paz Ve­ga

Tras ha­cer una ca­rre­ra nó­ma­da e ins­ta­la­da de nue­vo en Madrid, ini­cia una eta­pa lle­na de desafíos. El pri­me­ro, en­car­nar a una re­li­gio­sa en gue­rra con­tra el nar­co­trá­fi­co. Por B. Na­va­zo / Fotos: Cristina López

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - De Cerca -

En­tre la Fe­ria de Abril y Gran Pre­mio de mo­to­ci­clis­mo de Je­rez, la ac­triz no ha pa­ra­do ni un se­gun­do del fin de se­ma­na. Pe­ro las po­cas ho­ras de sue­ño no im­pi­den que acu­da hi­per­pun­tual a nues­tra ci­ta. A primera ho­ra de la ma­ña­na del lu­nes, Paz Ve­ga es­tá be­llí­si­ma. Tie­ne esa ma­ne­ra en­vi­dia­ble de es­tar ago­ta­da que re­cuer­da a la Holly Go­lightly [Au­drey Hep­burn] re­cién le­van­ta­da de Desa­yuno con dia­man­tes. Es co­mo si el gla­mour le na­cie­ra de den­tro. Dos dé­ca­das de pro­fe­sión y 40 tí­tu­los de ci­ne y te­le­vi­sión en es­pa­ñol, in­glés, fran­cés, ita­liano y has­ta en ru­so, la han cur­ti­do pa­ra so­me­ter a cual­quier cá­ma­ra a su an­to­jo, so­lo con la in­ten­si­dad de su mi­ra­da. Ins­ta­la­da de­fi­ni­ti­va­men­te en Madrid con su ma­ri­do, Orson Salazar, y sus tres hi­jos, va y vie­ne cum­plien­do con sus com­pro­mi­sos de tra­ba­jo a los dos la­dos del Atlán­ti­co. En Es­pa­ña tie­ne dos pro­yec­tos te­le­vi­si­vos que arran­ca­rán en los pró­xi­mos me­ses; en no­viem­bre su agen­da es­tá re­ser­va­da pa­ra la se­gun­da tem­po­ra­da de The OA, la se­rie de mis­te­rio y cien­cia fic­ción pa­ra Net­flix que se ro­da­rá en­tre Los Án­ge­les y San Fran­cis­co; y tam­bién re­to­ma­rá en México la ter­ce­ra tem­po­ra­da de La her­man­dad. De mo­men­to, ya po­de­mos ver­la ca­da se­ma­na en Per­dó­na­me, se­ñor, la se­rie que es­tre­na Te­le­cin­co. Una tru­cu­len­ta his­to­ria de amor y nar­co­trá­fi­co en la que in­ter­pre­ta a una mon­ja, la her­ma­na Lu­cía.

Mu­jer­hoy. En la se­rie es una re­li­gio­sa con pis­to­la…

Paz Ve­ga. El pe­li­gro y el te­ma del nar­co­trá­fi­co es­tán muy pre­sen­tes en la tra­ma y afec­tan di­rec­ta­men­te a su fa­mi­lia.

OJA­LÁ SER MA­DRE FUE­RA CO­MO PO­NER­SE UN TRA­JE. PE­RO NO, UNA ES LA MA­DRE QUE PUE­DE

Tan­to, que ella, en con­tra de sus prin­ci­pios, se ve obli­ga­da a em­pu­ñar un ar­ma. Si lle­ga a dis­pa­rar­la o no, lo ve­re­mos. Pe­ro es­tá al lí­mi­te des­de el prin­ci­pio…

¿Por la fa­mi­lia so­mos ca­pa­ces de to­do?

Sí, yo co­mo ma­dre lo en­tien­do. ¡Qué no ha­ría si vie­ra a al­guno de mis hi­jos en pe­li­gro! ¡Da­ría bo­ca­dos co­mo una ca­ní­bal!

