LA EDAD DO­RA­DA DE GOL­DIE HAWN

Tras 15 años de re­ti­ro, la actriz re­gre­sa al cine para ha­cer­nos reír co­mo si no hu­bie­ra pa­sa­do el tiem­po. De vuel­ta de ca­si to­do, ha­bla­mos con ella so­bre lo que sig­ni­fi­ca ser una es­tre­lla ma­du­ra en Holly­wood. Por Ixo­ne Díaz / Foto: John Rus­so

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sumario -

H“Ho­la, ca­ri­ño”, di­ce para sa­lu­dar, mien­tras ex­tien­de la mano y ofre­ce una cá­li­da son­ri­sa. Lu­ce la me­le­na ru­bia de to­da la vi­da, un ves­ti­do ne­gro con es­co­te bar­co y no apa­ren­ta en ab­so­lu­to los 71 años que tie­ne. Hawn es una ins­ti­tu­ción en Holly­wood. Em­pe­zó a bai­lar con tres años, se subió a un es­ce­na­rio por pri­me­ra vez con 10, con 23 de­bu­tó en la te­le­vi­sión y un año des­pués ga­nó un Os­car por su pa­pel se­cun­da­rio en Flor de cac­tus. Des­de en­ton­ces, ha con­ser­va­do el es­ta­tus de es­tre­lla gra­cias a pe­lí­cu­las co­mo Dos pá­ja­ros a ti­ro, Jue­go pe­li­gro­so, La muer­te os sien­ta tan bien o El club de las pri­me­ras es­po­sas. Pe­ro es, ade­más, una mu­jer ex­tre­ma­da­men­te es­pi­ri­tual que em­pe­zó a prac­ti­car la me­di­ta­ción cuan­do se con­vir­tió en una es­tre­lla y em­pe­zó a su­frir an­sie­dad y ata­ques de pá­ni­co. En 2003, la actriz le dio la es­pal­da a Holly­wood para po­ner en mar­cha una fun­da­ción con su nom­bre que ayu­da a ni­ños y ado­les­cen­tes a ges­tio­nar sus emo­cio­nes y me­jo­rar su ren­di­mien­to es­co­lar gra­cias a la me­di­ta­ción. Y aho­ra vuel­ve a la gran pan­ta­lla de la mano de Amy Schu­mer, la nue­va rei­na de la co­me­dia. Es la ho­ra de co­mer y la actriz tie­ne una me­sa re­ple­ta de co­mi­da de­lan­te. Tie­ne un ape­ti­to vo­raz: se sir­ve po­llo, pi­co­tea de una en­sa­la­da, lo acom­pa­ña con un tro­zo de pan y le hin­ca el dien­te a un pos­tre. To­do eso mien­tras ha­bla­mos con ella so­bre su ca­rre­ra en Holly­wood, su re­la­ción con sus hi­jos y so­bre Des­con­tro­la­das (es­treno, 11 de agos­to), la pri­me­ra pe­lí­cu­la que rue­da en 15 años.

“HA­BÍA OL­VI­DA­DO LO PRIVIL EGIADOS QUE SO­MOS LOS AC­TO­RES”

Mu­jer­hoy. Amy Schu­mer, que pro­du­ce y co­pro­ta­go­ni­za la pe­lí­cu­la, ha con­ta­do que, cuan­do ella aún no era fa­mo­sa, coin­ci­die­ron en un avión, se acer­có y le pro­pu­so ha­cer es­ta pe­lí­cu­la. ¿Re­cuer­da el en­cuen­tro? Gol­die Hawn. Yo no sa­bía ni quién era y, de he­cho, no lo recuerdo por­que fue ha­ce mu­chí­si­mo tiem­po. Lue­go nos reuni­mos, me con­tó lo que que­ría ha­cer y pen­sé que se­ría di­ver­ti­do. En reali­dad, le cos­tó na­da con­ven­cer­me. Lle­gó en el mo­men­to per­fec­to…

¿Por qué?

Lle­va­ba mu­chos años tra­ba­jan­do en mi fun­da­ción y, aun­que fue una eta­pa es­tu­pen­da para mí, em­pe­cé a pen­sar… “Es­pe­ra un mo­men­to… ¿De­be­ría re­gre­sar al cine?”. Y sen­tí que era el mo­men­to de vol­ver a ha­cer reír a la gen­te.

¿Lo echa­ba de me­nos?

No, en ab­so­lu­to. Lle­gó un mo­men­to en el que no que­ría se­guir pro­du­cien­do. Y tam­po­co que­ría se­guir ac­tuan­do.

¿Ha­bía per­di­do la ilu­sión?

Sim­ple­men­te no te­nía nin­gu­na ra­zón para sen­tar­me a es­pe­rar a que el te­lé­fono so­na­ra. Son mu­chos años tra­tan­do de con­se­guir pa­pe­les, sa­bien­do que si no lo pro­du­ces tú mis­ma, a me­nu­do no te los van a ofre­cer. Es­ta­ba can­sa­da.

