EDURNE URIAR­TE

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Entre Nosotras - www.mu­jer­hoy.com

DE RE­PEN­TE,

al­go lla­mó mi aten­ción en la me­sa de uno de mis alum­nos du­ran­te una cla­se de es­te cur­so. Pa­re­cía un vie­jo dic­cio­na­rio y me sor­pren­dió gra­ta­men­te que aún per­du­ra­ran los dic­cio­na­rios de pa­pel. In­te­rrum­pí la cla­se pa­ra ave­ri­guar­lo y, de pa­so, ha­cer una in­cur­sión en un te­ma di­fe­ren­te, lo que a ve­ces prac­ti­co pa­ra rom­per la mo­no­to­nía y mos­trar a mis es­tu­dian­tes el in­te­rés de otros cam­pos apa­ren­te­men­te aje­nos a los po­li­tó­lo­gos. Pe­ro no era un dic­cio­na­rio, era una agen­da con for­ma de vie­jo dic­cio­na­rio, lo que me asom­bró to­da­vía más. ¿Aún uti­li­za­ban agen­das de pa­pel? Cuan­do yo ha­bía su­pues­to que to­dos ha­bían su­cum­bi­do a las agen­das del te­lé­fono y so­lo unos cuan­tos ve­te­ra­nos se­guía­mos aman­do las agen­das de pa­pel. Na­da más le­jos de la reali­dad, por­que una bue­na par­te de mis alum­nos, así me lo con­ta­ron, usan agen­das de pa­pel. Jus­to unos días des­pués, su­pe por un ar­tícu­lo de Ele­na de los Ríos en es­ta re­vis­ta que se han pues­to de mo­da los bu­llet jour­nals, agen­das ar­te­sa­na­les con las que tam­bién los jó­ve­nes man­tie­nen la cos­tum­bre y el pla­cer de la es­cri­tu­ra. Y pen­sé que da­mos por su­pues­tos cam­bios que no se han pro­du­ci­do, que los jó­ve­nes no son tan di­fe­ren­tes de no­so­tros a su edad. Tam­po­co en­ton­ces éra­mos to­dos aman­tes de la es­cri­tu­ra, de los cua­der­nos be­llos, de los bo­lí­gra­fos de co­lo­res y de las plu­mas. Tam­po­co lo son to­dos aho­ra, pe­ro son mu­chos más de los que su­po­ne­mos. Ellos, co­mo no­so­tros, com­bi­nan las nue­vas tec­no­lo­gías con el amor por la be­lle­za de un cua­derno ar­te­sa­nal y por el pla­cer de la es­cri­tu­ra. Y no des­tru­yen el pa­sa­do, sino que lo trans­for­man.

ESE MIS­MO ALUMNO

de la agen­da ar­te­sa­nal vol­vió a sor­pren­der­me se­ma­nas des­pués, cuan­do acu­dió a la re­vi­sión de su ejer­ci­cio es­cri­to, a pe­sar de ha­ber ob­te­ni­do un nue­ve en la asig­na­tu­ra. “Es que mis ami­gos y yo he­mos he­cho una apues­ta pa­ra ver quién ob­tie­ne las me­jo­res no­tas y te­nía que ha­ber sa­ca­do una ma­trí­cu­la de ho­nor”, me di­jo. Aún se­guía con la bo­ca abier­ta por ese es­pí­ri­tu de su­pera­ción, cuan­do le en­se­ñé el ejer­ci­cio y las dos pre­gun­tas en las que ha­bía per­di­do el pun­to, y en lu­gar de in­ten­tar con­ven­cer­me de que no es­ta­ban tan re­gu­lar, me di­jo que, en efec­to, eran jus­ta­men­te las dos don­de te­mió ha­ber fa­lla­do na­da más sa­lir del exa­men. Qui­zá se me­re­cía el 10 –que, por su­pues­to, no me pi­dió–, por esa ac­ti­tud de res­pon­sa­bi­li­dad, pe­ro hi­ce ca­so omi­so de la ten­ta­ción, pre­ci­sa­men­te por lo exi­gen­te que mi alumno es con­si­go mis­mo. Y vol­ví a pen­sar que ellos no son tan di­fe­ren­tes de no­so­tros y que no es cier­ta, por ejem­plo, esa teo­ría pe­si­mis­ta de que los jó­ve­nes de aho­ra estudian y sa­ben me­nos que los de an­tes. Me acuer­do de mis com­pa­ñe­ros de en­ton­ces, que pa­sa­ban la cla­se en el bar, y pien­so en mi alumno con­tra­ria­do por­que no al­can­zó el 10. Y en su be­lla agen­da de pa­pel, co­mo la mía.

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