Hay un trasfondo so­cial en la se­rie: la cri­sis, el des­em­pleo… Eso es par­te fun­da­men­tal de la tra­ma. Bar­ba­te, co­mo otros mu­chos pue­blos y ciu­da­des de Es­pa­ña, se ha vis­to afec­ta­do por la cri­sis, pe­ro es un pue­blo ma­ra­vi­llo­so, con un en­torno na­tu­ral pri­vi­le­gia­do que nos ha per­mi­ti­do crear una his­to­ria vi­sual muy po­ten­te. Y la gen­te se en­tre­gó en cuer­po y al­ma al ro­da­je. Ellos son los que le han da­do rea­lis­mo a la se­rie. Ade­más, nos han da­do mu­cho ca­ri­ño. Allí, en la no­che de San Juan, que­man una fa­lla que re­pre­sen­ta lo más im­por­tan­te que ha su­ce­di­do en el pue­blo y el año pa­sa­do hi­cie­ron una que éra­mos Stany [Cop­pet, su co­pro­ta­go­nis­ta] y yo ves­ti­da de mon­ja.

¿Le preo­cu­pa la fal­ta de ho­ri­zon­te pa­ra los jó­ve­nes que tam­bién se re­tra­ta en la se­rie?

Pues cla­ro, y es que ade­más lo que pa­sa en Bar­ba­te pa­sa en Madrid y pa­sa en Los Án­ge­les. Nuestros problemas tam­bién los tie­nen en EE.UU. Hay una de­s­es­pe­ran­za ab­so­lu­ta de la gen­te jo­ven en ge­ne­ral en el mun­do en­te­ro. Es un desa­so­sie­go glo­bal que no tu­vi­mos, por ejem­plo, en mi ge­ne­ra­ción. No­so­tros veía­mos el futuro co­mo al­go ma­ra­vi­llo­so, lleno de opor­tu­ni­da­des. Aho­ra to­do pa­re­ce im­po­si­ble. Yo soy ma­dre de tres hi­jos, có­mo no me va a preo­cu­par.

¿Y es­tá pre­pa­ra­da pa­ra una ado­les­cen­cia mul­ti­pli­ca­da por tres?

Den­tro de po­co, mi hi­jo ma­yor ten­drá su gru­po de ami­gos y que­rrá em­pe­zar a ha­cer pla­nes, a ir al ci­ne, a te­ner su po­qui­to de in­de­pen­den­cia… Por eso nos pa­re­ció buen mo­men­to pa­ra vol­ver a Es­pa­ña. Aquí hay tra­di­cio­nes y cos­tum­bres co­mo la Fe­ria, la Se­ma­na San­ta, el re­unir­se el do­min­go pa­ra ir al fút­bol, que me pa­re­ce que son muy sa­nas pa­ra te­ner una ado­les­cen­cia nor­mal. En EE.UU. la fal­ta de esa vi­da so­cial pue­de traer mu­chos problemas.

¿Es us­ted la ma­dre que so­ña­ba ser?

¡Oja­lá pu­die­ra! Me en­can­ta­ría po­der de­cir: “Hoy soy una mo­der­na que pa­sa de to­do; hoy una más tra­di­cio­nal que ha­ce tal...”. Oja­lá fue­ra co­mo po­ner­se un tra­je ca­da ma­ña­na. Pe­ro no, no, qué va, una es la ma­dre que le sa­le o pue­de en ca­da mo­men­to. Hay que ir so­bre la mar­cha, un po­co im­pro­vi­san­do siem­pre des­de el amor, pe­ro es un apren­di­za­je con­ti­nuo.

¿Es muy di­fe­ren­te Holly­wood a la ima­gen que te­ne­mos?

Muy dis­tin­to. Yo me he en­con­tra­do en el su­per­mer­ca­do a mu­chí­si­ma gen­te en chán­dal que no te lo po­drías ima­gi­nar, que no los re­co­no­ce­rías, em­pu­jan­do su ca­rri­to… Holly­wood tie­ne esa apa­ren­te per­fec­ción que lo que bus­ca es crear la ilu­sión y la ma­gia, pe­ro de­trás de to­do eso hay mu­cho tra­ba­jo y vi­das bas­tan­te co­rrien­tes. Mu­cha gen­te se de­cep­cio­na­ría si fue­ra a un ro­da­je pa­ra co­no­cer a su mi­to.

