“Siem­pre he tra­ta­do mi cuer­po con una gran li­ber­tad”

Tras su di­vor­cio de Vin­cent Cas­sel su mun­do se rom­pió en pe­da­zos. Pe­ro aho­ra vuel­ve al ci­ne, di­ri­gi­da por Emir Kus­tu­ri­ca, con una his­to­ria de amor, su­rrea­lis­ta y lu­mi­no­sa, que le ha ayu­da­do a cu­rar sus he­ri­das. Por Dany Ju­caud

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - De Cerca -

Sí, si­gue sien­do la mis­ma. Y sin em­bar­go, ella ase­gu­ra que al­go muy pro­fun­do ha cam­bia­do. El pun­to de in­fle­xión fue su di­vor­cio ha­ce tres años de Vin­cent Cas­sel, el ac­tor fran­cés con el que tie­ne dos hi­jas y con el que ha­bía com­par­ti­do ca­si dos dé­ca­das de su vi­da... aun­que ca­si siem­pre en ciu­da­des se­pa­ra­das. Mar­ca­da por su im­pac­tan­te be­lle­za des­de los ini­cios de su ca­rre­ra co­mo mo­de­lo, la que fue­ra la úni­ca chi­ca Bond con más de 50 años es­tre­na aho­ra (el 14 de ju­lio) En la vía lác­tea, el es­pe­ra­do re­gre­so del ser­bio Emir Kus­tu­ri­ca a la dirección con una fá­bu­la de amor ma­du­ro y tris­te en ple­na gue­rra de los Bal­ca­nes. “Ado­ro el ci­ne –di­ce Be­lluc­ci– Soy una de esas per­so­nas que pien­san que cier­tas pe­lí­cu­las pue­den cam­biar nues­tro des­tino, dán­do­nos res­pues­tas a co­sas que no la te­nían.

Mu­jer­hoy. ¿Co­mo cua­les? Mo­ni­ca Be­lluc­ci. Por

ejem­plo Gen­te co­rrien­te, de Ro­bert Red­ford, o Ame­ri­can Beauty, que, ca­da una a su ma­ne­ra, tra­tan so­bre la lo­cu­ra co­ti­dia­na. mu­chas co­sas a no­so­tros mis­mos pa­ra so­bre­vi­vir. Siem­pre me di­go que na­da ocu­rre por ac­ci­den­te. So­lo po­de­mos evo­lu­cio­nar de ver­dad a tra­vés de las cri­sis per­so­na­les.

¿Es lo que le pa­só tras su di­vor­cio de Vin­cent Cas­sel?

Sí. En aquel mo­men­to, me en­con­tra­ba com­ple­ta­men­te per­di­da. To­do lo que ha­bía cons­trui­do ha­bía vo­la­do en pe­da­zos de un día pa­ra otro. Tras una re­la­ción de ca­si 20 años, me veía obli­ga­da a re­cons­truir mi vi­da. No era na­da fá­cil. Con ese es­ta­do de áni­mo me em­bar­qué en la aven­tu­ra de En la vía lác­tea, de Emir Kus­tu­ri­ca, que du­ró cua­tro años. Pa­ra te­ner una vi­da tran­qui­la, pa­ra sim­ple­men­te so­bre­vi­vir, sin más, pa­ra no sufrir, po­de­mos ocul­tar al­gu­nas co­sas y so­lo ver las que son be­llas, has­ta el día en el que nos da­mos cuen­ta.

¿Qué hi­zo us­ted en ese ca­so?

Lim­pie­za. Se pue­de ha­cer un lar­go re­co­rri­do con al­guien y dar­se cuen­ta un día de que ese via­je ya no es po­si­ble por­que ha lle­ga­do el mo­men­to de que ca­da uno re­to­me su pro­pio ca­mino. Mi ca­pa­ci­dad pa­ra so­bre­vi­vir es más fuer­te que la des­truc­ción. El des­per­tar, pa­ra mí, fue muy do­lo­ro­so, pe­ro fantástico.

¿Por qué le cos­tó tan­to dar­se cuen­ta de que ha­bía lle­ga­do el mo­men­to de cam­biar de vi­da?

¡Por­que no soy una má­qui­na! Por lo ge­ne­ral, me fío de mi ins­tin­to, aun­que pue­do equi­vo­car­me, cla­ro es­tá. Son nues­tra fra­gi­li­dad y nues­tro aban­dono en el amor y la amis­tad los que nos ha­cen se­res hu­ma­nos. Mi sis­te­ma de de­fen­sa es­tu­vo anes­te­sia­do du­ran­te años. No cul­po de ello a na­die, pe­ro, de pron­to, em­pe­cé a du­dar de mí mis­ma. Cuan­do

EL DES­PER­TAR TRAS EL DI­VOR­CIO FUE MUY DO­LO­RO­SO, PE­RO TAM­BIÉN FANTÁSTICO”.

te han des­trui­do, per­do­nar es la úni­ca ma­ne­ra en que pue­des cu­rar­te. Soy ple­na­men­te cons­cien­te de que la vi­da me ha mi­ma­do mu­cho, pe­ro, en mi co­ra­zón, soy co­mo to­do el mun­do. res­pues­ta. Ni en mi ca­so, ni en el de los de­más. Lo que sí sé, sin em­bar­go, es que, cuan­do se es ac­triz, ade­más de la pro­pia vi­da, uno car­ga tam­bién con su ar­te y es es­to lo que nos ha­ce frá­gi­les. Pe­ro, ¿dón­de es­tá el lí­mi­te? Ac­tri­ces ma­ra­vi­llo­sas co­mo Romy Sch­nei­der, Jean Se­berg o Ma­rilyn nos han mos­tra­do has­ta qué pun­to es di­fí­cil ha­cer esa se­pa­ra­ción.

