VIR­GI­NIA DE ‘MAS­TER­CHEF’

«CUAN­DO JOR­DI DA­BA SU VE­RE­DIC­TO ME CAÍA MUY MAL»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FAGINAS

Se me­tió al pú­bli­co en el bol­si­llo por su es­pon­ta­nei­dad en el pro­gra­ma, con ese ar­te an­da­luz que la lle­vó a des­pun­tar en­se­gui­da en­tre sus com­pa­ñe­ros. Ama de ca­sa je­re­za­na, ma­dre de dos hi­jos, Vir­gi­nia Naranjo se ha con­ver­ti­do de re­pen­te en una afa­ma­da co­ci­ne­ra, eso sí, con 100.000 eu­ros en el bol­si­llo.

—A ver, re­co­mién­da­me al­go pa­ra co­mer, que la se­ma­na que vie­ne es­toy en Cá­diz.

—Unas ca­ba­lli­tas ca­le­te­ras, se pes­can por la ma­ña­na, y las po­nen con pi­ca­di­llo y es­tán bue­ní­si­mas.

—¿Tú que eres más: de co­mer o de co­ci­nar?

—Yo creo que de las dos, por­que a las que nos gus­ta co­mer nos gus­ta tam­bién co­ci­nar.

—Bueno, en­tien­do que tú crees que pa­ra co­ci­nar bien hay que te­ner gus­to.

—Sí, sí. Tie­nes que te­ner de­fi­ni­dos los sa­bo­res que te gus­tan, cuál es tu gus­to. Y yo creo que eso es im­por­tan­te, sa­ber lo que te gus­ta y lo que no.

—¿Y a ti qué te gus­ta?

—A mí los sa­bo­res fuer­te­ci­tos, los ali­ños fuer­tes, los cí­tri­cos, que ten­ga un po­co de rock and roll la co­mi­da. Los sa­bo­res pla­nos co­mo que no me ha­cen mu­cha gra­cia. Y los pes­ca­dos me en­can­tan.

—Si fue­ras un in­gre­dien­te ¿qué se­rías? ¿Cuál no fal­ta en tu co­mi­da?

—El vino, el vino de Je­rez. Le da mu­chí­si­mo sa­bor a to­do.

—«Mas­ter­chef» te ha cam­bia­do la vi­da, ¿pe­ro más por la ex­po­si­ción me­diá­ti­ca o por el di­ne­ro?

—Mi­ra, el di­ne­ro es lo de menos. A ver, que no vie­ne na­da mal un pe­lliz­qui­to, pe­ro al fi­nal voy a via­jar a la Bas­que Cu­li­nary Cen­ter pa­ra apren­der. El di­ne­ro más o menos se ga­na tra­ba­jan­do. Yo creo que es más la ex­po­si­ción me­diá­ti­ca, y los me­dios que te dan pa­ra ha­cer tu sue­ño reali­dad. Aho­ra soy una per­so­na co­no­ci­da y lla­mas a puer­tas que an­tes eran im­pen­sa­bles pa­ra mí. —¿Tu sue­ño cuál es en­ton­ces? —De to­da la vi­da ha si­do de­di­car­me al mundo de la co­mi­da. Co­ci­nar y dar­le de co­mer a la gen­te y que dis­fru­ten con mis pla­tos, que les gus­ten mis sa­bo­res. Lo que pa­sa es que por cir­cuns­tan­cias de la vi­da no lo pu­de ha­cer. Tu­ve a mi hi­ja muy jo­ven, no me he po­di­do pa­gar unos es­tu­dios y to­do cues­ta más tra­ba­jo.

—En­tras­te en el con­cur­so con tu her­ma­na ge­me­la, pe­ro ga­nas­te tú. ¿La re­la­ción si­gue bien, ¿no? ¿O hu­bo ce­li­llos?

—Qué va, igual que si hu­bie­ra ga­na­do ella. Ella fe­liz, se­rá que co­mo des­de pe­que­ñas nos es­ta­ban con eso de las ge­me­las: ¿y quién lo ha­ce me­jor? ¿Quién sa­ca me­jo­res no­tas? Ri­va­li­dad nin­gu­na, nin­gu­na, pa­ra na­da.

—¿En al­gún mo­men­to del pro­gra­ma pensaste que no va­lías, que no es­ta­bas en el si­tio ade­cua­do?

—Yo creo que en al­gún mo­men­to lo he­mos pen­sa­do to­dos. Cuan­do no nom­bran tus pla­tos, cuan­do ves que tú po­días ha­ber he­cho más, pe­ro te pu­do el mie­do a in­no­var. Y des­pués los chefs te lo echan en ca­ra. En al­gún mo­men­to di­ces no sir­vo. Pe­ro lue­go te dan una de cal y otra de are­na. Y cuan­do te di­cen co­sas bue­nas te vie­nes arri­ba.

—Has di­cho que en «Mas­ter­chef» no hay tram­pa ni car­tón. ¿Es tal y co­mo lo ve­mos?

—Es­tá gra­ba­do in­du­da­ble­men­te, pe­ro los 3 mi­nu­tos del su­per­mer­ca­do es lo que te­ne­mos, el tiem­po de co­ci­nar es el que te dan, lo que co­ci­nas es lo que co­ci­nas. Es en tiem­po real, y no sa­bes ni lo que vas a ha­cer ni dón­de.

—¿Con quién tu­vis­te más afi­ni­dad? ¿Qué con­se­jo te sir­vió más del ju­ra­do?

