pre­sión aña­di­da en es­te ca­so?

En Ju­lie­ta, to­do el mun­do me pre­gun­ta­ba si no me da­ba mie­do te­ner so­la­men­te una se­cuen­cia, ir a ro­dar so­lo un día con Pe­dro Al­mo­dó­var. Creo que es más fá­cil ha­cer una pro­ta­go­nis­ta de es­tas ca­rac­te­rís­ti­cas, que tie­ne mu­chas aris­tas, que una so­la es­ce­na en la que te lo jue­gas to­do.

¿Di­ría que se sa­be me­jor el ca­mino cuan­do ha­ce un pa­pel pro­ta­go­nis­ta?

Bueno, el pri­mer día de ro­da­je sue­le ser un de­sas­tre. No co­no­ces al equi­po, quie­res te­ner el per­so­na­je per­fec­to y la sue­les ca­gar. Y a ve­ces te en­cuen­tras per­di­da, in­ten­tan­do con­tar algo con un guión que no es re­don­do. En es­te ca­so, no fue así. Co­mo de­cía Gi­na Row­lands: “El guión me le­yó a mí”. Car­la, mi per­so­na­je, ape­nas ha­bla cuan­do es­tá con su fa­mi­lia, hay mu­chos si­len­cios. Pe­ro en tres se­cuen­cias en las que es­tá ba­jo el efec­to de dis­tin­tas sus­tan­cias, ha­bla mu­cho y mues­tra su fra­gi­li­dad de una for­ma muy tor­pe pa­ra in­ten­tar ar­gu­men­tar sus he­ri­das. Esas es­ce­nas dan mu­chas pis­tas.

Cuan­do vio la pe­lí­cu­la, ¿se vio a sí mis­ma o vio a su per­so­na­je? La pri­me­ra vez me asus­té. “¿Esa soy yo?”, me pre­gun­té. Co­mo di­ce Isa­be­lle

“Por una vez, el guión de una pe­lí­cu­la me ha leí­do a mí”

Hup­pert: “Eres tú, pe­ro no eres tú”; es tu ca­ra, es tu cuer­po, es tu voz, pe­ro a la vez es­tás es­con­di­do. Es lo es­qui­zo­fré­ni­co de es­te ofi­cio. En es­ta pe­lí­cu­la tu­ve suer­te por­que el cás­ting es ex­qui­si­to, des­de Juan Die­go y Lo­la Due­ñas has­ta per­so­na­jes de una so­la es­ce­na. To­dos esos es­pe­jos me han da­do mi per­so­na­je. Cuan­do tie­nes al otro de­lan­te y se lo ofre­ces, de­jas de pen­sar en ti. Me es­tá pa­san­do lo mis­mo que en el tea­tro: cuan­do me ol­vi­do de mí se va el mie­do, yo des­apa­rez­co y me ocu­po de en­tre­gar.

Su pa­dre fa­lle­ció ha­ce unos años. ¿Su­po de­cir­le adiós?

A él le de­di­qué es­ta pe­lí­cu­la... Pe­ro creo que una nun­ca se des­pi­de co­mo hu­bie­ra que­ri­do. Al me­nos, me que­dé con ga­nas de ha­cer­lo de otra ma­ne­ra o de ha­ber te­ni­do otra re­la­ción. Siem­pre hay cuen­tas pen­dien­tes. Mi pa­dre vi­vió la Gue­rra Ci­vil y por eso no en­ten­día al­gu­nos de mis pro­ble­mas. “Si no pa­sas ham­bre, si te lo es­toy dan­do to­do ¿qué pue­de ir­te mal?”, de­cía. Ese cho­que ge­ne­ra­cio­nal, el no ha­ber si­do la hi­ja per­fec­ta o no ha­ber di­cho: “Te quie­ro”... siem­pre due­le.

To­do eso, ¿le ayu­dó a com­po­ner su per­so­na­je?