¿Tan­to?

Es que na­da es lo que pa­re­ce, to­do es de car­tón pie­dra, cuan­do ves que, en lu­gar de caer por un pre­ci­pi­cio, caes en una col­cho­ne­ta co­cham­bro­sa… Tie­ne un pun­to ri­dícu­lo y, a la vez, muy di­ver­ti­do que a mí me en­can­ta. De to­do lo que im­pli­ca mi tra­ba­jo, lo que más me gus­ta es el set de ro­da­je. Me fas­ci­na.

LOS JÓ­VE­NES VI­VEN UN DESA­SO­SIE­GO GLO­BAL QUE NO TU­VO MI GE­NE­RA­CIÓN. TO­DO PA­RE­CE IM­PO­SI­BLE”.

¿Qué es el éxi­to pa­ra us­ted?

Yo, lo que siem­pre qui­se, por en­ci­ma de to­do, era for­mar una fa­mi­lia, así que mi ver­da­de­ro éxi­to es ha­ber­lo con­se­gui­do.

¿Y sus hi­jos lle­van bien lo de la ma­dre

ce­le­brity? Aho­ra ya lo tie­nen más cla­ro, pe­ro an­tes me pre­gun­ta­ban: “Ma­má, ¿tú eres fa­mo­sa?”. Y yo siem­pre les ex­pli­ca­ba: “No, yo soy ac­triz y por eso me co­no­ce la gen­te”. Quie­ro que eli­mi­nen de su vo­ca­bu­la­rio la pa­la­bra “fa­mo­so”, que no me gus­ta na­da. A ve­ces los ni­ños creen que es una pro­fe­sión y di­cen: “Yo quie­ro ser fa­mo­so”. ¿Pe­ro fa­mo­so por qué?

¿Cuán­to le im­por­ta lo que pien­sen los de­más?

Re­la­ti­va­men­te. Soy ac­triz y co­mo tal me de­bo a un pú­bli­co, así que es im­por­tan­te sa­ber qué opi­na ese pú­bli­co. Otra co­sa es que me afec­te. Las crí­ti­cas hay que es­cu­char­las por­que al­go de ra­zón siem­pre tie­nen, pe­ro so­mos có­mi­cos, pa­ya­sos... En el fon­do no es tan im­por­tan­te lo que ha­ce­mos, yo no le es­toy sal­van­do la vi­da a na­die a co­ra­zón abier­to.

Sé que que­dó im­pac­ta­da por la pe­lí­cu­la ¿Por qué?

La la land. Me to­có hon­do, sí, por­que me vi re­fle­ja­da en mu­chas co­sas. En especial, me sen­tí iden­ti­fi­ca­da con el per­so­na­je de Emma Sto­ne y con la pa­re­ja de pro­ta­go­nis­tas. Me emo­cio­nó ese fi­nal, cuan­do él ima­gi­na qué hu­bie­ra pa­sa­do si le hu­bie­ra da­do el be­so. A mí, mi ma­ri­do sí me dio el be­so y, afor­tu­na­da­men­te, se vino con­mi­go. Siem­pre me apo­yó, y cuan­do yo me ve­nía aba­jo él es­ta­ba ahí. Eso me emo­cio­na.…

MI MA­RI­DO HA HE­CHO UN SA­CRI­FI­CIO DE EN­TRE­GA TO­TAL A MI PRO­YEC­TO, A NUES­TRO PRO­YEC­TO”.

Se le han lle­na­do los ojos de lá­gri­mas…

Sí, por­que lo pien­so y me doy cuen­ta de la mag­ni­tud de lo que él ha he­cho. Es muy di­fí­cil lle­gar a una ciu­dad co­mo Los Án­ge­les; pe­ro so­la, sin el apo­yo de una pa­re­ja, tie­ne que ser muy muy jo­di­do.