La eter­na mal­di­ción de las ac­tri­ces ma­du­ras en Holly­wood, ¿no? La reali­dad es que, con la edad, ca­da vez re­ci­bes me­nos ofer­tas y las que re­ci­bes no son de­ma­sia­do in­tere­san­tes. Apar­te de los que in­ter­pre­ta Meryl Streep, no hay tan­tos pa­pe­les que merezcan la pe­na. Pe­ro tam­po­co me im­por­ta­ba y no que­ría con­ver­tir­me en una víc­ti­ma. Así que me de­di­qué a mi fun­da­ción y a es­cri­bir li­bros de co­sas que me in­tere­sa­ban. Te­ner una vi­da ri­ca sig­ni­fi­ca ha­cer mu­chas co­sas di­fe­ren­tes.

Des­pués de 15 años sin pi­sar un ro­da­je, ¿es­ta­ba ner­vio­sa o ac­tuar es co­mo mon­tar en bi­ci­cle­ta? Fue una sen­sa­ción muy fa­mi­liar, pe­ro sí se me ha­bía ol­vi­da­do lo di­ver­ti­do que es ha­cer pe­lí­cu­las. Y no so­lo eso… ¿Pue­do traer­le un té? ¿Pue­do arre­glar­le el pe­lo? ¿Que­rría al­go de co­mer? ¿Le gus­ta­ría un ma­sa­je en la es­pal­da? ¡Se me ha­bía ol­vi­da­do lo pri­vi­le­gia­dos que so­mos los ac­to­res! [Ri­sas].

La tra­ta­ron co­mo a una rei­na, va­mos.

Sí, y ha­cía mu­chos años que no me ocu­rría. Me he pa­sa­do años via­jan­do por to­do el mun­do, dan­do char­las, re­cau­dan­do di­ne­ro y pre­gun­tán­do­me de dón­de iba a sa­car el pró­xi­mo dó­lar para mi fun­da­ción. Na­die me pre­gun­ta­ba en­ton­ces si que­ría un té o un ma­sa­je. To­do el mun­do que ha­ce pe­lí­cu­las de­be­ría po­ner­se de ro­di­llas y dar las gra­cias, por­que es una for­ma ma­ra­vi­llo­sa de ga­nar­se la vi­da.

Pa­re­ce que Holly­wood se ha da­do cuen­ta de que pe­lí­cu­las con pro­ta­go­nis­tas fe­me­ni­nas co­mo es­ta tam­bién lle­nan los ci­nes. ¿Las co­sas por fin es­tán cam­bian­do? No lo sé… Ha­ce 20 años, Dia­ne Kea­ton, Bet­te Mid­ler y yo hi­ci­mos una pe­lí­cu­la lla­ma­da El club de las pri­me­ras es­po­sas. Al es­tu­dio le preo­cu­pa­ba que fué­ra­mos tres mu­je­res de cier­ta edad y no qui­sie­ron pa­gar­nos nues­tro ca­ché ha­bi­tual. La pe­lí­cu­la ba­tió to­dos los ré­cords de re­cau­da­ción y fue por­ta­da de la re­vis­ta Ti­me, pe­ro cuan­do fui­mos a ne­go­ciar la se­cue­la no qui­sie­ron su­bir­nos el suel­do.

¿Y có­mo reac­cio­na­ron?

Fue co­mo: “¿Qué? ¡Tie­ne que ser una bro­ma!”. Si hu­bié­ra­mos si­do hom­bres, ha­bría si­do di­fe­ren­te. To­da­vía me mo­les­ta aque­llo y fue ha­ce mu­chí­si­mos años. Es ver­dad que aho­ra hay mu­chas ac­tri­ces có­mi­cas de éxi­to, co­mo Ti­na Fey o Me­lis­sa Mc­carthy. Las ani­mo, pe­ro yo ya lo he he­cho to­do en es­te ne­go­cio: he di­ri­gi­do, pro­du­ci­do y es­cri­to guio­nes, he si­do actriz, he he­cho co­me­dias y dra­mas… Mi ego se ali­men­ta de co­sas muy di­fe­ren­tes.

Co­mo ilus­tra la pe­lí­cu­la, las re­la­cio­nes madre-hi­ja pue­de ser com­pli­ca­das. Us­ted y su hi­ja, Ka­te Hud­son, es­tán muy uni­das. ¿Có­mo lo ha con­se­gui­do? A una hi­ja hay que em­po­de­rar­la. So­bre to­do si tú has si­do una mu­jer de cier­to éxi­to, tie­nes que en­ten­der que ella tie­ne su pro­pia iden­ti­dad. Siem­pre quie­res que tu hi­ja sea me­jor que tú. No pue­des ser egoís­ta y pen­sar: “Mi for­ma de ha­cer las co­sas es

“CON LA EDAD, APAR­TE DE LOS QUE HA­CE MERYL STREEP, NO HAY TAN­TOS PA­PE­LES QUE MEREZCAN LA PE­NA”. “YO YA LO HE HE­CHO DE TO­DO EN ES­TE NE­GO­CIO. MI EGO SE ALI­MEN­TA DE CO­SAS MUY DI­FE­REN­TES”.

la úni­ca for­ma”. Hay que tra­tar a los hi­jos con res­pe­to, pe­ro sin de­jar que te pi­so­teen. Que se rom­pie­ra un pla­to no me en­fa­da­ba, pe­ro si me con­tes­ta­ba o iba de lis­ti­lla me en­fu­re­cía. Al fi­nal, to­das las hi­jas tie­nen una re­la­ción de amor-odio con sus madres.

