LAS EDA­DES DEL BA­ÑA­DOR

La es­cri­to­ra Pa­lo­ma Bra­vo ha­ce un re­co­rri­do emo­cio­nal y vi­tal por las pren­das que han mar­ca­do sus ve­ra­nos. Ba­ña­do­res en trán­si­to ha­cia el se­pia, fo­to­gra­fías y piel des­nu­da de (to­das) nues­tras vi­das.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sumario -

1 año DES­NU­DOS

So­mos mu­chos her­ma­nos. Más pri­mos. No re­cuer­do que na­die exi­ja un mo­de­lo con­cre­to de tra­je de ba­ño. Tam­po­co re­cuer­do la ex­pre­sión “tra­je de ba­ño” has­ta mu­chos años des­pués. Una mar­que­sa me ex­pli­có que los “ba­ña­do­res” eran los se­ño­res que te me­tían en el mar y te sa­ca­ban. “¿A quién?”, le pre­gun­té. “A no­so­tros”, me di­jo. Que­ría de­cir los ri­cos. Yo qui­se

en­ten­der los pe­re­zo­sos. Da igual: se­gui­mos en esos primeros ve­ra­nos sin di­fe­ren­cias, ni de se­xo ni de cla­se so­cial. Des­nu­dos. Con cu­bos, pa­las y fan­tas­mi­kos. Olía­mos a Ni­vea y a No­ci­lla. Mi ma­dre di­ce que tie­ne cua­tro hi­jos úni­cos, y a ca­da uno nos re­ga­la nues­tros mi­mos. Nos ba­ña y nos arre­gla por tur­nos, a los cua­tro nos en­can­ta ese mo­men­to de la du­cha y el af­ter­sun, cuan­do ella se apli­ca en pu­lir nues­tra me­jor ver­sión. Al ano­che­cer, lim­pios y pei­na­dos, im­pe­ca­bles du­ran­te cin­co mi­nu­tos, sa­ca­mos los ba­lo­nes y ju­ga­mos en­tre pal­me­ras.

5 años BA­ÑA­DOR RO­JO

To­das las bra­gui­tas son ro­sas y/o tie­nen la­zos; las des­car­ta­mos y mi ma­dre en­cuen­tra un ba­ña­dor ro­jo lleno de so­les cla­ri­tos. Ten­go la tri­pa blan­ca sal­pi­ca­da de so­les mo­re­nos. Lle­vo dos co­le­tas. Ten­go una cá­ma­ra de fotos y sue­ño con ser fo­tó­gra­fa, pe­ro me da pe­re­za en­fo­car. Dis­pa­ro sin pen­sar. Ya soy in­cons­tan­te e irre­fle­xi­va. Me pe­leo con mis her­ma­nos pa­ra di­fe­ren­ciar­nos… más. En cuan­to po­de­mos, bus­ca­mos ami­gos dis­tin­tos. Los de ellos son más bru­tos. Ju­ga­mos co­mo si no nos im­por­ta­ran, pe­ro el ve­rano con­sis­te en ace­char a mis her­ma­nos y sus ami­gos. Los desea­mos sin en­ten­der el de­seo. Que­re­mos que nos ti­ren a la pis­ci­na, que nos lle­ven en sus bi­cis a com­prar chu­ches, que en el jue­go de po­lis y ca­cos nos per­si­gan, que… Aho­ra sue­na to­do fa­tal (a ve­ces los años en­su­cian el pun­to de vis­ta: al­gu­nos no son más sa­bios sino más des­con­fia­dos; yo si­go sien­do in­cons­tan­te e irre­fle­xi­va).

8 años CA­MI­SE­TA

Son los años en que mi cuer­po siem­pre lle­ga an­tes que yo. O más tar­de. Nun­ca coin­ci­di­mos. No sé si es­toy gor­da. Lo peor no es el vo­lu­men, sino la pa­la­bra “gor­da gor­da gor­da gor­da …”. Re­sue­na to­do el ra­to en ese cuer­po que cre­ce sin con­trol. Al­guien se me­te con­mi­go en bro­ma y yo me guar­do el do­lor en se­rio. “Gor­da gor­da gor­da gor­da …”. Me ba­ño con una ca­mi­se­ta, pe­ro me ba­ño. El agua es vi­da. Mis oí­dos ex­plo­tan. Por bu­cear y por oír(me) “gor­da gor­da gor­da gor­da ”. Es un as­co el sa­bo­ta­je, y aún fal­ta mu­cho pa­ra que en­tien­da que es au­to­in­flin­gi­do y me obli­gue a aban­do­nar­lo. Lo me­jor de es­te ve­rano es el oto­ño. Vol­ver a ca­sa, con la ca­ra mo­re­na, unas cuan­tas pe­cas y un jer­sey nue­vo me ocul­ta los com­ple­jos. Que me vea J. así, que me son­ría. Creo que J. no ha de­ja­do de gus­tar­me.