En la pe­lí­cu­la que aho­ra es­tre­na, En la vía lác­tea, al igual que en la se­rie Mo­zart in the jun­gle, don­de in­ter­pre­ta a una can­tan­te de ópe­ra, pa­re­ce que la be­lle­za ya no es tan im­por­tan­te co­mo en sus an­te­rio­res pa­pe­les. “Soy la hi­ja que fui y que ya no soy”. Es­ta es una de las frases que di­go en la pe­lí­cu­la de Kus­tu­ri­ca. En es­te mo­men­to ten­go 52 años. Soy to­tal­men­te cons­cien­te de que ya no ten­go el fí­si­co que te­nía en mis pri­me­ras pe­lí­cu­las. Soy otra mu­jer. La be­lle­za nos pro­te­ge, pe­ro tam­bién po­de­mos te­ner ga­nas de desgarrarla en al­gu­nos mo­men­tos. Men­ti­ría si di­je­ra que me gus­ta ir ha­cia la ve­jez y la muer­te. Pe­ro in­ten­to ne­go­ciar la lle­ga­da de ese gi­ro vi­tal con in­te­li­gen­cia. La ve­jez no es un fin en sí mis­mo, pe­ro las mar­cas del tiem­po no me mo­les­tan.

LA BE­LLE­ZA TE PRO­TE­GE, PE­RO A VE­CES TAM­BIÉN PUE­DES TE­NER GA­NAS DE DESGARRARLA”.

¿In­clu­so cuan­do las per­ci­be en los hom­bres?

Cuan­do era más jo­ven,

era muy sen­si­ble al fí­si­co y la be­lle­za. Siem­pre sa­lía con hom­bres de mi edad, a ser po­si­ble gua­pos. Hoy, pien­so que un hom­bre que tie­ne arrugas es más in­tere­san­te, las mar­cas del tiem­po en su ca­ra y en su cuer­po me gus­tan. Por­que lo que le ha­ce sexy es lo que ha vi­vi­do. A tra­vés de las arrugas del cuer­po, se per­ci­be me­jor el al­ma. Lo que pre­ci­sa­men­te me gus­ta en la pe­lí­cu­la de Kus­tu­ri­ca es que cuen­ta la his­to­ria de amor de dos per­so­nas que ya no son tan jó­ve­nes.

¿Có­mo vi­ve su sen­sua­li­dad a los 52 años?

Siem­pre he tra­ta­do mi cuer­po con una gran li­ber­tad, con­vir­tién­do­lo des­de muy pron­to en un ob­je­to de tra­ba­jo. Tu­ve la suer­te de ins­pi­rar a los crea­do­res, tan­to en el mun­do de la mo­da co­mo del ci­ne. Ven­go de un país, Ita­lia, en el que la sen­sua­li­dad se res­pi­ra en el aire, don­de los cuer­pos ha­blan sin pa­la­bras. Fran­cia me hi­zo des­cu­brir otra for­ma de fe­mi­ni­dad, más su­til. Y com­pren­dí que el amor y la sen­sua­li­dad es­ta­ban li­ga­dos a la ener­gía, no a la edad.

UN HOM­BRE ES SEXY POR LO QUE HA VI­VI­DO. A TRA­VÉS DE LAS ARRUGAS DE UN CUER­PO SE PER­CI­BE ME­JOR EL AL­MA”.

¿Exis­te hoy al­gún hom­bre en su vi­da?

Sí, pe­ro no voy a de­cir más. Ne­ce­si­to guar­dar en pri­va­do al­gu­nas co­sas. Ya he si­do ama­da an­tes, pe­ro no siem­pre es­ta­ba pre­pa­ra­da pa­ra re­ci­bir ese amor. Du­ran­te mu­cho tiem­po, me pa­re­cían in­tere­san­tes las re­la­cio­nes de fuer­za. Hoy, bus­co otra co­sa. He en­tra­do en una nue­va fa­se de mi vi­da, más en paz.

¿Qué cam­bios im­pli­ca eso?

En el mo­men­to de mi di­vor­cio, en 2013, el pa­dre de mis hi­jas se que­dó en Bra­sil. Yo es­co­gí vi­vir en Pa­rís. Com­pré el año pasado una ca­sa en Lis­boa y me gus­ta­ría mu­cho ins­ta­lar­me allí. Esa ciu­dad tie­ne una per­so­na­li­dad a la vez in­ter­na­cio­nal y pro­vin­cia­na que me gus­ta mu­cho. Se­ría fantástico pa­ra mis hi­jas, por­que allí la vi­da es más tran­qui­la.

¿Có­mo edu­ca a sus hi­jas?

Si soy ca­paz de ser una bue­na ma­dre, lo que es­pe­ro, y de dar amor a mis hi­jas, es por­que mi ma­dre mi dio mu­cho amor a mí. Mis pa­dres eran muy jó­ve­nes cuan­do na­cí, mi ma­dre te­nía ape­nas 20 años. Ya lo he con­ta­do mu­chas ve­ces, soy el pro­duc­to de un pa­dre ateo y de una ma­dre ca­tó­li­ca que cree que la fal­ta de dis­ci­pli­na de mis hi­jas pro­vie­ne del he­cho de que no han si­do bau­ti­za­das. Los que pien­san que pa­ra vi­vir hay que crear po­lé­mi­cas sin ce­sar y es­tar sis­te­má­ti­ca­men­te con­tra las re­glas se arries­gan a ser to­da su vi­da unos ado­les­cen­tes. Tu­ve la suer­te de que nun­ca hu­bie­ra prohi­bi­cio­nes en mi ca­sa. Me die­ron mu­cha li­ber­tad. Y si no me la da­ban, me la to­ma­ba yo.

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