15 años jun­tos de­be de ser ca­si un ré­cord en Holly­wood. ¿Por qué es tan di­fí­cil que las pa­re­jas so­bre­vi­van al es­tre­lla­to? No sé si es que so­mos una pa­re­ja atí­pi­ca, no lo sé. En­tre no­so­tros no hay problemas de egos, ni de agen­das afor­tu­na­da­men­te, he­mos po­di­do vi­vir jun­tos y criar a nuestros hi­jos, por­que él ha he­cho un sa­cri­fi­cio de en­tre­ga to­tal a mi pro­yec­to, a nues­tro pro­yec­to. Eso no lo ha­ce ca­si na­die.

A sus 41 años, ¿cree que la ima­gen di­ce mu­cho de no­so­tros? ¿Qué di­ce la su­ya? ¡Cla­ro que la ima­gen ha­bla de uno! La mía su­pon­go que di­ce que es­toy muy tran­qui­la y muy fe­liz con lo que ten­go, que me sien­to bien, que no ten­go que usar el pe­lo ni otras ar­mas pa­ra na­da, que mi ar­ma de se­duc­ción soy yo mis­ma.

Pe­ro tam­bién ten­drá sus tru­qui­tos…

¡Sí! Pa­ra mí es fun­da­men­tal, por ejem­plo, pro­te­ger la piel del sol, tan­to en in­vierno co­mo en ve­rano. Aho­ra que lle­ga el buen tiem­po soy ob­se­si­va. Sen­si­lis, por ejem­plo, ha sa­ca­do la ga­ma Sun Se­cret que es maravillosa. Los acei­tes se­cos pa­ra la piel, el pro­tec­tor flui­do de ca­ra de pro­tec­ción 50... Con eso ya no ne­ce­si­tas más y eso que ten­go la piel muy se­ca. Lo del sol es muy eu­ro­peo, y es un pro­ble­món. Yo pre­fie­ro es­tar blan­qui­ta o co­ger un co­lor­ci­to sua­ve, pe­ro siem­pre pro­te­gién­do­me.

Sé que tie­ne ga­nas de pro­du­cir sus pro­pios pro­yec­tos. ¿Cuá­les son los te­mas que le in­tere­san? To­das mis his­to­rias son de denuncia, to­das sa­len de no­ti­cias rea­les y sue­len ser muy du­ras. Por eso es muy im­por­tan­te pla­ni­fi­car có­mo ha­cer que “en­tre” de otra ma­ne­ra lo que a prio­ri es muy se­co, muy du­ro y muy os­cu­ro. Tam­bién quie­ro ha­cer tea­tro, y es­toy le­yen­do ya co­sas pa­ra po­ner en mar­cha.

No se le ve nin­gu­na in­ten­ción de pa­rar…

No creas, en al­gún mo­men­to, no sé en cuál, sí que ten­go ga­nas de te­ner un año sa­bá­ti­co. Ten­go una in­quie­tud de es­cri­bir que nunca he desa­rro­lla­do. Pe­ro es im­po­si­ble ha­cer­lo mien­tras es­toy tra­ba­jan­do, via­jan­do y crian­do a tres ni­ños. Yo soy muy mul­ti­task, ha­go mil co­sas a la vez, pe­ro pa­ra al­gu­nas ne­ce­si­to una con­cen­tra­ción to­tal. Ad­mi­ro a la gen­te que se lle­va un li­bro al ro­da­je y apro­ve­cha los ra­tos muer­tos pa­ra leer, yo no pue­do. Pa­ra es­cri­bir ne­ce­si­ta­ría es­tar cen­tra­da y sin dis­trac­cio­nes. Pe­ro es di­fí­cil de­cir que no a pro­yec­tos in­tere­san­tes y en­con­trar el mo­men­to de pa­rar.

Paz Ve­ga lle­va mono y cin­tu­rón de Elie Saab.

Ves­ti­do y cha­que­ta de Her­mês y san­da­lias de Pu­ra López.

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