12 años BA­ÑA­DOR DE COM­PE­TI­CIÓN O

To­dos los ba­ña­do­res de ni­ña han flo­re­ci­do es­te año y a mí no me gus­tan las flores. Tam­po­co me en­tu­sias­man los “bo­to­nes ma­ma­rios” que se aso­man a mi vi­da, así que mi ma­dre –que lo so­lu­cio­na to­do– me co­ge la mano y me sube a la plan­ta de de­por­tes. Los ba­ña­do­res de com­pe­ti­ción son mu­cho me­jo­res. “Da igual que no seas de­por­tis­ta, lo pa­re­ces, pier­nas lar­gas”. Eso me di­ce mi ma­dre y yo me lo creo en es­te ve­rano de cam­bio: esas pier­nas que mi ma­dre ve lar­gas me van a lle­var muy le­jos. Me re­en­cuen­tro con ni­ños que me mi­ran de otra for­ma, no en­tien­do sus mi­ra­das y, sin em­bar­go, las bus­co. Los ni­ños me gus­tan, me gus­ta gus­tar­les. ¿Son ni­ños, por cier­to, o son ado­les­cen­tes? No sé. No im­por­ta.

15 años TO­DA­VÍA

Ba­ña­dor sexy. Los bo­to­nes ma­ma­rios se han con­ver­ti­do en pe­chos. La cin­tu­ra se ha es­tre­cha­do. Ten­go la sen­sa­ción de ser un po­tri­llo que ya sa­be co­rrer. No me mi­ro al es­pe­jo por­que me bas­tan las mi­ra­das aje­nas. Creo que és­te es mi ve­rano. Pe­ro aho­ra que he en­con­tra­do mi cuer­po, me fal­ta la voz. Soy tí­mi­da. “Ma­má, ¿la ti­mi­dez có­mo se qui­ta? ¿Hay pas­ti­llas o al­go?”. Me mi­ra un ale­mán más ver­gon­zo­so que yo. Me mi­ra y no me ha­bla. Yo le son­río sin mi­rar­le (lo cual com­pli­ca mu­chí­si­mo nues­tra co­mu­ni­ca­ción). Pe­ro nos en­con­tra­mos to­do el ra­to. (Nor­mal: los dos nos es­con­de­mos en cual­quier rin­cón del ho­tel, es­pe­rán­do­nos. Es­pe­rán­do­nos pa­ra son­reír­nos). Es el ve­rano de la inocen­cia. Nun­ca vol­ve­rá a ser tan in­ge­nuo, nun­ca se­rá tan de ver­dad.

18 años BI­KI­NI

Hu­bo un ama­go de In­te­rrail sen­sa­to. Un in­ten­to de lle­nar la mo­chi­la de guías y pan­ta­lo­nes mi­li­ta­res, de arras­trar­nos por las ca­pi­ta­les eu­ro­peas, ver to­dos los mu­seos. A úl­ti­ma ho­ra, con el iti­ne­ra­rio con­sen­sua­do, al­guien ca­rras­pea y gri­ta “¡Sea­mos ho­nes­tos, hom­bre…!”. Cam­bia el plan y aca­ba­mos en una pla­ya grie­ga. Co­me­mos acei­tu­nas ne­gras y que­so. Nues­tros chi­cos las pre­fie­ren ru­bias, a no­so­tras nos pre­fie­ren los ru­bios. Es­cri­bi­mos un ensayo: no­rue­gos, ho­lan­de­ses,

sue­cos. Yo me de­cla­ro ho­lan­de­sa. Marta se ca­sa­rá con su no­rue­go (si­guen jun­tos, si­guen ve­ra­nean­do en Gre­cia). Es nues­tro pri­mer ve­rano sin pa­dres. La cre­ma ya no es de ca­ja azul, pe­ro no ole­mos a eso, sino a pe­cas, a ri­sas, a cer­ve­za… Es el ve­rano de la piel.