¿No hay for­ma de evi­tar­lo?

No, sim­ple­men­te es así, aun­que tam­bién pue­de ser una re­la­ción muy tier­na. Pa­sa por mu­chas fases. Y lue­go, cuan­do tu madre se ha­ce ma­yor y te acer­cas más a ella, te das cuen­ta de que po­drías per­der­la, al­go en lo que nun­ca pen­sas­te cuan­do dis­cu­tías con ella.

¿Qué cree que lo ha he­cho bien?

No creo que ha­ya nin­gún tru­co para ser una bue­na madre, sal­vo que­rer­les y no qui­tar­les el ojo de en­ci­ma. Y ser sin­ce­ro. Hay mu­cho mie­do a la in­ti­mi­dad con los hi­jos y creo que es muy im­por­tan­te. Si no com­par­tes co­sas con ellos, no te ve­rán co­mo a una per­so­na, se­gui­rás sien­do so­lo su madre. La madre nun­ca des­apa­re­ce, pe­ro la re­la­ción cam­bia: se con­vier­te en amis­tad y res­pe­to mu­tuo.

La me­di­ta­ción ha si­do una par­te fun­da­men­tal de su vi­da. ¿Có­mo em­pe­zó a prac­ti­car­la? Yo te­nía un plan para mi vi­da que no fun­cio­nó. Lo úni­co que que­ría era te­ner una vi­da nor­mal: ca­sar­me, te­ner hi­jos, abrir una aca­de­mia de bai­le y qui­zá, si te­nía suer­te, ac­tuar en Broad­way. Pe­ro las co­sas no sa­lie­ron así. Te­nía 20 años y que­ría en­ten­der exac­ta­men­te quién era. Era al­go muy im­por­tan­te para mí. Así em­pe­cé…

Ha di­cho de sí mis­ma que tie­ne “una per­so­na­li­dad li­ge­ra, pe­ro un ce­re­bro que pien­sa pro­fun­da­men­te”. ¿A qué se re­fie­re? Soy ale­gre y po­si­ti­va, pe­ro siem­pre me ha in­tere­sa­do ex­plo­rar qué hay de­trás de la per­cep­ción que te­ne­mos de la ver­dad. Me en­can­ta apren­der y me en­tu­sias­ma la poe­sía, que pue­de ser muy be­lla e ins­pi­ra­do­ra, pe­ro tam­bién os­cu­ra. Des­de lue­go, hay mu­chos as­pec­tos di­fe­ren­tes de mí.

Sien­do una per­so­na tan es­pi­ri­tual, ¿ha po­di­do des­cu­brir ya en qué con­sis­te la fe­li­ci­dad? A mí lo que más fe­liz me ha­ce son las re­la­cio­nes. Mi re­la­ción con Kurt [Rus­sell], con mis hi­jos, pa­sar un ra­to con un buen ami­go, te­ner un mo­men­to de tran­qui­li­dad… La na­tu­ra­le­za tam­bién me pro­por­cio­na una gran paz.

Ha­blan­do de Kurt Rus­sell... Lle­van 35 años jun­tos, pe­ro no es­tán ca­sa­dos. ¿En­tien­de la fas­ci­na­ción que pro­du­ce su re­la­ción? Su­pon­go que mu­cha gen­te sien­te la ne­ce­si­dad de es­ta­ble­cer un lazo le­gal y eso les ha­ce sen­tir más se­gu­ros acer­ca de su re­la­ción. Pe­ro la unión en una pa­re­ja es in­vi­si­ble, es­tá aquí [se se­ña­la el co­ra­zón]. Un cer­ti­fi­ca­do de ma­tri­mo­nio so­lo te ayu­da a ges­tio­nar el di­ne­ro. Es di­ne­ro, so­lo eso. O

CIN­CO DÉ­CA­DAS AN­TE LA CÁ­MA­RA Gol­die Hawn co­men­zó su ca­rre­ra in­ter­pre­ta­ti­va en el teatro, con so­lo 10 años. En 1969 pre­sen­tó su pri­me­ra pe­lí­cu­la, Flor de cac­tus, que le va­lió un Os­car y un Glo­bo de Oro. Des­de en­ton­ces, su son­ri­sa ha bri­lla­do en la gran pan­ta­lla, a la que re­gre­sa tras un re­ti­ro de 15 años. 1969

2017

1980

1976

1965

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