—A mí la ver­dad es que Jor­di cuan­do da su ve­re­dic­to me cae muy mal. Pe­ro des­pués cuan­do pien­sas en ca­sa y re­ca­pa­ci­tas, te das cuen­ta de que te­nía to­da la ra­zón. Él me di­jo: arries­ga, sé va­lien­te. Y era ver­dad, por­que por ahí sa­lí de la co­mi­da tí­pi­ca del ama de ca­sa.

—Tú aho­ra cuan­do das de co­mer en tu ca­sa se­rá una fies­ta.

—Aho­ra ten­go co­la. To­do el mundo me pre­gun­ta: «¿Y qué vas a ha­cer de co­mer hoy?», «Pues me voy pa­ra allá», «pre­pá­ra­me un tá­per». [Ri­sas] Aho­ra to­do el mundo tie­ne un tá­per mío por ahí. Ya no sé dón­de me­ter­los.

—¿Cuál es tu es­pe­cia­li­dad?

—A mí me en­can­ta tra­ba­jar el ba­ca­lao, que es muy agra­de­ci­do. Y el ma­ris­co.

—¿Qué es lo más di­fí­cil de co­ci­nar bien? ¿Lo que mar­ca la di­fe­ren­cia?

—Yo creo que to­da la co­ci­na que se ha­ga con ca­ri­ño y con ilu­sión de­be­ría es­tar bue­na. El otro día un se­ñor se me acer­có y me re­ga­ló dos hue­vos de aves­truz, ¡que yo no los ha­bía pre­pa­ra­do en mi vi­da! Y me di­jo que los

ha­cía fri­tos en una pae­lle­ra, los pro­bé y es­ta­ban de­li­cio­sos. Esos ges­tos, ese ca­ri­ño, siem­pre sien­tan bien.

—Bueno, bueno. A ve­ces el ca­ri­ño no lle­ga, ¿eh?

—Bueno, yo creo que en la co­ci­na tra­di­cio­nal lo im­por­tan­te es ha­cer un buen so­fri­to y con una bue­na ma­te­ria pri­ma eso no pue­de es­tar ma­lo nun­ca.

—Sí, pe­ro yo creo que lo de co­ci­nar es co­mo con­du­cir. Hay gen­te que por mu­cho que lo ha­ga no siem­pre lo ha­ce bien. No tie­ne mano.

—Sí, es ver­dad. Le po­nes los mis­mos in­gre­dien­tes a per­so­nas dis­tin­tas y ca­da uno le da un sa­bor di­fe­ren­te. ¿Por qué? Unos le po­ne­mos más sal, menos, más acei­te.

—¿Tú habías vis­to co­ci­nar mu­cho? ¿Quién te en­se­ñó?

—Mi abue­la se pu­so en­fer­ma y no­so­tras vi­vía­mos con ella, y ha­bía que ha­cer la co­mi­da pa­ra la fa­mi­lia. Ella nos po­nía a mi her­ma­na y a mí, con 12 o 13 años, y nos iba in­di­can­do: ven­ga, cor­tad la ce­bo­lla, es­tá do­ra­da, ven­ga, que no hue­la a vino. Fue por ne­ce­si­dad. Lue­go cuan­do ya tu­ve mi ca­sa, no que­ría que siem­pre co­mie­ran lo mis­mo. Co­mo me gus­ta co­mer y me gus­ta gui­sar, pues iba pro­ban­do, he­mos ido mi her­ma­na y yo in­cor­po­ran­do re­ce­tas, ex­pe­ri­men­tan­do, le­yen­do. Yo lo veía y de­cía: «Es­to lo ha­go yo en ca­sa».

—En tu ca­sa, ¿los po­nes a co­ci­nar?

—Mi hi­jo de 8 años tie­ne mu­cha cu­rio­si­dad y me va pre­gun­tan­do. Pe­ro mi hi­ja ma­yor ni se acer­ca a la co­ci­na, ja­más. Eso te tie­ne que gus­tar. Mi hi­jo ya quie­re ir pro­ban­do y me di­ce: ¡a ver cuán­do me lle­vas a un co­reano! Pues al co­reano [ja, ja]. Yo creo que él va a se­guir la ra­ma.

—Por­que tu ma­ri­do no toca la co­ci­na, lo ten­go cla­ro.

—[Ri­sas] Na­da de na­da.

—¿Qué vas a ha­cer con los 100.000 eu­ros?

—Los voy a guar­dar. Gra­cias a Dios mi ma­ri­do es­tá tra­ba­jan­do, y yo no he par­ti­ci­pa­do por el di­ne­ro. Ten­go ilu­sión por to­do, me gus­ta más el cá­te­ri­ng, es­tar en esos mo­men­tos es­pe­cia­les de las per­so­nas: bo­das, bau­ti­zos, co­mu­nio­nes... Y apor­tar tu gra­ni­to de are­na y dar­le de co­mer ese día me gus­ta mu­chí­si­mo. Aquí la gen­te me pre­gun­ta: «¿Ni­ña, cuán­do vas a po­ner un res­tau­ran­te?». Pe­ro por el mo­men­to va­mos po­co a po­co, me ten­go que ir a for­mar pri­me­ro. no de­ja de ser una co­ci­na Lle­var un res­tau­ran­te o un cá­te­ri­ng es más que co­ci­nar tam­bién, hay que sa­ber de ges­tión, de per­so­nal, y quie­ro te­ner to­do bien cla­ro.

Mas­ter­chef ama­teur.

—Tu hi­ja fue la que te apun­tó a cie­gas, ¡a ver si no vas a otro «reality»!

—No, no, no. Ya la he avi­sa­do. Y ya le he di­cho: «Menos mal que me apun­tas­te a que me lle­gas a apun­tar a ¡y a ver qué ha­go! [Ri­sas] Mas­ter­chef,

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