22 años BERMUDAS

Son las de mi no­vio. Yo lle­vo bi­ki­ni y él odia los tur­bos, los mar­ca­pa­que­tes, los ba­ña­do­res de na­da­dor. No ve­ra­nea­mos con pa­dres, no ve­ra­nea­mos con ami­gos. So­mos pa­re­ja, te­ne­mos al­go de di­ne­ro y nos cree­mos obli­ga­dos a via­jar so­los. En­con­tra­mos una ca­la en un país ajeno. Nos sen­ti­mos ma­yo­res y abu­rri­dos. Te­ner no­vio mo­la más en ca­sa, cuan­do pue­des sa­lir con tus ami­gos y con él, que­rer­le de­lan­te de otros y di­ver­tir­te co­mo siem­pre. No nos gus­ta es­te país en el que es­ta­mos. Nos sen­ti­mos per­di­dos. De­ja­mos la pla­ya y con­du­ci­mos ha­cia el in­te­rior. Hue­le a ca­lor y a ga­so­li­na. Nos en­tra un ata­que de ri­sa en un mo­tel ta­pi­za­do: to­do es patch­work. Si nos reí­mos, nos que­re­mos. Es­ta­re­mos jun­tos mu­chos años, pe­ro no ha­brá otro ve­rano so­los. Y eso –vis­to con pers­pec­ti­va– nos de­bía ha­ber avi­sa­do.

30 años CA­MI­SA

Es­toy con un hom­bre ma­yor. Siem­pre ba­ja a la pla­ya con ca­mi­sa por­que las ca­mi­sas tie­nen bol­si­llos. Pa­ra la car­te­ra y las ga­fas de sol. Se que­ma con fa­ci­li­dad. Tie­ne dos hi­jos. He­mos pasado unos días so­los, pe­ro no los dis­fru­ta­mos (ni si­quie­ra los re­gis­tra­mos, un año des­pués nos cos­ta­rá re­cor­dar dón­de es­tu­vi­mos); an­da­mos de­ma­sia­do es­tre­sa­dos pen­san­do en la pró­xi­ma eta­pa: las pri­me­ras va­ca­cio­nes con sus hi­jos. Son dos ni­ños tra­vie­sos y di­ver­ti­dos que so­lo quie­ren ju­gar. Les da igual que los adul­tos nos que­ra­mos siem­pre y cuan­do no nos des­vie­mos del ob­je­ti­vo prin­ci­pal: en­tre­te­ner­los. Ju­ga­mos a las pa­las, al fút­bol, al wa­ter­po­lo, al mi­ni­golf… Nos acos­ta­mos de­rro­ta­dos. Ole­mos a es­trés. Que­re­mos vol­ver a ca­sa.

33 años CON TI­RAN­TES

To­da­vía no ten­go hi­jos, pe­ro ya ne­ce­si­to que los ti­ran­tes del bi­ki­ni me le­van­ten lo que la na­tu­ra­le­za y la gra­ve­dad re­cla­man. He­mos en­con­tra­do una pla­ya con can­gre­jos y sin gen­te. Lee­mos a la som­bra. Ju­ga­mos a las pa­las ba­jo el sol. Nos ba­ña­mos to­do el ra­to. En el mar y en zu­mos exó­ti­cos. Es­ta­mos en un lu­gar que em­pie­za por “Z” y que ja­más com­par­ti­re­mos. Es un se­cre­to, es nues­tro se­cre­to. Cree­mos que vol­ve­re­mos ca­da año, siem­pre so­los, siem­pre jun­tos. Nos em­ba­ra­za­mos, que tam­bién es un ver­bo con “z” pe­ro no nos da­mos cuen­ta allí sino meses más tar­de. La fe­li­ci­dad lo in­va­de to­do. Ole­mos a man­go y a amor. La vi­da es be­lla. Ja­más re­gre­sa­re­mos. “Es­to, ma­má, pa­ra ir a la pla­ya”. “Es­to, ma­má, pa­ra qui­tár­te­lo en el ho­tel”. Él tie­ne tri­pa; yo, es­trías, cla­ro. No im­por­ta: nos gus­ta vi­vir sin fil­tros y no nos ha­ce­mos sel­fies. Echa­mos de me­nos a la pe­rra. Ju­ga­mos mu­cho con los ni­ños pa­ra ga­nar­nos una ho­ra de siesta y/o un vod­ka con tó­ni­ca. El af­ter­sun es hi­poa­ler­gé­ni­co. El mó­vil es­tá guar­da­do en la me­si­lla. Los ni­ños apren­den a ju­gar al ping­pong, no­so­tros ya ca­si no ve­mos la bo­la. Es­te año im­par no hay Eu­ro­co­pa ni Mun­dial, prohi­bi­do ha­blar de fi­cha­jes. Es­tos ni­ños tam­bién hue­len a No­ci­lla, no­so­tros a enebro (o a la úl­ti­ma co­pa de la no­che). El mar nos da sue­ño y ga­nas de to­car y que nos to­quen. Lla­man a la puer­ta. “Si no me de­jáis ha­blar de Griez­mann, al me­nos pue­do so­ñar con él, ¿no?”. Cla­ro, con Griez­mann pue­des ha­cer lo que quie­ras.

Aho­ra A TO­DOS NOS GUS­TA ES­TRE­NAR RO­PA EN VA­CA­CIO­NES

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