En­ten­dí muy bien ese do­lor. Creo que el su­fri­mien­to ac­to­ral es­tá in­fra­va­lo­ra­do. Ne­ce­si­tas du­das y mie­dos, y en to­dos los pro­ce­sos crea­ti­vos hay mo­men­tos de cri­sis. Pre­ci­sa­men­te, por­que ya te­nía su­pe­ra­dos to­dos esos lu­ga­res por los que ha pa­sa­do mi per­so­na­je, me da­ba mu­cha pe­re­za al prin­ci­pio. He vi­vi­do esa ex­pe­rien­cia y no me in­tere­sa­ba vol­ver. Pe­ro, gra­cias a que es­ta­ba le­jos, pu­de ver­lo con dis­tan­cia y de­fen­der la his­to­ria del per­so­na­je, que no es la pro­pia. Y cuan­do creía que se ha­bía aca­ba­do, lle­ga el di­rec­tor An­drés Li­ma y le ofre­ce un pa­pel en la obra tea­tral Sue­ño, don­de la muer­te del pa­dre vuel­ve a co­par­lo to­do. ¡Ahí es­ta­mos, en el Tea­tro de la Aba­día, en Ma­drid, has­ta el 18 de ju­nio! Me ape­te­cía mu­cho por­que An­drés se ha in­ven­ta­do algo que él llama trans­gé­ne­ro, y no so­lo por­que los hom­bres ha­cen de mu­je­res y las mu­je­res de hom­bres, sino por­que es tra­ge­dia y co­me­dia. Cuan­do crees que te vas a reír, apa­re­ce la amar­gu­ra y ahí bu­cea, en el lí­mi­te en­tre la son­ri­sa amar­ga y el des­pi­po­rre de una co­me­dia desata­da. Y sí, la es­cri­bió ba­sán­do­se en la muer­te de su pa­dre. Se­gún di­ce An­drés, es “una lo­cu­ra fes­ti­va que aca­ba en pi­co te­rro­rí­fi­co”.

¿Te­mió, en al­gún mo­men­to, que es­to nun­ca su­ce­die­ra, que no lle­ga­ra a vi­vir un mo­men­to do­ra­do co­mo es­te?

Ha­bía una par­te que sí lo creía, por­que siem­pre he si­do prag­má­ti­ca. Jo­sep Ma­ría Pou me de­cía an­tes de sa­lir a es­ce­na: “¡Nos los va­mos a co­mer con pa­ta­tas!”, co­mo gri­to de gue­rra. Y yo de­cía: “Bueno, o no”. Siem­pre me guar­do una po­si­bi­li­dad de que las co­sas no sal­gan, y creo que es sano. Aho­ra bien, vi­sua­li­zar las co­sas fun­cio­na. Fí­ja­te que me aca­ba de sa­lir una agen­te fran­ce­sa gra­cias a es­ta pe­lí­cu­la.

Y, gra­cias a es­te do­ble es­treno, en ci­ne y tea­tro, es­tá us­ted en ra­cha. Sí, la ver­dad es que me to­ca­ba. Sobre to­do, te­nía el an­he­lo de ha­cer, de con­tar algo con to­do lo que ten­go den­tro. Y se echa mu­cho de me­nos es­te ti­po de per­so­na­jes y es­ta su­ti­le­za en el tra­ba­jo.

¿Cree, co­mo afir­man otras ac­tri­ces, que hay es­ca­sez de bue­nos per­so­na­jes fe­me­ni­nos?

Creo que mu­chas ve­ces lo que fal­ta es que te den per­mi­so pa­ra pro­fun­di­zar. Hay mu­cha fic­ción lle­na de per­so­na­jes fe­me­ni­nos, pe­ro... ¿has­ta dón­de se pue­de lle­gar? ¿Has­ta dón­de le in­tere­sa al di­rec­tor, casi siem­pre un hom­bre? A ve­ces, el per­so­na­je que te dan es es­tu­pen­do, pe­ro no te de­jan ha­cer­lo se­gún de qué ma­ne­ra, o da mie­do que al­guien se ofen­da. He lle­ga­do a oír: “A ver si eso va a ser de­ma­sia­do ver­dad y no se va a en­ten­der”. Que man­da na­ri­ces.

¿Eso ocu­rre me­nos en el tea­tro?

“Cuan­do ac­túas, lo ha­ces con tu voz y tu cuer­po y, a la vez, es­tás es­con­di­da”. “Siem­pre me guar­do la po­si­bi­li­dad de que las co­sas no sal­gan. Creo que es sano”.

Sí. Aun­que lo ha­blo mu­cho con An­drés Li­ma: es­tá muy bien que en­sa­ye­mos, pre­pa­rar las co­sas, rein­ven­tar y fi­jar. ¿Pe­ro qué pa­sa si de­ja­mos algo sin ce­rrar y que la vi­da su­ce­da en es­ce­na? Hay una par­te del tra­ba­jo pre­vio que, una vez lle­gas al ro­da­je o al es­ce­na­rio, tie­nes que ol­vi­dar. No de­be­mos des­con­fiar de nues­tra ca­pa­ci­dad de pro­fun­di­za­ción.

La ac­triz lu­ce ves­ti­do de Ana Loc­king y sé­rum Neo­morp­ho­se Clar­té Fon­da­men­tal de Ca­ri­ta.

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